Iglesia y Sociedad

La jornada de Belén

27 Sep , 2010  

A las cuatro de la mañana se escucha al cantor musulmán recitar a voz en cuello los versículos del Corán desde el minarete de la mezquita. Con ello, llama a la oración matutina a la comunidad islámica, la primera de las cinco oraciones que cada buen musulmán debe hacer a lo largo del día. La mezquita corona uno de los extremos de la plaza principal de la ciudad palestina de Belén. El otro extremo de la plaza está dominado por la iglesia cristiana, único edificio conservado en Tierra Santa que se remonta a la época del emperador Justiniano en el siglo V y que no fue derrumbada en la invasión persa del 613 d.C., la iglesia conocida como la Basílica de la Natividad.

Debajo de esta basílica, visitada por millones de peregrinos a lo largo de los siglos, se encuentra, señalada con una estrella de plata, la gruta-casa en que la tradición sitúa el nacimiento de Jesús. Una devoción que se remonta a los primeros siglos (ya la peregrina Egerea mencionó este lugar en la bitácora de su peregrinación a los santos lugares en el siglo IV) parece confirmar la certeza y antigüedad de esta tradición. En los alrededores se multiplican los lugares de devoción que recuerdan acontecimientos ligados al nacimiento de Jesús: el campo de los pastores, la gruta donde la Virgen amamantó al Niño, la tumba de san Jerónimo, que devoto de la Encarnación vino aquí, justo al lado de la iglesia de la Natividad, a realizar la traducción de los textos originales de la Biblia al latín vulgar, etc.

La basílica de la Natividad es compartida en su espacio físico por tres de las iglesias cristianas más antiguas: los griegos ortodoxos, los armenios y los católicos latinos, representados éstos últimos por la orden de san Francisco. El culto compartido en este lugar está sometido al llamado “status quo” impuesto por un sultán en la época del imperio turco otomano, que señala a cada una de las tres iglesias los espacios que le son encomendados y los tiempos que podrán usar para su culto propio. Se mezclan así, no siempre de manera muy feliz, la multiplicidad de lamparillas propias de los griegos, con los cantos subidos de tono de los armenios y la sobriedad de la liturgia católica.

Ya se sabe de las dificultades que los textos de la infancia presentan a un lector moderno de la Biblia. Presentes únicamente en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas, los relatos que cuentan el nacimiento de Jesús coinciden en algunos datos fundamentales: Jesús nace en Belén, crece en Nazaret de Galilea, es fruto de un nacimiento singular –sin concurso de varón–, sus padres se llaman María y José… pero difieren en su visión de conjunto. Y difieren, en algunas de sus partes, de manera difícilmente armonizable.

Según Mateo, el niño nace en Belén, y punto. Nace ahí, porque ahí viven sus padres. Es en Belén donde José recibe el anuncio del ángel. En este lugar recibe la visita de los magos de oriente que llegan a Belén guiados por una estrella. Desde ese lugar huye hacia Egipto para salvar al niño de la persecución de Herodes, y cuando el cruel rey muere, la familia decide no retornar al hogar que habían abandonado sino seguir hasta las lejanas tierras de Galilea, porque el hijo de Herodes, Arquelao, quien había sucedido a su padre, resultaría a la postre más sanguinario que su progenitor. Esto hace que la familia emigre a Nazaret. El evangelio de Mateo, con José como figura principal y con la intención teológica de demostrar que Jesús es el hijo de David y cumplidor de las promesas mesiánicas, está centrado en la ciudad de Belén. Sólo de manera accidental, a causa de la persecución herodiana y la matanza de inocentes, la familia se traslada a Nazaret.

Según Lucas, en cambio, tanto María como José viven en Nazaret desde el principio. Ahí en Nazaret es que María se desposa con José y recibe el anuncio del ángel. Es sólo a causa del censo ordenado por el emperador que la familia se traslada a Belén en donde Jesús nace en un pesebre, situado –como puede verse en los restos arqueológicos que llenan la ciudad de Nazaret– en la parte trasera de las grutas que servían de casa a los pobladores de aquel insignificante asentamiento humano, después de que el acontecimiento fuera anunciado por los ángeles a un grupo de pastores. Por eso, después de cumplir con la segregación ritual de María y de presentar la ofrenda por el rescate del niño en el templo de Jerusalén, distante apenas unos ocho kilómetros de Belén, la familia regresa a su casa, es decir, a Nazaret. El evangelio de Lucas, con María como figura principal y con la intención teológica de demostrar que Jesús es el Mesías de los pobres, está centrado en la ciudad de Nazaret. Sólo de manera accidental, a causa del censo imperial, la familia se traslada a Belén, donde el niño nace.

