Iglesia y Sociedad

El Año de la Fe

2 Oct , 2012  

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Entre al seminario en un Año Santo, el ya lejano 1975. He vivido otros jubileos y aquél, que con un triduo de años, celebrara el advenimiento de un nuevo milenio (1997-2000). Creo firmemente que estos tiempos especiales de reflexión y oración que la iglesia ofrece a sus feligreses pueden ser de mucha utilidad. Creo también que, como todas las iniciativas humanas, están llenos de riesgos.

Pronto iniciaremos el Año de la Fe, decretado por el Papa Benedicto XVI para celebrar los cincuenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II. Es un llamado importante, sobre todo porque hay muy poco del espíritu del Concilio permeando en nuestros ejercicios pastorales. Mis antiguos profesores de historia eclesiástica solían responderme, cuando planteaba yo mi estupor ante lo poco que habíamos caminado en asumir el espíritu conciliar ¡en 1976!, que no debía yo ser impaciente, que los cambios en la iglesia llevaban muchos años.

El consejo era sensato. Venía acompañado de un ejemplo apabullante. Me decían los egregios profesores que el Concilio de Trento había decretado la implantación en todas las diócesis de los seminarios para la formación del clero. Sí, aunque nos parezca extraño, fue hasta el siglo XVI que comenzaron a existir los centros de formación sacerdotal. Pues bien, no fue sino hasta cerca de trescientos años después que el objetivo terminó por ser cumplido en todo el orbe. ¿Qué esperaba yo, imberbe y desesperado, al reclamar que el Concilio Vaticano II fuera plenamente vivido y puesto en práctica cuando solamente habían pasado veinte años de su clausura?

Pero el tiempo pasó. Las diferencias con los tiempos del Concilio de Trento no podrían ser más significativas: después de la revolución tecnológica nuestra noción de tiempo nunca volverá a ser la misma. No se puede argumentar ya de la misma manera con el Vaticano II que como lo hacíamos con el Concilio de Trento. Hoy vivimos en una sociedad global en la que sólo no se entera de las cosas quien no quiere. Y me temo que eso haya pasado con el espíritu del Vaticano II: no queremos aplicarlo. Así de sencillo.

No se explica de otra manera que un concilio que subrayó la colegialidad dentro de la iglesia no haya logrado transformar esta estructura piramidal en la que el Papa sigue concentrando en su persona todos los poderes; que un concilio que abrió las ventanas para que entrara en la iglesia el viento nuevo (según hermosa imagen de Juan XXIII), siga en confrontación con los avances científicos y tache de relativismo cualquier pensamiento diverso. No hay otra respuesta cuando vemos que el decisivo empuje que el Vaticano II dio a la visión de la iglesia como servidora del mundo, abogada de los pobres, transformadora de las estructuras, viva en pleno siglo XXI encerrada en la defensa de sus instituciones y concentrada en un ombliguismo cómodo y poco misionero.

Por eso me parece tan importante la celebración de este Año de la Fe. Es una oportunidad privilegiada para redescubrir la riqueza de la fe cristiana y convertirla en motor de transformación personal y social. Hay muchas señales positivas que deben ser valoradas: el testamento espiritual del Cardenal Martini, con su fina, aunque algo pesimista, visión de lo que falta por hacer en la iglesia. La carta que el valiente arzobispo emérito de Foggia, Mons. Giuseppe Casale enviara a los obispos que se reunirán en el próxima XIII Asamblea Sinodal (del 7 al 28 de octubre próximo) en el Vaticano, exhortándolos a asumir con espíritu conciliar los asuntos urgentes que muchos jerarcas de la iglesia se niegan a enfrentar, siguiendo la obtusa posición que se resume así: lo que no veo, no existe. Si a esto le añadimos la emergencia de un laicado maduro que ha tenido, muchas veces, que emigrar de las instituciones eclesiásticas para, volcados a la transformación del mundo desde la sociedad civil organizada, reencontrar su vocación de seguimiento de Cristo, entonces levantamos con optimismo la cabeza en esta celebración del Año de la Fe y todo lo que puede significar para muchos católicos y católicas de a pie, tan hambrientos de una iglesia más coherente con el evangelio.

