Iglesia y Sociedad

Jesús y las riquezas (2)

20 Dic , 2010  

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Para cumplir lo prometido, ofrezco aquí algunas reflexiones que continúan aquéllas publicadas el pasado 6 de diciembre en este mismo espacio. Sería imposible abordar aquí todos los textos que tienen que ver con la riqueza y que pudieran servirnos de referencia para este adviento. Me detendré brevemente sólo en algunos textos evangélicos, deseándoles, por adelantado, una muy feliz navidad.

El encuentro entre Jesús y un hombre muy rico, narrado por Marcos 10,17-31, es uno de los textos frecuentemente tratados desde la perspectiva vocacional para ejemplificar el llamado de Jesús y la respuesta que exige. En este marco, Jesús aborda directamente el tema de las riquezas. Me fijaré en la frase con la que Jesús comienza la instrucción a sus discípulos: “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios” (Mc 10,25).

Las estériles discusiones sobre el significado del ojo de la aguja (1) no han podido suprimir una verdad evidente en el texto: la metáfora nos sitúa ante una imposibilidad. En esto coinciden prácticamente todos los exégetas (2). La riqueza es un obstáculo insuperable en el camino de fidelidad al Reino porque incapacita para oír el llamado de Dios presente en el clamor de los pobres. A la petición de Jesús de renunciar a toda riqueza para poder ser un hombre íntegro, completo (‘te falta una cosa…’) viene unida la disposición de repartir los bienes entre los pobres, resaltando así que no se puede seguir a Jesús sin modificar los esquemas egoístas. El seguimiento de Jesús implica un modo fraterno de manejar los bienes desde la perspectiva de los más pobres y desamparados.

El rico entra en un conflicto de salvaciones. Detrás del diálogo entre Jesús y el hombre rico se dibuja de nuevo aquella oposición entre ‘servir a Dios o al dinero’. Se trata, pues, de un conflicto de ribetes teológicos: el Reino de Dios exige el amor y el compartir que caracteriza al proyecto de fraternidad. La acumulación y el disfrute de los bienes hace que se pierda el horizonte de los pobres, sin el cual la riqueza se convierte en ídolo, en una realidad fuera de la salvación: Extra pauperis, nulla salus.

Que de un conflicto teológico se trata queda claro en otro texto, este de Mateo: la parábola de las ovejas y los cabritos conocida también como parábola del juicio final (Mt 25,31-46). Pertenece al grupo de parábolas que desafían una equivocada interpretación de la Palabra de Dios (3). En un pueblo cuyo fundamento religioso había llegado a ser la palabra escrita de Dios, este tipo de parábolas tuvieron una explosividad particular. El objetivo de ellas será liberar a la Palabra de Dios de interpretaciones opresoras, y darnos un nuevo criterio hermenéutico para comprenderla de acuerdo con su espíritu, devolviéndole a la Ley su carácter humanizador. Mientras los fariseos consideraban la Palabra de Dios y su estricto cumplimiento como un privilegio o ventaja con vistas a la salvación, Jesús golpea mortalmente este tipo de interpretación. Se pensaba que las exigencias decisivas para el juicio divino sobre la persona fueran las relacionadas con el cumplimiento, cuanto más exacto y detallado mejor, de los preceptos de la Ley escrita, revelada por Dios a Israel. En esta parábola Jesús muestra que el único criterio, válido para judíos y paganos (“gente de todas las naciones”), es el criterio del Reino: ayudar a que los necesitados recobren su humanidad. A este criterio debe confluir cualquier interpretación de la Ley si quiere considerarse valedera. La parábola parece hacer énfasis en las necesidades que han de ser remediadas, no comenzando por las más elevadas, sino por las más urgentes.

Resalta en la parábola la pregunta de quienes reciben la sentencia, sea positiva o negativa: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y (no) te dimos de comer?” como señalando, no solamente que quienes fueron llamados a recibir el reino preparado para ellos “desde que Dios hizo al mundo…” no sabían que merecían esta recompensa, sino –sobre todo- que quienes fueron mandados al fuego eterno parecían contar con que su entrada estaba garantizada. Éstos últimos se llevaron una desagradable sorpresa. La acentuación de Jesús en esta parábola es muy importante: quien va directamente a la Ley (diríamos nosotros ahora, a la Biblia, a la religión) persuadido de que su conocimiento y su práctica minuciosa honra a Dios y así pretende descargarse de su responsabilidad creadora de humanizar el mundo compartiendo sus bienes, de manera que los necesitados ya no sufran más, comete una lamentable equivocación.

