Iglesia y Sociedad

James D. G. Dunn, el biblista creyente

1 Jul , 2020  

In memoriam

La Asociación de Biblistas de México renueva, cada tres años, su directiva. Por segunda ocasión, los años 2017-2019, pude prestar el servicio de secretario de la Asociación, esta vez acompañado de Benito Rivera, de Matamoros, en la presidencia y de Antonino Cepeda, de la CDMX, en la tesorería. En enero de 2019 tuvimos la última asamblea convocada y organizada por nuestro equipo de servicio, que coincidió con los 30 años de existencia de la Asociación.

Traigo esto a colación porque fue en esa asamblea de 2019 que la editorial Verbo Divino, que nos visita anualmente para promover y vender libros de cultura bíblica en el marco de esta reunión de estudiosos, nos regaló un folleto de propaganda en que aparecía a la venta la monumental obra de James Dunn denominada “El cristianismo en sus comienzos”.

Se trata de tres tomos, en cuatro volúmenes, que recogen la tarea de investigación del autor británico sobre los orígenes del cristianismo. El primer volumen se titula “Jesús recordado” y es una maravillosa síntesis de las pesquisas que, desde la mitad del siglo pasado, se han desarrollado en la búsqueda del Jesús histórico. El segundo tomo, titulado “Comenzando desde Jerusalén” y dividido en dos volúmenes, aborda un estudio histórico, literario y teológico de la primera generación cristiana, la expansión de la Buena Noticia y la irrupción del genio paulino en el proceso de evangelización. Finalmente, el tercer tomo, titulado “Ni judío ni griego”, aborda la última parte de los comienzos cristianos; a partir de la destrucción de Jerusalén en el año 70, Dunn va desmenuzando la construcción de la identidad cristiana retratada en los escritos cristianos de finales del siglo I e inicios del siglo II.

Lo monumental de la obra puede apreciarse desde diversos ángulos. Si de dimensiones hablamos, un primer signo de su monumentalidad es que cada uno de los volúmenes consta de alrededor de 1,000 páginas y que su aparato crítico es un repaso de prácticamente todas las investigaciones realizadas sobre el tema en todo el siglo pasado y lo que va de éste. Si al tiempo de composición nos referimos, los dos primeros tomos fueron escritos entre los años 2003 y 2009, mientras que el último salió a la luz en 2015. Más de diez años de trabajo continuo.

Para nuestra fortuna, la editorial Verbo Divino se encargó de la pulcra traducción de los tres tomos, encomendándola a Serafín Fernández Martínez. En 2009 se tradujo el primer tomo, en 2012 el segundo y, ya hacia fines del año 2018 quedaba lista, con la traducción del tercer tomo, la colección completa en castellano. Así que la oferta de toda la colección completa en enero de 2019 era una primicia que los representantes de Verbo Divino ofrecían a la ABM en su 30º Asamblea.

Yo conocía el trabajo de Dunn solamente por alguna consulta que debí realizar en el abordaje de una de sus grandes pasiones: la persona y teología del Apóstol de los Gentiles. Mirar el catálogo de Verbo Divino con el anuncio de sus tres tomos ya traducidos y sentir que se me hacía agua la boca fue una sola y misma cosa. No contaré aquí los avatares por los que tuvo que pasar la compra de la obra; sólo apunto que, entre juntar el dinero y poder acceder los libros, me llegó el mes de octubre de 2019 y tuve necesidad de la intervención de amigos queridos temporalmente avecindados en la CDMX. Pero una vez con la obra en las manos, fue mi propósito de año nuevo abordar, apenas comenzado el 2020, la lectura y estudio de la obra más importante de James Dunn.

La pandemia del coronavirus me ofreció la insospechada posibilidad de meterme al estudio del primer tomo. Quedé agradablemente sorprendido. Aunque la obra de John Meier “Un Judío Marginal. Nueva visión del Jesús histórico”, con sus cuatro tomos henchidos de sabrosas notas a pie de página, me había gustado mucho, el encuentro con Dunn fue un deslumbramiento. Por primera vez, después de mucho tiempo, reencontraba el lugar de la fe en medio de la inmensa avalancha de obras relativas al Jesús histórico. La sensatez de Dunn, su diálogo mesurado y crítico con las aportaciones de sus colegas, la hondura de su aproximación a la persona de Jesús, me enamoraron. Durante el mes de marzo anduve buscando una manera de comunicarme con él. Sentía la necesidad de decirle lo que su lectura había despertado en la trayectoria de mi propia búsqueda.

Lamentablemente, google no es todopoderoso como parece. A pesar de muchos esfuerzos no pude encontrar la manera de hacerle saber al autor mi opinión sobre su obra.

En el prólogo del último tomo de su trilogía, Dunn comentó de una crisis de salud que hizo que, junto con su esposa, tuviera que dejar Durheim, donde enseñó durante muchos años hasta su jubilación, y trasladarse a la costa meridional inglesa. Ese cambio lo obligó a reducir su biblioteca de 7,000 a 3,000 volúmenes. Fue solamente su tesón y las conexiones con el King’s College de Londres y con la Universidad de Oxford lo que le permitieron desarrollar la última parte de su trabajo. Anunciaba finalmente, en el prólogo de referencia, su retiro de la investigación con estas palabras: “quiero decir adiós a las grandes empresas de mi investigación y dedicarme más a mis responsabilidades y placeres como marido, padre y abuelo. Eso sin olvidar los goces de la amistad y las oportunidades y retos de algunas predicaciones y conferencias… los trabajos manuales y la jardinería en casa. ¡Y luego están todas esas novelas que he comprado a lo largo de los años y que tengo aún por leer!”.

Ayer por la mañana me sorprendió una dolorosa noticia: James D. G. Dunn falleció el 26 de junio pasado, a la edad de 81 años. Lo anunció Xabier Pikaza en su blog. Nunca pude decirle cuánto lo admiraba y todo lo que su obra, en fechas recientes, había impactado en mí. Esto me confirma que he llegado ya a la edad en que las orfandades se acumulan sin tregua.

Iglesia y Sociedad

Pentecostés judío, Pentecostés cristiano

30 May , 2020  

La fiesta de Pentecostés clausura el tiempo pascual. Los cincuenta días de pascua, con la fiesta de pentecostés incluida, son considerados por las iglesias cristianas, desde antiguo, como una sola fiesta, una sola jornada festiva, “el día en el que actuó el Señor”. Esta fiesta es de tal importancia, que la liturgia de la iglesia católica mantiene dos celebraciones: la vigilia pascual, que es la misa que se realiza la tarde del sábado previo a pentecostés, y la misa del día propiamente dicha.

La fiesta de pentecostés tiene antecedentes en el Antiguo Testamento. Es, en su origen, una fiesta judía que celebraba la entrega de las primicias de la cosecha en el Templo de Jerusalén, según viene descrito en Lev 23,9-22. Es conocida también como la “fiesta de las semanas” porque se celebra siete semanas después de la fiesta de la Pascua. En el judaísmo del Segundo Templo, esta festividad incluyó el recuerdo festivo del momento en que Dios entregó a Moisés, en las alturas del monte Sinaí, su santa Ley, la Torah de los judíos, equivalente a los cinco primeros libros de la Biblia, el Pentateuco. Por eso la entrega del Espíritu Santo, que es lo que celebra el Pentecostés cristiano, está narrado por san Lucas con los mismos signos que acompañaron la entrega de la Ley a Moisés: viento huracanado, truenos sonoros y fuego.

La liturgia de la iglesia católica sugiere como primera lectura para la Vigilia de Pentecostés, cuatro textos del Antiguo Testamento, entre los cuales el celebrante escogerá sólo uno para la Misa. Quiero compartir con ustedes algunos comentarios a esos cuatro pasajes: Génesis 11,1-9; Éxodo 13,3-8.16-20; Ezequiel 37,1-14 y Joel 3,1-5 y su relación con la fiesta del pentecostés cristiano. Recomiendo vivamente, desde luego, la lectura de los textos bíblicos.

