Iglesia y Sociedad

La jornada de Belén

27 Sep , 2010  

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A las cuatro de la mañana se escucha al cantor musulmán recitar a voz en cuello los versículos del Corán desde el minarete de la mezquita. Con ello, llama a la oración matutina a la comunidad islámica, la primera de las cinco oraciones que cada buen musulmán debe hacer a lo largo del día. La mezquita corona uno de los extremos de la plaza principal de la ciudad palestina de Belén. El otro extremo de la plaza está dominado por la iglesia cristiana, único edificio conservado en Tierra Santa que se remonta a la época del emperador Justiniano en el siglo V y que no fue derrumbada en la invasión persa del 613 d.C., la iglesia conocida como la Basílica de la Natividad.

Debajo de esta basílica, visitada por millones de peregrinos a lo largo de los siglos, se encuentra, señalada con una estrella de plata, la gruta-casa en que la tradición sitúa el nacimiento de Jesús. Una devoción que se remonta a los primeros siglos (ya la peregrina Egerea mencionó este lugar en la bitácora de su peregrinación a los santos lugares en el siglo IV) parece confirmar la certeza y antigüedad de esta tradición. En los alrededores se multiplican los lugares de devoción que recuerdan acontecimientos ligados al nacimiento de Jesús: el campo de los pastores, la gruta donde la Virgen amamantó al Niño, la tumba de san Jerónimo, que devoto de la Encarnación vino aquí, justo al lado de la iglesia de la Natividad, a realizar la traducción de los textos originales de la Biblia al latín vulgar, etc.

La basílica de la Natividad es compartida en su espacio físico por tres de las iglesias cristianas más antiguas: los griegos ortodoxos, los armenios y los católicos latinos, representados éstos últimos por la orden de san Francisco. El culto compartido en este lugar está sometido al llamado “status quo” impuesto por un sultán en la época del imperio turco otomano, que señala a cada una de las tres iglesias los espacios que le son encomendados y los tiempos que podrán usar para su culto propio. Se mezclan así, no siempre de manera muy feliz, la multiplicidad de lamparillas propias de los griegos, con los cantos subidos de tono de los armenios y la sobriedad de la liturgia católica.

Ya se sabe de las dificultades que los textos de la infancia presentan a un lector moderno de la Biblia. Presentes únicamente en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas, los relatos que cuentan el nacimiento de Jesús coinciden en algunos datos fundamentales: Jesús nace en Belén, crece en Nazaret de Galilea, es fruto de un nacimiento singular –sin concurso de varón–, sus padres se llaman María y José… pero difieren en su visión de conjunto. Y difieren, en algunas de sus partes, de manera difícilmente armonizable.

Según Mateo, el niño nace en Belén, y punto. Nace ahí, porque ahí viven sus padres. Es en Belén donde José recibe el anuncio del ángel. En este lugar recibe la visita de los magos de oriente que llegan a Belén guiados por una estrella. Desde ese lugar huye hacia Egipto para salvar al niño de la persecución de Herodes, y cuando el cruel rey muere, la familia decide no retornar al hogar que habían abandonado sino seguir hasta las lejanas tierras de Galilea, porque el hijo de Herodes, Arquelao, quien había sucedido a su padre, resultaría a la postre más sanguinario que su progenitor. Esto hace que la familia emigre a Nazaret. El evangelio de Mateo, con José como figura principal y con la intención teológica de demostrar que Jesús es el hijo de David y cumplidor de las promesas mesiánicas, está centrado en la ciudad de Belén. Sólo de manera accidental, a causa de la persecución herodiana y la matanza de inocentes, la familia se traslada a Nazaret.

Según Lucas, en cambio, tanto María como José viven en Nazaret desde el principio. Ahí en Nazaret es que María se desposa con José y recibe el anuncio del ángel. Es sólo a causa del censo ordenado por el emperador que la familia se traslada a Belén en donde Jesús nace en un pesebre, situado –como puede verse en los restos arqueológicos que llenan la ciudad de Nazaret– en la parte trasera de las grutas que servían de casa a los pobladores de aquel insignificante asentamiento humano, después de que el acontecimiento fuera anunciado por los ángeles a un grupo de pastores. Por eso, después de cumplir con la segregación ritual de María y de presentar la ofrenda por el rescate del niño en el templo de Jerusalén, distante apenas unos ocho kilómetros de Belén, la familia regresa a su casa, es decir, a Nazaret. El evangelio de Lucas, con María como figura principal y con la intención teológica de demostrar que Jesús es el Mesías de los pobres, está centrado en la ciudad de Nazaret. Sólo de manera accidental, a causa del censo imperial, la familia se traslada a Belén, donde el niño nace.

Acostumbrados como estamos a colocar en el mismo pesebre navideño que armamos en nuestras casas a los pastores y magos, la estrella y los bueyes, obviamos en la lectura lo que aparece como evidente a cualquier lector atento: hay en los dos evangelios de la infancia diferencias que parecen irreconciliables. Es decir, en la búsqueda de la verdad histórica, uno difícilmente puede armonizar los datos. Hay muchas razones que explican estas divergencias que no puedo abordar aquí. Baste estos señalamientos para demostrar que detrás de la historia de la infancia de Jesús hay muchos enigmas históricos que difícilmente podemos desentrañar.

Muchos especialistas sostienen que los relatos del nacimiento de Jesús fueron colocados al final del proceso de redacción de los evangelios, a manera de prólogo. Encontraríamos así en ellos, las principales ideas teológicas que cada evangelista va a desarrollar más tarde en el conjunto de su obra. Una especie de puerta de entrada. Esta perspectiva literaria no soluciona los problemas históricos que he planteado antes, pero sitúa en un marco más comprensible los acentos teológicos de cada uno de los dos evangelios de la infancia, en el marco de su evangelio de referencia, sea Mateo o Lucas.

Pero hoy estoy aquí en Belén y estas consideraciones me parecen insulsas. El adagio antiguo que señala a la Tierra Santa como “el quinto evangelio” se hace realidad. No me molesta el cantar del musulmán que desde la mezquita, a las cuatro de la mañana, interrumpe mi sueño. Doy poca importancia a la frágil convivencia fraterna de las iglesias presentes en la basílica (de cuando en cuando somos tratados como visitantes indeseables por los miembros de otras iglesias). Tampoco me distrae el asombro que experimento ante las explicaciones del fraile que nos guía y que pasa por encima de las contradicciones presentes en los relatos de la infancia como si éstas no existieran… Todo eso es cosa de poca monta junto a la experiencia de estar en estos santos lugares. Me inclino ante la estrella que señala el sitio del nacimiento del Maestro y la beso. Le pido que, junto con mi curiosidad aumente también mi fe y mi compromiso. El emigrante de Nazaret, el perseguido de Belén, el pobre nacido entre los pobres, el niño acunado en los brazos de una Virgen, parece escuchar y sonreír complacido… Esta es la magia de Belén, este perdido pueblo de Palestina.

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One Response

  1. Karlos dice:

    Es la primera ocación que consulto este espacio; conozco al autor en persona y sólo deseo felicitarle por hacer de la teología algo agradable al intelecto. P. Raúl,gracias por compartir tu experiencia de fe a través de tus escritos. Saludos desde nayarit.

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