Iglesia y Sociedad

Reflexiones sobre Darwin y la religión

24 Ago , 2009  

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La aparición de la teoría de la evolución cimbró a una buena parte de las iglesias cristianas establecidas. Una lectura literalista de los relatos del libro del Génesis y una catequesis que fomentaba la oposición entre la ciencia y la fe generaron una reacción de oposición a la teoría evolucionista como si viniera a contradecir la existencia de un Dios creador y ordenador. La mutua desconfianza entre ciencia y fe, cultivada con esmero por muchos dirigentes de iglesias, fue llevando a una radicalización de posiciones que confrontó dos proyectos de pensamiento volviéndolos incompatibles.

Aunque los procesos de observación de Darwin y de los científicos que le han sucedido en esta misma senda intentan explicar la evolución de las especies a partir de la lucha por la sobrevivencia y la adaptación de los organismos vivos a las condiciones del medio ambiente, era inevitable que la teoría de la evolución planteara la discusión filosófica sobre el origen del universo.

El impacto de la teoría darwiniana fue más allá de la biología de la evolución y terminó por cambiar por completo nuestra visión del mundo. La selección natural no planificada ponía inevitablemente en revisión la idea de un Dios creador y organizador, reviviendo un debate tan antiguo como la filosofía misma. En la más reciente película en la que he visto trabajar Nicolás Cage (Presagio) queda planteado, en el drama personal del protagonista, un maestro universitario de ciencias, la alternativa filosófica que se desprende del avance científico: o el mundo responde al puro azar, o se encuentra en su origen una inteligencia que conduciría el proceso.

Y es a partir de esta disyuntiva que se han generado algunas posiciones radicales. Presentaré algunos de sus rasgos, no sin temor de una excesiva simplificación. Podríamos poner, por un lado, el evolucionismo radical, que ve en la teoría de la evolución la comprobación o prueba científica de que la creación no es una explicación admisible del origen del mundo. El origen del universo y del hombre se explicaría sin necesidad de recurrir a la existencia de un Dios creador, noción que habría sido definitivamente superada por el avance científico. Quizá uno de los representantes más recientes y documentados de este pensamiento cuasi religioso sea el biólogo Richard Dawkins, que con argumentos llenos de una fina ironía, sostiene una posición ateísta según la cual la evolución sería la prueba máxima de la inexistencia de Dios.

En el otro extremo habría que situar a los creacionistas radicales, que a partir de una perspectiva literalista, leen los textos bíblicos como si de textos científicos se tratara. La más moderna versión de este creacionismo lo constituye la teoría norteamericana del Diseño Inteligente. El Creacionismo, una corriente formada principalmente por cristianos evangélicos, se desarrolló en los Estados Unidos a principios del siglo XX. En 2005 convencieron al entonces presidente George W. Bush de que la teoría del Intelligent Design (‘diseño inteligente’) debía ser enseñada al mismo nivel que la Teoría de la Evolución en la clase de Biología. Intelligent Design es la tesis creacionista, según la cual la vida surgió de un ser inteligente y originario.

El hecho de que la iglesia católica no condenara nunca a Darwin, como anteriormente lo había hecho con Galileo, convenció a los protestantes más radicales de que los católicos no defendían con el empeño debido las enseñanzas de la Biblia. Pero es que siempre ha habido una diferencia entre la lectura católica y la lectura fundamentalista. Ya en el pasado más remoto de la iglesia católica se encuentra, en la hermenéutica de los textos, cuando menos cuatro sentidos: textual, alegórico, moral y espiritual. La iglesia católica no ha leído nunca la Biblia en su sola literalidad.

La posición de Francisco Ayala

Francisco Ayala es uno de los científicos españoles con mayor prestigio internacional. Actualmente es profesor del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Irvine, USA. También es miembro de la Academia Nacional de las Ciencias de Norteamérica. Entre los méritos y las distinciones que le han sido otorgados al Profesor Ayala destacan el hecho de haber recibido la Medalla Nacional de las Ciencias de Estados Unidos. Gracias a su gran prestigio profesional fue elegido como uno de los miembros del comité de asesores del ex presidente Bill Clinton. También fue presidente de la American Association for the Advancement of Science (AAAS). Es autor de varios libros, entre los que destacan: Origen y evolución del hombre (Alianza Editorial, 1980); La teoría de la evolución. De Darwin a los últimos avances de la genética (Temas de Hoy, 1994); Senderos de la evolución humana (Alianza Editorial, 2001); La piedra que se volvió palabra (Alianza Editorial, 2005); estos dos últimos libros en colaboración con Camilo José Cela Conde. En el año 2000 fue investido Doctor Honoris Causa por la Unviersitat de València; institución que publicó en 2006 un libro, titulado: La evolución de un evolucionista, en el que se publicaban, entre otras cosas, varios artículos suyos.