El horizonte no está, desde luego, exento de sombras. Algunas facciones conservadoras dentro de la iglesia, pertrechadas detrás de una ortodoxia que, usada como escudo, quisiera regresarnos a antes del Concilio de Trento, no cejan en su empeño por obstaculizar todo lo que huela a espíritu conciliar. “Recuperar el Concilio Vaticano II leyéndolo desde la Tradición de la iglesia” es el eufemismo que usan para negarse a cualquier transformación que cuestione su obsesión por mantener las estructuras de poder dentro de la iglesia. Hay portales electrónicos de supuestos defensores de la fe que rezuman odio contra los teólogos que se atreven a decir su palabra libre. La inquisición no necesita reediciones, y menos desde los medios electrónicos. Estos sectores quisieran que el Año de la Fe se limitara a ser un año de estudio sobre el Catecismo de la Iglesia Católica. Ojalá no lo permitamos.

Quisiera por eso, a manera de confesión de fe que tomo prestada del P, José Antonio Pagola, subrayar que, en este año de la fe, lo importante es volver a Jesús. Dice Pagola: “Según un relato evangélico, estando Jesús de camino por la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos qué se decía de él. Cuando ellos le informaron de los rumores y expectativas que comenzaban a suscitarse entre la gente, Jesús les preguntó directamente: ‘Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?’. Transcurridos veinte siglos, cualquier persona que se acerca con interés y honestidad a la figura de Jesús, se encuentra enfrentado a esta pregunta: ¿Quién es Jesús?. La respuesta solo puede ser personal. Soy yo quien tengo que responder. Se me pregunta qué digo yo, no qué dicen los concilios que han formulado los grandes dogmas cristológicos, no qué explican los teólogos ni a qué conclusiones llegan hoy los exegetas e investigadores de Jesús…

“Lo primero y más decisivo es poner a Jesús en el centro del cristianismo. Todo lo demás viene después. ¿Qué puede haber más urgente y necesario para los cristianos que despertar entre nosotros la pasión por la fidelidad a Jesús? Él es lo mejor que tenemos en la Iglesia. Lo mejor que podemos ofrecer y comunicar al mundo de hoy. Es esencial para los cristianos confesar a Jesucristo como ‘Hijo de Dios’, ‘Salvador del mundo’ o ‘Redentor de la humanidad’, pero sin reducir su persona a una ‘sublime abstracción’. No quiero creer en un Cristo sin carne. Se me hace difícil alimentar mi fe solo de doctrina. No creo que los cristianos podamos vivir hoy motivados solo por un conjunto de verdades acerca de Cristo. Necesitamos el contacto vivo con su persona: conocer mejor a Jesús y sintonizar vitalmente con él. No encuentro un modo más eficaz de ahondar y enriquecer mi fe en Jesucristo, Hijo de Dios, hecho humano por nuestra salvación. Todos tenemos cierto riesgo de convertir a Cristo en ‘objeto de culto’ exclusivamente: una especie de icono venerable, con rostro sin duda atractivo y majestuoso, pero del que han quedado borrados, en un grado u otro, los trazos de aquel Profeta de fuego que recorrió Galilea por los años treinta. ¿No necesitamos hoy los cristianos conocerlo de manera más viva y concreta, comprender mejor su proyecto, captar bien su intuición de fondo y contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano?”

Hasta aquí la reflexión del Padre Pagola. Yo creo que para eso puede servirnos este Año de la Fe. A eso trataré de dedicarle todas mis fuerzas.

Colofón: Les comparto la contundente entrevista que concediera Mons. Giuseppe Casale al periodista Valerio Gigante. Ojalá les levante el ánimo, como a mí.

