Iglesia y Sociedad

Concordancia ecológica

5 Jul , 2015  

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Hice la promesa de escribir hoy sobre la nueva encíclica del Papa Francisco. Ofrezco disculpas a mis cuatro lectoras. La encíclica merecerá en estas páginas, se los aseguro, mucho más que una sola entrega porque es un documento que no tiene desperdicio. En U Yits Ka’an trabajamos a marchas forzadas para poder ofrecer a nuestros amigos/as y colaboradores/as un material que les permita, en tres o cuatro talleres comunitarios, acercarse al contenido esencial de un documento que se acerca a las doscientas páginas. Al concluirlo lo compartiré en estas páginas.

Para saldar en algo mi deuda rescato hoy este texto que escribimos Carlos Maciel y yo como prólogo a nuestro libro “La Biblia es verde”, un libro que no puede encontrarse hoy en ninguna parte y no porque se hubiera vendido hasta agotarse, qué va, sino porque, publicado hace 17 años, en 1998, por la extinta Comisión Episcopal de Pastoral Bíblica, que no contaba con una red de distribución para sus publicaciones, ha de estar durmiendo el sueño de los justos en alguna bodega olvidada. Ojalá alguien lo rescatara: es probable que ahora si se vendieran algunos ejemplares…

Comparto este texto con la alegría de encontrar algunas coincidencias entre nuestras ya lejanas intuiciones, de Maciel y mías, y las líneas maestras del documento de Francisco. Ya sabrán de sobra las cuatro lectoras de este portal electrónico que no es muy frecuente encontrar similitudes entre el contenido de esta columna y los documentos pontificios. Así que hay que aprovechar esta singular concomitancia. Les dejo con el texto:

“Era una tarde de domingo en la plazoleta de la ciudad de Bonn, capital de la antigua Alemania Federal. Todos los domingos, el parque público principal se transformaba en una enorme feria de trovadores y pintores, de payasos y caricaturistas.

Aquella tarde, vimos una procesión de personas vestidas de negro; llevaban mantas advirtiendo sobre la inminencia de la catástrofe del ecosistema, y un enorme reloj marcando cinco para las doce, como indicando la urgencia de tomar decisiones que pudieran evitarla. Sentados después en el centro de la plaza formando un enorme círculo, los marchistas escucharon absortos lecturas sobre la belleza de la naturaleza, la responsabilidad de conservarla para las futuras generaciones, junto con horripilantes relatos acerca de la extinción de algunas especies animales. El lector que estaba en el centro del círculo era un joven de unos 25 años y vestía una camiseta en la que estaba dibujado un enorme girasol, en cuyo centro había un nombre: Die Grünen, es decir, Los Verdes, el nombre del Partido Ecologista Alemán. Los transeúntes se detenían para mirarlos con curiosidad, leían sus carteles y escuchaban por algunos momentos sus lecturas. La mayoría los veía con escepticismo y una buena parte los consideraba locos. Nosotros también. Era el año de 1983.

Durante algún tiempo mantuvimos esa opinión. Ante problemas tan graves como la injusticia social, la miseria del Tercer Mundo, las guerras fratricidas, nos parecía que el asunto de la ecología era problema de algunas señoras ricas y desocupadas, patrocinadoras de las asociaciones protectoras de animales. Nuestro escepticismo comenzó a desaparecer cuando los movimientos ecologistas se desarrollaron y se convirtieron en asunto público con sus acciones espectaculares y sus tomas de posición políticas. Como una ola que no puede ser frenada, la conciencia de la posibilidad cierta de la autodestrucción de la raza humana y de su ecosistema, fue creciendo hasta tornarse patrimonio de todos. Algunas de las advertencias de esos grupos comenzaron a cumplirse: playas contaminadas con petróleo y aceites químicos, pájaros muertos, bosques destruidos por las lluvias ácidas, desaparición de la capa protectora de ozono y, en el corazón de un país como México, niños que no podían salir a la escuela en el invierno, a causa del fenómeno de la inversión térmica, fruto de la contaminación atmosférica. Aquellos jóvenes ecologistas, aparentemente locos, habían puesto el dedo en la llaga: eran profetas de una destrucción posible, a la que todos estábamos colaborando de una manera activa o pasiva, con nuestra participación o con nuestra indiferencia.

Hoy todos los organismos internacionales se ocupan del tema. La reciente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el medio ambiente y el desarrollo (Eco’92), celebrada en Río de Janeiro y llamada “Cumbre de la Tierra”, puso en evidencia la gravedad de la crisis del ecosistema. Hoy ya nadie piensa que la defensa del medio ambiente es solamente asunto de Brigitte Bardot y sus osos polares, o de algunos “locos” que defienden las ballenas. El mundo es nuestra casa común, creada por Dios como un jardín de vida abundante, y nosotros nos hemos empeñado en convertirlo en un inmenso cementerio en el cual, al final, no habrá manos humanas que coloquen las lápidas.

La Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Santo Domingo, acentúa la responsabilidad que, frente al desastre ecológico, tienen los promotores de un tipo de desarrollo que privilegia minorías y compromete el futuro de la humanidad en favor del lucro desmedido y del consumismo como fines absolutos de la sociedad. Este modelo de desarrollo provoca, en gran parte, los actuales desastres ambientales y sociales. Gracias a éstas y otras declaraciones, hemos caído en la cuenta de que, aquellos graves problemas que no han dejado de angustiarnos, como la miseria y la desigualdad, tienen el mismo origen que el actual deterioro ambiental: el triunfo del reino del dinero por encima del reinado de Dios. La lucha es, pues, la misma.

El deterioro del ecosistema, en los niveles de gravedad que ha alcanzado en nuestros días, es una muestra de que los valores del evangelio no han conseguido todavía penetrar en el complejo mundo de nuestras relaciones interhumanas y con la naturaleza. Bien acusan los Obispos de Santo Domingo cuando afirman que hay un modelo de desarrollo que, para favorecer el dinero y el mercado, no tiene reparo en destruir el universo y comprometer el propio futuro de la raza humana. Se hace cada vez más necesaria una nueva mentalidad: el aprendizaje de la sobriedad por encima del consumismo desenfrenado; la recuperación de la sabiduría de nuestros pueblos antiguos en su relación con la naturaleza; una espiritualidad que recupere el sentido del Dios creador que está siempre presente en sus obras, es decir, en la naturaleza; una reeducación que privilegie el valor de la vida en lugar de la promoción de una cultura de la indiferencia y de la muerte; el continuo ejercicio de la crítica ante la riqueza desmedida y las sofisticadas formas de desperdicio; todos éstos son solamente algunos de los temas que componen esa nueva mentalidad que la iglesia latinoamericana está preocupada en fomentar (DSD 169-170). Como todos viajamos en el mismo barco, nadie puede estar ausente de esta tarea.

El libro que ahora presentamos quiere colaborar a producir esta nueva mentalidad que el mundo necesita y cuyos rasgos hemos descrito arriba, para producir en los lectores las actitudes correspondientes. Se trata de un trabajo realizado en la misma línea de nuestra obra anterior (Las trampas del poder, 1993), sólo que la perspectiva de las reflexiones es, ya no el uso y el abuso del poder en la sociedad, sino la realidad sobrecogedora del deterioro ambiental. Esta perspectiva nos ha dado una nueva luz en la lectura de algunos textos bíblicos.

La dinámica del libro, que pretende favorecer su uso en los grupos de estudio bíblico, permanece la misma: presentación del texto, ambientación histórica del mismo, comentarios, y finalmente algunas preguntas que pueden ayudar a la reflexión personal y grupal de los lectores. Indudablemente que para su utilización más fructífera en los grupos de reflexión, es imprescindible la mediación de un guía del grupo que con mejores conocimientos bíblicos, resuelva las dudas e interrogantes de los demás participantes. Por otra parte, el libro también puede ser aprovechado en la lectura personal, y como guía temática de estudio, para acercarse a los textos referidos. Ojalá pueda este libro ser un material útil en la toma de conciencia acerca de la relevancia que hoy tiene, para nuestra vida cristiana, el cuidado y conservación del medio ambiente. Con ello estaríamos satisfechos”.

Raúl Lugo Rodríguez / Carlos Maciel del Río

Nota bibliográfica: Lugo R. – Maciel C., La Biblia es verde. Estudio de los textos bíblicos sobre el medio ambiente (Ed. Comisión Episcopal de Pastoral Bíblica, México 1998)

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2 Responses

  1. Gaviotra dice:

    … ¿cuatro lectoras? No creo ser la quinta, sí creo ser parte de un grupo no tan pequeño de lectores y lectoras que seguimos su palabra por aquí. Saludos fraternos y, espero las siguientes entregas, por lo pronto comparto ésta.

  2. Maru Noguez dice:

    Un saludo.. Espero con ansia sus comentarios a esta Enciclica de nuestro papa. Además para hacerle saber que en el 2010 , se realizó un curso taller sobre «El Cuidado de la Creación de Dios», desde nuestra fe, con 35 personas laicas y algunas hermanas de la Congregación CCVI. Allí usamos como base el texto de» La Biblia es Verde» de usted y C. Maciel ( auxiliandonos, en las presentaciones de otra literatura) . Como resultado se elaboró un manual de acciones concretas , para ser seguido y adicionado por cada una de las laicas y hermanas de CCVI de México, D.F. El texto lo conseguimos en la Pastoral Biblica, cada una de las asistentes compro el libro. Nos quedamos con deseos de tener un curso sobre él a mas profundidad.
    Maru

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