Acostumbrados como estamos a colocar en el mismo pesebre navideño que armamos en nuestras casas a los pastores y magos, la estrella y los bueyes, obviamos en la lectura lo que aparece como evidente a cualquier lector atento: hay en los dos evangelios de la infancia diferencias que parecen irreconciliables. Es decir, en la búsqueda de la verdad histórica, uno difícilmente puede armonizar los datos. Hay muchas razones que explican estas divergencias que no puedo abordar aquí. Baste estos señalamientos para demostrar que detrás de la historia de la infancia de Jesús hay muchos enigmas históricos que difícilmente podemos desentrañar.

Muchos especialistas sostienen que los relatos del nacimiento de Jesús fueron colocados al final del proceso de redacción de los evangelios, a manera de prólogo. Encontraríamos así en ellos, las principales ideas teológicas que cada evangelista va a desarrollar más tarde en el conjunto de su obra. Una especie de puerta de entrada. Esta perspectiva literaria no soluciona los problemas históricos que he planteado antes, pero sitúa en un marco más comprensible los acentos teológicos de cada uno de los dos evangelios de la infancia, en el marco de su evangelio de referencia, sea Mateo o Lucas.

Pero hoy estoy aquí en Belén y estas consideraciones me parecen insulsas. El adagio antiguo que señala a la Tierra Santa como “el quinto evangelio” se hace realidad. No me molesta el cantar del musulmán que desde la mezquita, a las cuatro de la mañana, interrumpe mi sueño. Doy poca importancia a la frágil convivencia fraterna de las iglesias presentes en la basílica (de cuando en cuando somos tratados como visitantes indeseables por los miembros de otras iglesias). Tampoco me distrae el asombro que experimento ante las explicaciones del fraile que nos guía y que pasa por encima de las contradicciones presentes en los relatos de la infancia como si éstas no existieran… Todo eso es cosa de poca monta junto a la experiencia de estar en estos santos lugares. Me inclino ante la estrella que señala el sitio del nacimiento del Maestro y la beso. Le pido que, junto con mi curiosidad aumente también mi fe y mi compromiso. El emigrante de Nazaret, el perseguido de Belén, el pobre nacido entre los pobres, el niño acunado en los brazos de una Virgen, parece escuchar y sonreír complacido… Esta es la magia de Belén, este perdido pueblo de Palestina.

Iglesia y Sociedad

El administrador astuto

19 Sep , 2010  

Este domingo se leyó en las iglesias católicas de todo el mundo la parábola conocida como del “administrador astuto” (Lc 16,1-9). Acompaña una enseñanza de Jesús sobre las riquezas, enseñanza que termina con una de las frases que la gran mayoría de los especialistas considera como auténtica, es decir, como muy probablemente salida de la boca del mismo Jesús: “no se puede servir a dos amos… no podéis servir a Dios y al dinero”.

La parábola pone en aprietos a los predicadores, que muchas veces se sienten incómodos de la alabanza que el texto parece lanzar a la “astucia” mostrada por el administrador. Pero esto ocurre porque pretende sacarse de este texto una enseñanza simplemente moralizante. Ya suficiente sería con que miráramos la parábola en todos sus términos sin centrarnos solamente en la acción del administrador que defrauda a su amo. Es decir, que atendiéramos a lo que el evangelista añade al final de la parábola para definir la actitud que es la consecuencia lógica de la enseñanza parabólica. La astucia del administrador no estriba en su capacidad de robarle a su amo, sino en la decisión que toma de perdonar las deudas de los pobres, así sea con el mismo dinero de su amo, que así sale doblemente defraudado, y no obstante eso, es capaz de admirar la astucia de su administrador.

Como bien señala José Antonio Pagola en su homilía semanal: “La sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Sólo las familias poderosas de Jerusalén y los grandes terratenientes de Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia. En esta sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de Profeta dedicado a la causa de Dios le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.

