Iglesia y Sociedad

Marcos, el enigmático

14 Abr , 2015  

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Lo prometido es deuda. Presento ahora la segunda parte de la introducción al evangelio de san Marcos, sostenida el 13 de abril de 2015 en la iglesia de María Inmaculada. Ojalá les sea de utilidad. Será la última entrega porque la sesión final será de ejercicios de lectura con los participantes.

 

El interés por Marcos es reciente. Ha tenido la desgracia de ser el primero que se compuso; instintivamente, recurrimos a Mateo y a Lucas, que al parecer lo conocieron bien y que resultan por lo visto más completos. En el uso de la iglesia católica, Mateo ha ocupado la primera plana durante siglos; se leía en la liturgia y se partía de él para explicar los otros evangelios. Luego venía Lucas, porque parecía menos judío, mejor adaptado a una mentalidad griega como la nuestra. Marcos tuvo que aguardar a una época reciente para volver a encontrar -o para encontrar sin más, ya que nunca se le conoció de verdad- cierta popularidad. Fue alrededor del año 1900 cuando los historiadores lo pusieron en el candelero; lo juzgaban mucho más creíble que los otros evangelios. Mucho más cercano a la historia de Jesús. Actualmente se ha vuelto a él por otro motivo: el interés hacia la humanidad de Jesús.
El Jesús de Marcos es enigmático. Muestra a veces un comportamiento que nos extraña. Ante muchos actos o palabras de Jesús no tenemos más remedio que preguntarnos: pero ¿qué quiere decir? ¿qué es lo que intenta hacernos comprender? Marcos nos repite continuamente que los discípulos no comprendieron nada. Pero nunca nos dice qué es lo que tenían que haber comprendido. El Jesús de Marcos es realmente desconcertante; quizá sea ése el motivo de que resulte tan atractivo. Lucas nos deja siempre con la impresión de que ha comprendido muchas cosas y que nos las quiere sugerir. Marcos nos deja ante lo incomprensible. Nos plantea preguntas sin respuesta; es a nosotros a los que nos toca responder. Si deseamos familiarizarnos con él, es absolutamente indispensable estudiarlo como un todo, intentar descubrir su construcción de conjunto. Marcos tiene en sus manos los materiales que ha recibido de la comunidad, pero hace con ellos un montaje propio, que es el que tenemos que descubrir. Es preciso que hallemos esos puntos en que insiste y que parecen diseminados por una y otra parte. Es menester leerlo de cabo a rabo para buscar su unidad. No es posible estudiar un trozo sin colocarlo dentro de su contexto, en el conjunto del libro.

