Iglesia y Sociedad

La caravana del consuelo

13 Jun , 2011  

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Del 4 al 10 de junio se llevó a cabo la Caravana del Consuelo, un esfuerzo de movilización social convocado por Javier Sicilia, que culminó en Ciudad Juárez donde se terminó de redactar el Pacto Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad, primer movimiento de carácter nacional que, partiendo del dolor de tantas víctimas de este sistema que produce pobrezas e inseguridad, se levanta para plantearle al Estado sus demandas y ofrecer alternativas de transformación para la situación que actualmente vivimos.

Desde mi perspectiva, aunque aquí en el estado de Yucatán no haya tenido mucho impacto, la Caravana del Consuelo es la expresión mexicana, horizontal y ciudadana, sin intromisión de partidos políticos, de esa “indignación” que anda corriendo por todas las ciudades y campos del mundo: España, Grecia, Yemen, Egipto…

A reserva de que uno pueda seguirla paso a paso en la red en la página oficial del movimiento, quisiera compartir a los pacientes lectores y lectores de esta columna, los comentarios que me hizo llegar el Observatorio Eclesial y que realizó, en acompañamiento directo de la Caravana, un equipo de personas del Centro de Estudios Ecuménicos. El resultado es un relato a la vez puntual e íntimo, porque registra los lugares pasados, pero les da una lectura teológica desde el dolor de las víctimas, que no encontraremos en los medios de comunicación social. Esperando que les sea de interés, va pues una lectura teológica del recorrido que, si queremos, puede ser el inicio del cambio ciudadano verdadero en este país. Que lo disfruten.

Del silencio a la verdad y la justicia: Día 4
A medida que la Caravana del Consuelo se adentra en lo profundo del dolor de nuestros pueblos, los 40 mil muertos van dejando de ser fría estadística y se tornan en rostros y nombres concretos, dejan de sernos ajenas y ajenos, gente desconocida, para ser entrañables: se llaman Juan, Marisela, Gabriel, Gustavo, Alma, Viviana, Luis… eran hermanas, hermanos, hijos, padres, madres de alguien, ahora lo son de todas y todos.
El primer punto del pacto es la verdad y la justicia. Por eso empezamos por nombrar lo que el miedo y la impunidad ha mantenido hasta ahora en silencio. Nombrar es un acto profundo, decisivo para quien nombra y para quien es nombrado. No es lo mismo decir “el muerto número tal”, a decir es mi hija, y se llama Rocío, y era joven y con muchas ganas de vivir. Nombrar es un acto poderoso, pero no de aquel poder opresor, que al nombrar se apropia de lo nombrado y se convierte en dueño de su destino. Nombrar a nuestros muertos es un acto poderoso porque rompe el silencio ominoso, es un acto subversivo, es el primer paso hacia la verdad y la justicia, es no dejar morir la memoria de los inocentes, grabarla en las plazas y parques, calles y casas de nuestras ciudades y pueblos, grabar sus nombres en nuestro corazón, no dejar que su muerte sea vana, no dejar que la muerte sea la última palabra y que nos suma en el silencio y la desesperanza.
Desde la fe, nombrar es un acto divino que saca del anonimato y la indiferencia a la persona, y la involucra con un proyecto de amor y justicia. Cuando Dios da la humanidad el encargo de nombrar, o cuando llama a alguien por su nombre, lo compromete, le asegura un lugar en la memoria colectiva, lo rescata del caos, lo acerca a sí y le garantiza la paz. Errónea y convenientemente hemos reducido el poder divino de nombrar a la sola apropiación de las personas o cosas, al grado de que hoy, precisamente al no nombrarlas, creemos que simplemente no existen o no nos afectan. No es así.
La caravana del consuelo llegó a Morelia el día 4 y los nombres y rostros de las víctimas emergieron del silencio; hablaron en las palabras, los cantos, los gestos, los rostros de quienes les recuerdan y de quienes quieren recordarles. Es el primer paso para exigir justicia y verdad. En la cuna de la violencia de Estado, donde empezó la guerra de Calderón, se le llama a rendir cuentas por las víctimas de su estrategia de seguridad nacional, a esclarecer y resolver los asesinatos, las desapariciones, los secuestros, las fosas clandestinas, la trata de persona, y el conjunto de delitos que han agraviado a la sociedad, mediante procesos transparentes y efectivos de investigación, procuración y administración de justicia, en que se procese a los autores intelectuales y materiales, incluyendo las redes de complicidad y omisión de las autoridades responsables. Determinar la identidad de todas las victimas de homicidio es un requisito indispensable para generar confianza. Es el primer paso de una paz verdadera que nazca de la justicia.
El día 5 partimos hacia San Luis Potosí, donde el cálido recibimiento se mezclaba con el temor y la indignación; con todo, más y más rostros y nombres se suman al expediente que se va armando en el recorrido del consuelo, con el cual se exigirá justicia, y se dará acompañamiento y asesoría a las familias involucradas. El temor se respira en la gente. San Luis tan golpeado y empobrecido, sus pueblos y territorios allanados, ultrajados por la avaricia y complicidad de las grandes trasnacionales y el gobierno. Al final, prevalece la esperanza y el agradecimiento al poeta y a la caravana por la cercanía, la presencia, la solidaridad. Se estrujan los corazones, pero se asientan las convicciones: no podemos seguir en el silencio, no podemos permanecer ocultos; hay que salir, dar la cara y los nombres, demandar justicia y dignidad, permanecer fieles al camino no-violento de la paz con justicia y dignidad, resistir a la provocación de responder con guerra a la guerra. Segundo día y la intensidad sube en el corazón de la guerra que no pedimos y que estamos pagando con vidas y esperanzas.
Aún faltan muchas voces por hablar y sumarse a este reclamo. La caravana tiene que movilizar a la nación entera, extirpar nuestros corazones de piedra y devolvernos el corazón de carne que siente y llora, pero también se alegra y se entrega. Esta es la esperanza de los pueblos por los que pasamos y que se suman al caminar rumbo al Pacto Nacional.

