Iglesia y Sociedad

De la muerte, a borbotones, ha de surgir la vida

31 May , 2011  

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Palabras pronunciadas en la presentación del libro
“Nosotros somos los culpables. La tragedia de la Guardería ABC”
de Diego Enrique Osorno (Grijalbo, México 2010)
Foro Amaro, Mérida, Yucatán, 30 de mayo de 2011

De la estirpe de La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, tenemos hoy en nuestras manos el libro de Diego Enrique Osorno Nosotros somos los culpables. La tragedia de la Guardería ABC (Grijalbo, México 2010), que narra los fatales acontecimientos que tuvieron lugar el 5 de junio de 2009 en la guardería ABC de la ciudad de Hermosillo, Sonora, donde encontrarían la muerte 49 niños y niñas.

Digo que son de la misma estirpe, aunque el libro de Osorno no es hijo directo del libro de Poniatowska. De la misma estirpe porque se trata de un testimonio “coral” -aunque, como bien dijo Fabrizio Mejía Madrid, eso de “coral” es sólo una manera de decir, porque los movimientos sociales y las tragedias carecen de partitura- (1) donde testigos ocasionales, funcionarios involucrados, dueños de la guardería, padres y madres de los niños muertos, bomberos, policías, etc., cuentan su versión de los hechos acaecidos en Hermosillo aquel infausto 5 de junio.

Pero La noche de Tlatelolco era un retrato entusiasta de jóvenes en ebullición, exposición fresca de la contracultura sesentera. El ambiente del libro de Elenita es la fiesta de quienes ejercen sus libertades a contrapelo de un sistema autoritario, pero que tienen la seguridad de que no serán asesinados a mansalva en un mitin, como trágicamente ocurre algunas semanas después. Nosotros somos los culpables es, en cambio, un libro doloroso de principio a fin, el recuento puntual de la tarde que desgarró el corazón de Hermosillo y el de toda la patria. Crónica variopinta de una tragedia que tiene muchas facetas. Un libro que despierta indignación y rabia.

Es precisamente así como el autor-recopilador presenta su obra: “He aquí un relato polifónico sobre la muerte de 49 niños, la impunidad de nuestros tiempos y la lucha por la justicia emprendida por un grupo de trabajadores que encabezan una causa noble y humana”. Tres realidades, pues, íntimamente relacionadas: la tragedia, la impunidad y el movimiento social que emerge a partir de ambas realidades. Tres grandes capítulos que se convierten en la columna vertebral del texto que hoy presentamos.

A los testimonios recopilados, Osorno ha añadido breves, pero iluminadores comentarios antes y después de cada uno de los tres capítulos. Hacia el final, el libro cierra con un epílogo de largo aliento, que desnuda los entretelones de la política sonorense, la que permitió y propició, por acción o por omisión, la tragedia de los 49 infantes calcinados. El texto del epílogo, de especial manera sus sarcásticos y punzantes subtítulos, dan cuenta del espíritu que animó la entera recolección de testimonios: el de un periodista que entiende y realiza su labor dando cuenta, no solamente de los hechos y su contexto, sino de una empatía con las víctimas que es poco común en los trabajadores de los medios comerciales de comunicación masiva.

Cierra el libro una puntual cronología que abarca, desde la jornada misma de la tragedia, hasta el 6 de mayo de 2010.

Pero lo peor que podría pasarle al libro de Enrique Osorno y al Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de junio, es que la presentación de Nosotros somos los culpables se convirtiera solamente en eso: en la presentación de un libro. Por eso me alegra que la comunidad artística y muchas organizaciones de la sociedad civil estén uniéndose a esta conmemoración para hacer de ella un ejercicio de memoria popular, y que a esta presentación del libro se unan espectáculos, lecturas, performances, de manera que los acontecimientos del 5 de junio constituyan un verdadero parteaguas en el inconsciente colectivo, de manera que tragedias como la de la Guardería ABC no vuelvan a ocurrir nunca más.

El libro que hoy se presenta, y lo digo con el mayor de los respetos hacia su autor, es solamente un pretexto, una ocasión propicia para que todos y todas hagamos de la tragedia del cinco de junio de 2009 una oportunidad para cambiar el país, para construir otro distinto, uno a la medida de la sonrisa y de los sueños de cada uno de las niñas y niños fallecidos. Se trata de que hablemos, no de un libro de 222 páginas, sino de 49 niños y niñas asesinados por la ineptitud, el compadrazgo, la complicidad, el afán de lucro y la impunidad.

Así que, corriendo el riesgo de abusar de la paciencia y la generosidad de los oyentes, quisiera decir unas palabras sobre cada uno de los temas lanzados por el libro.

Sobre la tragedia de la muerte de 49 niños no hay mucho que decir. Acaso la palabra más acertada y llena de cariño sea el respetuoso silencio, que como abrazo afectuoso, ofrecemos a los deudos. Nos lo recordaba hace unos meses Javier Sicilia: el dolor de los padres y las madres que pierden a sus hijos es inefable, no puede ni siquiera pronunciarse. “Ese dolor carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada”. Nadie que no sea padre o madre conoce de esos dolores. Dejo, pues, en este punto, el tributo de mi silencio solidario.

