A Miguel Arias lo conozco desde hace varios años. Y debo confesar que me he encontrado poca gente que ame tan intensa y profundamente a la iglesia católica. Miguel no es ingenuo: es simplemente creyente. Vive en los Estados Unidos, de manera que conoce de cerca los escándalos de ministros pederastas y otros problemas que, aunque menos escandalosos, no son por ello menos graves.
La última vez que conversamos, Miguel se expresó muy bien de un obispo norteamericano. Me contó que, siendo este obispo todavía párroco, se organizó una actividad muy importante en el templo parroquial donde él trabajaba, que contaría con una gran afluencia de personas. Una señora hispana llegó a solicitar permiso para poder poner un puesto de venta de golosinas. El párroco estaba en su oficina, en el segundo piso. Los encargados le dijeron a la mujer que había normas en la parroquia que no permitían que pudiera venderse nada. La señora dio las gracias con cara triste, comentando que pensó que habría sido una buena oportunidad para juntar un poco de dinero y así poder comprar a sus hijos algunos juguetes para la navidad que se aproximaba.
Antes de que la señora dejara la oficina, el párroco, que había escuchado todo desde su oficina, bajó y, después de saludar a la señora, le entregó 400 dólares para que sus hijos pudieran tener regalos en la navidad. Cuando Miguel terminó su relato dijo con voz emocionada: “Ésa es la gente que salva a la iglesia, chingaos”.
Quisiera que mi amor por la iglesia fuera tan hondo como el de Miguel. Quisiera tener su capacidad de asombrarse ante un gesto fraterno y ver en él a la otra iglesia posible, brotando ahí, entre charcas de lodo burocrático. Por eso, imitándolo, quiero hablar hoy de una persona de ésas que salva a la iglesia.
La ocasión me la da el hecho de que el domingo pasado inició en todo el país una serie de actividades que se realizarán durante todo este año para celebrar los 50 años de servicio pastoral de don Samuel Ruiz García, obispo emérito de san Cristóbal de Las Casas.
Nacido en Irapuato en 1924 y consagrado obispo de san Cristóbal en el año de 1960, don Samuel acompañó y apoyó durante cuarenta años la construcción del único ejemplo de iglesia autóctona en todo el continente. Participó en el Concilio Vaticano II y en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín. En noviembre de 1997 fue víctima de un atentado contra su vida, del que resultaron heridos tres catequistas que lo acompañaban. Desde el año 2000 vive en Querétaro como obispo emérito y ha podido desde ahí continuar su ardua labor profética. Su trabajo pastoral ha sido ampliamente reconocido y ha desempeñado labores de mediación entre el EZLN y el gobierno de Zedillo y, más recientemente, con más de ochenta años, entre el EPR y el gobierno de Calderón.
Hombre de fe, acrisolado en medio de un pueblo empobrecido y creyente, don Samuel sigue siendo para muchos un testimonio vivo de seguimiento de Jesús. Son apenas de abril pasado las palabras que hoy comparto con las pacientes lectoras y lectores de esta columna. Una pequeña muestra de que la ni la edad ni las persecuciones (que también las hubo dentro de la iglesia, y por mano de sus mismos hermanos de mitra y báculo… pero no hablaremos de estas bajezas porque este artículo está dedicado a las personas que salvan a la iglesia, no a las que la pierden) han logrado doblegar su ánimo profético. Vayan pues estas palabras pronunciadas por don Samuel Ruiz García en Colombia:
“La hegemonía imperial del gobierno y la economía de los Estados Unidos de Norteamérica pesan de una nueva manera en el mundo, reduciendo los márgenes en que las soberanías nacionales puedan generar alternativas. Somos testigos de cómo la religión es invocada para justificar guerras de invasión y exterminio. Todavía, en pleno siglo XXI, aparecen iluminados fundamentalistas que invocan a un dios que les ordena invadir otros países, someter a otros pueblos, torturar a los indefensos y matar a quienes se opongan a estos mal llamados ‘designios divinos’.
“En otros casos, como en Chiapas, la religión es utilizada por los poderosos —gobernantes, terratenientes, latifundistas o dueños de trasnacionales— como justificante para expulsar y en algunos casos masacrar a comunidades enteras. La práctica de distintas religiones o la pertenencia a distintas Iglesias, es manipulada para inventar los llamados “conflictos religiosos” y así tratar de explicar las invasiones y la persecución a personas, familias o pueblos de la región.