La soñolienta víspera que precede la celebración, en el Vaticano, del 7 al 28 de octubre próximo, de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos ha sido rota por la carta abierta que un anciano obispo, Mons. Giuseppe Casale, ha querido dirigir a los padres sinodales exhortándoles a afrontar algunos asuntos urgentes que todavía siguen golpeando las puertas de una Iglesia enrocada en la defensa de su jerarquía y de órdenes que se asientan en anacronismos del pasado.
Se trata, escribe Mons. Casale, de reformas todavía no afrontadas y de citas fallidas con las necesidades espirituales profundas de este tiempo: la pobreza, la colegialidad, el ministerio ordenado, las parroquias, la nueva evangelización, la comunidad de base.
Pero Mons. Casale, arzobispo emérito de Foggia, uno de los pocos exponentes del episcopado italiano firmemente comprometido con la Iglesia conciliar, también llama la atención sobre la necesidad, cada día más urgente, de dar testimonio al pueblo de Dios e, incluso, de un seguimiento radical del Evangelio: “los obispos, juntamente con el Papa, tenemos que empezar a dar ejemplo. Al término del Concilio, muchos obispos pidieron que la Iglesia redescubriera la alegría de la pobreza evangélica. La renuncia al lujo exterior y a los títulos honoríficos, la elección de una vida simple y sin lujo, la asunción de la pobreza de padece tanta gente siguen siendo en la actualidad una meta lejana”.
Sobre los temas de esta carta, publicada hace poco por la editorial la Meridiana con el título Desgraciado de mí si no anuncio el Evangelio. Reformar la Iglesia. Carta abierta al Sínodo de los Obispos, hemos hablado con el autor, el obispo Casale.

Valerio Gigante. La colegialidad fue una de las cuestiones más debatidas en el Concilio. Al final de la “Lumen Gentium”, la Constitución en la que se abordaba la función y la organización de la Iglesia, el Papa decidió insertar la célebre “nota explicativa previa” que redujo sustancialmente el alcance de las deliberaciones de la asamblea sobre la colegialidad. Luego vino el Sínodo, que para muchos es una respuesta inadecuada a las demandas que se formularon en la asamblea conciliar. Usted escribe una carta abierta a los participantes en el próximo Sínodo: ¿cree que el Sínodo todavía puede satisfacer la exigencia de una mayor participación del episcopado en el gobierno de la Iglesia?

Mons. G. Casale. La limitación fundamental del Sínodo es su valor exclusivamente consultivo. Sus conclusiones son sometidas a la aprobación del Papa, aprobación que normalmente suele llegar unos cuantos meses después de la conclusión del Sínodo, cuando ya los temas propuestos a su consideración han perdido gran parte de su “urgencia” pastoral.
Gracias también a su composición, el Sínodo, que cuenta con la presencia de personas elegidas por el Papa y de delegados episcopales (representantes de las mayorías de las conferencias episcopales), no siempre recoge las exigencias que realmente vive y formula el Pueblo de Dios. Por eso, más allá de sus buenas intenciones, no proporciona una verdadera fotografía de la auténtica realidad en la que viven las Iglesias locales, de las demandas que proceden de ellas y de sus dificultades pastorales.
Además, la asamblea sinodal acaba siendo una larga maratón oratoria que tiene ocupados a sus delegados durante unos días, desde la mañana hasta la tarde, en complejas discusiones, con intervenciones que se suceden de manera ininterrumpida, en la lengua oficial de la Iglesia, es decir, en latín. Son debates que al final quedan recogidos, de manera deslavazada, en el resumen hecho por la Curia, lo que hace todavía más ineficaces los intentos de sintetizar lo formulado en la asamblea.
Por eso, aunque haya habido tantos Sínodos, generales y continentales, nunca se han visto resultados apreciables. Además, si no es posible una respuesta inmediata a un problema teológico o pastoral urgente, los documentos producidos, que deberían encarnarse en las realidades diocesanas, no pasan de ser, casi siempre, más que papel mojado.

Valerio Gigante. La suya, más que una carta al Sínodo, parecer ser, por los problemas candentes que toca, una carta a la gente…