Francisco Ayala ha escrito recientemente dos libros que resumen su posición ante la polémica evolucionismo-creacionismo. El primero se llama Darwin y el Diseño Inteligente, donde el biólogo aborda las cuestiones fronterizas entre ciencia y religión. Y el más reciente lleva el título de El regalo de Darwin a la ciencia y a la religión. Ayala se propone ofrecer datos lo suficientemente claros para que el lector o lectora abandone la idea de la incompatibilidad entre el pensamiento de Darwin y las creencias católicas.

De manera especial, Ayala se propone combatir las dos posiciones extremas que hemos mencionado antes. El punto de partida es el de dos visiones encontradas que, como se verá más adelante, terminan tocándose de cerca. Hay, por un lado, creyentes que ven a la ciencia con recelo porque piensan que, de suyo, es materialista y, por lo tanto, se convierte en un instrumento, muy prestigioso por cierto, del ateísmo. Pero quienes ven así la ciencia se equivocan, puesto que su materialismo metodológico no significa, ni mucho menos, que la ciencia haya demostrado que todo lo que existe sea material y que, por tanto, no existan realidades espirituales como Dios o el alma humana. Una negación de este tipo no es fruto de ninguna ciencia, sino una proposición filosófica.

Por otra parte están los que ven con malos ojos a la religión por considerar que ésta supone un freno para el desarrollo de la ciencia. Pero también ellos se equivocan al valorar así a la religión. El cristianismo, como tal, no sólo no se ha opuesto a la ciencia, sino que durante siglos la ha fomentado. A lo largo de la historia ha habido muchos religiosos que han cultivado la ciencia, del mismo modo que también ha habido muchos científicos de renombre que han profesado una fe sincera sin problema alguno de compatibilidad entre sus creencias religiosas y sus investigaciones científicas. De ahí que Ayala afirme que “propiamente entendidas, la ciencia y la fe religiosa no están en contradicción, ni pueden estarlo, puesto que tratan de asuntos diferentes que no se superponen”.

No extraña que un científico católico señale las inconveniencias de una posición que identifique la teoría de la evolución con al principio filosófico del ateísmo. Ayala considera que los defensores de esta posición fuerzan a la teoría científica de la evolución a ir más allá de sus límites metodológicos y le obligan a realizar afirmaciones que nada tienen de científicas y que son, stricto sensu, filosóficas. Ciencia y religión se mueven en planos distintos y estudian diferentes aspectos de la realidad. La ciencia estudia algunos de los aspectos cuantificables de la realidad material, de ahí que aplique de un modo lícito y muy exitoso el reduccionismo propio del materialismo metodológico; pero esto no significa que la ciencia afirme que sólo existe la realidad material; de tal suerte que Dios y el alma humana, por ejemplo, no sean, respectivamente, más que una ilusión trascendental inevitable y un paralogismo de la razón pura, como dirían los más cultos; o simplemente un mero invento de la mente, como diría el materialismo más burdo. Esos dos planos distintos en los que se mueven ciencia y religión son, por un lado el “descubrir y explicar los procesos de la naturaleza” y, por otro, la búsqueda del “significado y propósito del universo y de la vida”, también la relación entre Dios y el hombre, así como el valor y el alcance de las normas morales que surgen de esa relación, así como su influencia en la vida humana concreta. A este respecto: “la ciencia no tiene nada que decir sobre estas materias, ni es asunto de la religión proveer explicaciones científicas para los fenómenos naturales”.

Extraña mucho más que este científico católico se lance a la yugular contra el creacionismo, particularmente contra su forma más reciente del “Diseño Inteligente”. Los autodenominados “creacionistas científicos”, un grupo intelectual emergido en el seno de núcleos radicales del protestantismo estadounidense, después de varios fracasos judiciales en su intento de abolir legalmente la enseñanza de la teoría científica de la evolución en las escuelas públicas, han cambiado de táctica. Desde hace unas décadas su litigio va por la línea de intentar conseguir que los estados promulguen leyes que obliguen a dedicar el mismo tiempo a la enseñanza de dicha teoría que a la del contenido literal de la creación según la narración literal del Génesis.

