Iglesia y Sociedad

Misterio y sorpresa a la vuelta de la esquina

22 Feb , 2011  

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El pasado 12 de febrero se cumplieron 27 años del fallecimiento de Julio Cortázar. Comparto con ustedes una conversación que sostuve con la comunidad argentina avecindada en Mérida, en diciembre de 2007.

El título de esta conversación sobre Julio Cortázar refleja los dos elementos fundamentales que quiero abordar. En primer lugar, aquella noción de sorpresa o de tensión resuelta que caracteriza la cuentística de Cortázar y, en segundo lugar, un pensamiento cariñoso hacia el ser humano que tanta gente sigue queriendo y recordando. Y es que creo que Julio Cortázar se ha mantenido en la memoria de muchos precisamente por esa conjunción entre calidad literaria y compromiso humano.

Así que, sin más preámbulos, vayamos entrando en materia. Sin duda, cualquier persona a quien se le pidiera que dijera, rápidamente y sin pensarlo, alguna obra de Cortázar respondería Rayuela. Y no es para menos. Ha arrancado elogios de amplias dimensiones, como el lanzado por el novelista C.D.B. Bryan desde el New York Times en 1969: “Rayuela es la novela más magnifica que he leído y a la que siempre vuelvo. No hay novela de autor vivo que me haya influido más, intrigado más, cautivado más… No hay novela que haya explorado tan satisfactoria, completa y bellamente la compulsión del hombre a explicar la vida, buscar su sentido, desafiar sus misterios”. Así es: Rayuela ha sido un parte aguas en la producción literaria de América Latina. A los diez años de haber sido publicada la novela, en 1973, en una lúcida entrevista que le hiciera Evelyn Picon Garfield, Cortázar comentó:

—Muchos consideran que Rayuela es la cumbre de tu obra, y que después de tal libro no seria posible sobrepasarlo. Ahora, después de muchos libros y diez años más o menos, ¿qué puedes decir de ese comentario?

—No es el tipo de comentario que a mí me gusta demasiado, porque en el fondo todo es una cuestión de perspectiva. Hoy, a diez años de su publicación, justamente Rayuela cumplió diez años hoy, es un niño ya grandecito. Yo estoy de acuerdo con los críticos. Si me preguntaran cuál es el libro que tiene más peso para usted en todo lo que usted ha escrito, yo diría Rayuela… no sé, me gustaría saber dentro de veinte años cuál es la perspectiva, porque yo que he leído bastante literatura comparada años atrás, he visto hasta qué punto los críticos se equivocaban en la estimación de los libros de un determinado autor. Es decir, que a los cinco o diez años de publicados los libros, les parecía que la obra maestra era el libro H y que todo el resto era inferior. Pero veinticinco años después el libro H se hunde y hay otro libro de ese mismo autor que parecía menos importante, que de golpe toma toda su fuerza, todo su sentido. De manera que hay un relativismo y una perspectiva muy cambiante. Pero ahora, a diez años sí, yo creo que Rayuela. Si yo tuviera que llevar uno de mis libros a la isla desierta, yo me llevo Rayuela.

Mi camino a Cortázar, en cambio, ha sido distinto. Todo comenzó por un libro que cayó en mis manos: se llamaba El Último Round y era una espléndida miscelánea que contenía, desde los graffiti pintarrajeados en los muros de París en mayo del 68, hasta juegos literarios conocidos como “pameos o meopas”, que no poemas, pasando por una sesuda discusión con Roberto Fernández Retamar acerca del dificilísimo equilibrio entre el contenido de tipo ideológico y el contenido de tipo literario en una obra, uno de las polémicas más candentes en la literatura contemporánea.

Mi fascinación por la obra cortazariana había comenzado. Por eso a mí me parece que Rayuela, precisamente por su monumentalidad, no es el vehículo más idóneo para un primer contacto con Julio. Yo, por ejemplo, me resistí durante muchos años a la lectura de Rayuela. Un primer acercamiento me dejó cierta impresión de pedantería. Quedé, en cambio, inmediatamente subyugado por los cuentos de Cortázar, esos prodigios de redondez y de concentración. Por eso sostengo que es mejor entrarle al toro por los cuentos (dicho sea esto a pesar de que a Cortázar le gustaba mucho más el box que la fiesta brava).