De la seguridad nacional a la seguridad ciudadana: Días 5 y 6
Al tiempo que Javier Sicilia y Julián Le Barón hacían en San Luis un llamado profundo a no responder con violencia a la violencia de Estado, la policía federal allanaba las instalaciones del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte, en Ciudad Juárez, ocasionando destrozos y hurgando los expedientes de los casos que dicha organización lleva, entre ellos denuncias contra integrantes de la PFP. El argumento es una supuesta persecución a un narcomenudista y una equivocación en la información, o sea, “perdón nos equivocamos de lugar”. Sin embargo, este hecho no es fortuito y no podemos verlo sino como una señal clara de la manera como el gobierno va a enfrentar la demanda de la Caravana del Consuelo y de todas las organizaciones (Paso del Norte, una de las fundamentales) que a lo largo de la ruta del dolor se han sumado piden el fin de la guerra, el regreso del ejército a los cuarteles y un nuevo enfoque de seguridad para nuestro país y las comunidades.
Este es precisamente el segundo de los 6 puntos en torno a los cuales se está articulando el Pacto Nacional: Fin a la estrategia de guerra y asumir un enfoque de seguridad ciudadana que avance hacia un modelo de seguridad alternativo, basado en la reconstrucción del tejido social y que recupere las experiencias comunitarias autogestivas y la participación ciudadana en las colonias, barrios y unidades habitacionales. Implica un enfoque de derechos humanos que instituya mecanismos de protección a periodistas y denfensores/as, regule y evite que sucedan precisamente actos como el ocurrido en Ciudad Juárez con el Centro Paso del Norte, un claro acto de flagrancia que tiene que ser esclarecido y fincadas las responsabilidades.
La Caravana del Consuelo se interna más y más en territorios donde la violencia y la impunidad campean, y es imperativo que sea salvaguardada no sólo su seguridad (¡los federales la escoltan!), sino la de todas las organizaciones locales que participan en la organización de este caminar de paz hacia la justicia y la dignidad, toda vez que no es la única vez que esto sucede y se vuelve cada vez más común la agresión del Estado a las comunidades y grupos que se organizan para defender su autoría, sus derechos y su vida, frente a la violencia y criminalidad creciente.
Por la mañana del 6, compungidos por la partida, el contingente dejó San Luis Potosí para dirigirse a Zacatecas, donde la Coordinadora Zacatecana de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad, que agrupo a un buen número de organizaciones que se han sumado a la convocatoria nacional por la paz, dio la bienaventuranza a los hacedores de paz, como signo visible de que otra comunidad es posible y es la herencia de ésta y las generaciones venideras. Es aquí que nos encontramos en el corazón de la resistencia civil detonada por el llamado del poeta y hombre de fe Javier Sicilia, cuyas raíces están en el evangelio judeo-cristiano: la No-violencia activa, la certeza de que no hay camino para la paz, sino la paz es el camino (M. Gandhi). Es un cambio de paradigma hacia el sentido común que nos dice que no se puede hacer la paz a partir de la guerra y la violencia, y que no podemos responder a las provocaciones que quieren empañar esta lucha, “sacarla de sus casillas” y sumirnos en la interminable espiral de violencia del “ojo por ojo, diente por diente”. La Caravana sigue diciendo no a la violencia, a pesar del miedo y la intimidación, a pesar de la indignación por el dolor cada vez más profundo y generalizado de las familias que han perdido a inocentes en esta irracional guerra civil donde los muertos, la mayoría de los muertos, los ponemos la ciudadanía,
