Iglesia y Sociedad

Jesús y la no violencia

7 Nov , 2011  

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Hay en Jesús un comportamiento complejo en relación con la violencia. El Reino de Dios y su irrupción, suscita la violencia (Mt 11,12). Se trata de una violencia difícil de caracterizar (Lc 16,16) pero que Jesús no encubre. Frente al orden injusto Jesús protesta, en la línea de los profetas, con actos y palabras que los conservadores del orden estiman como violentos, dado que violan aparentemente la ley.

En efecto, Jesús suprime el equívoco de una resignación cristiana ante la injusticia y marca las exigencias de la caridad. Expulsa a los mercaderes del templo (Mt 21,12; Jn 2,13-22), viola muchas de las convenciones de la religión de su tiempo, es dueño del sábado (Mc 2,28), no viene a traer una paz engañosa (Jer 6,14; Mt 10,34; Lc 12,51), introduce la división hasta en la institución más sagrada, la familia (Mt 10,35) y se alza contra deberes sagrados (Lc 9,60) y sacude la normal solicitud por la integridad corporal (Mt 5,29). Pero se trata de una violación del orden, precisamente porque el orden es injusto en relación con la realidad superior del Reino de Dios. No nos extraña por es que Jesús sea comparado con el violento profeta Elías (1Re 19,17), violento aguafiestas. A los ojos de Dios Jesús es un violento que viene a instaurar la paz (Ap 6,4-8; 8,5).

Pero Jesús se presenta a sí mismo también como manso y humilde, que triunfa sobre la violencia soportándola (1Pe 2,21-24). El cristiano ha de esforzarse por ser como su Maestro (1Pe 2,18-21; 3,14; Lc 5,9; Ap 14,12). En el plano de las estructuras sociales y religiosas de su tiempo, Jesús es un revolucionario, porque dichas estructuras paralizan la justicia y la caridad, que son valores del Reino.

Pero, y esto es lo que más nos interesa, frente a la violencia que impera en el mundo. Jesús es más radical que el AT. Ante la ley del talión, Jesús exige el perdón incondicional. Hay varias órdenes de Jesús que reflejan este mandato: amar a los enemigos (Mt 5,44; Lc 6,27), no resistir al malo (Mt 5,30). Jesús asume el papel del individuo perjudicado y declara que hay que saber ser víctimas del violento.

El mismo Jesús se resiste a la tentación de usar medios violentos para instaurar el reino: no convierte las piedras en panes (Mt 4,3) ni domina por la fuerza (Mt 4,8) se niega a ser revolucionario violento (Jn 6,15) y a obtener la gloria sin la cruz (Mt 16,22), Declina el uso de la violencia cuando van a apresarlo (Lc 22,49) y no derrama más sangre que la suya propia. Considera que el único medio de obtener la reconciliación entre el violento y su víctima es el amor y el sacrificio, la no violencia. Por eso, los que tomen la espada, a espada morirán (Mt 26,52). Es lo contrario al espíritu de Jesús la devolución del golpe a los samaritanos inhospitalarios (Lc 9,54). Cuando Jesús perdona a quienes lo crucifican, rebasa el ideal del AT del siervo de Yahvé: no se conforma con un abandono pasivo en las manos de Dios, sino que hace violencia al violento, porque apunta a la reconciliación y no a la mera superación de la violencia.

Un estudio especial merece el texto en el que Jesús, en el marco del discurso inaugural de las bienaventuranzas, nos enseña la no violencia activa. Ya desde el inicio del discurso en Mt 5,1-12 aparece una bienaventuranza que se enlaza con nuestro tema: la de los no violentos (mansos, en clásica traducción).

La palabra griega praüs, manso, no violento, más que humilde, tiene resonancias del AT. En el salmo 37,1.7.8 hay la recomendación de “no exasperarse”, no perder la paciencia, no irritarse, nada de ira, dirigida hacia el hombre escandalizado por la prosperidad de los malos. Se invoca una sumisión paciente, confiada en el Señor. Un texto que contiene esta misma palabra es Num 12,3, hablando de Moisés. Se trata de una cualidad ejemplar. El contexto nos dice que María y Aarón emprenden una campaña para destruir su autoridad. Moisés no se defiende y es Dios el obligado a hacerlo. Los ejemplos de Hillel, rabí contemporáneo de Jesús, llamado “el manso”, nos muestran que el sentido de la palabra sería “el que no se irrita, el que no se enfada, el que sabe quedarse tranquilo y pacífico, mostrando una paciencia inalterable”. No hay en él nada de dureza o violencia. Es un no violento. “Mansos” son, pues, quienes se encorvan interiormente, que no resisten, que no se rebelan. Se trata de las personas mencionadas en Is 66,2. Esta actitud evangélica se seguirá pidiendo en otros textos del NT (Col 3,12; Ef 4,2; Flp 2,3; Gal 6,1; 1Pe 3,8).

Una segunda bienaventuranza que nos interesa es la de los que “trabajan por la paz”. No se trata de los pacíficos, personas que se dedican a vivir en paz, lo cual no es algo malo, y es incluso recomendado en algunos textos (Rom 12,18; 14,19; 2Cor 13,11). Pero en lo que toca a la bienaventuranza, “pacífico” dice bastante poco y “pacificador” puede decir demasiado. Pacificador es quien dispone de un poder gracias al cual imponen a los demás el vivir en paz, reprimiendo, si es necesario, a los que se empeñen en turbar la paz.