En las últimas décadas estos creacionistas científicos han propuesto un nuevo movimiento partidario que denominan: el diseño inteligente (DI). Según estos autores en la naturaleza existirían estructuras complejas que serían irreductibles; o lo que es lo mismo, no podrían haber surgido por evolución biológica de otras estructuras anteriores que paulatinamente se han ido transformando hasta dar lugar a una estructura compleja actual. Si estas estructuras irreductibles no han podido surgir de un proceso de evolución biológica entonces ¿cuál es la causa de su existencia? Según los partidarios del DI dichas estructuras habrían sido diseñadas por un Diseñador Universal Inteligente.

La reflexión de Ayala es apabullante: “Si Dios diseñó a los organismos, Dios tiene mucho que explicarnos. Un ingeniero inteligente no diseñaría estos organismos a propósito, con los defectos, disfunciones, rarezas y crueldad que predominan en el mundo viviente. Igual que las inundaciones y las sequías son una consecuencia necesaria de la tela del mundo físico, los depredadores y parásitos, las disfunciones y enfermedades, son también una consecuencia de la evolución de la vida. Y no son un resultado de un diseño, que en este caso, sería deficiente o malévolo”.

El esfuerzo de los creacionistas por minimizar la teoría de la evolución encuentra en Ayala una respuesta contundente: después de explicar la importancia de las diferencias genéticas para poder establecer los momentos de las divergencias entre especies o entre géneros y demostrar cómo esas diferencias constituyen datos de primer orden para poder estudiar la evolución de los linajes y la diversificación de las especies, Ayala señala: “Se han efectuado muchos miles de exámenes y miles más se publican cada año; ninguno ha dado alguna prueba contraria a la evolución. Probablemente no exista otro concepto en ningún campo de la ciencia que haya sido examinado y corroborado de forma tan extensa y minuciosa como el origen evolutivo de los organismos vivos”.

Así que cuando los creacionistas y los partidarios del diseño inteligente insisten en que la teoría de la evolución solamente es una teoría y no el reflejo conceptual de un hecho, pues nadie ha podido observar la evolución directamente, lo hacen a partir de una concepción errónea acerca de la naturaleza de la ciencia y cómo se prueban y validan las teorías científicas. ¿Cómo compatibilizar que la ciencia es una forma de conocimiento basada en la observación y la experimentación con el hecho de que nadie ha observado, y mucho menos experimentado, la evolución? Ayala sostiene, aunque mi resumen peque de simplicidad, que algunas conclusiones de esta teoría están bien establecidas, muchos asuntos son menos ciertos, otros poco más que conjeturas, y otros siguen siendo en gran parte desconocidos, “pero la incertidumbre sobre estas cuestiones no arroja dudas acerca del hecho de la evolución” (146), del mismo modo que el hecho de no conocer todos los detalles acerca del universo no nos hace dudar de la existencia de las galaxias.

Pero incluso suponiendo que la teoría de la evolución no describiera, más o menos acertadamente, un hecho, esto no significaría que la propuesta del creacionismo o del diseño inteligente fuera correcta. Hay que tener en cuenta aquí la falacia de las explicaciones alternativas. En efecto, si una hipótesis no es correcta eso no hace que su antagónica se convierta en cierta automáticamente. A cada hipótesis le corresponde buscar, independientemente de las otras, sus pruebas a favor.

Finalmente, Ayala remata destacando las imperfecciones que se detectan en el supuesto diseño inteligente de la naturaleza, cerrándose con la afirmación de que el DI no es compatible con la noción de un Dios omnipotente, omnisciente y perfectamente benévolo, puesto que podría haber diseñado mucho mejor ciertos aspectos de los seres vivos, como es el caso del canal del parto de las mujeres, evitándose así miles de muertes de niños recién nacidos y, por tanto, totalmente inocentes; en definitiva, que: “para un biólogo moderno el diseño de los organismos no es compatible con la acción especial del omnisciente y omnipotente Dios del judaísmo, el cristianismo y el islam”. Darwin, en cambio, habría hecho un gran regalo a la teología al mostrar que la explicación de las imperfecciones se debía a la acción, ciega, de la selección natural, y no a la de un agente divino, es decir: “la ironía de que la evolución, que al principio había parecido eliminar la necesidad de Dios en el mundo, ahora ha eliminado de forma convincente la necesidad de explicar las imperfecciones del mundo como resultados del diseño de Dios (…) así es como ve las cosas un biólogo preocupado de que Dios no sea calumniado con la imputación de un supuesto diseño incompetente”.