Sobre los otros dos tópicos, la impunidad y el movimiento, permítanme decir una palabra. Quizá la característica principal de la tragedia del cinco de junio de 2009 sea precisamente que se convirtió, sin quererlo, en una radiografía de la manera como se usa el poder en Sonora y en México. Me recuerda aquella caricatura de Tony, el mejor y más afamado cartonista yucateco, que retrató con sarcasmo otra tragedia, ésta natural, la del huracán Isidoro que azotara la península en el año 2002. En un cuadro, Tony representaba a Yucatán como una hermosa mestiza yucateca, enfundada en albo y elegante terno. Inmediatamente, azotada por el ventarrón del huracán, el terno se levantaba y dejaba al desnudo al verdadero Yucatán, una choza donde, infructuosamente, una familia de famélicos mayas intentaba guarecerse de la tempestad.

Eso pasó el cinco de junio de 2009: la tragedia nos hizo despertar a todos. Bajo el discurso del estado benefactor que vela por el bienestar de las familias de los trabajadores, se escondía la rapacidad de quienes, al frente del gobierno, se encargaban de desmantelar cualquier rastro del estado de bienestar a golpes del neoliberalismo de la peor calaña, aquel que no solamente se interesa por el lucro, sino que lo consigue a base de engaños y componendas que termina pagando, no pocas veces con su vida, el sector más ponbre y vulnerable de la población.

El redituable negocio de las subrogaciones y los compadrazgos deleznables en sus adjudicaciones, la inexplicable ignorancia de los más altos funcionarios del IMSS que no sabían el número ni la calidad de las guarderías subrogadas, el vergonzoso peloteo de la culpabilidad entre las autoridades del gobierno del estado y las federales, la mezquina conversión de la tragedia en un simple tópico de la campaña electoral, todo esto, puntualmente registrado por Osorno, se confabula para dejar al desnudo un sistema de gobierno que despierta asco y vergüenza, rabia e indignación.

Hace unas semanas participé, junto con cientos de ciudadanos y ciudadanas, en la Marcha Nacional por una Paz con Justicia y Dignidad. La mayor sorpresa de la marcha, lo he ya expresado en este mismo espacio, fue detenernos en varios lugares, cinco para ser precisos, y experimentar el horror de que no se nos acabaran los nombres de nuestros muertos. Desgranados con ternura, con delicadeza, casi en un susurro lastimero, fueron sonando los nombres de los 49 niños asesinados de la guardería ABC de Hermosillo, los nombres de los mineros de Pasta de Conchos, los de los migrantes secuestrados y asesinados, los de los jóvenes civiles que fueron sorprendidos por las balas al salir de su casa, del centro de diversión o de su escuela, los nombres de las y los activistas de derechos humanos que osaron confrontar a los gobernantes y levantar la voz contra la complicidad de las autoridades. Todos estos muertos, nuestros muertos, fueron víctimas de delincuentes: de aquellos que delinquen desde las bandas ilegales y de aquellos otros que delinquen amparados en la impunidad que les otorga un cargo público.

En el caso de los niños y niñas de la Guardería ABC no hay pierde: no hay mafias del narcotráfico a las cuales culpar de la tragedia. Queda expuesto, en su prístina realidad, el gravísimo, acaso irremediable estado de descomposición de la clase política del país y de sus parientes beneficiados. Más que nunca uno puede estar seguro de que la salvación del país, si es que tal cosa es aún posible, no vendrá de las altas esferas del poder ni de los candidatos o partidos políticos que, en busca del poder y del dinero, semejan lobos vestidos de ovejas, capaces de atropellar la vida y la dignidad de las personas y después declarar, con un cinismo que en otras circunstancias resultaría gracioso, que “duermen como bebitos”.

Y es así que de la impunidad paso al último de los temas: el movimiento. La muerte, cualquier muerte, es un sinsentido. Colocada ahí, en el horizonte final de cada existencia, la muerte puede convertirse en perspectiva irremediable, en algo así como una hermana no deseada, aunque tolerada como mal inevitable. Pero la muerte de los niños, muerte prematura e inexplicable, se torna en un abismo de negritud, en una pregunta sin respuesta cierta.

Hay muertes, sin embargo, que despiertan tempestades. Ocurren en los lugares más insospechados del mundo: una abandonada cava de piedra a las afueras de Jerusalén; una vieja escuelita de la Higuera, en medio de la selva boliviana; la Plaza de las Tres Culturas en la capital mexicana; el altar de la capilla de un modesto hospitalito en San Salvador o una bodega convertida en guardería en la ciudad de Hermosillo, en el norteño estado de Sonora.

Todas estas muertes suscitaron tempestades. Las vidas de esos muertos, de esos asesinados, de esos mártires, aunque parezca paradójico, han quedado iluminadas por un sentido nuevo, por una reserva de significado que fecunda la vida de otros. Estas muertes tienen un poder de resurrección, porque desnudando las perversas causas que los condujeron a un final trágico, nos muestran caminos nuevos, nos impulsan, nos empujan a luchar porque nadie más muera de la misma manera. Como dijera el poeta cubano, “sé que hay muertos que alumbran el camino”.

El Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de junio viene con esa marca indeleble: la de hacer que muertes sin sentido adquieran uno. Hay cierta heroicidad en lanzarse a la lucha por la justicia y en contra de la impunidad, en vez de encerrarse en el dolor que no tiene nombre. Hay un arrojo digno de alabanza en estos padres y madres que han convertido su tragedia personal en un movimiento cívico que puede generar importantes cambios en el país. En estos momentos aciagos de nuestra patria, ante la desvergonzada insensibilidad de quienes nos gobiernan, los testimonios de estos padres y madres de familia se constituyen en faros que marcan el rumbo. Es algo que nunca dejaremos de agradecerles.

Nota (1): Mejía Madrid, Fabrizio, “Poniatowska: la memoria de la gente”, Letras Libres 144, Diciembre de 2010, pp. 74-75

 

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