Y es que nada más difícil que la definición del género literario cuento. ¿Qué lo diferencia de la novela y de otras formas narrativas? ¿Solamente la dimensión y/o el número de personajes? ¿La complejidad de la trama? Cada una de estas proposiciones podría ser desmentida en los hechos. Hay ciertas novelas breves que no se diferencian mucho en extensión de un cuento, como algunas de las novelas ejemplares de Cervantes. Hay cuentos de trama complejísima y que abarcan un gran número de personajes. Miremos, pues, la idea que el mismo Cortázar tenía del cuento:

“Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria. Cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector… Por ahí he escrito que para mí un cuento evoca la idea de la esfera, es decir, esa forma geométrica perfecta en la que un punto no puede separarse de la superficie total, de la misma manera que una novela la veo con un orden muy abierto, donde las posibilidades de bifurcar y entrar en nuevos campos son ilimitadas. La novela es un campo abierto verdaderamente; para mí, un cuento, tal como yo lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites y, claro, son límites muy exigentes, porque son implacables; bastaría que una frase o una palabra se saliera de ese límite, para que en mi opinión el cuento se viniera abajo. Y he visto muchos cuentos venirse abajo por eso, por destruirlo todo en el último momento, por ejemplo, con una tentativa de explicación de un misterio, cuando el misterio era más que suficiente en el cuento, cada uno podría encontrar allí su propia lectura, su propia interpretación. Hay gente que malogra cuentos, poniéndolos excesivamente explícitos, entonces la esfera se rompe, deja de ser el orden cerrado”.

Y eso es precisamente lo que hay que admirar de la cuentística de Cortázar. Hay una cierta sensación de vértigo y de redondez acabada en La continuidad de los parques, acaso el más breve y más estudiado de los cuentos de Cortázar. Otros cuentos son una explosión de fantasía, como La puerta condenada, Estación de verano o No se culpe a nadie, éste último un extraordinario relato de lo que puede pasarle a una persona al ponerse el suéter. Algunos cuentos de Julio son trasgresores del tiempo: ahí están Sobremesa y Autopista del Sur. O trasgresores del lenguaje, como La Señorita Cora, ese lúdico rompecabezas que hay que armar. Y es que Cortázar es, sin duda, un trasgresor, trasgresor de la lengua y de las ideologías, del tiempo y del espacio.

Algunos otros cuentos hacen honor a las grandes pasiones de Julio: su pasión por el boxeo (Torito), o su pasión por la música, en uno de sus más significativos cuentos llamado El perseguidor. En algunos cuentos, Cortázar realiza lo que muy pocos logran hacer en un texto literario: convertirlo en una metateoría. Me explico: se trata de hacer un cuento en el que la materia misma del relato es la elaboración del cuento y su proceso. Algo parecido a lo que Silvio Rodríguez, ese músico, tan redondo como Cortázar, hace en la canción Playa Girón. Los cuentos Las babas del diablo y Diario para un cuento, son quizá los ejemplos más acabados de lo que vengo diciendo.

Sí, mi territorio cortazariano favorito son los cuentos. Hay una diferencia fundamental entre este género narrativo y el de la novela. Así lo explica Julio: “Para mí el cuento es un texto, continuo y cerrado sobre sí mismo, que exige un alto grado de perfección para que sea eficaz. No quiero decir perfección artificial hecha desde afuera, sino perfección interna. Ahora esa perfección interna del cuento, el escritor tiene que ayudarla y completarla con una versión idiomática perfecta; es decir, el lenguaje tiene que ser implacablemente justo. No puede haber adjetivos de sobra en un cuento. No puede haber indecisiones a menos que eso forme parte de la intención del cuento. Es decir, el cuento tiene que ser un poco como el soneto en la poesía. Tiene una especie de definición formal, muy justa, muy precisa, en mi opinión. La novela es todo lo contrario. La novela permite bifurcaciones, desarrollos, digresiones. Lo sabemos de sobra. Entonces, curiosamente, la novela es un género mucho más peligroso que el cuento porque facilita todas las indisciplinas, todas las negligencias; tú te dejas ir escribiendo una novela. Hay que tener mucho cuidado después en el ajuste final. En cambio yo pienso que en mi caso con un cuento, cuando yo veo con claridad por lo menos el comienzo del cuento, hay algo que hace que al irlo escribiendo sea ya casi perfecto. Hay realmente muy poco que cambiar después en mi caso. En la novela, no”.