Frente a esta tentación de la violencia, oponemos la organización ciudadana y popular, el acuerpamiento (ponernos cuerpo a cuerpo, acercamiento entrañable) de las comunidades que a cada intervención de las víctimas responden: ¡No estás sola! ¡No estamos solos! La experiencia de comunidad que posibilita una vía alternativa a la guerra y la violencia, es un ejercicio de escucha y de habla, de acompañamiento de nuestras soledades (consuelo) y aislamientos provocados por el miedo. Todas estas experiencias alimentan las reflexiones por la paz de las y los integrantes de la Caravana, e invitan a todos los corazones que acompañan su caminar desde muchas partes de México y el mundo a contribuir con análisis y propuestas, sabiendo que la firma del pacto y todo en torno a él son sólo el principio del camino.
Mil doscientos cincuenta kilómetros después del alba del 4 de junio, la Caravana llegó a Durango, con el ocaso que contrastaba con los ánimos del recibimiento: en esta ciudad hemos tenido la manifestación más numerosa e intensa del recorrido. Llegamos dos horas tarde, desde 20 kilómetros antes de arribar a la capital de uno de los estados más afectados por la violencia criminal y estatal varios contingentes nos esperaban para bienvenirnos y compartir su dolor. A pesar de la noche y el ambiente de temor y temblor, mucha gente se concentró en la calle principal que lleva al centro histórico de la ciudad, un número igual o mayor a la caravana misma.
El mitin más largo, que nos llevó casi a la media noche: víctima tras víctima rompían el silencio, y nuestro corazón ardía y se estrujaba y la garganta se anudaba. Durango vive el desgobierno total. Sus habitantes van de un día a la vez, con la conciencia acrisolada de que en cualquier momento una bala perdida o un acto criminal les puede arrebatar la vida, lo que algunas madres incluso agradecerían, para estar con sus hijos ya muertos o desaparecidos. Y la respuesta recurrente del gobierno local: “perdón, fue una equivocación”. Y el poeta llora con las madres, hermanas, padres, hijos. Gracias por el dolor y por el consuelo, nos repetían una y otra vez. Gracias por la convicción de que este túnel oscuro llega a su fin, en la medida en que crece también la convicción de que la solución está en nuestras manos, en nuestra capacidad de hacer propio el dolor ajeno, y unirnos para cambiar rumbos y actitudes. El testimonio de un ex-policía, que dejó el camino de la guerra para unirse al camino de la paz, nos confirma que sí se puede.
Después vino el agasajo, la alegría inherente al llanto, que duró casi hasta el alba. Los cuerpos cansados y las almas encendidas de gratitud compartida de ida y vuelta. Muchos duranguenses nos acompañaron toda la noche, también para cuidarnos, que significa curarnos. El día 6 terminó, el 7 y trabajamos arduamente por disipar el temor que acecha los corazones por los incidentes ocurridos y extremamos precauciones.