Gn 11,1-9

Los capítulos del Génesis que nos traen los relatos de los orígenes (1-11) llegan a su final con este relato que ha fascinado a los lectores a través de los siglos, el relato de la torre de Babel. En esta ocasión, lo leemos como contrapunto a la fiesta que celebramos, Pentecostés, porque seguramente el autor de Hech 2 lo tenía en mente al componer el relato de la venida del Espíritu Santo. Los objetivos que tuvo el autor sagrado al redactar este pasaje pueden haber sido varios: explicar el origen de la multiplicidad de lenguas; interpretar los vestigios arqueológicos de una torre (zigurat) que estaba en Babilonia y que era comúnmente vista como una obra incompleta, que no se había terminado de construir; evocar una antigua leyenda en la que los titanes se rebelaron contra el dios Marduk e intentaron escalar hasta el cielo; mostrar la bondad de la cultura rural por encima de la construcción de ciudades… Todos estos motivos pudieron estar al origen de esta narración y quizá por eso fascina a los lectores.

En el marco de las narraciones de origen, el relato de Babel es la última vuelta de una espiral que ha ido creciendo: a partir del mal uso de su libertad y de su pretendida autonomía absoluta de Dios, el ser humano no ha hecho más que sembrar caos en su entorno, comenzando por el asesinato de Abel y pasando por la degradación social que llevó a Dios a hacer llover sobre la tierra 40 días y noches en el diluvio. A partir del capítulo 3 del Génesis se ha venido narrando la historia de la decadencia humana: el primer pecado, el primer homicidio, el diluvio como acción purificadora de Dios ante el crecimiento del mal, etc. Ese camino culmina, en el capítulo 11, con el relato de Babel: una ciudad construida a espaldas de Dios y una torre signo del orgullo humano. El Señor los dispersa, confundiendo sus lenguas.

Construir una ciudad a espaldas de Dios es la acción más soberbia del ser humano. Significa querer desaparecerlo, desplazarlo de su lugar, convertirlo en algo intrascendente y superfluo. Esta acción tiene su consecuencia: la división de las lenguas y la dispersión de las personas. El intento de destronar a Dios fracasa. Lejos de Dios, los seres humanos no pueden sino alejarse los unos de los otros. La diversidad se convierte en causa de división y de separación.

No es casual que la misa de la vigilia de Pentecostés contenga entre sus lecturas el texto de la Torre de Babel. Para quien conoce la tradición del Antiguo Testamento es imposible no caer en la cuenta de las relaciones existentes entre este pasaje y la fiesta de Pentecostés. El relato, justificación etiológica del surgimiento de la variedad de idiomas, se sitúa en el tiempo mítico en que ‘la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras’ (Gen 11,1). En Babel, la dispersión es causada por el pecado de orgullo, por construir el camino de desarrollo humano al margen del querer de Dios. Dispersión por el mundo (migración) y confusión de las lenguas (diversidad) aparecen aquí como acciones punitivas, castigos de Dios.

Hoy también hay tendencias que apuntan a la uniformidad monolítica: gente que piense de la misma manera, que vista de la misma manera, que use la misma clase de perfume y beba la misma clase de gaseosa, que lleve el mismo corte de pelo y consuma la misma marca de tenis. Un mundo unicolor, unipolar, unidimensional. La consecuencia lógica es la promoción y justificación de las exclusiones: “éste no, porque no es de los nuestros”.

La fiesta de Pentecostés celebra todo lo contrario. No solamente que a Dios le gusta la diversidad, sino que la diversidad es obra suya, obra de su Espíritu, “que reparte sus dones a cada uno como Él quiere” (1Cor 12,11). La fiesta del Espíritu Santo nos recuerda que las diversidades no son obstáculos para la unidad, sino elementos que la constituyen y la enriquecen. En Babel, la diversidad es vista como fuente de desunión y división. El Espíritu Santo viene a revertir lo ocurrido en Babel para producir, con su acción, la unidad en la diversidad.

Éxodo 19,3-8.16-20

Un segundo acontecimiento del Antiguo Testamento que nos ayuda a comprender la hondura del misterio que celebramos en Pentecostés es la teofanía narrada en Ex 19. El pueblo de Dios ha sido sacado de la casa de la esclavitud, Egipto, y ha atravesado el Mar Rojo para entrar a un camino de libertad. Después de unos pocos acontecimientos que ponen a prueba al pueblo en su peregrinar a la tierra prometida, se llega al momento crucial, al acontecimiento que da sentido a la salida de Egipto: en las faldas del Monte Sinaí, Dios establecerá con el pueblo una alianza.

Los hebreos no serán ya más una serie de tribus unidas solamente por un pasado común de opresión. Comenzarán, a partir de ahora, a ser un verdadero pueblo. Esta transformación, de ‘no pueblo’ a ‘pueblo’, será lograda por la benevolencia de Dios que los hará pueblo de su propiedad. Es aquí donde el pueblo recibirá de Dios la oferta de la alianza: para ser el especial tesoro de Dios entre los pueblos y constituir la nación consagrada que Dios quiere para sí, el pueblo deberá aceptar las cláusulas de la alianza, la Ley de Moisés, y encontrar en ella su gozo. Esta propuesta tiene como mediador a Moisés, el libertador, el que habla cara a cara con Dios y manifiesta su voluntad al pueblo reunido en el Sinaí. La alianza convertirá al pueblo en propiedad de Dios, comunidad consagrada a su servicio. Las palabras de Dios son cariñosas en extremo: el pueblo será su “especial tesoro”.

Leer este pasaje en el marco de la fiesta de Pentecostés establece un vínculo entre ambos acontecimientos. En el Monte Sinaí Dios baja a la cumbre para entregar su Ley, prenda de la alianza que quiere establecer con el pueblo. La entrega de la Ley a Moisés está precedida por esta manifestación de Dios que combina, entre sus elementos, vientos fuertes, fuego abrasador, truenos y relámpagos, de manera que todo el monte humeaba ‘pues el Señor descendió en medio de ellos’. Estos signos son los mismos que se repiten en Pentecostés: fuego ardiente, ruido de viento impetuoso, temblor de tierra. Es imposible no reparar en la extrema coincidencia: en Jerusalén, el día de Pentecostés, están presentes todos los signos de la bajada de Dios en el Sinaí para entregar a Moisés las tablas de la Ley.

Si se mira la totalidad del Antiguo Testamento, a pesar de la buena respuesta del pueblo en el Sinaí (“haremos cuanto ha dicho el Señor”), el lector sabe que el pueblo no permaneció fiel a la alianza, defraudó la confianza de Dios y no pudo cumplir con sus leyes. Pudo más su debilidad que sus buenas intenciones. Pentecostés nos muestra ahora la otra cara de la medalla: Dios ha decidido convocar a su nuevo pueblo pero le dará ahora, en lugar de una larga lista de mandamientos, la fuerza del Espíritu Santo para que pueda mantenerse como pueblo de la alianza. Por la acción del Espíritu somos nosotros el pueblo consagrado, propiedad de Dios, elegidos por Él.

Hemos dicho ya que la fiesta de Pentecostés (o ‘fiesta de las semanas’) tiene un origen campesino: es la fiesta del inicio de las cosechas y de la entrega de las primicias. Ya para tiempos de Jesús, sin embargo, había adquirido un nuevo sentido: era la fiesta de la entrega de la Ley, que Dios hizo a Moisés para garantizarle al pueblo un sendero por el que pudiera caminar en justicia y libertad. Nosotros los cristianos, le ponemos un tercer significado: es la fiesta del don del Espíritu Santo, de esa ley del amor que ya no viene escrita en tablas de piedra, sino en los corazones. Como los hijos e hijas de Israel nosotros también le decimos hoy al Señor: ‘haremos cuanto ha dicho el Señor’.