Quizá sea en los cuentos donde aparece con más nitidez la que me parece la más atractiva característica de la literatura de Julio y que me atrevo a resumir en una frase: la realidad siempre esconde un misterio y nada, o casi nada, es lo que parece ser. Hay, en efecto, misterio y sorpresa escondidos en el reverso de la realidad cotidiana. Cuando Julio hubiera cumplido 81 años, el 26 de agosto de 1995, yo le escribí una carta al más allá. En ella le agradecía muchas cosas: Rayuela y sus múltiples alternativas de lectura, los ensayos sobre el escritor y la revolución… y, sobre todo, los cuentos. “Este último -le decía yo a Julio en aquella misiva- es mi territorio preferido: tus cuentos, la posibilidad de lo fantástico a la vuelta de la esquina, la casa ocupada de fantasmas, el hombre que vomitaba conejitos cada segundo día, el lector que se descubre la víctima de la novela que lee, el sueño que se convierte en realidad y la realidad que se torna sueño, el boxeador y sus recuerdos de gloria, el embotellamiento automovilístico que dura varios días. En fin: tus cuentos: esos pozos de ingenio y de sorpresas”.

A eso me refiero cuando digo que éste es el gran atractivo de la literatura de Cortázar: es una literatura que no se construye en torno a la certeza, sino a la ambigüedad. Ya lo decía un viejo prologuista de Julio, Alberto Cousé: “una certeza es una verdad central dura y deslumbradora como un diamante o, más modestamente, simple y redonda como una buena papa sacada de la tierra. Pero las seguridades más seguras, si se me permite la redundancia, son abrumadoramente visibles, corpóreas, evidentes. En base a esas verdades absolutas los grandes de este mundo organizan la realidad, los medianos la legislan y los menores (¡pobrecitos!) la repiten a tontas y a locas, copian sus modelos como pueden y con frecuencia la caricaturizan. Pero no importa, porque van sobre seguro: dos más dos son cuatro, yo soy Fulano de Tal, nací en tal parte; todo los respalda: la identidad, el día y la noche, el paso inexorable de los años, las estadísticas, las definiciones del bien y del mal”.

Pero, ¿qué es lo que pasa cuando alguien comienza a sospechar que la realidad es a la vez estática y dinámica, que es vigilia y sueño, coherencia y disparate, causalidad y casualidad, ser y no ser, y todo ello al mismo tiempo? Entonces pueden comenzar a pasar cosas horribles. Hablar de ello está condenado a la impopularidad. Todos quieren verdades groseramente redondas. Pero Cortázar nos enseña que el mundo no es así, sino que está lleno de escandalosas fantasías. Así continúa diciendo ese viejo crítico de Julio: “lo que ocurre es que la foto está movida, el rollo estaba viejo, o el campeón del encuadre todavía no nació. Y cuando se tiene esa intuición toda ortodoxia hiede como un muerto antiguo: no hay más camino que la cuerda floja, ni medio de transporte que no sean los zancos, ni modo de evitar meter a cada rato el dedo en el ventilador…”

Quisiera ahora, si no se han aburrido, pasar a considerar el segundo aspecto de esta disertación: la evocación de la entrañable persona de Julio Cortázar. Escuchemos cómo el mismo escritor nos habla de su biografía remota escrita en una carta enviada desde París en 1963:
“Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde)… Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevó a mi madre a Bruselas. Me tocó nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de él me quedó la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados. (El cuento Los Venenos es muy autobiográfico). Estudios secundarios en Buenos Aires: maestro normal en 1932. Profesor normal en letras en 1935. Primeros empleos, cátedras en pueblos y ciudades de campo, paso por Mendoza en 1944-1945 después de siete años de enseñar en escuelas secundarias. Renuncia a través del fracaso del movimiento antiperonista en el que anduve metido, vuelta a Buenos Aires. Ya llevaba diez años escribiendo, pero no publicaba nada o casi nada (un tomito de sonetos, quizá un cuento). De 1946 a 1951, vida porteña, solitaria e independiente; convencido de ser un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético. Traductor público nacional. Gran oficio para una vida como la mía en ese entonces, egoístamente solitaria e independiente.”