La parábola del rico banquetero y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31) aporta más elementos a la consideración de la riqueza como realidad contraria a la salvación. La escena es relatada por Jesús con exquisitos detalles: el vestuario del rico es descrito en todo su lujo y Lázaro, indigente, tirado a la entrada de la casa del rico, poniendo de manifiesto la pobreza que, de manera escandalosa, convivía simultáneamente con la riqueza descrita líneas anteriores. La parábola es verdaderamente revolucionaria: el Reino que Jesús trae cambia radicalmente la situación, porque al final del relato el pobre es encumbrado y el rico colmado de sufrimientos. Desgraciadamente, nuestra mentalidad de cristianos occidentales del siglo XXI nos ha llevado a desviar la atención hacia la suerte del rico y del pobre después de muertos, en vez de captar la condena de Jesús contra la situación de escandalosa injusticia que se describe en el relato. La parábola es clara para quien quiere leerla como parte del trabajo liberador de Jesús. Aunque nosotros nos sintamos tentados a identificar al rico con un malvado opresor y descreído y veamos a Lázaro como una persona honesta y buena, la parábola no dice nada de eso. Y no lo dice porque quiere resaltar, precisamente, que las virtudes morales están en segundo plano cuando la realidad, en sí misma, niega la justicia y la igualdad que el Reino viene a proclamar.

Recientemente, con el desarrollo de los métodos sincrónicos, se ha arrojado nueva luz sobre esta parábola. Mediante al análisis de la estructura del texto puede llegarse a la conclusión de que su mensaje principal es el actuar aquí y ahora para cambiar la situación del necesitado que se tiene enfrente. El fenómeno de la riqueza es aquí enfrentado desde la perspectiva correcta: las necesidades de los pobres. Así lo expresa Cordula Lagner:

“El diálogo entre el rico y Abrahán ocupa mucho lugar en la parábola, por eso es obvio que se encuentra aquí el mensaje principal. El mensaje central no es: después de la muerte se invierten las circunstancias (v 25), como dice solamente una parte de la respuesta de Abrahán, sino más bien: después de la muerte no hay ninguna posibilidad de actuar, después de la muerte, ya no se puede cambiar algo. El diálogo completo entre Abrahán y el rico pone de relieve este mensaje. El hombre rico intentó cambiar por sus ruegos su destino propio y el destino de sus hermanos, pero Abrahán le explica y justifica cada vez por duplicado, porqué el cambio que deseó el rico, no es posible. Sus fundamentaciones por duplicado son una señal de aumento que subrayan, más intensamente, que un cambio después de la muerte no es posible” (4).

Así lo interpreta también Pagola cuando dice:

“El vuelco de la situación es total… El que no había tenido compasión del mendigo la pide ahora a gritos para sí mismo; el que no había visto a Lázaro cuando lo tenía junto a su puerta lo ve ahora ‘a lo lejos’ y lo llama por su nombre; el que no había atravesado la puerta para aliviar el sufrimiento del pobre quiere ahora que Lázaro se acerque a aliviar el suyo. Es demasiado tarde. Abrahán le advierte: aquella barrera casi invisible de la tierra se ha convertido ahora en un abismo infranqueable”(5)

Queda pendiente una preocupación: ¿no pueden entonces salvarse los ricos? A esta preocupación trata de contestar el pasaje de la visita de Jesús a la casa de Zaqueo (Lc 19,1-10). Zaqueo forma parte de la burocracia al servicio de Roma y de los gobernantes herodianos, que mantenía sojuzgados a los habitantes de Judea y Galilea. Se trata de un jefe, no de un recaudador menor. Roma solía confiar esta tarea de jefatura a familias prestigiosas y bien seleccionadas, que podrían responder con sus fortunas del cobro eficaz. Solían actuar de manera implacable en los cobros, al mismo tiempo que aprovechaban sacar la máxima ganancia para ellos mismos.

Zaqueo disponía de enorme poder antes de encontrarse con Jesús, y había abusado de ese poder para amasar una gran fortuna a costa del empobrecimiento de los demás. Cuando él acogió la salvación, entendió que la mitad de sus bienes le estorbaban y los entregó al servicio de los pobres y se dispuso a acoger y saldar conforme a lo estipulado por la ley (Ex 21,37; Num 5,6) las querellas y reclamos de quienes hubieran sido agravados por su prepotencia (6). El seguimiento de Jesús exige, pues, un cambio radical en el manejo de los bienes y muestra cuál es la única vía para que las riquezas encuentren un lugar en el proyecto del Reino: ponerlas al servicio del restablecimiento de la justicia (la devolución de lo defraudado) y del cambio de la situación de los más pobres (entrega de la mitad de sus bienes).

Finalmente, quiero hacer referencia a un último texto: la parábola del administrador astuto (Lc 16,1-12). Se trata de una de esas parábolas destinadas a mostrar cómo y por qué caminos la palabra liberadora de Dios pudo ser comprendida tan mal (aun por las autoridades encargadas oficialmente de su interpretación) que, aunque nos asombre, llegó a convertirse en instrumento de opresión de pobres y pecadores.