Ezequiel 37,1-14

Los capítulos 33-37 del libro de Joel contienen oráculos de esperanza y consolación. Esta página de Ezequiel es una de las más famosas visiones del profeta. Habiéndose posado sobre él la mano de Dios y trasladado su espíritu hasta un valle, el vidente se encuentra en medio de una escena dantesca: miles de huesos secos lo rodean. El primer actor de esta visión son estos huesos áridos, calcinados, listos para convertirse en polvo. Junto a este primer actor se planta el segundo: la palabra del Señor que le ordena al profeta hablarle a los huesos secos. La voz de Dios apunta al sentido último de la visión: se trata de la vida, de revitalizar esos huesos secos a través de un tercer elemento: el viento, aliento de vida.

El profeta, en obediencia a las indicaciones de Dios, convoca a los huesos que, en medio de un temblor de tierra se van juntando los unos con los otros. Una imagen casi macabra centra la atención del vidente: los huesos juntos comienzan a llenarse de nervios y se van cubriendo de carne. Pero les falta algo: el aliento de la vida. De nuevo es el profeta el que convoca a los vientos desde los cuatro puntos cardinales. Los huesos dejan de serlo y se convierten en seres vivientes. La acción creadora del soplo divino rememora aquel aliento que dio vida al primer ser humano, hecho del barro de la tierra (Gn 2,7). El resultado es una multitud de personas, allí donde antes solamente hubo huesos. La escena ha sido sobrecogedora. El proceso de revitalización de los huesos se lleva a cabo en presencia del profeta, quien ha sido testigo de cómo el Espíritu llena de nuevo los huesos de carne y nervios. Son ahora personas vivientes.

El profeta nos comparte, además de la visión de los huesos vivificados, la interpretación que alcanza a descubrir en el momento que le toca vivir. El año 587 había sido la destrucción de Jerusalén y la culminación del proceso de destierro de los líderes del pueblo. Israel quedó convertido en una colonia insignificante del imperio babilónico. ¿Podrá volver a levantarse de sus cenizas?

Los huesos de la visión son la casa de Israel, secos por el castigo del destierro, recobrarán la vida para iniciar un nuevo éxodo: el retorno a su tierra. El símbolo, sin embargo, tiene una virtualidad mayor y queda abierto para sucesivas reinterpretaciones. Una de ellas es mirar en el aliento de vida la presencia del Espíritu Santo, fuerza que llena de vida plena al nuevo pueblo de Dios, la iglesia. Para los cristianos, se trata de un texto de profundas resonancias pascuales, que nos habla del don del Espíritu, fruto del misterio pascual.

Los cristianos y cristianas confesamos que somos el nuevo Pueblo de Dios. La acción del Espíritu Santo nos ha constituido en pueblo de la nueva alianza. A veces, sin embargo, vamos por la vida como si estuviéramos muertos y sin esperanza. La fiesta de Pentecostés nos hace recordar que es la acción del Espíritu, y no nuestras leyes y normas internas, la que nos hace iglesia. Somos iglesia del Espíritu, iglesia de la esperanza: no tenemos permiso para el desaliento.

Joel 3,1-5

Profeta que desempeñó su ministerio entre los años 400 y 350 a.C., Joel es conocido como el profeta “del Día del Señor”, tema central en el que se concentran sus cuatro capítulos. La efusión del Espíritu, anunciada en el pasaje que nos toca escuchar, se realiza a través de medios diferentes: profecías, visiones, sueños. A esto tiende la profecía: a subrayar que todo el pueblo recibirá el Espíritu y será capaz de conocer a Dios.

Hay un texto, del libro de los Números 11,27-29, que es una buena referencia para comprender a fondo el anuncio del profeta Joel. Moisés acaba de hablar con Dios y el soplo o aliento de Dios fue compartido, además de a Moisés, a setenta jefes elegidos por Dios. Dos de ellos recibieron el soplo divino aunque no estaban presentes en el campamento. Esto enojó a Josué, hijo de Nun, que vio que el Espíritu se derramó a través de un medio no convencional, fuera de la norma. Entonces, lleno de celos, pidió a Moisés que a aquellos dos jefes les fuera prohibido profetizar. Moisés le responde con una frase que quedó grabada en el corazón de Israel: ¡Ojalá Dios derramara su Espíritu sobre todo el pueblo y que todas las personas profetizaran!

Deuteronomio 19,18 es otra referencia que nos ayuda a entender el texto de Joel: Dios promete a Israel levantar en medio de Israel a un profeta, distinto y superior a los otros profetas, que comunicará al pueblo la palabra del Señor. El deseo de Moisés no llegará a su cumplimiento definitivo sino hasta la aparición del Mesías, ‘el profeta’ por excelencia.

Bajo estas dos referencias, la palabra de Joel resuena poderosa: ese tiempo anunciado llegará a su cumplimiento. El Señor derramará su Espíritu sobre toda carne y todas las personas, sin diferencias de edad, clase social o género, llenas del aliento de Dios, podrán ser profetas. Aunque la venida del Espíritu del Señor ocurre entre signos catastróficos (el sol se oscurece, la luna se tiñe de sangre, hay fuego y columnas de humo), este texto fue citado por el apóstol Pedro en el discurso después de Pentecostés, según el libro de los Hechos 2, porque contiene algunas ideas que pueden servir para comprender mejor el misterio de Pentecostés y muestra cómo la entrega del Espíritu está en la línea del cumplimiento de las promesas antiguas.

En primer lugar, que el Espíritu se derrame ‘sobre toda carne’ es, para el Nuevo Testamento, el anuncio de que las fronteras de Israel ya no son diques para la acción de Dios. Las fronteras del pueblo de Dios no tienen ya que ver con la adscripción racial, sino con la fe en la presencia del Resucitado. También las manifestaciones extraordinarias (sueños, visiones, etc.) formaron parte del ambiente de las primeras comunidades cristianas. El Espíritu Santo es la fuerza que convoca y reúne a la nueva familia de las hijas e hijos de Dios. En la iglesia, deberemos abolir cualquier división basada en la edad, el género, la lengua, la orientación sexual o la clase social. El Espíritu Santo es principio de una vida (y una sociedad) totalmente reconciliada, donde todos tienen cabida.

Iglesia y Sociedad

Leonardo Boff y la nueva “normalidad”

7 May , 2020  

Los escasos lectores de este espacio saben de mi admiración por Leonardo Boff y su obra. Es el teólogo de la liberación que inspiró con mayor fuerza mis estudios en mis tiempos de seminario. Cuando, imberbe e ignorante en muchas cosas, estudié el primer año de teología en el Seminario Palafoxiano de Puebla, me solicitaron una exposición final en la ceremonia de clausura del curso 1978-1979. El Papa Juan Pablo II, recientemente nombrado Obispo de Roma, había visitado el seminario en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano hacia finales de enero de 1979 y había publicado el 4 de marzo de ese mismo año, ni tardo ni perezoso, la primera de las catorce encíclicas que habría de escribir durante su largo pontificado.

Así que yo decidí hacer la exposición de fin de curso sobre el contenido de dicha encíclica. Al terminar la exposición, el Seminario me hizo un obsequio. El libro que me regalaron era de Leonardo Boff y se llamaba “Gracia y Liberación del Hombre”. Como se ve por el título, estaba aún lejos el momento en que el lenguaje inclusivo se hiciera algo común. El libro, sin embargo, fue una revelación y entré con él –como los hebreos en el Mar Rojo, a pie enjuto– en el conocimiento de este teólogo brasileño.

Es cierto que Gustavo Gutiérrez fue el iniciador de la teología de la liberación. También que la agudeza metodológica de Clodovis, hermano de Leonardo, fue celebrada en todo el mundo teológico. Es cierto también que Juan Luis Segundo fue quien más nutrió mi amor por los estudios bíblicos, la especialidad a la que después habría de dedicarme durante muchos años, mientras se pudo. Todos ellos –y muchos teólogos más– fueron inspiradores. Pero Leonardo Boff es el único teólogo cuyos textos no costaba trabajo estudiar, porque su claridad de exposición era proverbial y sus letras alcanzaban a veces a rozar la poesía.