Es esta visión la que le ha permitido al Vaticano, en un coloquio sobre Darwinismo realizado a inicios de este año, señalar que un cristiano puede creer en el diseño providencial de Dios en la Creación, sin transformar esta creencia en una “teoría científica” que compite con otra: éstos son definitivamente niveles diferentes de interpretación. Y dado que ni la existencia ni la no existencia de Dios pueden someterse a las pruebas científicas porque ciencia y religión ocupan esferas separadas y diferenciadas del conocimiento, el reto para los creyentes es construir una reflexión filosófica que pueda articular, sin confundir, la ciencia en una mano y la fe en otra. De esta manera, sólo cuando se hagan afirmaciones o aseveraciones que vayan más allá de los límites legítimos de cada una de estas esferas será cuando tanto la teoría de la evolución como la creencia religiosa aparezcan como antitéticas.

En el caso de la iglesia católica, ya desde 1950, el Papa Pío XII escribía en la encíclica Humani Generis: “El Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente… Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente…”

Más recientemente, el papa Juan Pablo II, en su discurso a la Academia Pontificia de Ciencias del 22 de octubre de 1996, señaló: “Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica (de Pío XII), nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría… ¿Cuál es el alcance de dicha teoría? Abordar esta cuestión significa entrar en el campo de la epistemología. Una teoría es una elaboración metacientífica, diferente de los resultados de la observación, pero que es homogénea con ellos. Gracias a ella, una serie de datos y de hechos independientes entre sí pueden relacionarse e interpretarse en una explicación unitaria. La teoría prueba su validez en la medida en que puede verificarse, se mide constantemente por el nivel de los hechos; cuando carece de ellos, manifiesta sus límites y su inadaptación. Entonces, se hace necesario reformularla”.

En cuanto a la polémica entre ciencia y religión, el panorama no es muy halagüeño. Sin embargo, queda la esperanza de que se impongan los análisis serenos. El creacionismo científico y el evolucionismo radical, ambas posiciones que juzgo erróneas, se alimentan mutuamente. Hoy por hoy, el evolucionismo radical parece el contrincante más fuerte: su poder y difusión están aliados con una mentalidad pragmatista muy extendida, en la que la ciencia es para muchos la única fuente de la verdad. La batalla no tendrá final, mientras no se disipe el error en que incurren ambas posturas con sus extrapolaciones. Porque ni la Biblia contiene datos científicos desconocidos en la época en que fue escrita, ni tampoco es legítimo ni científico negar lo que no se alcanza mediante la ciencia. Existen dos parcelas autónomas del saber humano -Filosofía y Ciencia- que no se pueden trasvasar sin caer en extrapolaciones inadmisibles o en una peligrosa pirueta conceptual. El problema desaparece cuando se advierte que evolución y creación se encuentran en planos distintos y, por lo tanto, no se excluyen mutuamente, aunque haya un tipo de “evolucionismo” que es incompatible con la admisión de la creación y un tipo de “creacionismo” que es incompatible con la aceptación de la evolución.

Pese al éxito de la ciencia, hay muchos asuntos de gran interés que sobrepasan a la ciencia. Son los asuntos que conciernen al significado, sentido, y propósito de la vida y el universo, así como a cuestiones de valor, no sólo de valor religioso, sino también estético, moral, y de otros valores. A estas cuestiones pretende dar respuesta la filosofía y la religión. La ciencia es fundamentalmente materialista desde un punto de vista metodológico, es decir, porque sólo se preocupa de estudiar realidades del mundo de la materia, pero esto no significa que la ciencia afirme que sólo existan las realidades materiales. Es decir: “la ciencia no implica el materialismo metafísico”.

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2 Responses

  1. Marcelo Euan dice:

    Es dificil leer tanta informacion cuando no se esta de acuerdo con lo que se lee, pero definitivamente padre lugo somos personas que pensamos totalmente diferente, espero que ambos estemos equivocados en muchas cosas para que no alguno de nos este condenado sin remedio, Ciencia y Religion pueden estar en conflicto pues religión no es sinonimo de Cristianismo. y la ciencia viene de Dios cualquier religion que no se ligue con el Dios universal (catolico) tendra que estar en conflicto con la Ciencia y Verdad. Yo si creo en el Diseño inteligente y solo tocando un tema digo el de los virus y desastres naturales que no cuadran con un Dios perfecto. claro que no cuadra, pues no han leido con atención la biblia, Según la Biblia la historia no es Lineal, es decir no es igual el universo que cuando se creo, hubo un gran ruptura en la historia, esa gran ruptura fue la entrada del pecado a la creación de Dios, si la biblia dice que el pecado del hombre afecto a la creacion es su totalidad, no solo a adan y eva si no a tu la naturaleza sin excepción fue afectada por el pecado. es como un mercedez benz que metes en un baño de acido, cuando lo sacas, es incorrecto decir como es posible que una fabrica de autos con tanto prestigio haya fabricado una auto tan feo y dañado.
    Por otra parte Dios no solo en Creador y ordenador, tambien es sustentador.
    SOLO A DIOS LA GLORIA

  2. Arturo dice:

    Es para mi un privilegio, Raúl, leerte en estos temas donde, me parece tienes una gran claridad de pensamiento. Me gustáría, si es posible, una nota de Albert Einstein, sobre este polémico tema de los puntos de encuentro y desencuentro, entre la Ciencia y la Religión.