“La paz que buscamos no puede separase de la justicia. ¡No puede haber Paz sin Justicia!, particularmente sin justicia social. Sin justicia social, la verdadera paz está ausente, puesto que paz, bien lo sabemos, no significa simplemente ausencia de guerra. La paz no corresponde a una actitud conservadora. Por el contrario, la paz está asociada a la voluntad de cambio que alienta las transformaciones urgentes de las condiciones de vida de las mayorías.
“Así, además de detener la guerra global y de sanar aquellas sociedades desgarradas, la Paz es la construcción de condiciones de equidad que resuelvan las causas, y no solo ofrezcan salidas a los efectos y actores de los conflictos. La paz es un asunto de derecho y de justicia, no sólo de fuerzas. Por ello, la paz no rehuye a los conflictos, los enfrenta y convierte en oportunidad de cambios en términos de justicia y dignidad. Las religiones y los creyentes debemos estar atentos a estos “signos de los tiempos”, para convertir en oportunidades de cambio real aquellas situaciones de injusticia de la que somos testigos.
“Luchar por la paz significa tomar una posición integral que, pasando por cuestionar al sistema capitalista neoliberal, nos interpele también en la justificación de la violencia, como si fuera ésta el único camino para enfrentar la injusticia. Dentro del conjunto de señales o manifestaciones mundiales diversas que están actuando hacia la construcción de otro mundo, se destaca la emergencia de los pobres, de los pueblos indígenas y de los movimientos sociales encabezados por obreros, campesinos sin tierra y pobladores de las zonas marginales.
“La pobreza agudizada por este sistema dominante, provoca un proceso colectivo de toma de conciencia de la globalización de los derechos humanos. Mientras arriba se globaliza el poder, abajo se globalizan los derechos y se articulan solidariamente los movimientos sociales. Se visualiza con esperanza la fuerza globalizadora de los excluidos, que no aceptan que este sistema sea el definitivo, sino que vehementemente expresan que otro sistema, donde la justicia y la verdad resplandezcan, es urgente, y posible; sistema en el que lo constitutivo no sea la concentración del lucro, sino la distribución de los recursos; en el que no sea el individualismo egoísta, sino la dimensión comunitaria y el respeto a la dignidad humana lo que esté por encima del valor de lo económico”.
Le llaman el ‘aerolito lucano’ dentro del evangelio de Juan. Se trata de un texto evangélico harto conocido. Me refiero al relato que ocupa los primeros once versículos del capítulo ocho. La nota de la Biblia de nuestro pueblo señala que “esta narración se ubicaría muy bien después de Lucas 21,37. En su actual contexto literario rompe el discurso que el evangelista está realizando. El tema y el vocabulario son mucho más cercanos a Lucas que a Juan…”. Pero lo que a mí me interesa ahora es mostrar cómo este relato ofrece, en su deliciosa simplicidad, la confirmación de que los cuatro evangelios, incluido el de Juan, están de acuerdo en que si algo enojaba al Maestro de Nazaret era la utilización de la Biblia y del discurso religioso para mantener situaciones de opresión y/o discriminación.
La historia relata el encuentro de Jesús con una turba furiosa. Dicha turba es encabezada por escribas y fariseos. Camino a la ejecución, la turba se detiene delante de Jesús y los escribas y fariseos se adelantan para presentarle a una mujer sorprendida en adulterio. El planteamiento de los estudiosos de la Biblia parece taxativo: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés ordena que mujeres como éstas sean apedreadas; tú ¿qué dices?”. La trampa está perfectamente preparada. Se trata de una deducción simple: ahí hay una mujer declarada adúltera, hay también un texto bíblico de condena, falta solamente aplicar el castigo previsto. No parece haber ningún espacio de maniobra.
Y no obstante este implacable apego a la palabra revelada por Dios a Moisés, Jesús no parece estar de acuerdo con la medida propuesta por los intérpretes más autorizados de la Biblia. Algo huele mal en esta propuesta. No en balde el mismo evangelista se cuida bien de anotar que los escribas y fariseos le habían propuesto a Jesús este cuestionamiento “para ponerlo a prueba y para tener de qué acusarlo”. Con una estrategia que no puede sino ser calificada de astuta, Jesús logra que la ejecución de la pena sea evitada y que toda aquella turba, incluyendo a los escribas y fariseos, terminen “retirándose uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último de ellos”.