Entre las cosas que yo debo agradecerle a Julio Cortázar está que le gustara el jazz, que fuera -como yo- un apasionado de Janis Joplin, que amara a los gatos (sobre todos ellos a su gato, que para no dejar de joder se llamaba Teodoro W. Adorno), que le gustara fumar pipa y sentarse a oír música en la semipenumbra de las tardes de otoño. Le agradezco la longitud descomunal de su cuerpo (sólo así podía caber en él un corazón de las dimensiones del suyo), su insaciable afán lúdico y su fidelidad a las causas grandes de la justicia y la paz en América Latina. Sí, a Julio le agradezco que haya soportado la injuria y la marginación antes que abandonar su firme posición política ante Cuba y Nicaragua. Le agradezco, en fin, que haya sido el gran cronopio, el hombre generoso que fue.

Puede ser que alguno se pregunte qué es eso de cronopio. Hay una obra de Cortázar que explica la denominación. Se trata de Historias de Cronopios y de Famas, una serie de cuentos cortos escritos en prosa poética “más para ser sentida que entendida”, Cortázar -para quien “el humor es una de las cosas más serias en la existencia”- agrupa a los seres humanos en tres categorías: 1) cronopios (seres artísticos, temperamentales, “desordenados y tibios”, “que se ne fregan”); 2) famas (“en las sociedades filantrópicas las autoridades son todas famas”, “pesimistas por naturaleza”); 3) esperanzas (“se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan”). Cortázar adquiere la noción de esos personajes que llamará cronopios durante un concierto de Louis Armstrong en París en 1952. Escribe entonces una reseña para Buenos Aires Literaria que 15 años después es reeditada en su libro La vuelta al día en ochenta mundos: “Un mundo que hubiera empezado por Picasso en vez de acabar por él, sería un mundo exclusivamente para cronopios, y en todas las esquinas los cronopios bailarían tregua y bailarían catala, y subido al farol del alumbrado Louis soplaría durante horas haciendo caer del cielo grandísimos pedazos de estrellas de almíbar y frambuesa, para que comieran los niños y los perros… Son cosas que uno piensa cuando está embutido en una platea del teatro des Champs Elysees…, y los famas llegados al concierto por error o porque había que ir o porque cuesta caro, se miran entre ellos con un aire estudiadamente amable, pero naturalmente no han entendido nada…”.
Si los cronopios representan a los seres artísticos, temperamentales “que se ne fregan”, entonces Julio Cortázar es, sin duda, uno de ellos.

