Iglesia y Sociedad

Las iglesias paulinas

31 Ene , 2012  

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Comparto con algunas mujeres, todas ellas profesoras de religión en la tradición educativa católica de la familia religiosa de Jesús María, el estudio de algunos textos bíblicos del Nuevo Testamento que nos muestran cómo era la conformación de las distintas iglesias primitivas. Reconozco, con el corazón agradecido, que disfruto mucho de estas oportunidades de estudio, una sesión mensual de dos horas durante todo el curso escolar, que me hacen leer y releer con ellas las distintas tradiciones eclesiales escondidas en las cartas del Nuevo Testamento y en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La complejidad del panorama de las iglesias primitivas resulta evidente para cualquier lector atento de los textos. Siempre suelo decir que, si nos fuera concedido transportarnos en un túnel del tiempo al siglo I en un domingo, y pudiéramos, ese mismo día, por el milagro de la teletransportación, visitar las distintas celebraciones dominicales de la Fracción del Pan, ya en una comunidad judeocristiana palestina, en otra comunidad compuesta por judíos liberales de la diáspora, en otra comunidad más, ésta de ascendencia pagana y cuño paulino o, finalmente, en una comunidad de las construidas en torno a la memoria y testimonio del Discípulo Amado, nos llevaríamos la sorpresa de encontrarnos con una pluralidad tal, que las actuales diferencias entre las distintas denominaciones cristianas nos parecerían menores, insignificantes. No solamente encontraríamos variedad en las expresiones de fe y de culto, sino, para poner sólo un ejemplo, hasta el mismo título dado al Maestro sería distinto de un lugar a otro: Mesías para los cristianos procedentes del judaísmo, Cristo para los cristianos de las comunidades paulinas, Logos para los cristianos juánicos…

Y es que las distintas recepciones del mensaje evangélico, siguiendo una lógica de encarnación, son asombrosas en su variedad y complejidad. Cada recepción refleja el molde cultural en el que se recibe el mensaje de Jesús: sea desde la formación estricta de un judaísmo que no encuentra diferencia alguna entre la nueva fe y la fe de los antiguos, sea desde la perspectiva liberal de los judíos de la diáspora que acentúan más la moralidad que el cumplimiento ritual de la Ley de Moisés, sea desde la perspectiva de Pablo, en la que el cumplimiento de la Ley no tiene ya ninguna importancia, hasta la óptica polémica de las comunidades del Discípulo Amado y su visión apocalíptica y sectaria. Una mirada aguda podrá descubrir cómo los condicionamientos sociales y culturales derivaron en prácticas que diferenciaron a las comunidades cristianas primitivas, produciendo un panorama de riqueza plural, pero creando también momentos de tensión y peligros de ruptura.

El modelo de cristianismo más exitoso, sin embargo, es a todas luces el modelo paulino, que fue el que nos correspondió abordar en la más reciente sesión de estudio. Sus aportaciones, para bien y para mal, encausaron la manera de comprender y de vivir la fe hasta derivar en lo que después constituiría, para usar la expresión de algunos especialistas, la Gran Iglesia. Aun en medio de lo conflictiva que podía resultar la personalidad de Pablo de Tarso, el experimento de iglesias abiertas y plurales, que superaron las barreras de división étnica y convivieron –no sin dificultades– con otros modelos distintos de organización eclesial, resultó de importancia decisiva en aquellos años, previos todavía a la existencia de evangelios escritos.

El testimonio del libro de los Hechos de los Apóstoles ha de ser cotejado con las versiones, no siempre similares, que Pablo ofrece en sus cartas sobre los principales acontecimientos que las iglesias primitivas tuvieron que enfrentar, como la polémica admisión de las personas de ascendencia pagana en la iglesia. De la posición de las iglesias paulinas tenemos mucha más información que de las otras iglesias, debido a que Pablo usaba mucho la comunicación epistolar y muchas de sus cartas fueron conservadas dentro de la lista de libros del Nuevo Testamento. Y aunque podemos notar diferencias claras dentro del mismo paulinismo (no es el mismo acento el que se nota en las cartas auténticas de Pablo –Gálatas, Romanos, Corintios, Filipenses, Filemón– que en las post-paulinas –Colosenses, Efesios, Cartas Pastorales–), creo que el retrato que nos deja el Nuevo Testamento de las iglesias que derivan de la acción pastoral y evangelizadora de Pablo encuentra su expresión cumbre en Gal 3,28: “Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, pues en Cristo Jesús todos ustedes son uno”.

Iglesias, pues, que supieron derribar los muros que eran causa de división y construir comunidades fraternas: el muro de las distinciones étnicas (judíos y no judíos), proclamando que no hay cultura que sea “mejor” que otra para recibir la buena noticia del Evangelio; el muro de las distinciones sociales (esclavo y libre), que borra la pretensión de legitimar con el evangelio las desigualdades; el muro de la cultura patriarcal (hombre y mujer), que proclama a las comunidades cristianas como espacios de equidad de género.

Esta expresión cumbre del modelo de convivencia eclesial, propia de la experiencia paulina, permanece brillando en el conjunto del Nuevo Testamento, a pesar de que tendencias conservadoras en el paulinismo posterior intentaron dar marcha atrás. Y continúa, digo yo, iluminando con su fuerza renovadora a nuestras comunidades cristianas actuales, tan alejadas a veces de esa triple equidad –étnica, social y de género– a la que la experiencia de las iglesias de Pablo nos siguen invitando.

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