“Habla del dinero con un lenguaje muy personal. Lo llama espontáneamente «dinero injusto» o «riquezas injustas». Al parecer, no conoce ‘dinero limpio’. La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos. ¿Qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? Lucas ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura por su concisión, su contenido no ha de caer en el olvido. «Yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».

“Jesús viene a decir así a los ricos: “Emplead vuestra riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganaos su amistad compartiendo con ellos vuestros bienes. Ellos serán vuestros amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no os sirva ya de nada, ellos os acogerán en la casa del Padre”… Sus palabras no fueron bien acogidas. Lucas nos dice que «estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él». No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos sólo les preocupa conocer y cumplir fielmente la Ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.

“Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, la visión de la riqueza como signo de bendición no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida. Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres”.

Insisto que con esto bastaría para que la parábola fuera ya importante en el marco de la predicación de Jesús. Pero hay algo más. Juan Luis Segundo, ese lúcido teólogo uruguayo ya fallecido, leía en esta parábola un sentido hermenéutico más amplio. “Lo que constituye el tema de la parábola –dice el jesuita– es una cuestión interpretativa: cómo es que una persona que parece ir de manera obvia en contra de los intereses que administra, resulta, al final, casi se diría que por arte de magia, coincidir con la tácita intención del propietario. ¿De dónde surge esta ‘astucia’ interpretativa?”

Lo que hace Juan Luis Segundo (reconozco que soy muy aventurado en querer resumir aquí la lectura de este teólogo… habría que dirigir a los lectores interesados a su libro de más de seiscientas páginas) es colocar esta parábola entre la serie de parábolas cuyo objetivo es mostrar cuál es, según Jesús, la auténtica lectura de la Palabra de Dios, porque hay muchas lecturas y no todas aciertan con el querer de Dios. Para decirlo más claro: la Palabra liberadora de Dios ha sido leída tan mal en tiempos de Jesús (aun por las autoridades encargadas oficialmente de su interpretación, los sacerdotes y doctores de la Ley) que ha sido convertida en instrumento de opresión de pobres y pecadores. Y esta parábola, junto con la comparación de la sal (Lc 9,50), la parábola de los talentos (Mt 25,14-30), la parábola del juicio final (Mt 25,31-46) y –sobre todo– la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), tienen como objetivo, justamente, enseñar desde dónde se puede acudir a la lectura de la palabra normativa de Dios para hallar en ella el sentido que Dios puso (lo cual no es nunca algo inmediato): desde un proyecto liberador y humanizador.

En efecto, puesto entre la espada y la pared, el administrador decide confiar su suerte a sus compañeros de infortunio, los deudores, aunque solamente su propia desgracia ha hecho que los vea como compañeros. Sorpresivamente, elige bien. Le da otro sentido a su administración, pero ahora en beneficio de los deudores de su amo, que sufren por no poder pagarle. Misteriosamente, coincide con el verdadero interés del propietario, que lo alaba. Si leemos la parábola no solamente en relación con el uso de la riqueza, sino en relación con la revolución hermenéutica que Jesús está planteando en su discurso del Reino, entonces la parábola muestra su virtualidad mayor. Para decirlo con palabras de J.L. Segundo:

“¿Cuál es entonces para un rico (como el administrador antes de que le pidieran cuentas) el modo de dar con la verdadera intención del dueño: el cumplimiento literal de lo que la Ley dice sobre la propiedad o una respuesta basada en los valores y amigos del propietario? El administrador acosado se decide por lo que hoy llamaríamos una ‘opción por el pobre’ que parece dejar a Dios de lado… y Dios parece alabarlo por su ‘habilidad’”.

Colofón 1: Reconozco al releer lo escrito que la argumentación queda lejos de estar clara para el potencial lector o lectora. Perdón. La fuente, para quien se interese, es SEGUNDO J.L., “La historia perdida y recuperada de Jesús de Nazaret. De los sinópticos a Pablo” (Sal Terrae, Santander 1991).

Colofón 2: Escribo desde hoy domingo porque estaré fuera tres semanas. Salgo mañana a una peregrinación a Tierra Santa. Les pido que recen por mí. Si las circunstancias son propicias durante el viaje (hablo del fácil acceso a Internet… pero no solamente) estaré presente en este espacio. Si no es posible, ustedes habrán de disculpar.