    PRIMERO UNA FRASE
    Todas las religiones, artes y ciencias son ramas de un mismo tronco. Todas estas aspiraciones están dirigidas a ennoblecer la vida del ser humano, elevándole de la esfera de la existencia meramente física y guiando al individuo hacia la libertad.

    ENSEGUIDA EL ARTÍCULO SOBRE CIENCIA Y RELIGIÓN (espero les agrade)

    I
    Durante el siglo XIX y parte del anterior se consideraba generalmente que existía un irreconciliable conflicto entre la ciencia y la fe. Entre los hombres de espíritu progresivo prevalecía la opinión de que había llegado la hora de que la creencia fuese reemplazada, cada vez en mayor grado, por el conocimiento científico; la creencia que no se apoyara en el conocimiento científico era superstición y como tal debía ser combatida. De acuerdo con esta concepción, la única función de la educación era descubrir el camino del pensar y del conocer, y la escuela, como órgano principal de la educación del pueblo, debía servir exclusivamente a este fin.
    Difícilmente se encontrará expresado en forma tan burda, si acaso se encuentra, el punto de vista racionalista; pues cualquier hombre práctico verá enseguida cuán unilateral es tal declaración de principios. Pero también es justo enunciar una tesis fuerte y netamente si se quieren aclarar nuestras ideas respecto a su naturaleza.
    Es cierto que las convicciones se afirman mejor con la experiencia y el claro pensar. Sobre este punto hay que estar de acuerdo, y sin reservas, con los racionalistas extremos. Sin embargo, el punto débil de su concepción es el siguiente: que las convicciones necesarias y determinadas de nuestra conducta y de nuestro criterio, no se encuentran sólo a lo largo del sólido método científico.
    Porque el método científico no nos enseña más que cómo se relacionan los hechos unos con otros y cómo están condicionados unos por otros. La aspiración a ese conocimiento objetivo figura entre las más altas de que el hombre es capaz, y, ciertamente, no soy sospechoso de querer aminorar los logros y los heroicos esfuerzos del hombre en esta esfera. Pero está igualmente claro que el conocimiento de lo que es no nos lleva directamente a lo que debiera ser. Se puede tener el más claro y completo conocimiento de la que es y, sin embargo, no llegar a deducir de ello cuál debiera ser la meta de nuestras aspiraciones humanas. El conocimiento objetivo nos dota de poderosos instrumentos para el logro de ciertos fines, pero la meta última y el ansia de alcanzarla han de proceder de otra fuente. Y casi no es necesario argüir que nuestra existencia y nuestra actividad adquieren sentido únicamente en cuanto se proponen tal meta y los valores correspondientes. El conocimiento de la verdad como tal verdad es maravilloso, pero es tan poco capaz de obrar como guía que ni siquiera puede probar la justificación y el valor de la aspiración hacia ese mismo conocimiento de la verdad. He aquí, pues, los límites de la concepción puramente racional de nuestra existencia.
    Pero no hay que decidir que la inteligencia no pueda desempeñar algún papel en la formación de la meta y de los juicios éticos. Si se advierte que, para el cumplimiento de un fin, serían útiles ciertos medios, los medios mismos llegan a ser de este modo un fin. La inteligencia nos descubre las relaciones mutuas entre los medios y los fines. Sin embargo, la mera actividad racional no puede darnos el sentido de los fines últimos y fundamentales. El poner en claro estos fines y valoraciones fundamentales, y fijarlos con firmeza en