No tenemos fotografías de Jesús de Nazaret. Los testimonios que hemos recibido acerca de su persona casi nunca corresponden a testigos oculares. Pero esto, que en cualquier otro personaje histórico resultaría una desventaja, no lo es en el caso de Jesús de Nazaret. En los evangelios nos encontramos con testimonios de fe y no con simples relatos biográficos. Esto quiere decir que no sólo entramos en contacto con la persona misma de Jesús, sino también con la manera como Jesús fue comprendido y amado por el autor del evangelio y la comunidad a la que él se dirigía.
La tradición cristiana identifica al autor del evangelio de Marcos con Juan Marcos, primo de Bernabé (Col 4,10). Aparece por vez primera en el libro de los Hechos de los Apóstoles; allí se menciona que su madre ofrecía su casa a la comunidad cristiana de Jerusalén para reunirse periódicamente (Hech 12,25). Fue, por tanto, conocido de Pedro y, según muchos especialistas, el evangelio de Marcos refleja la predicación del jefe de los apóstoles.
De estos datos introductorios que estudiamos en detalle en la primera sesión (cómo se escribieron los evangelios, quién es Marcos, dónde escribió y cuándo) podemos sacar tres claves para su lectura:
La experiencia misionera de Marcos. Experiencia desgraciada, en primer lugar; pero Juan Marcos se encontraba todavía en los primeros pasos de su vida apostólica y no estaba suficientemente probado (Hech 13,13; 15,36-41). La primera carta de Pedro nos lo muestra con él en Roma (1Pe 5,13). Acompaña también a Pablo durante su primera cautividad en Roma (Col 4,10). Así, pues, Marcos no se quedó en Palestina. Tiene una experiencia misionera en tierras paganas. Nos lo confirma la lectura de su evangelio y veremos que aquella experiencia debió de ser bastante ardua.
Su relación con Pedro. Está bien demostrada. ¿Por qué ha insistido en ella la tradición? Ante todo, para poner el testimonio contenido en este libro bajo la autoridad del apóstol. ¿Nos ayuda esto a comprender este libro? Sí, en cierta medida. Cuando se habla de Pedro en este evangelio, nunca es para halagarlo, sino todo lo contrario. Se dice con frecuencia: “¡Mirad qué viva esta narración! Estamos escuchando a un testigo ocular; es el mismo Pedro el que nos habla…”. Es posible, pero cuando se ve qué pequeño es este número de relatos “en vivo”, en comparación con los que resultan demasiado esquemáticos, no cabe más remedio que pensar: si en el fondo de todo esto está el testimonio de Pedro, es un testimonio fijado ya dentro de un esquema fácil de grabar en la memoria. ¿Y es específico de Pedro este testimonio? Podría muy bien ser de algún otro.
La relación con Roma. Esto nos puede permitir precisar ciertas cuestiones que se plantean al leer este libro: ¿cuál es el área geográfica que supone? ¿dónde ha podido nacer un libro como éste? Cuando leemos a Marcos, nos damos cuenta de que ha sido escrito para pagano-cristianos, para los cristianos convertidos del paganismo, a los que es preciso explicar las costumbres judías, ya que no están al corriente de ellas. Por ejemplo, no cabe más remedio que indicarles que, cuando los judíos vuelven de la compra, tienen que purificarse por haber tenido contactos que les han hecho impuros; necesitan también lavar los platos de tal manera… (Mc 7). Un libro semejante ha tenido que nacer en tierra pagana. ¿Escrito en Roma? Las cosas cuadran perfectamente. También es curioso comprobar el lugar que ocupan las persecuciones en este evangelio. La fe que exige Marcos es una fe que se vive en una situación de oposición, de conflicto, una fe contestada, por la cual es preciso aceptar el riesgo, ya que el ambiente la rechaza como rechaza a los creyentes. Estas numerosas alusiones a una situación de persecución se explicarían muy bien si el libro ha nacido en Roma, alrededor de la muerte de Pedro, esto es, durante la persecución de Nerón en el año 64.

Tres lecturas de conjunto del evangelio de Marcos

Se trata de que leamos de un tirón el evangelio, como una obra de conjunto. Será conveniente que tengamos algunos elementos que nos ayuden en la tarea. Nos preguntamos si Marcos tuvo un plan y cuál fue ese plan al escribir. Propongo dos acercamientos:
– La geografía
– El drama