Iglesia y Sociedad

Congreso sobre Jesús de Nazaret

13 Sep , 2010  

Como cada año, desde hace treinta, la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, de España, realizó su Congreso anual de Teología, en esta ocasión del 9 al 12 de septiembre. De talante ecuménico y comprometido con la realidad, el Congreso selecciona sus temas de conversación de acuerdo con acontecimientos y/o necesidades relevantes. El año pasado, los participantes centraron su atención en “El cristianismo ante la crisis económica”. Este año, en cambio, el centro de sus reflexiones ha sido la persona de “Jesús de Nazaret”. ¡Cómo me hubiera gustado estar ahí! La combinación de alta calidad y rigor teóricos de los ponentes, junto con su inserción vital en los procesos de las comunidades y movimientos eclesiales, le dan a los congresos de la Asociación Juan XIII un atractivo particular.

Este año el programa incluyó ponencias de sumo interés: “La búsqueda de Jesús histórico”, sustentada por Rafael Aguirre, probablemente el especialista más relevante de habla hispana en este campo (¡y ex maestro mío!); La teóloga africana Clarisse Tchala Kabanga, de la República Democrática del Congo, expuso “Jesús de Nazaret en África: liberación y diálogo interreligioso”; Mariola López habló de “Jesús y las mujeres”; Jon Sobrino, el jesuita salvadoreño, acaso el cristólogo vivo más importante en nuestro continente, presentó la ponencia “Jesús de Nazaret en América Latina: liberación y solidaridad”. Y muchos más ponentes que sería largo aquí enunciar, pero entre los que se encuentran José Ignacio González Faus –que sigue siendo fecundo y sugerente después de tantos años– , el teólogo evangélico Félix González Moreno, el teólogo ortodoxo Teófilo Moldaván, cristianos y cristianas de base que expusieron sus experiencias y, alentadora sorpresa, un buen número de jóvenes que, no solamente asistieron como espectadores, sino que participaron activamente en la reunión en una mesa de reflexión nombrada “Los jóvenes ante Jesús de Nazaret”.

Como parte del Congreso, se ha hecho costumbre, ya desde hace algunos años, que los participantes consensen un mensaje abierto, que pueda sintetizar y expresar la experiencia vivida durante los días de reuniones y discusiones fraternas. Ya se sabe que los mensajes de este tipo no alcanzarán nunca a expresar la riqueza del encuentro (en mi experiencia solamente en los congresos de teología indígena –algunos– se alcanza a reflejar en sus mensajes finales algo del ambiente vivido, quizá por la profunda carga simbólica de su discurso), pero no dejan de ser un buen punto de partida para conocer la materia debatida, conocimiento que podrá ampliarse cuando las memorias del congreso sean publicadas.

Sin más preámbulos, presento a continuación el mensaje del XXX Congreso de Teología, aprobado apenas terminado el congreso, es decir, el día de ayer.