la vida emocional del individuo, paréceme ciertamente la más importante función que la religión ha de realizar en la vida social del hombre. Y si nos preguntamos de dónde procede la autoridad de esos fines fundamentales –ya que no pueden ser manifestados y justificados por la sola razón–, se puede responder: existen en toda sociedad sana como poderosas tradiciones, actuando sobre la conducta y sobre las aspiraciones y juicios de los individuos; es decir, existen como algo vivo, sin que sea necesario encontrar justificación a su existencia. Adquieren existencia no por la demostración, sino por la revelación de poderosas personalidades. No hay que intentar justificarlos, sino más bien sentir tan sólo, sencilla y claramente, su naturaleza.
    Los más altos principios para nuestras aspiraciones y juicios, nos han sido dados por la tradición religiosa judeocristiana. Se trata de una meta muy elevada que, con nuestras escasas fuerzas, sólo muy inadecuadamente podemos alcanzar, pero que proporciona una fuerte base a nuestras aspiraciones y valoraciones. Si despojamos a esta meta de sus formas religiosas y la consideramos sólo en su aspecto puramente humano, podría enunciarse quizá así: un libre y responsable desarrollo del individuo, de manera que pueda emplear sus fuerzas, libre y gozosamente, para servicio de todo el género humano.
    No cabe aquí la divinización de una nación, de una clase, menos aún la de un individuo. ¿Acaso no somos todos hijos de un mismo padre, como se dice en el lenguaje religioso? En efecto, ni siquiera la divinización de la humanidad, totalidad abstracta, estaría dentro de ese ideal. Únicamente al individuo ha sido concedida el alma. Y el alto destino del individuo es más servir que mandar o imponerse en cualquier otra forma.
    Si miramos a la sustancia antes que a la forma, podemos admitir estas palabras como expresión también de la posición democrática fundamental. El verdadero demócrata puede rendir culto a su nación en el pequeño grado posible a un hombre que es religioso, en el sentido que damos a esta palabra.
    Entonces, ¿cuál es, en todo esto, la función de la educación y de la escuela? Ayudar al joven a crecer con tal espíritu que estos principios fundamentales sean para él como el aire que respire. La simple enseñanza no puede lograr esto.
    Si se tienen claramente ante los ojos estos principios y si se comparan con la vida y el espíritu de nuestro tiempo, aparece de modo evidente que la humanidad civilizada se encuentra en la actualidad en grave peligro. En los estados totalitarios son los propios gobernantes quienes se esfuerzan por destruir ese espíritu de humanidad. En los lugares menos amenazados, el nacionalismo y la intolerancia, así como la opresión de los individuos por fuerzas económicas, son los que amenazan con ahogar las más preciadas tradiciones.
    No obstante, se está extendiendo entre la gente que piensa la conciencia del peligro y existe una gran preocupación por buscar los medios que detengan ese peligro; medios en el campo de la política nacional e internacional, de la legislación, de la organización en general. Tales esfuerzos son, sin ninguna duda muy necesarios. Pero los antiguos sabían algo que nosotros, al parecer, hemos olvidado. Todos los medios no son más que instrumentos embotados, si no están sustentados por un espíritu vivificante. Mas si el anhelo por alcanzar la meta vive poderosamente en nosotros, no nos faltarán las energías necesarias para hallar los medios de alcanzarla y para transformarla en realidad.