Es Raquel que llora por sus hijos… (Jer 31,5): Días 7 y 8
En Monterrey, el Paso de la Caravana del Consuelo ha puesto al desnudo la realidad cruda e indignante de la corrupción del gobierno de Nuevo León. El llanto de las mujeres y hombres por sus hijos muertos o desaparecidos (cada vez más frecuentemente por parte de miembros del ejército o la policía local) es inconsolable. No bastan las palabras de acompañamiento, no es suficiente el tiempo para aplacar el dolor; cada día la incertidumbre alimenta la tristeza y la indignación. Cada caso presentado ante la Procuraduría del estado ha sido en saco roto. No hay voluntad de revisar la corrupción que permea toda la estructura de seguridad, y sí la perversa estrategia de criminalizar a las familias de los desaparecidos, desgastarlas, ridiculizarlas.
Tal vez por ello, pasada la media noche, al terminar el mitin en el centro de la ciudad de Monterrey, de manera inesperada Javier Sicilia convocó a los presentes a marchar hacia las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia del estado, para emplazar al procurador a dar una respuesta pronta a las demandas de las familias. Mientras la reunión ocurría, entre el sub-procurador, Javier Sicilia, Emilio Álvarez Icaza y representantes de las familias de las víctimas, la Caravana mantenía una toma simbólica de las instalaciones con cantos de paz y alegría, buscando amainar el dolor de quienes lloran por sus hijos y demandan su vuelta con vida como única posibilidad de consuelo.
El sub-procurador se comprometió a, en el plazo de una semana, dar información precisa del estado actual de los casos de desaparecidos presentados ante la PGJ, y en el plazo de un mes avanzar en resoluciones eficaces en pro de la verdad y la justicia en dichos casos. También se acordó una comisión de seguimiento a estos compromisos asumidos públicamente ante medios de comunicación por el sub-procurador, conformada por víctimas y organizaciones sociales.
Esto nos coloca en la encrucijada de abrigar o no esperanzas en el sistema de justicia de nuestro gobierno. El tercer punto que se discute rumbo al Pacto Nacional es precisamente el que tiene que ver con combatir la corrupción y la impunidad del Estado mediante una amplia reforma en la procuración y administración de justicia que establezca el control ciudadano sobre las policías y los cuerpos de seguridad, avance en la reforma de los juicios orales y establezca sistemas más efectivos de control judicial que reduzcan la discrecionalidad en los procedimientos y resoluciones de fondo. La justicia no puede seguir al servicio de intereses y cálculos políticos. También se requiere legislar para generar la capacidad y atribuciones de investigación y consignación de funcionarios públicos de los tres órdenes de gobierno en casos de corrupción.
El punto de inflexión es nuestra capacidad o incapacidad de incidir en este punto de reforma del Estado, toda vez que precisamente el Congreso de la Unión ha detenido la reforma política que apuntaba precisamente a combatir esta corrupción, entre otros puntos que tienen que ver con fortalecer la democracia con mecanismos como la revocación de mandato, el plebiscito popular y las candidaturas independientes.
¿Qué podemos hacer al respecto, cuando además parece que vivimos en una sociedad mexicana indolente e indiferente ante el dolor y la pobreza ajenos? Aquí tenemos un enorme reto, un largo y arduo camino por recorrer. ¿Dónde están? fue la pregunta recurrente y no resuelta en la plaza central de Monterrey. ¿Dónde están nuestros desaparecidos, dónde los culpables, dónde las autoridades, dónde la justicia… dónde está Dios? Imprecaban con dolor y sin odio las mujeres y hombres que un día cualquiera se despidieron de sus hijo o hijas, padres, madres… y nunca las volvieron a ver. Y ¿dónde está la sociedad? ¿dónde la solidaridad con lo humano?
Podríamos añadir, ¿dónde están las iglesias?, cuya misión precisamente, más allá del consuelo y alivio del dolor humano, están llamadas a ser abogadas de la justicia. ¿Dónde está la fe comprometida con la dignidad? ¿Dónde una fe activa que no cierra los ojos ante el pueblo que ha caído a un lado del camino, herido de muerte por criminales y sus encubridores? Siendo más de 100 millones de personas que dicen profesar una fe en nuestro país, ¿por qué el abandono de las causas de la justicia?
La realidad de sufrimiento, como venas abiertas que no sanan sino se abren más y más conforme avanzamos por la ruta del dolor, ¿nos va a mantener impasibles? ¿temerosos? ¿indiferentes? Más que nunca es la Caravana del Consuelo una invitación a la reflexión profunda y ética, sobre lo humano, sobre la fragilidad, sobre la miseria, sobre la corrupción de la que formamos parte, si no nos oponemos abiertamente a ella.
Como recuerda el pastor metodista César Pérez: «Nuestra presencia como cristianos se vuelve realidad cuando como personas asumimos la responsabilidad de unirnos en solidaridad con aquellos que sufren violencia. El Reino de Dios lo construyen los valientes y, valientes son los que recorren los caminos de México llevando el mensaje de paz con justicia que nos animan a mantener viva la fe y la esperanza…»
Esta presencia (cristiana y no, de fe, atea, agnóstica… pero profundamente humana) ha acompañado la Caravana del Consuelo. Así lo sentimos en Saltillo, con el recibimiento de la comunidad y del obispo Raúl Vera López. Pero estamos apenas en el comienzo, el Pacto Nacional que se firmará en Ciudad Juárez el próximo 10 de junio no es el fin del recorrido, es el comienzo de una nueva historia y un nuevo rumbo para nuestro país, y requiere la participación de todas y todos. ¿Permaneceremos en el silencio y la ignominia?