Mons. G. Casale. Es una carta abierta al Papa, a los participantes en el Sínodo y, sobre todo, al Pueblo de Dios, para despertar entre los creyentes la necesidad y la conciencia de una participación coral en la vida de la Iglesia, por medio de representantes de las comunidades eclesiales locales, comunidades en las que diariamente se viven los problemas que conciernen a los fieles.
Por esto, pongo encima de la mesa, ya desde el inicio de mi carta, las cuestiones a las que me parece que hay que dar respuesta en la Iglesia hoy y de manera urgente.
En primer lugar, el tema de la Iglesia pobre, es decir, el problema de cómo renunciar efectivamente al lujo, al boato, a los títulos y a los privilegios por los que se afanan tantos hombres y estructuras de la Iglesia y cómo interrumpir las relaciones, frecuentemente discutibles, con potencias económicas que gravitan alrededor de la Iglesia y que, a veces, logran condicionar su acción y su gobierno.
Después, pido una colegialidad efectiva: el Papa tiene que ejercer su primacía de manera sinodal. No creo que se debilite el primado del Papa por una mayor implicación de las Iglesias locales; más bien, se enriquecería. Sin embargo, en la actualidad el Papa sólo comparte sus decisiones con los miembros de la Curia romana, una Curia integrada por personas frecuentemente excelentes, pero objetivamente lejanas de la concreta realidad en medio de la que viven las comunidades locales, y al margen de sus ansiedades y desconociendo las esperanzas del Pueblo de Dios.
Está después la cuestión de la búsqueda de la “verdad” que la Iglesia ha de pensar con perspectiva histórica y no con aquella en la que, frecuentemente, habla, que es abstracta y metafísica. La verdad para la Iglesia tiene que ser cada día más la de los pueblos sufrientes que esperan de ella respuestas concretas e inmediatas.
En mi carta también pido ordenar de manera diferente las parroquias: pequeñas iglesias “de condominio”, constituidas por grupos de familias, estrechamente vinculadas al territorio en que se encuentran, de manera que puedan ser signos efectivos y eficaces instrumentos de acción pastoral.
Finalmente, pido la urgente reapertura del diálogo con las comunidades eclesiales de base. Me asombran las atenciones que se están teniendo con los seguidores de Lefebvre y el enorme desinterés, cuando no rechazo y desprecio, por quienes tienen un compromiso diario y encarnado en medio de las contradicciones de la Iglesia y de la sociedad, tal y como sucede en las comunidades de base, a pesar de algunas exageraciones y posiciones radicales que han de ser cuidadosamente evaluadas.

Valerio Gigante. Una parte importante de su carta está dedicada a los “viri probati”, es decir, a ordenar como sacerdotes a varones casados…

Mons. G. Casale. Creo que ha llegado el momento de introducir esta novedad en la Iglesia, y también creo que su exigencia se ha visto fuertemente incrementada en los últimos tiempos; pero en la jerarquía persiste el miedo a que los “viri probati” supongan el fin del celibato. ¡No es así!
El celibato es un regalo, un carisma. El de los “viri probati” es, en cambio, una respuesta a las actuales contradicciones de las unidades pastorales, un expediente administrativo para afrontar únicamente la falta de curas, pero que no aseguran una real y asidua atención pastoral de las comunidades, particularmente de las más pequeñas, con sus riquezas y tradiciones. Las comunidades necesitan un guía que no sea un cura de paso, un “viajero abonado” al reparto de los sacramentos, tan ocupado en la atención a un montón de parroquias y almas que sólo alcanza a consagrar o confesar, a celebrar funerales o bodas.
Se necesitan personas que procedan del interior de las comunidades, hombres casados, con cierta autoridad humana y espiritual que les habilite como personas idóneas para asumir la responsabilidad de ser los “ancianos” (presbíteros) de sus compañeros y capaces de incrementar la vitalidad espiritual de sus hermanos y sus hermanas.

Valerio Gigante. Algunos de los temas que hemos tocado me traen a la mente las palabras de la última entrevista del Cardenal Martini sobre la pobreza en la Iglesia y sobre la Iglesia pobre, y también aquellas otras sobre el retraso de 200 años de la Iglesia. Sin embargo, su visión parece más confiada que la del ex arzobispo de Milán…