“Al finalizar las sesiones del XXX Congreso de Teología sobre Jesús de Nazaret, celebrado los días 9 al 12 de septiembre de 2010, que ha contado con una asistencia creciente con respecto a los últimos años, queremos hacer público un resumen de las reflexiones que han dado sentido a este congreso:
1. Siguiendo el Concilio de Calcedonia (año 451), aceptado por las diferentes Iglesias cristianas, reafirmamos en la doctrina de que Jesucristo “es perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre”, por lo cual sus dos naturalezas, la divina y la humana, están unidas “sin confusión”. Se funden el Jesús histórico y el Cristo de la fe.
2. Desde planteamientos testimoniales, procedentes de cristianos de diferentes confesiones, comprometidos tanto en su dimensión espiritual como social, se reivindica, y reivindicamos, la figura de Jesús en la experiencia cristiana, como el objeto central de la fe y redentor de la humanidad. Hemos enfatizado la plena vigencia y actualidad de la figura de Jesús.
3. A la pregunta de Jesús a sus discípulos: “Y vosotros ¿quién decís que soy?”, creyentes católicos, ortodoxos y protestantes, en una manifestación de ecumenismo activo, han expresado la dimensión de la fe en un Jesús liberador, compañero de viaje, con plena actualidad para un mundo que sufre la violencia, la discriminación, la intolerancia, los fanatismos, los abusos hacia las clases más desfavorecidas, el hambre… Un Jesús con frecuencia invisible pero que sigue estando próximo a quienes le invocan; un Jesús que dejó una herencia incorruptible: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.
4. Las mujeres han ocupado un papel relevante, tanto por su presencia, como por las intervenciones femeninas en diversas sesiones del Congreso. Jesús mantuvo una relación de amistad con las mujeres, una relación en la que queda patente la complicidad y la sintonía que había entre ellos; capacidad de diálogo y de convivir en el silencio. La casa de Betania, con Marta y María, se convierte en un lugar de intimidad y de paz. Jesús de Nazaret abre una puerta de esperanza y produce seguridad, respeto y dignidad a las mujeres en medio de una sociedad que con excesiva frecuencia la rechaza, y en la que los órganos de decisión y poder procuran someterla y convertirla en instrumento de placer o servicio, reduciéndola a un plano de subordinación con respecto al varón; todo lo contrario a la práctica de la lapidación o a la negativa a la ordenación de mujeres, considerada arteramente por la jerarquía como un grave delito, al mismo nivel que la pederastia.
5. Los jóvenes han tenido una presencia activa, igualmente desde la dimensión ecuménica, en distintos momentos del Congreso, sobre todo en la parte festiva y en las mesas redondas. Son jóvenes que viven la fe en sus lugares de estudio o de trabajo, colaborando solidariamente en proyectos de testimonio y servicio, tanto en el terreno educativo como el social. Ellos también han dado respuesta a la pregunta ¿quién es Jesús para mí? Y ante las dificultades de diálogo entre generaciones, lanzan un reto: es más importante hablar con los jóvenes que hablar de los jóvenes. Es una juventud comprometida con la fe más allá de tomar la religión como un simple club social.
6. No ha faltado la perspectiva de Jesús desde otras latitudes, como ya es tradicional en estos congresos: África, un continente en guerra permanente, sometido a la explotación al servicio de multinacionales, y Latinoamérica, que lucha denodadamente por liberarse de leyes despiadadas del mercado al servicio de los poderosos. Jesús sigue presentándose como: camino de liberación para las clases más oprimidas, anunciando el Reino de Dios que, aún siendo una pequeña semilla, se afirma contra los imperialismos de toda índole; reafirmación de la intervención de Dios en la historia para producir una honda transformación; programa para construir una sociedad alternativa y contribuir a la solución de los desequilibrios sociales que existen entre el primer y el tercer mundo.
7. La actitud dialogante, acogedora, pacífica y respetuosa de Jesús ante los disidentes, adversarios e incluso enemigos, constituye la alternativa y el mejor antídoto frente a los fundamentalismos que resurgen con violencia y están instalados en las cúpulas de las religiones, de la economía y de la política. La voz de Jesús nos convoca a no olvidar el diálogo interreligioso como medio de aproximación y forma de resolver los conflictos ideológicos.
8. Revindicamos la hospitalidad como una de las actitudes fundamentales de Jesús de Nazaret que cuestiona en su radicalidad los comportamientos xenófobos y racistas de un sector importante de la ciudadanía y de algunos gobiernos europeos, que expulsan de su territorio a etnias y pueblos y enteros.
9. Desde el XXX Congreso de Teología se lanza un reto a los creyentes en Jesús: se ha acabado el tiempo de los silencios. Son tiempos de testimonio, de compromiso, de avivar la fe en Jesús de Nazaret, de seguir sus huellas, de hacer nuestras las demandas de servicio y solidaridad con los más deprimidos, de ayudar a implantar el Reino de Dios entre nosotros como reino de justicia, de paz, de libertad, de igualdad y de fraternidad-sororidad.”

Iglesia y Sociedad

James Lovelock y su teoría de Gaia

5 Sep , 2010  

Nacido el 26 de julio de 1919, James Lovelock cumplió hace poco más de un mes 91 años. Su brillante inteligencia, su espíritu curioso, su talante polémico, parecen gozar de muy buena salud a pesar del paso de los años. Hace dos años (07 de marzo de 2007), Gala Carrero publicó en el periódico español “El País”, un artículo-entrevista en que se basan, en gran parte, las siguientes líneas.