1. Lectura desde la geografía
Jesús se desplaza con frecuencia en Marcos; está continuamente en camino. Por ello se ha intentado muchas veces señalar el orden de este evangelio a partir de la geografía. Pongamos como ejemplo el que proponía la Biblia de Jerusalén:
1,1-13: Preparación del ministerio de Jesús EN JUDEA;
1,14-7,23: Ministerio de Jesús EN GALILEA;
7,24-10: Viajes de Jesús FUERA DE GALILEA;
11-13: Ministerio de Jesús EN JERUSALEN;
14-16: Pasión y resurrección EN JERUSALEN.
Es verdad que un plan semejante se basa en observaciones exactas; sin embargo, no es satisfactorio y no siempre los especialistas se muestran de acuerdo. Sin embargo, hay algo que conviene retener de esta propuesta, con tal de que comprendamos que no se trata de pura geografía o de pura historia (es probable, por ejemplo, que Jesús fuera varias veces a Jerusalén, como nos dice explícitamente Juan), sino de “geografía teológica”, por así decirlo. El espacio de Marcos está organizado, esto es, se pone a los lugares en cierta relación unos con otros.
Hay una primera oposición: Galilea – Jerusalén. La primera parte (1,14-9) se desarrolla en Galilea. Luego Jesús viene a Judea y sube a Jerusalén (c.10) y el libro se acaba en Jerusalén (c.11-16). Se observa que la época galilea, siempre que se menciona a Jerusalén, es en un sentido hostil. Y, al final de la sección que transcurre en Jerusalén, se dice en dos ocasiones que Jesús “después de su resurrección precederá a sus discípulos a Galilea”. De Galilea es de donde tiene que partir de nuevo el evangelio, después de la resurrección, lo mismo que fue en Galilea donde Jesús empezó a proclamarlo. Jerusalén, por su parte, es la ciudadela de la oposición, la ciudad de donde viene el ataque más rabioso contra Jesús (3,22) y donde los responsables de la nación lo condenan a muerte y lo entregan a los paganos.
La segunda oposición se da entre el país donde hay judíos y el país donde hay paganos. Esta otra oposición aparece sobre todo en la época galilea, entre país donde hay judíos y país donde hay paganos. Se manifiesta de dos maneras: Está, en primer lugar, la oposición entre las dos orillas del lago. En los c. 4 y 5 la cosa está clara: una de las orillas es judía, la otra pagana (el país de la Decápolis). No está tan claro en 6,30-44. Sin embargo, cuando Jesús vuelve a esta parte del lago (6,53), se encuentra con la oposición de los fariseos y de los letrados venidos de Jerusalén (7,1). En la discusión sobre la pureza de los alimentos, Jesús rompe abiertamente con las tradiciones recibidas de los judíos (7,1-23). Y esta ruptura se traduce en la geografía: Jesús sale de allí y se va al país de Tiro, donde se encuentra con una pagana (7,24-26). A partir de entonces se multiplican las indicaciones geográficas y se habla de regiones en donde viven paganos: Tiro, Sidón, la Decápolis, Cesarea de Filipo (7,24-31; 8,27). En 8,10, después de la multiplicación de los panes, Jesús vuelve a la orilla “judía” del lago. Pero una vez más es para encontrarse allí con la oposición de los fariseos que reclaman un signo extraordinario para creer. Jesús se lo niega, “y dejándolos, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla opuesta” (8,13). Así, la Galilea de Marcos no tiene fronteras. En ella se oponen dos espacios: uno es el de los fariseos y letrados, que se cierra sobre sí mismo; el otro es el que Jesús abre delante de sí al pasar a los paganos. Marcos insiste en ello, ya que ve allí la preparación de la misión entre los paganos. Por consiguiente, esta geografía tiene un sentido. La forma como Jesús se mueve dentro de ella muestra ya su dirección, inaugura ese movimiento que tiene que impedir para siempre al evangelio dejarse encerrar dentro de cualquier tipo de Jerusalén. La manera con que Marcos organiza su espacio nos permite entonces una primera distribución de su libro.

2. Lectura desde el drama que se desarrolla en el evangelio
Marcos coloca, en el mero inicio de su evangelio, la siguiente frase: “comienzo del evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios” (Mc 1,1). Si Marcos pone esos dos títulos al comienzo, es porque resultan importantes para él; será interesante averiguar dónde y cómo vuelven a aparecer en su libro. Señalémoslo brevemente.
Cristo: Jesús es reconocido como tal una sola vez por un hombre, Pedro, a quien se le impone inmediatamente silencio (8,29-30); Jesús no aprueba este título más que en el curso de su proceso (14,61-62).
Hijo de Dios: revelado como tal por Dios en el bautismo (1,11) y en la transfiguración (9,7), divulgado por los demonios (3,11; 5,7), este título tiene que permanecer en secreto. Pero Jesús lo acepta durante su proceso (14, 61-62) Y un hombre, un pagano, lo pronuncia al pie de la cruz (15, 39).
El inicio del evangelio nos da, pues, la clave del drama que se desarrollará. Se trata de que el lector descubra, al paso de la narración, cómo es que Jesús es el Mesías, qué tipo de Mesías es él y cómo en su vida descubrimos que es Hijo de Dios.