Entre 1982 y 2005 se desarrolló, desde las oficinas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una cruzada para salvaguardar la pureza de la doctrina. Decenas de teólogos de todo el mundo fueron juzgados y sancionados. Leonardo Boff fue uno de ellos. Sufrió con entereza un largo proceso de persecución intraeclesial para terminar convirtiéndose en un símbolo de resiliencia dentro de la iglesia. La carta con la que anunció su renuncia al ministerio sacerdotal el 2 de julio de 1992 aún me estremece: “Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma, tiene que cambiar. Yo he cambiado. No de batalla, sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral, pero no la iglesia. Me alejo de la Orden Franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de san Francisco de Asís. Continúo y seré siempre teólogo, de matriz católica y, a partir de los pobres, contra su pobreza, y a favor de su liberación”. No aquilataría en mi experiencia personal el peso de estas palabras y la hondura de la experiencia de Boff sino hasta la década siguiente.

El caminar de Leonardo Boff, como el de la teología de la liberación misma, se desdobló en una multiplicidad de campos. Pero la llegada de su reflexión aguda al campo de la ecología y del respeto al medio ambiente ha sido una de las buenas noticias que nos deparó el fin del siglo pasado y el inicio del que ahora vivimos. Nunca su voz fue más profética ni su influencia más decisiva.

Ahora que pasamos por esta inédita emergencia y el confinamiento que de ella se deriva, Leonardo Boff no ha dejado de advertir, más allá de alarmismos momentáneos o de teorías conspiratorias que serían cómicas de no ser por lo perverso de sus resultados, la profundidad de los cambios que este momento demanda. Cuando algunos países comienzan a salir del pico más alto de la epidemia de COVID 19 y comenzamos a replantearnos globalmente a qué tipo de “normalidad” queremos regresar, la voz de Leonardo apela a la sensatez e invita a la creación de nuevos paradigmas de relación entre los seres humanos y la Tierra, considerada como un ser vivo, cuya voz se escucha, para quien quiera oírla, a través de esta pandemia, la primera de dimensiones planetarias.

Leonardo Boff mantiene una columna semanal. Les dejo ahora con su más reciente reflexión, inusualmente larga –siempre escribe una página– debido a la complejidad del tema que aborda. A mí, su reflexión me siembra un montón de inquietudes, ya como habitante de este planeta, ya como seguidor del Maestro de Nazaret. Por eso se las comparto desde este espacio. Les invito a que ponderemos sus palabras y nos nutramos de la esperanza que despiertan.

Volver a la «normalidad» sería autocondenarse

Cuando pase la pandemia del coronavirus no nos estará permitido volver a la «normalidad» anterior. Sería, en primer lugar, un desprecio a los miles de personas que han muerto asfixiadas por el virus, y una falta de solidaridad con sus familiares y amigos. En segundo lugar, sería la demostración de que no hemos aprendido el mensaje de lo que, más que una crisis, es un llamado urgente a cambiar nuestra forma de vivir en nuestra única Casa Común. Se trata de un llamamiento de la propia Tierra viva, ese superorganismo autorregulado del que somos su parte inteligente y consciente.

El sistema actual pone en peligro las bases de la Vida

Volver a la anterior configuración del mundo, hegemonizado por el capitalismo neoliberal, incapaz de resolver sus contradicciones internas –y cuyo ADN es su voracidad por un crecimiento ilimitado a costa de la sobreexplotación de la naturaleza y la indiferencia ante la pobreza y la miseria de la gran mayoría de la humanidad producida por ella–, es olvidar que dicha configuración está sacudiendo los cimientos ecológicos que sostienen toda la Vida en el planeta. Volver a la “normalidad” anterior (business as usual) sería prolongar una situación que podría implicar nuestra propia destrucción.

Si no hacemos una «conversión ecológica radical», en palabras del Papa Francisco, la Tierra viva podrá reaccionar y contraatacar con virus aún más violentos, capaces de hacer desaparecer a la especie humana. Ésta no es una opinión meramente personal, sino la opinión de muchos biólogos, cosmólogos y ecologistas que están estudiando sistemáticamente la creciente degradación de los sistemas-Vida y del sistema-Tierra. Hace diez años (2010), como resultado de mis investigaciones en cosmología y en el nuevo paradigma ecológico, escribí el libro Cuidar la Tierra-proteger la vida: cómo evitar el fin del mundo (Dabar, México). Los pronósticos que adelantaba han sido confirmados plenamente por la situación actual.

El proyecto capitalista y neoliberal ha sido rechazado

Una de las lecciones que hemos aprendido de la pandemia es la siguiente: si se hubieran seguido los ideales del capitalismo neoliberal –competencia, acumulación privada, individualismo, primacía del mercado sobre la vida y minimización del Estado– la mayoría de la humanidad estaría perdida. Lo que nos ha salvado ha sido la cooperación, la interdependencia de todos con todos, la solidaridad y un Estado suficientemente equipado para ofrecer la posibilidad universal de tratamiento del coronavirus, en el caso del Brasil, el Sistema Único de Salud (SUS).

Hemos hecho algunos descubrimientos: necesitamos un «contrato social mundial», porque seguimos siendo rehenes del obsoleto soberanismo de cada país. Los problemas mundiales requieren una solución mundial, acordada entre todos los países. Hemos visto el desastre en la Comunidad Europea, en la que cada país tenía su plan, sin considerar la necesaria cooperación con otros países. Ha sido una devastación generalizada en Italia, en España y últimamente en Estados Unidos, donde la medicina está totalmente privatizada.

Otro descubrimiento ha sido la «urgencia de un centro plural de Gobierno Mundial» para asegurar a toda la comunidad de Vida (no sólo la vida humana sino la de todos los Seres Vivos) lo suficiente y decente para vivir. Los bienes y servicios naturales son escasos y muchos de ellos no son renovables. Con ellos debemos satisfacer las demandas básicas del sistema-vida, pensando también en las generaciones futuras. Es el momento oportuno para crear una renta mínima universal para todos, la persistente prédica del valiente y digno político Eduardo Suplicy.

Una comunidad de destino compartido

Los chinos han visto claramente esta exigencia al promover una comunidad de destino compartido para toda la humanidad, texto incorporado en el renovado artículo 35 de la Constitución china. Esta vez, o nos salvamos todos, o engrosaremos la procesión de los que se dirigen a la fosa común. Por eso, debemos cambiar urgentemente nuestra forma de relacionarnos con la Naturaleza y con la Tierra, no como señores, montados sobre ella, dilapidándola… sino como partes conscientes y responsables, poniéndonos junto a ella y a sus pies, cuidadores de toda la Vida.

A la famosa TINA (There Is No Alternative), «no hay alternativa» de la cultura del capital, debemos confrontar una TIaNA (There Is a New Alternative), «hay una nueva alternativa». Si hasta ahora la centralidad estaba ocupada por el beneficio, el mercado y la dominación de la naturaleza y de los otros (imperialismo), en esta segunda será la vida en su gran diversidad, también la humana con sus muchas culturas y tradiciones la que organizará la nueva forma de habitar la Casa Común. Esto es imperativo, y está dentro de las posibilidades humanas: tenemos la ciencia y la tecnología, tenemos una acumulación fantástica de riqueza monetaria, pero falta a la gran mayoría de la humanidad y, lo que es peor, a los Jefes de Estado, conciencia de esta necesidad y voluntad política de implementarla. Tal vez, ante el riesgo real de nuestra desaparición como especie, por haber llegado a límites insoportables para la Tierra, el instinto de supervivencia nos haga a todos sociables, fraternos, colaboradores y solidarios unos con otros. El tiempo de la competencia ha pasado. Ahora es el tiempo de la cooperación.

La inauguración de una civilización biocentrada

Creo que inauguraremos una civilización biocentrada, cuidadosa y amiga de la Vida, como algunos dicen, “la tierra de la buena esperanza”. Se podrá realizar el «bien vivir y convivir» de los pueblos indígenas andinos: la armonía de todos con todos, en la familia, en la sociedad, con los demás seres de la naturaleza, con las aguas, con las montañas y hasta con las estrellas del firmamento.