Les arrancaré el corazón de piedra… (Ez 11,19): Días 8, 9 y 10
¿Cuánto dolor puede soportar el corazón humano? ¿O cuánto dolor puede llegar a infligir? ¿Cuánto dolor puede ser capaz de curar? ¿Cuánto, capaz de ignorar?
El día 8 de junio, quinto de su recorrido, la Caravana del Consuelo pisó finalmente suelo chihuahuense, en la recta final hacia el epicentro del dolor, la valiente y adolorida ciudad de juaritos. Hacia la media noche llegamos a la ciudad de Chihuahua con el corazón cansado de tanto sufrimiento hecho voz en las palabras de las víctimas que a lo largo del camino fueron sumando su dolor, pero también su esperanza, a la caminata por la paz justa y digna. Ardió nuestro corazón y se inflamó con emotivo recibimiento de la gente, que esperó cerca de 5 horas en la plaza central nuestra llegada. No hubo mitin, ni dolor en ese momento, sólo la alegría de reconocernos en el camino y en la comida compartida. Fue un bálsamo, agua fresca en terreno desértico. Fue el apapacho de nuestros hermanos y hermanas, que en su dolor, pueden aún dar alegría.
9 de junio fue la marcha más grande tenida hasta el momento. Caminamos con entusiasmo y coraje, levantando la voz y tocando los corazones de muchos aún anestesiados ante esta guerra que devasta las ciudades de nuestro país. El llamado frente al palacio de gobierno de chihuahua, justo donde la luchadora social Marisela Escobedo fue impunemente asesinada, fue enérgico. La pregunta cada vez más recurrente: ¿Dónde están? Dónde están los desaparecidos y desaparecidas, las autoridades y la justicia, la población, Dios… Si bien es claro que al paso de la caravana se rompió el silencio de la ignominia, aparecieron rostros y rostros de las víctimas, también es claro que son muchos más los que han preferido permanecer al margen, por temor, pero también por indiferencia, que sumada a la de las autoridades, convierten en piedra el corazón de la sociedad mexicana ante la muerte de los inocentes y la injusticia que ha puesto su tienda entre nosotros.
Es un reclamo legítimo preguntar dónde están más de 100 millones de mexicanos y mexicanas. Y es responsabilidad de todas y todos no sólo responder, personalmente, a esta pregunta, sino sobre todo hacer posible que la voz de las víctimas rompan el cerco mediático impuesto al tema de la guerra de Calderón y a sus consecuencias en la vida cotidiana de miles y millones de personas. No puede seguir negándose una realidad que devasta el país. No vale más el argumento de que la violencia es un hecho asilado, propio de algunos lugares allá muy lejos de nuestra cotidianidad. NO es verdad. La realidad es totalmente otra y dura: la violencia y la guerra existen como el componente esencial de nuestra cultura, y afecta todos los estratos de nuestra vida. Por ello, mucho menos debe valer el argumento de que, como la violencia no me afecta, entonces no me siento responsable de ayudar a quienes son víctimas de ella. La indiferencia es quizás una de las formas más sutiles y certeras de violencia.