Entre la presentación inicial de la mujer ante el maestro nazareno y el final abandono avergonzado de quienes la acusaban, el texto nos cuenta que Jesús “se agachó y con el dedo se puso a escribir en el suelo”. Este gesto de Jesús ha tenido a través de los siglos interpretaciones diversas. La más extendida sostiene que Jesús se habría inclinado a escribir en el suelo las culpas de aquellos cruentos acusadores. Es esta interpretación la que parece subyacer a comentarios como el que trae la Biblia de nuestro pueblo, aquí citada de nuevo, cuando dice: “La narración nos recuerda que todos tenemos techo de cristal, por lo que no debemos tirar piedras al del vecino”.
Sin embargo, a pesar de la seducción que ejerce esta interpretación, yo prefiero aquella que me compartiera alguna vez mi padrino de ordenación, el difunto padre Regino Sánchez, meditador acucioso de los textos bíblicos. Sostenía Regino, en una lectura que puede parecer psicologista, pero que no repugna en absoluto al conjunto del relato, que el gesto de Jesús habría sido la manifestación de un estado de shock. Desconectado por un momento de la realidad, Jesús se habría inclinado hacia el suelo, no para escribir nada inteligible, sino como producto del estado de perplejidad en el que quedó después de la pregunta de los escribas y fariseos.
Me gusta la interpretación de Regino porque apunta a algunos elementos no inmediatamente visibles en el texto, pero que su aguda sintonía con el espíritu del conjunto del relato le hicieron adivinar. “¿Te imaginas –me dijo emocionado– qué impactado debió haber quedado Jesús ante la dureza del corazón de quienes se supone eran las personas más religiosas?… ¡Querer matar a una pobre mujer y, para colmo, usar la Biblia como pretexto!”.
Regino casi saltó de alegría cuando sintió que su intuición fue confirmada por un dato que él no conocía y que yo le compartí en una de las conversaciones sobre la Biblia que algunos presbíteros del decanato sosteníamos en la parroquia de Dzemul: que el texto argumentado por los escribas y fariseos para justificar la condena y ejecución de aquella mujer adúltera (Deuteronomio 22,22; Levítico 20,10) condenaba a muerte no solamente a la mujer, como los escribas y fariseos hacen suponer en su breve intercambio de palabras con Jesús, sino que mandaba castigar con la muerte a ambos, hombre y mujer… ¿Dónde estaba, pues, el varón que fue sorprendido en flagrante adulterio? ¿Por qué no está siendo también él llevado a la lapidación? Si es imposible atribuir ignorancia a los escribas, conocedores profundos de la ley mosaica, ¿cómo explicaresta interpretación del texto, perversa y discriminatoria?
Esta interpretación dolosa de la Ley responde a un esquema de pensamiento que actualmente denominamos machista o patriarcal. No es un error de interpretación que los escribas y fariseos no hubieran detenido al adúltero para aplicarle el precepto mosaico. Era la manera habitual de actuar, la ley del embudo: todas las ventajas para los varones, todas las cargas y desventajas para la mujer. La religión puesta al servicio de una inicua manera de ver la vida.
Las palabras de Jesús dirigidas a la mujer, “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿nadie te ha condenado?… tampoco yo te condeno. Ve y en adelante no peques más”, constituyen un reproche adolorido contra quienes, entonces y en todos los tiempos, usan el mensaje de Dios, mensaje de compasión y perdón, para asestar condenas contra los más débiles. Pero ya lo decía el obispo poeta: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo. Como si no aprendiéramos la lección de Jn 8,1-11, mutatis mutandi, muchas veces seguimos haciéndonos ciegos ante leyes que producen desigualdad y justificamos con interpretaciones religiosas la permanencia de situaciones que producen sufrimiento a las personas. Y fue por eso por lo que Jesús predicó y entregó su vida: para que ya nadie más, nunca, usara el nombre de Dios para justificar injusticias.
Colofón: Afuera es una tortura que no se soporta por más de cinco minutos. Pero desde adentro, desde la ventana de una tibia habitación, la nevada que de manera interrumpida cae sobre Chicago en estos días es un espectáculo de espectacular hermosura. Uno no puede sino pensar en Dios.