Como el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz ha dicho con razón: “tendremos una ciencia no al servicio del mercado, sino el mercado al servicio de la ciencia”, y yo añadiría: y la ciencia al servicio de la Vida.

No saldremos de la pandemia de coronavirus como entramos. Seguramente habrá cambios significativos, tal vez incluso estructurales. El conocido líder indígena, Ailton Krenak, del valle do Rio Doce (del Río Dulce, en Brasil), ha dicho acertadamente: «No sé si saldremos de esta experiencia de la misma manera que entramos. Es como una sacudida para ver lo que realmente importa; el futuro está aquí y es ahora, puede que mañana ya no estemos vivos; ojalá que no volvamos a la normalidad» (O Globo, 01/05/2020, B 6).

Lógicamente, no podemos imaginar que las transformaciones se produzcan de un día a otro. Es comprensible que las fábricas y las cadenas de producción quieran volver a la lógica anterior. Pero ya no serán aceptables. Deberán someterse a un proceso de reconversión en el que todo el aparato de producción industrial y agroindustrial deberá incorporar el factor ecológico como elemento esencial. La responsabilidad social de las empresas no es suficiente. Se impondrá la responsabilidad socio-ecológica.

Se buscará energías alternativas a las fósiles, menos impactantes para los ecosistemas. Se tendrá más cuidado con la atmósfera, las aguas y los bosques. La protección de la biodiversidad será fundamental para el futuro de la vida y de la alimentación, humana y de toda la comunidad de la Vida.

¿Qué tipo de Tierra habitada queremos para el futuro?

Seguramente habrá una gran discusión de ideas sobre qué futuro queremos, y qué tipo de Tierra queremos habitar. Cuál será la configuración más adecuada a la fase actual de la Tierra y de la propia humanidad, la fase de planetización y de la percepción cada vez más clara de que no tenemos otra casa común para habitar que ésta. Y que tenemos un destino común, feliz o trágico. Para que sea feliz, debemos cuidarla para que todos podamos caber dentro, incluida la naturaleza.

Existe el riesgo real de polarización de modelos binarios: por un lado los movimientos de integración, de cooperación general; y, por otro, la reafirmación de las soberanías nacionales con su proteccionismo. Por un lado el capitalismo «natural» y verde, y por otro el comunismo reinventado de tercera generación como pronostican Alain Badiou y Slavoy Zizek.

Otros temen un proceso de brutalización radical por parte de los “dueños del poder económico y militar”, para asegurar sus privilegios y sus capitales. Sería un despotismo de forma diferente, porque se basaría en los medios cibernéticos y en la inteligencia artificial, con sus complejos algoritmos, un sistema de vigilancia sobre todas las personas del planeta. La vida social y las libertades estarían permanentemente amenazadas. Pero a todo poder le surgirá siempre un contrapoder. Habría grandes enfrentamientos y conflictos a causa de la exclusión y la miseria de millones de personas que, a pesar de la vigilancia, no se conformarán con las migajas que caen de las mesas de los ricos epulones.

No pocos proponen una glocalización, es decir que el acento se ponga en lo local, en la región, con su especificidad geológica, física, ecológica y cultural, pero abierta a lo global, que involucra a todos. Con este «biorregionalismo» se podría lograr un verdadero desarrollo sostenible, que aprovechara los bienes y servicios locales. Prácticamente todo se realizará en la región, con empresas más pequeñas, con una producción agroecológica, sin necesidad de largos transportes, que consumen energía y contaminan. La cultura, las artes y las tradiciones serán revividas como una parte importante de la vida social. La gobernanza será participativa, reduciendo las desigualdades y haciendo que la pobreza sea menor, siempre posible, en las sociedades complejas. Es la tesis que el cosmólogo Mark Hathaway y yo defendemos en nuestro libro común El Tao de la Liberación (Trotta, 2010) que fue bien acogida en el ambiente científico y entre los ecologistas hasta el punto de que Fritjof Capra se ofreció a hacer un interesante prólogo.

Otros ven la posibilidad de un ecosocialismo planetario, capaz de lograr lo que el capitalismo, por su esencia competitiva y excluyente, es incapaz de hacer: un contrato social mundial, igualitario e inclusivo, respetuoso de la naturaleza, en el que el nosotros (lo comunitario y societario) y no el yo (individualismo) será el eje estructurador de las sociedades y de la comunidad mundial. El ecosocialismo planetario encontró en el franco-brasileño Michael Löwy su más brillante formulador (O que é ecossocialismo?, disponible en la red). Tendremos, como reafirma la Carta de la Tierra, así como la encíclica del Papa Francisco «sobre el cuidado de la Casa Común», un modo de vida verdaderamente sostenible, y no sólo un «desarrollo» sostenible.

Al final, pasaremos de una sociedad industrial/consumista a una sociedad de sustentación de toda la vida con un consumo sobrio y solidario; de una cultura de acumulación de bienes materiales, a una cultura humanístico-espiritual en la que los bienes intangibles como la solidaridad, la justicia social, la cooperación, los lazos afectivos, y no en última instancia la amorosidad y la logique du coeur (la lógica del corazón), estarán en sus cimientos.

No sabemos qué tendencia predominará. El ser humano es complejo, indescifrable, y se mueve por la benevolencia, pero también por la brutalidad. Está completo pero aún no está totalmente (terminado). Aprenderá, a través de errores y aciertos, que la mejor configuración para la coexistencia humana con todos los demás seres de la Madre Tierra debe estar guiada por la lógica del propio universo: éste está estructurado –como nos dicen notables cosmólogos y físicos cuánticos– según complejas redes de inter-retro-relaciones. Todo es relación. No existe nada fuera de la relación. Todo se ayuda «mutuamente» para seguir existiendo y poder co-evolucionar. El propio ser humano es un rizoma (bulbo de raíces) de relaciones en todas las direcciones.

Tiempos de crisis como el nuestro, de paso de un tipo de mundo a otro, son también tiempos de grandes sueños y utopías. Ellas son las que nos mueven hacia el futuro, incorporando el pasado pero dejando nuestra propia huella en el suelo de la vida. Es fácil pisar la huella dejada por otros, pero ella no nos lleva a ningún camino esperanzador. Debemos hacer nuestra propia huella, marcada por la inagotable esperanza de la victoria de la vida, porque el camino se hace caminando y soñando. Así pues, caminemos. 

Iglesia y Sociedad

Pregón Pascual 2020

15 Abr , 2020  

En medio del destierro, a las orillas / del Tigris y del Éufrates, gemelos / ríos que bañan a la Mesopotamia, / el pueblo desgranaba sus dolores: / “Lejos estamos de la tierra nuestra. / ¿Cómo cantar una canción folklórica / sin sentir que se llenan las entrañas / de una bilis amarga y de unas locas / ganas de blasfemar y de incordiarnos?”

Este COVID es como aquel destierro / que al reino de Judá desnudó el alma / dejándola vacía y en silencio, / sin sacerdotes, templo o sacrificios / que mitigaran su dolor, su rabia. / ¿Cómo cantar, en medio del desastre? / La esperanza parece sofocada, / la vida languidece en cuarentena, / como a Judá nos duelen las entrañas / y se acelera el pánico en las calles. / Y no hay aquí más Ciro a quien gritarle / “bendito sea el que viene”, porque el alma / se trasvena ante la gris pantalla / llena de cifras escalofriantes: / tantos han muerto hoy, tantos esperan / la muerte en el silencio de sus camas, / tantos han ya perdido sus trabajos, / sus ganas de vivir, sus ilusiones, / tantos doctores fueron apedreados / y tantas enfermeras ninguneadas, / tantos ancianos parten sin remedio / y tantos fiambres se escoran en los huecos, / trincheras de derrota, / del lejano Ecuador hasta los parques / de una Nueva York indescriptible.