En casa de Lovelock hay una estatua de tamaño natural de Gaia, la diosa griega de la Tierra, en cuyo honor Lovelock nombró su revolucionaria teoría. La mayoría de los científicos trabajan en los márgenes del conocimiento humano, incrementando nuestro entendimiento del mundo. Lovelock es uno de los pocos científicos vivos cuyas ideas han desatado, no solo una revolución científica, sino que también una espiritual. “Los futuros historiadores de ciencia verán a Lovelock como un hombre que inspiró un giro copernicano en cómo nos vemos a nosotros mismos en el mundo”, dice Tim Lenton, un investigador inglés. Y es que antes que llegara Lovelock, la Tierra era vista por la comunidad científica mundial como una acogedora roca a la deriva alrededor del sol. Según la sabiduría aceptada, la vida habría evolucionado aquí porque las condiciones eran las correctas – no tan caliente, no tan fría, mucha agua. De alguna forma, las bacterias crecieron a organismos multicelulares, los peces gatearon fuera del mar, y algún tiempo después habrían surgido los seres humanos y, con ellos/ellas, las culturas y civilizaciones.

En los años setenta, Lovelock terminó con todo esto con una simple pregunta: ¿Por qué la tierra es diferente de Marte y Venus, en donde la atmósfera es tóxica para la vida? En un instante de clarividencia, Lovelock entendió que nuestra atmósfera no fue creada al azar por fenómenos geológicos, sino por el derrame acumulado de todo lo que ha respirado alguna vez, crecido y se ha degradado. Nuestro aire “no es meramente un producto biológico”, escribió Lovelock, “sino que más probablemente es una construcción biológica: no viviente, sino como la piel de un gato, las plumas de un pájaro o el papel de un nido de avispas, una extensión de un sistema vivo diseñado a mantener un ambiente escogido.” Así elaboró su teoría de Gaia, que sostiene que la vida no es solo un pasajero en la Tierra, sino un participante activo, que ayuda a crear las condiciones que la sostienen.

Lovelock se ha vuelto famoso en tiempos recientes por sus advertencias a propósito de las consecuencias desastrosas e irreversibles del calentamiento global. En estos tiempos apocalípticos, es uno de los científicos más citados, sea para aceptar su teoría o para rebatirla. Pero Lovelock no es un alarmista por naturaleza. El mayor error en su carrera, de hecho, fue justamente haber fallado en no ser lo suficientemente alarmista. En 1973, después de haber sido el primero en descubrir que los químicos industriales llamados clorofluorocarbones (CFCs) habían contaminado la atmósfera, Lovelock declaró que la construcción de los CFCs “no planteaban amenaza alguna”. Finalmente resultó, en efecto, que los CFcs no eran tóxicos de respirar, pero se estaban comiendo un agujero en la capa de ozono. Lovelock rápidamente revisó su opinión, llamándola “uno de mis mayores errores”. Este error parece haberle costado el Premio Nóbel.

Al principio, Lovelock no vio el calentamiento global como una amenaza urgente para el planeta. “Gaia es una perra dura”, decía con frecuencia. Pero hace unos pocos años, alarmado por el rápido derretimiento del hielo en el Ártico y otros cambios relacionados con el clima, Lovelock se convenció que el sistema del piloto automático de Gaia –la gigantesca red de retroalimentación positiva y negativa que mantiene en equilibrio el clima de la Tierra– está seriamente fuera de servicio, descarrillada por la contaminación y la deforestación. Lovelock cree que el planeta mismo eventualmente recobrará su equilibrio, incluso si le toma millones de años. Lo que está en juego, dice él, es la civilización. “Usted podría seriamente ver el cambio climático como respuesta del sistema destinado a deshacerse de una especie irritante: nosotros, los humanos… o por lo menos reducir de nuevo su tamaño”.

Lovelock no tiene interés en las religiones organizadas, especialmente las que fomentan el antropocentrismo, poniendo la existencia humana sobre todo lo demás. Cuenta Gala Carrero que, estando Oxford, Lovelock amonestó en una ocasión a la Madre Teresa de Calcuta por instar a una audiencia a cuidar de los pobres y “dejar a Dios que cuidara de la Tierra”. Como Lovelock le explicó a ella, “Si nosotros, las personas, no respetamos y cuidamos la Tierra, podemos estar seguros de que la Tierra, en el rol de Gaia, se ocupará de nosotros y, de ser necesario, nos eliminará.”