Excursus: la danza de los siete velos
El lugar era pequeño y oscuro. En algunos rincones podía entreverse a los árabes fumando en sus largas pipas que terminan, por un lado en un frasco de líquido fresco y, por el otro, en la boca del fumador. En el centro del lugar, un pequeño estrado rodeado de mesas y de parroquianos.
Todos esperan el espectáculo anunciado: la danza de los siete velos. Cuando los tambores suenan y las luces se apagan, nuestros sentidos se agudizan. En medio de una tenue luz, y al compás de esa música sin percusiones, típicamente árabe, emerge de las tinieblas el grácil cuerpo de una joven marroquí. Cubierta con velos hasta la cabeza, sólo puede apreciarse la belleza de sus ojos negros.
La música va subiendo en un crescendo apenas perceptible. De cuando en cuando se oye el sonido de unos platillos atronadores. Es la señal para dejar un velo por los suelos. Mientras la música embriagadora continúa, la joven se despoja del segundo velo y, en medio del volumen cada vez más fuerte, va dejando atrás el tercero, cuarto y quinto velos. La audiencia casi ni respira. Hombres y mujeres están pendientes de los cadenciosos movimientos de la joven bailarina. Por fin deja atrás el sexto velo y en la apoteosis musical se prepara para arrojar el séptimo, quedando totalmente desnuda. La música se vuelve atronadora y las luces hiperbrillantes. De pronto el sonido de los platillos suena ensordecedor y, en el clímax de la espera, la mujer hace volar el séptimo velo al tiempo exacto en que las luces se apagan. El espectáculo terminó. Los aplausos son atronadores.
Durante el tiempo que enseñé en el seminario solía contar a mis alumnos este relato de la danza de los siete velos para hablarles del evangelio de Marcos. Con ese modo paulatino de revelación va el autor del evangelio descubriéndonos el misterio del Mesías Jesucristo.

Jesús es el Mesías
A partir del 1,14 y hasta el 8,26 Jesús proclama su mensaje sobre la inminencia del reino de Dios; nos ofrece sus signos por medio de sus palabras y de sus hechos, pero no habla de sí mismo. Durante esta manifestación del reino que se acerca (1,14-8,26) se escuchan algunas revelaciones hechas por los demonios y algunas preguntas planteadas por los hombres. Los demonios saben, pero tienen que callarse: “Sé quién eres tú: el santo de Dios”, exclama un demonio (1,24); Jesús le manda callar. Por consiguiente, se trata de un secreto: Jesús no quiere ser reconocido. Lo mismo ocurre en 3,11-12 y en 5,6-9.
Los seres humanos, en cambio, sólo se hacen preguntas. No entienden quién es este hombre (1,27; 4,41; 6,14-15). Todo esto prepara la proclamación de mesianidad que realizará Pedro en nombre de los discípulos (8,27-9,1). La profesión de fe de Pedro es un episodio central, al comienzo de la segunda gran parte del libro. Se recogen las opiniones de la gente (como en 6,14-16): “¿Quién dicen que soy yo? Unos dicen esto…, otros dicen lo otro…” Se trata de la respuesta de los hombres. En nombre de los discípulos, Pedro responde: “Tú eres el Cristo”. Es la primera vez, desde el comienzo del libro, que aparece esta palabra en el evangelio. “Tú eres el Cristo”: esta es la respuesta a la que llegan los discípulos, respuesta a la cuestión que se planteaban después de calmada la tempestad: “¿Quién es éste?” Para Marcos, se trata de una buena respuesta, ya que corresponde a la afirmación del comienzo del libro y Jesús no la rechaza. Sin embargo, prohíbe que se hable de eso; exige que se mantenga en secreto.
Así pues, Marcos nos presenta a la persona de Jesús en dos partes bien diferenciadas. En un esquema abreviado, pero coherente, nos muestra, del capítulo 1 al 8,27, el misterio del Mesías: Jesús de Nazaret es el Mesías esperado por Israel y por todas las naciones. Tras una larga educación a sus discípulos, ellos, en la persona de Pedro, llegan a reconocer su mesianidad (8,27-31).

El texto de Mc 8,27-30 marca el centro del evangelio. A la pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?”, responden los apóstoles con varias conjeturas. Cuando Jesús clava los ojos en ellos y les dirige, sin ambages, la interrogante: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” el apóstol Pedro, encabezando la fe de los discípulos, responde: “tú eres el Mesías”.
A partir de ahí, la danza de los velos entra en su momento culminante. El autor del evangelio no descansará hasta darnos una imagen completa del misterio de Jesús. Para ello se ha servido del llamado secreto mesiánico, esa muletilla literaria que nos repite a cada rato: “Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él”. Medio pedagógico que mantiene la tensión del relato, el secreto mesiánico constituye el hilo conductor de toda la primera parte. Gracias al “secreto mesiánico” Jesús aparece como maestro y profeta, pero evita desviaciones triunfalistas y malas interpretaciones de su mesianidad, recomendando muchas veces que no se divulgasen sus obras. Este “secreto mesiánico” es también un medio pedagógico que usa Marcos para irnos introduciendo poco a poco en el misterio de Jesús.