Y, sin embargo, el canto del destierro / trasvasó su dolor y se hizo salmo / –quizá el más hondo de todo el salterio– / en base a la memoria de los gozos / sentidos otros tiempos. / Hoy nos toca a nosotros la encomienda / de recordar, en medio del encierro / los gozos primitivos: el del tacto / acariciando pieles sudorosas, / o el gozo de la copa que entrechoca / su néctar de delicia en el ensueño / de repartir salud, bien y  alegría, / o el sabor de una boca en la mejilla / una, dos o tres veces, según sea / la geografía lejana de aquel beso…

Por eso suena hoy en lontananza / un anuncio vital, la profecía / que puede sacudir nuestros encierros / con el dulce sabor de la esperanza: / el sepulcro, mis hermanas y hermanos, / ya no tiene cadáver. / Aquél que recorrió con pies morenos / los valles de la antigua Palestina / más vivo está que jamás lo estuviera, / más presente que nunca / y su brisa de abril, su primavera, / es capaz de sembrar vida en la muerte / y corazón do se cosechan piedras.

Les anuncio la Pascua porque dentro / de la semipenumbra del futuro / se agazapa también la sierpe antigua: / salir de la corona más mezquinos, / más ávidos de amparos religiosos / y menos de Evangelio, más seguros / y menos despojados de certezas, / para decirlo pronto: más pasado, / en lugar que el COVID haya servido / de bautismo de fuego y de una nueva / creación, y de un tenaz renacimiento / que termine con el antropoceno / y lo destierre por fin hasta el abismo / negro del basurero de la historia.

Basta apuntar certero, entre los signos / de dolor y de miedo, el flamígero / dedo que marca la ruta del mañana: / más convicción de fe y menos adornos / de torpe religión supersticiosa, / más generosidad, menos olvido / de los pobres, y más benevolencia / hacia la Madre Tierra, nuestra hermana, / más compasión y más misericordia, / más cuidado común que justiprecie / nuestra razón sentiente. Sólo somos / Tierra que piensa y ama, humus de luz.

¡Jesús resucitó! Y eso nos basta / para ser adelanto del abrazo, / para llenar de luces la tormenta / y de flor colorida, el tapabocas.

(La disposición del texto en verso -a la forma métrica y su representación gráfica me refiero- no pude hacerla en este espacio. Rebasa con mucho mi casi analfabetismo cibernético. Se la dejo de tarea… Coloco aquí abajo la única representación que me permite este medio… o la única que alcancé a descubrir, que no es lo mismo, pero es igual -Silvio dixit-)

En medio del destierro, a las orillas

del Tigris y del Éufrates, gemelos

ríos que bañan a la Mesopotamia,

el pueblo desgranaba sus dolores:

“lejos estamos de la tierra nuestra

¿cómo cantar una canción folklórica

sin sentir que se llenan las entrañas

de una bilis amarga y de unas locas

ganas de blasfemar y de incordiarnos?”

Este COVID es como aquel destierro

que al reino de Judá desnudó el alma

dejándola vacía y en silencio,

sin sacerdotes, templo o sacrificios

que mitigaran su dolor, su rabia.

¿Cómo cantar, en medio del desastre?

La esperanza parece sofocada,

la vida languidece en cuarentena,

como a Judá nos duelen las entrañas

y se acelera el pánico en las calles.

Y no hay aquí más Ciro a quien gritarle

“bendito sea el que viene”, porque el alma

se trasvena ante la gris pantalla

llena de cifras escalofriantes:

tantos han muerto hoy, tantos esperan

la muerte en el silencio de sus camas,

tantos han ya perdido sus trabajos,

sus ganas de vivir, sus ilusiones,

tantos doctores fueron apedreados

y tantas enfermeras ninguneadas,

tantos ancianos parten sin remedio

y tantos fiambres se escoran en los huecos,

trincheras de derrota,

del lejano Ecuador hasta los parques

de una Nueva York indescriptible

Y, sin embargo, el canto del destierro

trasvasó su dolor y se hizo salmo

–quizá el más hondo de todo el salterio–

en base a la memoria de los gozos

sentidos otros tiempos.

Hoy nos toca a nosotros la encomienda

de recordar, en medio del encierro

los gozos primitivos: el del tacto

acariciando pieles sudorosas,

o el gozo de la copa que entrechoca

su néctar de delicia en el ensueño

de repartir salud, bien y  alegría,

o el sabor de una boca en la mejilla

una, dos o tres veces, según sea

la geografía lejana de aquel beso…

Por eso suena hoy en lontananza

un anuncio vital, la profecía

que puede sacudir nuestros encierros

con el dulce sabor de la esperanza:

el sepulcro, mis hermanas y hermanos,

ya no tiene cadáver.

Aquél que recorrió con pies morenos

los valles de la antigua Palestina

más vivo está que jamás lo estuviera,

más presente que nunca

y su brisa de abril, su primavera,

es capaz de sembrar vida en la muerte

y corazón do se cosechan piedras.

Les anuncio la Pascua porque dentro

de la semipenumbra del futuro

se agazapa también la sierpe antigua:

salir de la corona más mezquinos,

más ávidos de amparos religiosos

y menos de Evangelio, más seguros

y menos despojados de certezas,

para decirlo pronto: más pasado,

en lugar que el COVID haya servido

de bautismo de fuego y de una nueva

creación, y de un tenaz renacimiento

que termine con el antropoceno

y lo destierre por fin hasta el abismo

negro del basurero de la historia.

Basta apuntar certero, entre los signos

de dolor y de miedo, el flamígero

dedo que marca la ruta del mañana:

más convicción de fe y menos adornos

de torpe religión supersticiosa,

más generosidad, menos olvido

de los pobres, y más benevolencia

hacia la Madre Tierra, nuestra hermana,

más compasión y más misericordia,

más cuidado común que justiprecie

nuestra razón sentiente. Sólo somos

Tierra que piensa y ama, humus de luz.

¡Jesús resucitó! Y eso nos basta

para ser adelanto del abrazo,

para llenar de luces la tormenta

y de flor colorida, el tapabocas.

Iglesia y Sociedad

Biblia, religión y COVID 19

7 Abr , 2020  

Entre la avalancha de memes y de mensajes que recibimos en relación con la pandemia COVID 19 han llegado algunos que relacionan textos bíblicos con sucesos aparentemente extraordinarios. Por lo que he podido revisar, los hay de dos clases: los que tienen que ver con fechas (“¡Qué casualidad! ¡Qué grande es nuestro Dios! El gobierno arregló el cierre el 26 de marzo de 2020 y el versículo bíblico Isaías 26,20 dice: ve a casa, pueblo mío, y cierra las puertas. Escóndete un poco hasta que pase la ira… ¿no es sorprendente?…) y los que son acrósticos (la palabra COVID y junto a cada letra mayúscula se pone una palabra que forma al final una frase bíblica).

Sería fácil, usando la simple lógica, evidenciar la ingenuidad de tales propuestas de interpretación bíblica. En el primer caso, el de las fechas, ¿por qué Isaías y no otro libro que tenga también la cita 26,20? ¿No tendría, además, que ser la cita 26,2020? El segundo caso es más evidente aún: el acróstico está formado de manera arbitraria, de manera que casi cada versículo de la Biblia podría servir para ello, bastaría que tuviera entre sus palabras algunas que comenzaran con C-O-V-I-D. Son lecturas mágicas, descontextualizadas, ingenuas… Sí, aunque sea un padre o un pastor el que las hubiera mandado. Estas líneas quieren ser también un llamado a la sensatez teológica y espiritual.

Pero no es mi propósito solamente desmentir estos mensajes que, seguramente con buena intención, intentan presentar como extraordinario algo que es una simple ocurrencia. Más bien quiero aprovechar para comentar un primer elemento que nos puedan dar garantía de que una determinada lectura o uso de la Escritura merece nuestra atención y/o podemos considerarla legítima. El desmantelamiento de una lectura ingenua, poco crítica, puede servir para que nuestra fe salga un poco más adulta de esta emergencia sanitaria que estamos enfrentando.