Diré entonces una palabra breve sobre el Cortázar político. Estamos a veces tan acostumbrados a los últimos años de Cortázar, los años de su incondicional apoyo a la revolución nicaragüense que nos legara el hermoso libro Nicaragua, tan violentamente dulce, que pensamos que fue siempre un zoon politikon. Pero no fue así. A pesar de que en Argentina asumió una posición claramente antiperonista, Cortázar era, en general, bastante indiferente a las cuestiones políticas. Escuchemos cómo lo cuenta el mismo Julio: “Mi actitud política que se limitaba —como las actitudes políticas de la mayoría de mis amigos y de la gente de mi generación— a la expresión de opiniones en un plano privado y a lo sumo en un café, entre nosotros, pero que no se traducía en la menor militancia. Es decir que yo me sentía antiperonista pero nunca me integré a grupos políticos o grupos de pensamiento o de estudio que pudieran tratar de llegar a hacer una especie de práctica de ese antiperonismo. Todo quedaba en esa época en la opinión personal, en lo que uno pensaba. Y curiosamente eso nos satisfacía a casi todos nosotros, nos parecía suficiente. Incluso nuestra posición durante la guerra civil española y durante la segunda guerra mundial. En un caso, claro, estábamos por los republicanos, pero ninguno de nosotros fue a combatir como voluntario a España y ni siquiera actuó políticamente en asociaciones republicanas en Argentina. Y naturalmente, cuando la segunda guerra mundial éramos todos antinazis, pero ese antinazismo no se tradujo nunca en ninguna militancia. Las había y se podía hacer cosas en el plano práctico. Digamos entonces que mis decisiones políticas ya estaban tomadas y daban hacia la izquierda, pero no pasaban de una opinión, en realidad era un punto de vista que no se diferenciaba mucho de los puntos de vista que yo podía tener sobre la literatura o sobre la filosofía”.
¿Qué fue, pues, lo que provocó el giro de Julio hacia la militancia? La revolución cubana, el contacto directo con la realidad de la Cuba revolucionaria de los primeros años. Cortázar anduvo en Cuba en 1961, apenas a dos años del triunfo de los barbudos, lo que produjo una transformación en el escritor. Así lo cuenta: “vi que por primera vez yo había estado metido en pleno corazón de un pueblo que estaba haciendo su revolución, que estaba tratando de buscar su camino. Y ése es el momento en que tendí los lazos mentales y en que me pregunté, o me dije, que yo no había tratado de entender el peronismo. Un proceso que no pudiendo compararse en absoluto con la revolución cubana, de todas maneras tenía analogías: también ahí un pueblo se había levantado, había venido del interior hacia la capital y a su manera, en mi opinión equivocada y chapucera, también estaba buscando algo que no había tenido hasta ese momento. La revolución cubana, por analogía, me mostró entonces y de una manera muy cruel y que me dolió mucho, el gran vacío político que había en mí, mi inutilidad política. Desde ese día traté de documentarme, traté de entender, de leer: el proceso se fue haciendo paulatinamente y a veces de una manera casi inconsciente. Los temas en donde había implicaciones de tipo político o ideológico más que político, se fueron metiendo en mi literatura. Ése es un proceso que se puede ir apreciando a lo largo de los años… (Ahí está, por ejemplo) ese cuento que se llama Reunión, cuyo personaje es el Che Guevara. Ése es un cuento que yo jamás habría escrito si me hubiera quedado en Buenos Aires ni en mis primeros años de París, porque no me hubiera parecido un tema, no hubiera tenido ningún interés para mí. En cambio, en ese momento, el tema de ese relato me resultaba absolutamente apasionante, porque yo traté de meter ahí, en esas 20 páginas, toda la esencia, todo el motor, todo el impulso revolucionario que llevó a los barbudos al triunfo… Entonces, en muy poco tiempo se produce la aparición de lo que actualmente se llama el compromiso. Es decir, que yo empiezo a darme cuenta, a descubrir un territorio que hasta entonces apenas había entrevisto. Lo cual no quiere decir que yo vaya a ser un escritor de obediencia, un escritor que se limita únicamente a defender su causa y a atacar a la contraria, sino que voy a seguir viviendo en plena libertad, en mi terreno fantástico, en mi terreno lúdico…”

Cortázar fue un hombre íntegra, totalmente dedicado a la literatura. Nada más lejos de él que esa imagen de escritor politizado, que usa los relatos a manera de panfletos. Se trata, por el contrario, de un literato que comienza a incorporar o fusionar en su obra preocupaciones de tipo político. A Julio le horrorizaba que pudiera existir un “escritor comprometido”que lo fuera de tal manera que todo lo que escribiera estuviese embarcado e ese compromiso, sin libertad para escribir otras cosas. Cortázar vivía en un mundo de literatura, un mundo lúdico por excelencia, y nunca consideró el compromiso político como una obediencia al deber de ocuparse exclusivamente de cosas ideológicas. Por eso, aún en sus obras más políticas como El libro de Manuel, nos encontramos con buena literatura, no con propaganda política de baja estofa.