La figura de Jesús no se expresa en Marcos a través de largos discursos, sino que se revela paulatinamente a través de sus acciones y de los conflictos con sus adversarios. Jesús se designa a sí mismo en todo el evangelio como “hijo del hombre”, un título mesiánico muy oscuro, de difícil comprensión incluso para las personas de su tiempo. Este título subraya sin duda, la humanidad de Jesús, su solidaridad con todos los seres humanos. Por eso Jesús aparece mezclándose con los pecadores y hasta admitiendo en su círculo íntimo a uno de ellos (2,13-14). Así, el Jesús de Marcos desafía las discriminaciones sociales y rechaza la hipocresía de los fariseos, que han terminado por tergiversar el mensaje de Dios (2,18-22.23-27).
Esta primera etapa termina con la llamada “crisis de Galilea”. Jesús encuentra una oposición frontal a su mensaje de parte de los fariseos y se ve obligado a retirarse del ministerio en Galilea. Después de trabajar algún tiempo en la región del norte (7,24-8,26) Jesús regresa y encuentra la misma oposición. En la región de Cesarea dirigirá una pregunta a sus discípulos e iniciará una nueva etapa en su predicación.
Podríamos decir que, al llegar al texto de la confesión de Pedro, todos, el lector incluido, puede dar un respiro de alivio: algo se va comprendiendo de la mesianidad de Jesús, a pesar de la dureza de cabeza de los discípulos.

Jesús es un Mesías sufriente
Queda ahora un segundo cometido: aclarar el sentido del mesianismo de Jesús. Un segundo recurso literario será utilizado por el evangelista: los llamados anuncios de la pasión. Cuando se le dice a Jesús: “Tú eres el Cristo”, responde: “El hijo del hombre tiene que sufrir”. Secreto y anuncio de la pasión-resurrección: he aquí cómo progresa este evangelio.
La profesión de fe de Pedro señala por tanto una nueva etapa: “Jesús empezó a enseñarles que…”, escribe Marcos. Aquello tiene el aire de una enseñanza que va a durar; de hecho, nos encontramos con tres anuncios de la pasión-resurrección. Tres veces es una cifra simbólica que significa repetición e insistencia; quizás hubo más ocasiones. Este anuncio de la pasión-resurrección explica en cierto modo el porqué del secreto. Podemos decir por consiguiente: el título de “Cristo” queda prohibido de momento, hasta que Jesús no haya cumplido con su destino de hijo del hombre que tiene que pasar por la pasión-resurrección.

Situados estratégicamente en la segunda parte del evangelio (Mc 8,31-33; 9,30-32; 10,32-34), los anuncios de la pasión son la introducción inmediata al ministerio de Jesús en Jerusalén, que culminará con su pasión dolorosa y su muerte.
Los anuncios de la pasión son indudablemente históricos. Son parte de un material privilegiado que aparece en los tres evangelios sinópticos (Mt – Mc – Lc) y muestra un núcleo de semejanzas que dan testimonio de su veracidad histórica. Algunos han querido negar la historicidad de estos anuncios de pasión, alegando que, como hablan de la resurrección, deben ser considerados material postpascual, es decir, colocado en boca de Jesús por los escritores sagrados, pero nunca pronunciado por el Maestro. Aun cuando la referencia a la resurrección y otros elementos pudieran ponerse en duda, la historicidad de los anuncios de pasión se mantiene por muchas otras razones. Entre otras cosas, son señal inequívoca del nivel de conciencia de Jesús, que previendo su muerte, está dispuesto a enfrentarla con valentía. No se necesita ser adivino para prever que la predicación de Jesús habría de llevarlo a un conflicto con las autoridades judías. Jesús, consciente de su misión, quiere llevarla adelante, aun cuando encuentra signos de una oposición que tal vez terminará de manera violenta. Es consciente de ello y quiere hacer conscientes a sus discípulos.
Los anuncios de la pasión preceden, por otra parte, importantes enseñanzas de Jesús acerca del uso del poder, del ídolo de las riquezas y de la necesidad del servicio y del amor fraterno como señales claras de discipulado.