Una primera cosa que debemos recordar siempre es que los libros de la Sagrada Escritura no fueron escritos en español. Lo que nosotros tenemos en nuestras Biblias son traducciones hechas desde las lenguas originales: hebreo, griego y arameo. Y por muy bonita y cuidadosa que nos parezca una determinada traducción (hay decenas de traducciones de la Biblia al castellano), no hay que olvidar nunca que el texto original es el que da legitimidad última a cualquier traducción. Aún más, tal texto no puede ser traducido ni interpretado adecuadamente sin que el análisis de sus giros, accidentes y sintaxis de la época permitan que el texto original exprese su propia voz. Un texto histórico, nos recuerda James Dunn, “es como una planta; su sentido llano no puede ser sacado del texto olvidando que está arraigado al contexto en el que se generó.”

Es por eso que siempre que citamos un texto antiguo (y la Biblia es literatura antigua) tenemos que preguntarnos algunas cosas sencillas para intentar comprender su sentido. No son los textos bíblicos aerolitos caídos del cielo o salidos directamente de la boca de Dios. Por eso tenemos que preguntarnos: ¿Quién lo escribió? ¿Por qué lo escribió? ¿Para quién lo escribió? ¿Qué tipo de lenguaje usa? Y no es que las respuestas a estas preguntas nos arrojen inmediata o automáticamente el significado que el texto quiere transmitir. La Biblia es literatura antigua, sí, pero no solamente eso. Es también una palabra que tiene sentidos que se prolongan en el tiempo, mensajes válidos para todas las épocas. Es cierto. Pero también es cierto que es el texto histórico, comprendido en el contexto de su época, el límite más allá del cual las lecturas posteriores pueden volverse inverosímiles o ilegítimas.

Pero no hay que angustiarse. Eso no quiere decir que solamente las personas que dominan el hebreo y el griego antiguos puedan comprender la Biblia. Afortunadamente, los equipos de traducción que están detrás de casi todas las Biblias que pueden conseguirse en las librerías religiosas, han hecho un valioso trabajo de investigación para ofrecernos una traducción que respeta el sentido del texto original y su contexto. Y cuando no pueden hacerlo en el texto mismo, incluyen alguna nota explicativa que nos lo aclara a pie de página. Pero debe quedar claro que es del todo ilegítimo andar tomando uno u otro versículo de la Biblia para afirmar que es una revelación que tiene que ver con el COVID 19 y que fue escrito justamente para explicar un suceso que está ocurriendo hoy. Eso es ignorar las normas básicas de la interpretación y sólo favorece una fe infantil y supersticiosa.

Para comprender el mensaje de Isaías 26,20, volviendo a nuestro ejemplo inicial, es indispensable situarlo en la sección del libro profético al que pertenece: el apocalipsis de Isaías (caps. 24,1 al 27,13), que es una serie de oráculos e himnos que se refieren a acontecimientos de los siglos V y IV a.C. (¡no al coronavirus!) y que insisten en la infidelidad del pueblo, la acción de los enemigos de Israel y cómo el pueblo encuentra su salvación solamente cuando pone su confianza en el Señor. Is 26,20 no puede leerse como un verso aislado, sino como parte de este conjunto que, por cierto, continúa con la reparación de las culpas del pueblo y la proclamación de la reivindicación que realizará Dios: “Vienen días en que Jacob echará raíces, Israel florecerá, producirá frutos y sus productos llenarán el mundo” (Is 27,6). No es, pues, un mensaje de condena o de castigo, sino una experiencia del pueblo antiguo de Dios de la que también nosotros podemos sacar una enseñanza.

Queremos que la Biblia, en especial el evangelio, siga siendo para nosotros alimento de vida plena. Es posible superar estas lecturas ingenuas y acercarnos con una mirada más crítica y menos mágica a los textos bíblicos. Tenemos que permitirle al texto que nos hable, con toda su riqueza de contenido, y en esa actitud de escucha profunda podremos entablar con él un diálogo que enriquezca nuestras vidas y les dé un nuevo sentido. Pero es un diálogo que solo será posible si estudiamos un poco el texto, si nos acercamos a él con mirada crítica, si nos disponemos para aprender de la sabiduría antigua sin pretender manipularla. Provocar ese diálogo integral tendría que ser la tarea de la pastoral bíblica, es decir, de todo acompañamiento que se pueda ofrecer al pueblo de Dios para una la lectura bíblica más completa.

Esta reflexión nos lleva a plantear también un problema más amplio, espinoso, pero de abordaje indispensable. Se trata del papel mismo de la religión ante contingencias como la que estamos viviendo. Hasta los no creyentes estarían dispuestos a aceptar que ciertas ideas religiosas pueden ser eficaces para apuntalar actitudes constructivas. Se supone, por decir algo, que una persona religiosa tendría que estar más proclive a las acciones de solidaridad humana, que tendría una actitud permanente de cuidado hacia sus semejantes y hacia la naturaleza… pero ya sabemos que no siempre es así.

A nuestra fe cristiana le hace falta evangelio, le hace falta aprender de la osadía de Jesús frente a la religión de su época. Ya al principio de la pandemia, cuando la iglesia tomó la decisión de dar la comunión en la mano, como acto de prevención contra el contagio, pudimos encontrarnos con algunos grupos, afortunadamente minoritarios, que por un falso sentido de respeto se negaban a recibir la comunión de esa manera. Hay quienes prefirieron, incluso, dejar de recibir el sacramento por conservar una costumbre litúrgica de menor importancia. Más tarde, ya con las disposiciones de reclusión obligatoria en las casas, se han difundido a través de la red mensajes religiosos que revelan una concepción de la enfermedad que Jesús mismo había declarado superada: que la enfermedad es una especie de castigo por los pecados (Jn 9,2-3). Entiendo que en el fondo de tales discursos se encuentre un deseo de aprovechar la enfermedad para promover un cambio de vida, pero eso no deja de desnudar que todavía creemos en un Dios que, desde el cielo y lleno de ira, reparte enfermedades al por mayor y se regocija en mandar pestes y desgracias. Un Dios muy lejano al Dios de amor que Jesucristo anunció en el evangelio.

Quizá por eso me gustó tanto la manera como Leonardo Boff, se refirió a la función de la espiritualidad en su artículo más reciente: “Somos seres con espiritualidad. Descubrimos la fuerza del mundo espiritual que constituye nuestro estrato más profundo, donde se elaboran los grandes sueños, se hacen las preguntas últimas sobre el significado de nuestra vida y donde sentimos que debe existir una Energía amorosa y poderosa que impregna todo, sostiene el cielo estrellado y nuestra propia vida, sobre la cual no tenemos todo el control. Podemos abrirnos a Ella, acogerla, como en una apuesta, confiar en que Ella nos sostiene en la palma de su mano y que, a pesar de todas las confrontaciones, garantiza un buen final para nuestro universo, para nuestra historia, a la vez sapiente y demente, y para cada uno de nosotros. Cultivando este mundo espiritual nos sentimos más fuertes, más cuidadores, más amorosos, en fin, más humanos.”

Si la religión sirve para esto, para hacernos más cuidadores y más amorosos, sea bienvenida. Si, en cambio, sirve solamente para infundir miedo y reforzar nuestras actitudes discriminatorias, sirve para muy poco y más le valdría ser barrida de la historia. No lo olvidemos: no es cualquier Dios en el que creemos, sino en el Dios de aquel judío de Nazaret al que llamamos mesías y salvador.

Iglesia y Sociedad

Coronavirus: una mirada desde U Yits Ka’an

22 Mar , 2020  

Llevamos ya cerca de 25 años de haber sido sembrados en estas tierras del sur de Yucatán. Hemos apostado por la agroecología como el vértice que puede permitirnos a todos, especialmente a los pueblos mayas de Yucatán, alcanzar un cierto grado de soberanía alimentaria y contribuir así al cuidado de la Casa Común y a una agricultura más ética, más sana, más sustentable.