En la bienaventuranza no se trata de pacíficos ni de pacificadores, sino de constructores, los que trabajan por la paz. Su sentido sólo aparece en el AT en Prov. 10,10, pero era una actitud muy reconocida en el judaísmo de tiempos de Jesús. Se trata de reconciliar, de enseñar a vivir en paz. Este era el sentido en el que se entendía Mal 3,23-24. Traer paz a las personas, ayudarles a reconciliarse, a vivir cordialmente, es de verdad un buen servicio.

Quizá sea Mt 5,39-42 el texto que ha formulado de forma más clara la invitación de Jesús a renunciar a la violencia. Norbert Lohfink sugiere que la construcción de este texto es anticlimática y se resuelve en cuatro partes:

– Si uno te abofetea n la mejilla derecha, vuélvele también la otra
– Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, déjale también el manto
– Si alguien te fuerza a caminar una milla, anda con él dos
– Al que te pida, dale; y al que pretende de ti un préstamo, no lo esquives.

Decimos que es un ordenamiento anticlimático porque el mal, al que no se debe resistir, empeora crecientemente del final del texto hasta el inicio. Va de una petición desvergonzada, pasa por la coacción mediante la amenaza de un proceso judicial, hasta llegar a la violencia descarada. Así pues, este texto presupone, no casos raros o extraordinarios, sino toda una escala de posibilidades de violencia encubierta o descarada, desde la importunidad hasta la violencia directa. De suerte que no es un texto que haya que tomarse en sentido puramente metafórico. La propuesta no es soportar pasivamente las injusticias, sino asumir una actitud altamente activa: salir al encuentro del adversario, querer hacerlo hermano. El texto es profético y provocador. Jesús prohíbe el empleo de la violencia y está convencido de que quien acepta su palabra puede vivir sin responder con violencia a la violencia, y sin el arma de las represalias.

No debe extrañarnos que la mayor parte de las reflexiones teológicas posteriores sostenga que la exigencia de la no violencia es irrealizable. Como dice el catecismo suizo de 1975 (con aprobación del Vaticano): “No hay que tomar al pie de la letra las indicaciones del sermón de la montaña, ya que tales enseñanzas conducirían a situaciones insostenibles tanto en la vida pública como en la privada”.

Otras veces las reflexiones intentan domesticar el mensaje de la no violencia, sosteniendo que es un ideal que permanece sólo en el horizonte cristiano, que es un impulso para la acción o, finalmente, que se dirige a los individuos pero que no tiene posibilidad social de ser practicable. Y sin embargo, el recuerdo de la no violencia es peligroso, y cada determinado tiempo surgen en la iglesia gente, como Francisco y Clara, que intentan vivirlo comunitariamente.

Lo que hay que subrayar es que la invitación a la no violencia no se dirige a toda la humanidad en su conjunto, ni al individuo aislado, sino a esta comunidad que continúa la misión del círculo de los discípulos y discípulas de la primera generación. La llamada a la no violencia es posible vivirse allí donde un grupo o todo un pueblo cree en el Reino de Dios y se somete libremente a sus exigencias. Por eso la convivencia cristiana gesta una nueva familia con aquellos que están dispuestos a hacer la voluntad de Dios, es decir, aceptar el reino con apertura absoluta y total disposición al cambio de vida. Es un nuevo tipo de comunión (Mc 10,29s) en el que no se reproduce la dominación patriarcal, lo mismo que aconsejará Jesús después a propósito de los gobiernos de este mundo (Mc 10,41-45) para hablar de las estructuras de dominación.

Pero para que esto sea realizable, es necesario que partamos de que en Jesús nace un nuevo tipo de familia, que vive y convive de forma distinta de la que es habitual en el resto del mundo. Sólo entonces puede darse esta praxis no violenta dentro de la comunidad: puedo permitir una bofetada, porque no perderé mi honor; puedo entregar mi capa porque sé que habrá alguien que me compartirá la suya, no necesito preocuparme de mis derechos o prestigio, porque no se vive a nivel de rivalidades y envidias.

Este es el inmenso desafío que se lanza sobre las iglesias, si intentan de veras ser la nueva familia de Jesús. Seríamos unos cínicos mentirosos si afirmáramos que nuestras comunidades actuales son un ámbito vital de fe en el que se convive como hermanos, en el que nadie trata de imponer sus derechos sobre los demás, en el que no existen estructuras de dominación o de violencia.

Si tomamos esto en serio, las comunidades cristianas tendrían que reformarse. En este sentido Mt 5,39-42 es un recuerdo peligroso y explosivo. ¿Somos verdaderamente una contra sociedad? Sólo así seríamos luz del mundo, ciudad situada en lo alto de un monte. Pero parece que estamos solamente preocupados en si se puede o no tocar la marcha nupcial en las bodas…

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4 Responses

  1. Balmore dice:

    Gracias. Buscaba las citas bíblicas, para identificar el método de Jesús para combatir la violencia…el artículo me ha servido de base.

    Que Dios le continúe bendiciendo.

  2. Te recomiendo este articulo

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