Tras la respuesta de los hombres, viene la respuesta de Dios. El relato de la transfiguración (9,2-13) culmina en la afirmación: “Este es mi hijo amado” Esta declaración recoge la del bautismo y es la voz de Dios. Por tanto, no hay error posible: Hijo amado quiere decir hijo único, el hijo que tiene con el Padre una relación absolutamente incomparable como no la puede tener ningún otro. En el bautismo, la voz se dirigía a Jesús: Tú eres mi hijo amado, y en Marcos se trata de una interpelación sin asistentes, sin testigos; es una revelación secreta, para Jesús. Aquí, en la transfiguración, la palabra divina se dirige a los tres discípulos; es una revelación privada concedida a tres testigos solamente; una revelación que sigue siendo secreta.

A partir del capítulo 10, nos encontramos con un nuevo giro. En Jericó (10,46-50), un ciego se pone a gritar: “Hijo de David, ten piedad de mí”. Se trata, una vez más, de una respuesta humana: hijo de David quiere decir prácticamente mesías, ya que éste era esperado como descendiente de David, al menos en una de las líneas de la esperanza judía. Significa reconocer a Jesús como el descendiente de David prometido para que renueve la realeza de Israel. En esta ocasión, Jesús va camino de Jerusalén; algunos podían creer que va a tomar las riendas del poder. Por dos veces, el ciego lo proclama “hijo de David”; Jesús no protesta ni le impone silencio. La entrada en Jerusalén (en el c. 11) se describe como una entrada triunfal, aunque quizá con demasiada modestia; señala, sin embargo, la voluntad de obtener una especie de triunfo y las aclamaciones son en esta ocasión: “Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David” En dos ocasiones, por consiguiente, Jesús es reconocido como el rey davídico que viene a tomar posesión de su reino. Una discusión, sin embargo, en 12,35, muestra que para Jesús (y para Marcos) este título no es satisfactorio. Toda su estancia en Jerusalén es una especie de discusión en torno al hijo de David.

A través de los pasajes y los relatos que constituyen la actividad de Jesús en Jerusalén, el centro del poder religioso y político de los judíos, en esta segunda parte se ha ido perfilando el despojo de los últimos velos. Se va delineando así, como en una especie de escuela de vida para los discípulos, qué clase de Mesías es Jesús y qué clase de discípulos quiere.
El Mesías que va a presentarnos Marcos es un Mesías SUFRIENTE. Inmerso en una polémica que puede costarle la vida, la valentía de Jesús lo lleva a anunciar el Reino de Dios en medio de la ciudad que es símbolo del poder reinante: Jerusalén. La expulsión de los vendedores del templo (11,15-19), las parábolas polémicas (la higuera estéril 11,12-14; viñadores homicidas 12,1-12; etc.) nos muestran la decisión de Jesús de llevar el anuncio del reino hasta las últimas consecuencias.
Por fin, el relato llega a los capítulos 14-16. Majestuosamente se yergue delante de nosotros una unidad literaria de valor excepcional. La pasión en Marcos es, probablemente, el primer documento con cierta unidad literaria que circuló entre los discípulos en los primeros años de la era cristiana. Es seguro que este relato existía previamente al evangelio completo.

Es hasta 14,55-64 que nos encontramos ahora con la pregunta oficial: el interrogatorio de Jesús ante el sanedrín. El sumo sacerdote le plantea la cuestión de una forma muy solemne: “¿Eres tú el Cristo, el hijo del bendito?” (14,61). Volvemos a encontrarnos aquí con los dos títulos importantes, mientras que ha desaparecido el de “hijo de David”; la cuestión ha quedado liquidada. “¿Eres tú el Cristo, el hijo de Dios?”. Es realmente la cuestión fundamental, ya que recoge los dos títulos de la primera frase del evangelio, aquella frase que nos daba de antemano la respuesta: “Evangelio de Jesús, el Cristo, hijo de Dios”. Lo que afirma aquí la fe cristiana: eso es lo que el sumo sacerdote pregunta ahora a Jesús. ¿Y qué es lo que responde Jesús? Por primera vez en toda esta discusión, Jesús toma una postura abierta. Declara: “Yo lo soy”. Por lo menos, en el evangelio de Marcos; en Mateo su respuesta no es tan clara: “Tú eres el que lo dice”. Es la primera vez que Jesús se pronuncia, y lo hace precisamente en el momento en que se cumple su destino. Este título no podía afirmarse de verdad y con todo su sentido antes de que Jesús muriera y resucitase.