La parábola ofrece muchos dolores de cabeza cuando de ella quiere sacarse simplemente una conclusión moralizante. ¿Cómo poner de ejemplo a los discípulos, como Jesús hace en el texto, la habilidad de este truhán? Pero es una conclusión errada: el administrador infiel no es ningún modelo moral, ni es la moralidad el propósito de la parábola. Se trata de una astucia, digamos así, hermenéutica. El punto clave de la parábola es cómo es que una persona, el administrador, que parece ir de manera obvia en contra de los intereses que administra, resulta, al final, casi se diría por arte de magia, coincidir con la tácita intención del propietario. ¿En qué consiste su “conversión”, la ruptura epistemológica del relato? En que el administrador, situado entre la espada y la pared frente al Reino inminente y la transformación radical de la realidad que éste trae, decide confiar su suerte a sus compañeros de infortunio, aunque sólo su propia desgracia le haga verlos así. Sorpresivamente, guiado sólo por su instinto, elige bien. Su (mala) administración tomará un nuevo rumbo, pero ahora en beneficio de los deudores de su amo, que sufren por no poder pagarle. Reduce considerablemente esas deudas y se granjea así amigos pobres y pecadores.

De esta manera, casi misteriosamente, el interés del administrador termina coincidiendo con el interés el propietario. Según el espíritu de las bienaventuranzas, los pobres y pecadores son, justamente, los destinatarios del Reino (7). A eso se referiría la invitación de Lc 16,9: “háganse amigos con el dinero (‘mammona’) injusto (‘adikias’)” (8). Deducir de aquí una conclusión que simplemente invite a los ricos a lavar su conciencia con acciones de beneficencia, como si hubiera una especie de ‘lavado espiritual’ del dinero, que lo volviera agradable a los ojos de Dios, es quedarse en la superficie de la parábola. Es imprescindible eliminar los mecanismos que hacen que el dinero acumulado sea considerado dinero ‘de la injusticia’.

NOTAS:

1. Los intentos de suavizar la dura expresión de Jesús se cuentan por centenares. Muchos de ellos se basan en interpretaciones diversas del significado del ojo de la aguja: una soga gruesa, una puerta pequeña… Puede verse un resumen sucinto de la polémica en LANDGRAVE Daniel, “Jesús y los camellos en Mc 10,25. Reflexiones teológicas acerca de la riqueza”, en MACIEL C. (coord.), Jesús, miradas y acercamientos (UPM, México 1997), p. 64, nota 3
2. Etchegaray, Gundry, Pesch, Schmid, Cárdenas, son citados como muestra en LANDGRAVE, Op.Cit., p.64, nota 2
3. Me refiero a la clasificación de las parábolas sostenida por SEGUNDO Juan Luis, La historia perdida y recuperada de Jesús de Nazaret (Sal Terrae, Santander 1991) pp. 187-221
4. LAGNER Cordula, “Lc 16,19-31: el rico y Lázaro el pobre”, QOL 36 (2004) 1-20
5. PAGOLA J.A., Op.Cit. p. 186
6. MACIEL C., “¿Señal de bendición…?” Op.Cit. p. 301
7. “Las riquezas, que siempre llevan aneja alguna ‘iniquidad’, le sirven al administrador in extremis, para ‘hacerse amigos’ que luego, por coincidir con los amigos del propietario, lo recibirán en las moradas eternas” (Lc 16,9)”. SEGUNDO J.L., Op.Cit. pp. 215-217
8. “El autor aquí usa un sustantivo en caso genitivo (de la injusticia) en lugar de un adjetivo (injusto = adikias). Con dicha expresión el autor no quiere decir que exclusivamente el dinero que proviene de actividades sancionadas como incorrectas por la normatividad vigente en determinada sociedad es injusto (narcotráfico, corrupción, simonía, usura, lenocinio, etc.); la suya es una condena absoluta dirigida al dinero en general, como es explícitamente afirmado en el verso once (el dinero injusto); según san Lucas todo dinero es injusto”. MACIEL C, “¿Señal de bendición…?” Op. Cit. P. 302

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One Response

  1. Marcelo Euan dice:

    Creo que hay muchos ocupados en gastar sus riquezas que les dejo el aguinaldo para poder estar pobres para el año que viene, pues ni los aduladores han escrito esta vez.
    Me parece hay muchas verdades escritas en la reflexión de esta semana, una de ellas que el seguir a Jesus nos debe ver fraternalmente a los que menos tienen, pero algo que me parece un falso es que la riqueza es un obstaculo infranqueable, pues estariamos condenando a Job, al Rey David, a Abraham mismo etc, etc. etc. sin embargo tambien estoy de acuerdo en que hablar de este tema seria algo largo y cansado, por lo que me quiero enfocar en el verdadero significado de la navidad, que es LA SALVACIÓN POR GRACIA, todos tenemos obstaculos infranqueables para ser salvo, todos somos como ese elefante que no puede pasar en el ojo de una aguja, y todos los que somos salvos lo somos por la Obra de Dios, de la misma manera como Jesús dijo que es salvo un rico, es decir el RICO Y EL POBRE SE SALVAN DE LA MISMA MANERA POR OBRA DE DIOS Y PARA DIOS NO HAY IMPOSIBLES.

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