¿Qué es lo que modula la temperatura de la superficie de la tierra, manteniéndola habitable? La vida misma, concluyó Lovelock. Cuando la tierra se calienta, las plantas jalan hacia abajo los niveles de dióxido de carbono y otros gases que atrapan el calor; al enfriarse, los niveles de esos gases suben, calentando el planeta. Justamente de allí nació la idea de la Tierra como un súper-organismo. La idea no era enteramente nueva: Leonardo da Vinci creía lo mismo ya desde el siglo XVI. Pero Lovelock fue el primero en ensamblar todos los pensamientos existentes hacia una nueva visión del planeta. Nombró su teoría en honor a Gaia, para capturar la imaginación popular. Cuando las revistas científicas se rehusaron a publicar sus ideas, Lovelock sacó un libro llamado “Gaia: Una Nueva Visión De La Vida En La Tierra”, en el cual ofrecía, en sus propias palabras, “una alternativa al deprimente cuadro de nuestro planeta como una nave espacial demente, viajando eternamente sin conductor y sin propósito alrededor de un círculo interno del sol”.

Gaia ofrece una visión esperanzadora de cómo funciona el mundo. Recientemente, en 2006, Lovelock presentó en los Estados Unidos su más reciente trabajo: “La venganza de Gaia”. A juicio de Lovelock, las fallas en el ordenador de los modelos climáticos son dolorosamente evidentes. “Todo el sistema, afirma, está en el modo del fracaso”. No es gratuito que Lovelock se haya vuelto tan pesimista ante sus últimos descubrimientos. Para él el uso de las energías renovables, aunque ayude, no hará mucha mella. Toda la idea del desarrollo sostenible está encabezada, a su juicio, equivocadamente: “Deberíamos estar pensando acerca de un retiro sostenible”. Retiro, en su opinión, significa que es hora de empezar a hablar acerca de cambiar nuestra manera de vivir, dónde vivimos y cómo conseguimos nuestro alimento.

A pesar de todo su pesimismo y fatalidad, su noción del planeta como un solo sistema dinámico sigue siendo una idea esperanzadora. Sugiere que hay normas que operan el sistema y mecanismos que la impulsan. Estas normas y mecanismos pueden ser estudiados y, posiblemente ajustados. De muchas maneras, la visión holística de Lovelock es un antídoto al caos de la ciencia del siglo veinte, que fragmentó el mundo de manera excesiva. En la Escuela de Agricultura Ecológicas “U Yits Ka’an” nos sentimos atraídos por la visión de Lovelok. Junto con él, creemos que a pesar de nuestros teléfonos móviles (iPhones) y transbordadores espaciales, somos todavía animales tribales, bastante incapaces de actuar por el mayor bien, o de tomar decisiones para nuestro propio bienestar. “Nuestro progreso moral, dice Lovelock, no se ha mantenido a la altura de nuestro progreso tecnológico.”

Frecuentemente, Lovelock cuenta la historia de un accidente de avión hace años en el aeropuerto de Manchester. “Un tanque de combustible se incendió durante el despegue”, dice Lovelock. “Hubo tiempo de sobra para que todo el mundo saliera, pero muchos de los pasajeros no se movieron. Solamente se quedaron en sus asientos como les dijeron los sobrecargos en las instrucciones iniciales. La gente que escapó tuvo que trepar sobre ellos para salir. Era perfectamente obvio cómo salir, pero muchos no se movieron y murieron intoxicados por el humo o se quemaron hasta la muerte. Muchísima gente, me entristece decirlo, es así. Y esto es lo que pasará con el calentamiento global, solamente que a una escala mucho mayor”. Lovelock saca la moraleja de la anécdota: ante el calentamiento global y el acelerado deterioro ecológico, muchas personas permanecen sentadas en sus asientos y no harán nada, paralizados por el pánico. Otras se moverán. Verán lo que está a punto de suceder y tomarán acción, y sobrevivirán. “Ellos son los portadores de la civilización que viene”, señala Lovelock. No es otro el objetivo de los esfuerzos que, desde hace cerca de 15 años, lleva adelante la Escuela de Agricultura de Maní. Por eso nos cae tan bien James Lovelock, a quien, desde este rincón del sureste mexicano, esta columna saluda por sus fecundos 91 años.

Colofón: Raúl Hernández ya está en libertad… un pedacito de justicia en un país que se nos cae a pedazos