El domingo pasado celebramos en toda la iglesia católica latina la fiesta del Bautismo del Señor, con la que se concluye el tiempo de la navidad. Hay algunas personas a las que les extraña que la celebración de la navidad se extienda hasta este domingo. Acostumbrados a dejarse guiar por los dictados de la mercadotecnia, hay personas para quienes el tiempo navideño comienza desde el mes de octubre, cuando, aun antes de que llegue la celebración de los fieles difuntos, las tiendas se llenan de renos y gordos barbones vestidos de rojo. Y se termina cuando ya no hay árboles navideños ni esferas a la venta en los supermercados. Para la liturgia de la iglesia, en cambio, el tiempo de navidad inicia con la noche buena y concluye el domingo siguiente al 6 de enero, con la fiesta a la que ahora hago referencia.
La fiesta del bautismo del Señor nos recuerda varias cosas importantes a las que quiero referirme en esta entrega. En primer lugar, nos muestra que el misterio de la encarnación que celebramos en la navidad (el Hijo de Dios que se hace hijo de los hombres, es decir, que toma carne de nuestra carne y asume nuestra naturaleza humana) es mucho más que la contemplación de Jesús niño. Terminar el tiempo de navidad fijando la mirada en Jesús adulto que, saliendo del agua del Jordán y lleno del Espíritu Santo, inicia su misión evangelizadora, nos ayuda a mirar el misterio de Cristo Jesús como un todo orgánico.
Me explico. Hay un cierto riesgo en quedarnos solamente con la contemplación de Jesús niño. Invadidos por la ternura que nos provoca el pesebre de Belén, nos olvidamos que ese mismo Jesús es el que anunciará las bienaventuranzas como camino de vida para los cristianos y que enfrentará con valentía los poderes de su tiempo, hasta ser ajusticiado y morir asesinado en la cruz. El mismo evangelista san Mateo, en su relato sobre la infancia de Jesús, nos presenta en el texto de la visita de los magos de oriente una profecía que se cumplirá algunos años después: el rechazo que Jesús experimentará por parte del poder político (Herodes) y religioso (escribas).
Quedarse solamente con la devoción hacia Jesús niño, desligándolo del proyecto de vida que nos ofrecerá cuando adulto y por el que llegará hasta la entrega de su propia vida, es cómodo, paralizante y nos exige poco compromiso. Quizá por eso la iglesia en su liturgia limita a un tiempo intenso, pero breve, a la contemplación del misterio de la infancia de Jesús.
La fiesta del bautismo del Señor está inevitablemente ligada al recuerdo de nuestro propio bautismo. La evocación de Jesús entrando en el Jordán para ser bautizado no puede sino llevar nuestra mente y nuestro corazón, irremediablemente, al bautismo que cada uno de nosotros ha recibido.
Para todas las iglesia cristianas el bautismo es un sacramento. Ya desde muy pronto, en los mismos textos del Nuevo Testamento, se habla del bautismo como de una regeneración, de un nuevo nacimiento. Con estas expresiones las primeras comunidades afirmaban su fe en que el bautismo no era solamente un rito de admisión a la comunidad cristiana, sino que nos configuraba con Cristo de tal manera, que el bautizado se transformaba en una nueva criatura, lleno del Espíritu Santo, capacitado para continuar en la historia la misma misión de Jesús.
El bautismo es, pues, para los cristianos y cristianas un don inmerecido. Por eso lo agradecemos. Hijos/as de Dios, discípulos/as de Cristo, templos del Espíritu Santo, los cristianos descubrimos en el bautismo el mayor de los regalos y la fuente de nuestra dignidad más alta. Pero el bautismo no es solamente un regalo: es también un compromiso. Quien recibe la inestimable dignidad de ser hijo/a de Dios, no puede más que comprometerse a vivir como hermano/a de los demás. Si el mundo no es hoy una casa de justicia y de hermandad, es porque los bautizados no hemos hecho lo suficientemente bien nuestra tarea. A eso se refiere el pasaje de la primera carta de san Juan proclamado como segunda lectura el domingo pasado, cuando dice que el Hijo de Dios vino no solamente por el agua, sino por el agua y la sangre, subrayando así que al gozo de la encarnación se uniría muy pronto la entrega dolorosa de la vida. Así sucede con la persona bautizada: adquiere la elevada tarea de construir el Reino de Dios en medio del mundo, de transformar esta sociedad en la que vivimos en el otro mundo posible en el que la justicia, la libertad, la democracia y la paz sean mucho más que las caricaturas que conocemos. Y ese compromiso es, inevitablemente, un camino de cruz.