El relato de la pasión constituye el último velo de esta danza teológica del mesianismo de Jesús. Seco en algunas de sus expresiones, el autor del evangelio quiere presentarnos un relato crudo de la muerte de Jesús. No hay matizaciones de orden teológico. La muerte de Jesús no es presentada como su glorificación última, como en el evangelio de Juan, ni tampoco como una cátedra sagrada, como en el evangelio de Mateo. Marcos presenta un relato crudo, una serie de pasajes que retratan el juicio y la condena de un inocente, junto con su sangriento final. Era necesaria esta crudeza para completar el cuadro teológico de la mesianidad de Jesús.

Hay tres grandes declaraciones de la mesianidad de Jesús en el evangelio de Marcos. Su significación depende, en gran parte, del lugar del evangelio en el que se encuentran situadas. La primera aparece en el inicio mismo del evangelio. Me refiero a la primera confesión de mesianidad: “tú eres el Santo de Dios” (Mc 1,24). La elección mesiánica de Jesús es la que lo hace “santo”, como solamente es santo Yahveh. Esta confesión primera está pronunciada, de manera harto significativa, por un espíritu inmundo antes de ser expulsado.
La segunda declaración es la de Pedro, y a ella hemos hecho referencia más arriba (Mc 8,27-30). Es pronunciada por el jefe de los apóstoles que habla, debemos suponerlo del contexto, en nombre de los discípulos que han seguido más de cerca a Jesús.
La tercera declaración de mesianidad, no aparece sino hasta el final del evangelio. Concluido el relato de la pasión, al pie de la cruz, un extranjero, el centurión romano, hace la confesión final de mesianidad: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

A partir de este momento, nos dice Marcos, podéis decir que Jesús es el hijo de Dios, porque lo habéis visto morir. El hecho de que ese hombre a quien ustedes proclaman como hijo de Dios sea el crucificado, desinfla todos los mitos de hijo de Dios que podrían aplicarse a Jesús… Jesús es el Cristo, pero es curiosa su manera de serlo; no es eso precisamente lo que ustedes esperaban. Es el crucificado el que es hijo de Dios. Ahí es precisamente donde radica el punto neurálgico del evangelio de Marcos. Eso es lo que quiere meter en la cabeza de los cristianos. El lector ha presenciado el despojo del último de los velos. La cruz es el punto culminante, la consecuencia coherente, de la vida de Jesús. Por fin aprendemos la lección final: el mesianismo de Jesús es un mesianismo de entrega de la propia vida en favor de los hermanos, de proclamación del reino hasta sus últimas consecuencias, de una divinidad que se transparenta en alguien perfectamente humano. Como dijera hace muchos años un teólogo de nuestro continente: humano, así tan humano, sólo podía serlo Dios.

 

Algunas fuentes:

DELORME Jean, El evangelio según Marcos (Verbo Divino, Estella 1990)

AGUIRRE – RODRÍGUEZ, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles (Verbo Divino, Estella, 1992)

GNILKA Joachim, El evangelio según Marcos (Sígueme, Salamanca 1999)

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One Response

  1. Andrés Mayorquín dice:

    P. Lugo

    Repasando la charla del lunes, la cual fue muy grata, pensaba sobre el título «Hijo de Dios», y me preguntaba si Marcos ya veía a Jesús como Dios o no.
    Para nosotros los católicos es muy fácil entender con este título la divinidad de Jesús, pues declaramos que creemos en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero no me queda claro si para el tiempo en que se escribió el Evangelio de Marcos ya se asumía esta divinidad.
    Leyendo este material que comparte, retomo la duda pues al inicio menciona que este Evangelio ha tomado importancia para aquellos que quieren conocer la humanidad de Jesús.
    Ojalá pudiera hacer algún comentario al respecto en la charla del siguiente lunes.

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