Lo dice el mismo Julio con estas palabras: “Cuando a mí me nace la idea de un cuento que tiene una referencia a las desapariciones en Argentina, escribo ese cuento con el mismo criterio literario y la misma absorción literaria con que puedo escribir cualquier cuento puramente fantástico, digamos La isla a mediodía. Para mí se trata de obras literarias, sólo que en el caso de los desaparecidos se trata de un tema que significa mucho para mí, es ese tema espantoso de lo que ha sucedido en Argentina estos últimos años, y se presenta como una posibilidad de desarrollo literario y si lo escribo igual que los cuentos puramente literarios, hay una cosa que me complace, y es que una vez que lo he terminado no puedo dejar de pensar que ese cuento va a llegar a muchos lectores y que además del efecto literario va a tener un efecto de tipo político. Ésa me parece que es la visión del compromiso, la justa en un escritor… El problema consiste en tratar de conseguir una convergencia de la historia contemporánea con la literatura pura. Convergencia particularmente difícil porque en la mayoría de los libros llamados comprometidos o bien la política (la parte política, la parte del mensaje político) anula y empobrece la parte literaria y se convierte en una especie de ensayo disfrazado, o bien la literatura es más fuerte y apaga, deja en una situación de inferioridad al mensaje, a la comunicación que el autor desea pasar a su lector. Entonces, ese dificilísimo equilibrio entre un contenido de tipo ideológico y un contenido de tipo literario me parece que es uno de los problemas más apasionantes de la literatura contemporánea.”.

No puedo terminar esta evocación sobre Julio sin referirme a una de sus características más peculiares: la pasión por el juego, por lo lúdico. Ya sabemos que la base misma del humor es la trasgresión del orden establecido. Si, por ejemplo, una caída en el escenario teatral te produce risa es precisamente porque no debería haber ocurrido. La fuente de la risa se encuentra muchas veces en lo absurdo de la situación. De manera que el sentido del humor capacita a la persona para mirar de manera alternativa la realidad que lo rodea, mirando en ella una constelación de elementos absurdos. Cortázar cuenta que desde niño encontró en el humor una de las formas para hacerle frente a la realidad, particularmente a las realidades de signo negativo.

De este sentido del humor es que brota la creatividad de la cuentística de Cortázar. Por eso cada cuento, cada novela, son un juego que hay que armar, un rompecabezas que hay que unir, una rayuela que hay que aprender a saltar. Nos lo explica así el propio Julio: “Lo lúdico no es un lujo, un agregado del ser humano que le puede ser útil para divertirse: lo lúdico es una de las armas centrales por las cuales él se maneja o puede manejarse en la vida. Lo lúdico no entendido como un partido de truco ni como un match de fútbol; lo lúdico entendido como una visión en la que las cosas dejan de tener sus funciones establecidas para asumir muchas veces funciones muy diferentes, funciones inventadas. El hombre que habita un mundo lúdico es un hombre metido en un mundo combinatorio, de invención combinatoria, está creando continuamente formas nuevas… Para mí, una literatura sin elementos lúdicos es una literatura aburrida”.

Una vez le preguntaron a Julio cuál pensaba que era la influencia que su literatura había tenido sobre los escritores jóvenes en América Latina. Cortázar no era vanidoso, pero no tenía falsas modestias. Nadie podía negar –ni él mismo– que su narrativa ha modificado profundamente una buena parte de la ficción latinoamericana de los últimos años. Así que después de lamentarse por la negativa influencia que creó cientos de pequeños Julios, que publicaban “Rayuelitas” aunque les pusieran sofisticados nombres, todo ello en medio de una mediocridad bastante evidente, Julio reconoce que su literatura ha dejado también una impronta positiva porque liberó de prejuicios y de muchos tabúes literarios a los escritores. Lo dijo con una expresión de solemne cronopio: “mi literatura ha hecho que muchos escritores se quiten la corbata para escribir.”

¡Ah! ¡Cómo quisiera haber conocido a Julio Cortázar! De veras que, como dice Joaquín Sabina en una de sus canciones: “No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió…” En fin, no quiero menos a Julio por no haberlo conocido personalmente. Pero no haberlo conocido hace que esta evocación sea doblemente dolorosa. Soy hombre de obsesiones. La vida y la obra de Julio Cortázar es una de ellas. El talante humanísimo de Julio sigue ejerciendo sobre mí una extraña seducción. Siempre había para él un resquicio en la más utópica de las sociedades soñadas, una grieta por el que se colaba lo todavía no alcanzado, el otro mundo posible.

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