Que ser hijos e hijas de Dios es la dignidad fundamental de todo cristiano, es una verdad que fue repetida y consagrada por el Concilio Vaticano II. Desde esta columna ofrezco disculpas a los fieles por todas las veces en que los discursos piadosos pronunciados en los púlpitos, sobre todo cuando se hace referencia a la vida consagrada, dan la apariencia de que en la comunidad cristiana hubiera distintas categorías de personas: las de primera clase, que habrían recibido como regalo una vocación por encima de las demás, y las de segunda clase, llamadas solamente a mirar, acaso con envidia, a quienes poseen una vocación superior que a ellas no les ha tocado en suerte.
Ninguna teología más perniciosa que ésa, porque tiene como objetivo justificar la desigualdad dentro de la iglesia. La dignidad cristiana reside en ser hijos e hijas de Dios. Y esa única dignidad es común para todos los bautizados y bautizadas. La misión que tenemos los cristianos y cristianas es también la misma para todos: construir y hacer presente el Reino de Dios en el mundo a través de la transformación de los corazones y las estructuras de la sociedad. Es solamente en los servicios que prestamos donde se dan las distinciones, ya que el Señor llama a unos a un determinado servicio y a otro a un servicio distinto. Convertir los ministerios o servicios en factor de desigualdad y de acumulación de poder es una de las más vergonzosas desviaciones del evangelio.
Así que cuando escuchen una predicación en la que la santidad se presente como un llamado reducido a solamente una sección privilegiada en la iglesia, o en la que se haga distinción de categorías entre los creyentes, como si hubiera cristianos y cristianas de primera y segunda clase, sepan que están escuchando una herejía, así la pronuncie el ministro más encumbrado.
Colofón: Sucede, decía el poeta chileno, que me canso de ser hombre. La masacre desatada en la franja de Gaza es inaceptable: duele, entristece, avergüenza, merece la condena de todos y todas.
El Padre Roy Bourgeois es un misionero de Maryknoll. Ordenado en 1972, ha sido presbítero católico durante 36 años. Su amor por la iglesia y por su ministerio es reconocido por quienes le conocen de cerca. Sin embargo, el Padre Roy ha sido amenazado de excomunión, amenaza que hasta el momento no ha tenido cumplimiento.
El 21 de octubre de 2008, hace menos de tres meses, recibió una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe en la que se le daban treinta días para retractarse de sus declaraciones públicas en apoyo a la ordenación de mujeres en la iglesia. De no hacerlo, sería oficialmente excomulgado.
La discusión sobre el acceso de las mujeres a los ministerios ordenados lleva bastante tiempo. Ya en el reciente postconcilio, en 1976, el Papa Pablo VI encomendó a la Pontificia Comisión Bíblica que estudiara la cuestión. El resultado de un largo estudio y reflexión fue que, según estos especialistas entre los que había no solamente escrituristas sino expertos en otras ramas teológicas, no podía encontrarse ninguna justificación en la Biblia para excluir a las mujeres de los ministerios ordenados. A pesar del resultado de esta investigación, el Papa manifestó que la ordenación de mujeres era inadmisible para la iglesia católica “por razones verdaderamente fundamentales. Tales razones comprenden: el ejemplo, consignado en las Sagradas Escrituras, de Cristo que escogió sus Apóstoles sólo entre varones; la práctica constante de la Iglesia, que ha imitado a Cristo, escogiendo sólo varones; y su viviente Magisterio, que coherentemente ha establecido que la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia” (Cfr. Respuesta a la Carta del Arzobispo de Canterbury, Rvdo. Dr. F.D. Coogan sobre el ministerio sacerdotal de las mujeres, del 30 de noviembre de 1975).
Esta posición ha sido reivindicada tanto por el Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis, del 22 de mayo de 1994, como por el Papa Benedicto XVI en públicas declaraciones hechas el año pasado. Sin embargo, esta doctrina sigue siendo contestada desde diversos sectores de la iglesia. De hecho, desafiantes episodios de ordenaciones de mujeres se han registrado en Suiza, Alemania, Austria, Canadá y Estados Unidos. Por ello, el 31 de mayo de 2008 se dio a conocer la decisión, tomada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por el Papa, de disponer la excomunión automática, sin necesidad de realizar proceso jurídico alguno, contra las mujeres que pretendan acceder al sacramento y quienes protagonicen estas ceremonias de ordenación de mujeres.