    II
    No sería difícil ponerse de acuerdo sobre qué entendemos por ciencia. Ciencia es el esfuerzo secular por presentar conjuntamente por medio de la reflexión sistemática los fenómenos perceptibles de este mundo dentro de una asociación lo más completa posible. Digámoslo claramente: es una tentativa de reconstrucción posterior de la existencia por el proceso de la conceptualización. Pero si me pregunto que es religión, no puedo dar tan fácilmente una respuesta. Y aún después de encontrar una que satisficiera de momento, no me quedaría plenamente convencido de que, llegada la ocasión lograría persuadir con ella, ni en lo más mínimo, a cuantos han prestado a este asunto sería consideración.
    Primero, en un lugar de qué es la religión, yo preferiría preguntarme qué es lo que caracteriza las aspiraciones de una persona que me da la impresión de ser religiosa: una persona que está iluminada religiosamente se me presenta como alguien que, en el grado máximo de su capacidad, se ha liberado de los grillos de sus deseos egoístas y está preocupada con los pensamientos, sentimientos y aspiraciones que la atraen a causa de su valor suprapersonal. Paréceme que lo importante aquí es la intensidad de este contenido suprapersonal y la profunda convicción de su gran significación, sin tener en cuenta los intentos hechos para unir este contenido a un Ser divino, pues de otra manera no sería posible contar a Buda y Spinoza entre las personalidades religiosas. Por consiguiente, una persona religiosa es devota en cuanto que no duda de la significación y excelsitud de los objetos y metas suprapersonales, los cuales no admiten ni requieren un fundamento racional. Existen para ella con la misma necesidad y realidad que ella misma. En este sentido, la religión es el antiquísimo empeño del género humano por llegar a poseer clara y cumplidamente estos valores y metas, y por fortalecer y extender constantemente su efecto. Si se conciben la religión y la ciencia de acuerdo con estas definiciones, el conflicto entre ellas parece imposible. Pues la ciencia sólo puede descubrir lo que es, no lo que debiera ser; quedando al margen de su dominio todos los juicios de valoración. Por otra parte, la religión se ocupa únicamente de las valoraciones del pensamiento y de la acción humanas: en justicia, no puede tratar de los hechos y de sus relaciones. De acuerdo, pues, con esta interpretación, los famosos conflictos del pasado entre la religión y la ciencia han de ser adscritos a una errónea comprensión de la situación descrita más arriba.
    Por ejemplo, surge un conflicto cuando una comunidad religiosa insiste en la absoluta veracidad de todas las aseveraciones recogidas en la Biblia. Significa esto una intervención por parte de la religión en la esfera de ciencia; aquí está la raíz de la lucha de la Iglesia contra Galileo y Darwin. Por otra parte, los representantes de la ciencia, a menudo, han intentado llegar –sobre la base del método científico– a juicios fundamentales acerca de los valores y fines, colocándose así en oposición a la religión. Todos estos conflictos han surgido de fatales errores.
    Ahora bien, aunque los reinos de la religión y de la ciencia están claramente delimitados, existen entre ambas, no obstante, fuertes relaciones y dependencia recíprocas. Aunque sea la religión la que determina la meta, ella ha aprendido de la ciencia, en el más amplio sentido, cuáles son los medios que contribuyen al alcance de las metas que ha instituido. Pero la ciencia sólo puede ser creada por quienes están imbuidos hasta lo más hondo de la aspiración hacia la verdad y la comprensión. Sin embargo, esta fuente de sentimiento brota de la esfera de la religión. También a ésta pertenece la fe en la posibilidad de que las reglas válidas para el mundo de la existencia son racionales, esto es, comprensibles para la razón. No puedo concebir a un auténtico hombre de ciencia sin esta profunda fe. La situación puede ser expresada por una imagen: la ciencia sin la religión es coja, la religión sin la ciencia es ciega.
    Aunque he afirmado arriba que no puede existir un legítimo conflicto entre la religión y la ciencia, una vez más tengo que modificar, no obstante, mi aseveración en un punto esencial, con referencia al contenido real de las religiones históricas. Esta modificación se refiere al concepto de Dios. En el período juvenil de la evolución espiritual de la humanidad, la fantasía humana creaba unos dioses, a imagen y semejanza del hombre, que se suponía determinaban o influían de algún modo en el mundo de los fenómenos mediante actos de su voluntad. El hombre intentó inclinar el humor de estos dioses en beneficio suyo por medio de la magia y la oración. Actualmente, la idea de Dios en las religiones es una sublimación de esa vieja concepción de los dioses. Se advierte su carácter antropomórfico, por ejemplo, cuando los hombres dirigen oraciones al Ser Divino o suplican la realización de sus deseos.
    Ciertamente nadie negará que la idea de la existencia de un Dios personal, omnipotente, justo y benefactor proporciona al hombre consuelo, ayuda y guía; además, por su simplicidad, esta idea de Dios es accesible a las mentes menos desarrolladas. Pero, por otra parte, existen grandes flaquezas adheridas a esta idea, que han sido penosamente sentidas desde el comienzo de la historia. Es decir, si este Ser es omnipotente, todo acontecimiento, incluso toda acción humana, todo pensamiento humano y todos los sentimientos y aspiraciones del hombre son también obra suya; ¿cómo es posible pensar en hacer los hombres responsables de sus actos y pensamientos ante un Ser Omnipotente? Al distribuir premios y castigos, en cierto modo, estaría él sufriendo un juicio de sí mismo. ¿Cómo compaginar esto con la bondad y la rectitud que se le atribuyen?