Hemos endurecido nuestro corazón, hecho ahora de roca fría e insensible al dolor ajeno. Basta una víctima inocente para lanzar un grito al cielo y decir ¡ya basta! ¡no más sangre! ¡alto a la guerra! Y resulta que no es una, son miles, decenas de miles contabilizadas los últimos 4 años, y muchas, muchas más no contempladas en las estadísticas, pero que han sido arrastradas por esta espiral de violencia e impunidad. ¿Cuánto más necesitamos para ablandar el corazón y volver a ser seres humanos? ¿Será hasta que nos pase a nosotros mismo o un familiar querido? ¿Qué no somos responsables de los demás como de un hermano o hermana propia? Son preguntas todas que esperan respuesta y nos dejan el reto de trabajar codo con codo en la difícil tarea de arrancar de nuestra carne, de la carne de este mundo, el corazón de piedra que se ha instalado, y devolverle su humanidad, devolverle un corazón que sea carne de nuestra carne, capaz llorar y reír con otras y otros, capaz de dejarse contagiar por el valor de los débiles y sumar un gran movimiento de transformación de corazones y re-encauzamiento de acciones.
Un corazón de piedra duele como una piedra arrojada al rostro o al cuerpo de otro. A la piedra no le duele el dolor que inflinge. Un corazón de carne no puede lastimar sin lastimarse a sí mismo, tanto como no puede curarse a sí mismo sino curando a los corazones afligidos.
Éramos muchos pisando el suelo que no sintió caer a Marisela Escobedo. Pero no los suficientes para protestar por este indignante suceso, tan indignante como el de todas las víctimas que han compartido sus vidas en la Caravana del Consuelo. ¿Alguien es capaz de escuchar y responder? ¿Hacerse eco de estas palabras, y que resuenen hasta los confines del mundo como Evangelio de los pobres que convoque a la justicia y la solidaridad? ¿Seguiremos escudándonos en nuestros prejuicios de clase, o políticos, o religiosos? ¿Seguirá siendo nuestro corazón de piedra o se trocará en carne?
La placa que la gente cercana a Marisela colocó en el asfalto, justo donde cayó fulminada por la corrupción de nuestro sistema, fue retirada por órdenes del gobernador de Chihuahua. El 9 de junio, tras la manifestación pacífica con que concluyó la marcha en la capital del estado, la placa volvió a colocarse, con la consigna de protegerla, pues es nuestro derecho recordar (pasar un y otra vez por el corazón de carne) a quienes queremos y han muerto por defendernos. También se convocó a llenar nuestras plazas y edificios públicos con los nombres de todas las víctimas, nuestras víctimas, de esta guerra inútil y altamente costosa. ¿Nos atreveremos a hacerlo? ¿O la cobardía se sumará a la indiferencia? ¿Seremos capaces de sumarnos a esta convocatoria, como un reclamo de justicia y de memoria?
No hay otra manera de ablandar el corazón que ésta. Poniéndolo en acción, desestresándolo, desoxidándolo, haciéndolo nuevamente flexible y sensible al dolor humano. Es una promesa que le hacemos al mundo, un don necesario que nadie puede exigir, sólo otorgar voluntariamente y así recuperar nuestra humanidad perdida. A eso apunta el Pacto Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad ahora firmado por muchos, y en espera de ser signado por muchísimos más, no sólo con nuestros nombres, sino con nuestras acciones, pues su puesta en práctica desde el metro cuadrado en que me encuentro es el camino eficaz para hacerlo real y lograr un cambio en el rumbo de nuestra nación.

Caravana del Consuelo, 11 de junio de 2011
Centro de Estudios Ecuménicos

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