Mons. G. Casale. He tenido en grandísima estima a Martini. He sintonizado con él en muchas posiciones que ha ido adoptando a lo largo de los años que ha durado su ministerio episcopal. Él ha finalizado su andadura terrenal con mucho sufrimiento y con un poco de pesimismo respecto a la Iglesia. En su libro Coloquios nocturnos en Jerusalén dijo haber soñado muchas veces con una Iglesia que “hace su camino en pobreza y humildad”, “que no depende de los poderes de este mundo”, “que da cabida a las personas capaces de pensar de manera más abierta”, “que anima, sobre todo, a los que se sienten pequeños o pecadores”. “Soñé con una Iglesia joven. Hoy no me queda ninguno de esos sueños”, concluyó.
Su última entrevista, igualmente, está llena de una amargura que nos tiene que hace pensar profundamente.
Pero yo, a pesar de todo, soy un hombre confiado: creo que el Espíritu irrumpirá en esta nuestra Iglesia y nos enseñará una realidad diferente. Por supuesto, hace falta tiempo. Y tener paciencia. Y es muy probable que en esta espera alguien se vea obligado a pagar por el arrojo y valentía de sus posiciones y propuestas. Le ha sucedido a Martini, les ocurrirá a otros obispos.
Es preciso estar dispuestos. Yo lo estoy y busco testimoniar (vendiendo lo poco que tenía y volviendo a vivir en mi primera diócesis, en la de Vallo della Lucania) una Iglesia que redescubre a Jesús pobre entre los pobres y los simples.

Valerio Gigante. A cincuenta años de distancia de su inicio, ¿qué decisiones conciliares le parecen más incumplidas, cuando no, traicionadas?

Mons. G. Casale. La pobreza es, duda de ninguna clase, el aspecto más incumplido.
Hoy, más que una Iglesia pobre entre los pobres, vemos diariamente una Iglesia que necesita vestirse en Armani para celebrar pomposamente la liturgia.
¡Estamos volviendo atrás, más que redescubrir la sencillez evangélica!
Si no nos liberamos pronto de la esclavitud del dinero y de hacerle la ola al capitalismo financiero globalizado, el demonio, en lugar de limitarse a difundir su humo, dará zarpazos lacerantes sobre el tejido “apolillado” de esta Iglesia.
Nosotros, los obispos, frecuentemente denunciamos los asaltos que proceden de fuera de la Iglesia, del laicismo y de la secularización. Sin embargo, los auténticos peligros proceden del interior, de una Iglesia que sigue perdiendo la luminosidad y la autenticidad del mensaje evangélico.

Esta entrada ha sido leída 3205veces


One Response

  1. Aarón May dice:

    Les comparto el comentario de Mari Paz en Revista 21:

    LAS TEÓLOGAS VUELVEN A LEER EL VATICANO II
    Este año se celebra el 50º aniversario del Concilio Vaticano II y seguramente habrá muchos actos relacionados con este evento que tanto marcó a la Iglesia. No estará nada mal que, aunque sólo sea por el hecho de la cifra redonda de la celebración, nos adentremos en una profunda reflexión de lo que fue, de lo que no llegó a ser y de lo que se guardó en un viejo baúl en lo alto del desván y ahora cuesta saber en qué lugar se encuentra.

    De momento, en Roma, en el Pontificio Ateneo San Anselmo, del 4 al 6 de octubre se celebra el Congreso Teológico Internacional “LAS TEÓLOGAS VUELVEN A LEER EL VATICANO II – ASUMIR UNA HISTORIA, PREPARAR EL FUTURO”

    Me he preguntado qué me gustaría que sucediera en todas las celebraciones que se lleven a cabo con motivo del recuerdo del Vaticano II después de cincuenta años y esta es mi respuesta:

    Lo primero, tomando las palabras del Papa Juan XXIII, sería “abrir las ventanas de la Iglesia para que entre el viento del Espíritu”, refiriéndome también a cada grupo que se reúna por este motivo, con la humildad de quienes saben, porque Jesús lo dejó dicho, que cuando “dos o más se reúnen en Mi Nombre”…

    Lo segundo sería volver a las dos preguntas que, según cuentan quienes entonces tenían edad para estar pendientes de las informaciones, flotaban en el ambiente del Aula Conciliar: “Iglesia, ¿qué puedes ofrecer hoy al mundo? y “Mundo, ¿qué exiges hoy a la Iglesia?”. El “hoy”, en este momento, es el principio de un complicado siglo XXI, en el que parece que la brecha entre Iglesia y Mundo es, lamentablemente, cada vez más ancha.

    Lo tercero, sin ninguna duda, sería profundizar con sincero corazón en la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II, cosa complicada pues muchos creen que ya saben lo que dice, aún antes de haberlo leído y, otros, habiéndolo leído, lo han olvidado.

    ¡Espíritu Santo, ven, y ayúdanos a todos a ver por dónde va el camino que se inició con el Concilio Vaticano II! Amén.
    Por Mari Paz López Santos

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