    En la actualidad, la principal fuente de conflictos entre las esferas de la religión y de la ciencia radica en este concepto de un Dios personal. Es propósito de la ciencia establecer reglas generales que determinen la recíproca conexión de los objetos y de los acontecimientos en el espacio y en el tiempo. Se exige –no se demuestra– que estas reglas, o leyes de la naturaleza, tengan una validez absolutamente general. Se trata, principalmente, de un programa; y la fe en la posibilidad de su cumplimiento está solamente fundada, en principio, en triunfos parciales. Pero difícilmente habrá quien niegue estos triunfos parciales y los atribuya a una vana ilusión del hombre. El hecho de que, basándonos en tales leyes, seamos capaces de predecir la conducta temporal de los fenómenos en ciertos dominios con gran exactitud y certidumbre está profundamente grabado en la conciencia del hombre moderno, a pesar de que éste haya captado muy poco de los contenidos de estas leyes. Solamente necesita estar convencido de que las órbitas planetarias, dentro del sistema solar, pueden ser calculadas con gran exactitud de acuerdo con un número limitado de leyes simples. De igual manera, si no con igual precisión, es posible calcular el modo de obrar de un motor eléctrico, de un sistema de transmisión o de un aparato de telegrafía sin hilos.
    En verdad, el método científico, cuando el número de factores que intervienen en un complejo fenomenológico es demasiado extenso, falla en la mayoría de los casos. Piénsese tan sólo en el tiempo, caso en el que la predicción es imposible, incluso para unos cuantos días. Sin embargo, nadie pone en duda que estamos ante una conexión causal, cuyos componentes causales son en su mayor parte conocidos por nosotros. En este terreno, los acontecimientos caen fuera de una exacta predicción, por la variedad de factores actuales y no por falta de orden en la naturaleza.
    No hemos penetrado muy hondo en las regulaciones privativas, del campo de los seres vivos, pero sí lo bastante, no obstante, para advertir la regla de una necesidad fija. Piénsese tan sólo sobre el orden sistemático de la herencia y sobre el efecto de los venenos, por ejemplo el alcohol, en la conducta de los seres orgánicos. Lo que falta aquí todavía es un enlace de conexiones de gran generalidad, mas no un conocimiento del orden mismo.
    Cuanto más imbuido está un hombre de la ordenada regularidad de todos los acontecimientos, más firme se hace su convicción de que nada queda, por causas de diversa naturaleza, fuera de esta ordenada regularidad. Para él, no existe ley humana o divina que actúe como causa de acontecimientos naturales. Sin duda, la doctrina de un Dios personal que se interpone en los acontecimientos naturales nunca podría ser refutada, en el real sentido de la palabra, por la ciencia, pues esta doctrina puede refugiarse siempre en dominios en que el conocimiento científico no ha puesto pie aún.
    Pero estoy persuadido de que tal proceder por parte de los representantes de la religión no sólo sería indigno, sino también fatal. Pues una doctrina que no es capaz de sostenerse a la faz del día sino solamente en la oscuridad, necesariamente perderá su efecto sobre la humanidad, con incalculable daño para el progreso del hombre. Quienes enseñan la religión, en su lucha en pro del bien ético, deben tener la suficiente talla para abandonar la doctrina de un Dios personal, esto es, para prescindir de esa fuente de temores y esperanzas que en el pasado puso en manos de los sacerdotes tan vasto poder. En sus tareas, tendrán que valerse de las fuerzas que son capaces de enaltecer el Bien, la Verdad y la Belleza, en la propia humanidad.
    Ésta es, sin duda, tarea más difícil, pero incomparablemente más valiosa. Una vez que los que enseñan la religión lleven a cabo el indicado proceso acrisolador, reconocerán seguramente con gozo que la verdadera religión se enaltece y se hace más profunda por el conocimiento científico.
    Si una de las metas de la religión es liberar a la humanidad, en lo posible, de la servidumbre, de los anhelos egocéntricos, de los deseos y temores, el razonamiento científico puede ayudar a la religión aún en otro sentido. Aunque la misión de la ciencia sea descubrir reglas que permitan la asociación y predicción de los hechos, no es éste su exclusivo fin. También busca reducir las conexiones descubiertas al más corto número de elementos conceptuales, mutuamente independientes. En este empeño por la unificación racional de lo diverso encuentra sus mayores triunfos, aun cuando corra por su causa el mayor riesgo de caer presa de las ilusiones. Pero quienquiera que haya sufrido la intensa experiencia de los triunfadores avances logrados en este dominio se habrá emocionado ante el profundo respeto por la racionalidad que se manifiesta en la existencia. Por medio del entendimiento, llega a conseguir una amplia emancipación de las cadenas de las esperanzas y deseos personales y de este modo alcanza esa humilde actitud del espíritu ante la grandeza de la razón encarnada en la existencia, y que es, en sus más profundos abismos, inaccesible al hombre. No obstante, esta actitud me parece que es religiosa, en el más alto sentido de la palabra. Y paréceme, también, que la ciencia no sólo purifica el impulso religioso de las escorias del antropomorfismo, sino que además contribuye a una religiosa espiritualización de nuestro entendimiento de la vida.
    Cuanto más avanza la evolución espiritual de la humanidad, más cierto me parece que el sendero de la autentica religiosidad no yace en el temor de la vida, o en el temor a la muerte, o en la fe ciega, sino en el empeño por el conocimiento racional. Y, en este sentido, creo que el sacerdote debe convertirse en maestro, si desea hacer justicia a su elevada misión educativa.

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