Con esta decisión, la iglesia católica se mantiene como una de las pocas instituciones que restringen el acceso a puestos de decisión y gobierno a las mujeres por el mismo hecho de serlo. En medio de un mundo que camina de manera irreversible a la igualdad entre los géneros, la jerarquía vaticana ha confirmado así su posición excluyente. Pero dentro de las comunidades cristianas, es decir, entre los cristianos y cristianas de a pie, la discusión está muy lejos de haberse zanjado. Mujeres católicas, que se han destacado por su participación entusiasta en movimientos sociales contra el patriarcado como sistema normativo, no se sienten representadas en esta toma de posición.
El Padre Roy escribió una carta el 7 de noviembre pasado para explicar ampliamente por qué razones no podía retractarse de su posición. Su primer argumento procede de la realidad que ha palpado: se ha encontrado con mujeres que se sienten llamadas al ejercicio del sacerdocio ministerial. El Padre Roy se pregunta: “¿Quiénes somos nosotros, como varones, para decir a las mujeres: nuestra vocación es válida, pero la de ustedes no lo es?”. En su carta abunda en otros argumentos en contra de esta exclusión de las mujeres de los ministerios ordenados.
El Padre Roy se había pronunciado a favor de la ordenación de las mujeres en la misma sede vaticana. En el año 2000 fue invitado por Radio Vaticana a hablar ante micrófonos sobre su consistente oposición a los trabajos realizado por la Escuela de las Américas, que como se sabe, ha entrenado y patrocinado a los militares golpistas de décadas pasadas y sigue ofreciendo entrenamiento contrainsurgente a un buen número de oficiales de países latinoamericanos. En su intervención el Padre Roy manifestó que sería incoherente si denunciara la injusticia de la Escuela de las Américas y se quedara callado ante las injusticias en su propia iglesia. El final de su entrevista fue lapidario: “Nunca habrá justicia en la iglesia católica hasta que las mujeres puedan ser ordenadas”.
Hay muchos católicos y católicas que han reaccionado ante la amenaza de excomunión que se cierne sobre el Padre Roy. Parece que en nuestros tiempos el adagio latino Roma locuta, causa finita (Roma ha hablado: se acabó la discusión) ya no tiene la misma vigencia. En menos de 50 días se han reunido cerca de 975 firmas en el portal electrónico ATRIO (www.atrio.org) de hombres y mujeres que manifiestan su oposición a la amenaza de excomunión vaticana y su opinión favorable a la plena asunción de la dignidad personal de la mujer en la Iglesia, sin ningún tipo de restricción de sus derechos como bautizada por motivo de género, incluso su posibilidad de asumir las más altas responsabilidades en el gobierno de la Iglesia y recibir los sacramentos que para ello sean necesarios.
Hay mucha gente de acuerdo con la afirmación del Padre Roy en su carta: “Tanto el sexismo, como el racismo, son pecado. Y por mucha energía o tiempo que empleemos en tratar de justificar la discriminación, al final, siempre será inmoral”. Tema polémico si los hay, la ordenación de las mujeres parece ser un asunto que seguirá en el tapete de la discusión todavía por mucho tiempo más.
Colofón: Un pasquín local lo publicó escandalosamente: “Fraile consignado a la autoridad en accidente de tránsito; al parecer en estado de ebriedad”. Lo que el pasquín a sueldo no señaló era que el “accidente” se redujo a que Fray Tomás González, para evitar atropellar a unos ciclistas, lastimó el espejo de un automóvil estacionado. Tampoco dice que el dueño del carro afectado insultó y empujó al fraile cuando lo reconoció. Tampoco señala que dicho licenciado presta servicios al presidente municipal, que tiene cuentas pendientes contra el fraile por su acompañamiento al pueblo de Kimbilá en una reciente lucha social. No dice ni pío sobre la desproporcionada presencia de policías municipales y judiciales en la casa conventual. Tampoco dice que en menos de quince minutos había un médico y una química dispuestos a hacer los análisis toxicológicos (esos que no “estuvieron disponibles” por muchas horas en un sonado y letal accidente en que estuvo implicado un hijo del jefe de la SSP) y menos aún que Fray Tomás salió limpio en todos los exámenes a que fue sometido. Finalmente, no dice el pasquín de marras que el fraile sólo pudo salir después de pagar dos mil pesos por un espejo de tsuru que cuesta trescientos. Así se las gastan en Izamal…
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