A partir de muchas experiencias distintas hemos llegado a constatar que el modo de vida del pueblo maya, su resistencia a las múltiples opresiones y desprecios contra los que tiene que luchar, es un buen norte en nuestra navegación hacia el Buen Vivir. Insistimos, junto con muchos especialistas en el campo de las ciencias biológicas y agroecológicas, en que mostrarán mayor resiliencia aquellas comunidades y grupos humanos que cumplan con tres requerimientos importantes: tener la habilidad de cultivar su propia comida, usar la menor cantidad posible de energías no renovables y mantener un fuerte tejido social. Creemos que estas tres características pueden permitir al Sapiens sobrevivir en medio de la catástrofe ambiental que ha creado con su modo de vida.

Recientemente, el enfrentamiento de la pandemia de COVID 19 ha sido ocasión de reflexión para nosotros. Queremos compartirles, desde la dirección de U Yits Ka’an, nuestro pensamiento para abonar la discusión que tenemos que seguir manteniendo en la búsqueda de mejores condiciones de vida para nosotros y para el planeta. Nuestras reflexiones están alimentadas e iluminadas por la carta magna de la ecología integral, la Carta Encíclica del Papa Francisco sobre el Cuidado de la Casa Común, conocida con el nombre de Laudato Si’ (en adelante LS)

Nuestras reflexiones

Lo primero que notamos es que, por vez primera, estamos constatando que vivimos en una aldea global y comenzamos a descubrirnos como parte de un todo que nos rebasa. Seguir manteniendo el antropocentrismo, denunciado por LS 115-136, es negar una de las verdades que ha alcanzado a comprender ya la ciencia: que la especie humana, con su peculiaridad de razón, libertad e inteligencia emocional, no es un factor externo al conjunto o que pueda desarrollarse con independencia. La naturaleza toda –dentro de la cual hemos de mirar a la especie humana–, con sus ciclos y sus ritmos, tiene una sabiduría inscrita en su misma estructura. Ignorar que en la naturaleza todo está interconectado y que nuestras acciones tienen consecuencias en muchos ámbitos fuera de lo humano, es fuente de un modelo de conducta que aleja al ser humano de su vocación fundamental: ser guardián y custodio, administrador responsable de los bienes que Dios ha creado para todas y todos.

Un segundo elemento que consideramos importante es el reconocimiento de que hemos traspasado todos los límites. Nos rehusamos a admitir que la Tierra es un ser vivo. Recordemos la sabiduría de las y los campesinos mayas que saben muy bien que, para que la tierra pueda darnos la comida que necesitamos, ella también necesita ser alimentada por nosotros. No se trata solamente de la teoría de James Lovelock: la situación actual nos recuerda hasta qué punto es esencial que recuperemos la mirada de la Tierra como un ente que busca también sobrevivir y que, a través de sus propios mecanismos, se deshace de aquello que le estorba o le impide la continuación de la vida.

Un tercer punto es que la crisis ocasionada por la aparición del COVID 19, apunta el rumbo más acelerado del deterioro de la vida humana no a partir de elementos externos (diluvios, asteroides que chocan contra la tierra, catástrofes hollywoodenses) sino de elementos microscópicos, invisibles al ojo humano, pero capaces de causar muerte y destrucción aceleradas como producto del modelo de vida que llevamos. Estamos generando nuestra propia destrucción. Pensamos que crisis de este tipo anticipan las predicciones de los científicos que sostienen que a partir del 2030 comenzaremos a resentir poderosamente las consecuencias del deterioro del medio ambiente. Nuestra falta de escucha y la pobreza de las medidas acordadas para resolver el problema ambiental, ha ido acelerando el deterioro de nuestra calidad de vida y pone en riesgo la supervivencia de nuestra especie.

Un cuarto elemento a considerar, situado en el centro de nuestro interés como organización agroecológica, es el del sistema alimentario. Está ya comprobada la inviabilidad del actual sistema que favorece y privilegia los monocultivos y los traslados de productos desde largas distancias. No solamente favorece las emisiones de CO2 que incentivan la crisis climática, sino que nos aleja de la fuente de nuestra alimentación, desplaza los productos que se cultivan de manera respetuosa con el medio ambiente y concentra el dominio de los alimentos en manos de las empresas transnacionales. La perversidad de este sistema de producción alimentaria mundial radica en la consideración de la alimentación como un negocio y no como un derecho humano.

Si el coronavirus se mira solamente como una enfermedad más a combatir, aun cuando establezca medidas sanitarias y modifique algunos patrones de interacción humana, dejará intacta la realidad estructural que lo permitió. Es cierto que la pandemia ha sido ocasión para actos de humanidad que nos conmueven: médicos/as y enfermeros/as en los hospitales, artistas cantando en sus balcones, héroes y heroínas anónimas… pero lamentablemente se necesita mucho más que heroísmos individuales. Consideramos que lo que está ocurriendo es una buena oportunidad de plantearnos la problemática de conjunto y tomar decisiones que favorezcan un verdadero cambio de rumbo.

¿Es posible tal cambio de rumbo? En U Yits Ka’an apostamos por tal posibilidad, aunque lo hacemos desde un realismo que puede a veces parecer pesimista. Este modelo de desarrollo basado en la actual relación ser humano – planeta, está condenado al fracaso. Solamente con un esfuerzo conjunto podremos responder a este desafío. Esto significa un auténtico cambio de paradigma que implica una verdadera conversión ecológica, la modificación de patrones de producción y de políticas públicas, y decisiones encaminadas al cambio individual pero también al estructural de la sociedad. Llevamos bastante tiempo acostumbrados a vivir en medio de desechos, de aguas contaminadas, de aire enrarecido. Y no hacemos nada para cambiar. En U Yits Ka’an estamos convencidos que nuestra especie humana, con todos sus defectos, merece darse una nueva oportunidad. Esa oportunidad pasa por comenzar a considerarnos cada vez más como partes de un todo, implica superar la idolatría del dinero y los capitalismos de signos diversos, por construir una ciudadanía más planetaria en la que los derechos de la especie humana y de la madre tierra sean respetados.

¿Quién dijo que todo está perdido? En U Yits Ka’an continuaremos en el terco empeño de construir, desde la sabiduría del pueblo maya, un nuevo equilibrio planetario, que respete la sabiduría de los ciclos naturales y devuelva a la producción y consumo de alimentos su dimensión humana y ecológica. La tradición judía proponía el descanso sabático como elemento fundamental para la plenitud humana e incluía en tal descanso a la tierra entera. En la espiritualidad maya, el Chikín es el rumbo del tiempo que evoca el descanso y la regeneración. La pandemia del coronavirus nos ofrece la oportunidad de reconsiderar la importancia de respetar los ciclos regenerativos de la Madre Tierra y dejar de someterlos a nuestro arbitrio, siempre hambriento de lucro. La tierra, el planeta entero está cansado: la especie humana tiene que parar su frenética carrera y regresar al respeto de los ritmos propios del planeta.

Queremos terminar con las palabras de Jürgen Moltmann, un teólogo que nos impactó en nuestros tiempos juveniles y que hoy, a sus 93 años, con extraordinaria lucidez, acaba de decirnos: “Si sabemos que no vamos a sobrevivir, seguramente no haremos nada. Si tenemos la certeza de que vamos a sobrevivir a pesar de todo, tampoco haremos nada. Solo cuando consideramos que el futuro está abierto a ambas posibilidades, tendremos la fuerza para hacer lo que debemos hacer… El eterno SÍ de Dios a la creación terminará por reafirmar nuestra existencia, incluso a pesar de nosotros mismos”. (The Tablet, 21 de marzo de 2020: disponible en www.thetablet.co.uk)

Atilano Ceballos Loeza, director

Raúl Lugo Rodríguez, secretario

Iglesia y Sociedad

Dos retazos del pasado reciente

12 Mar , 2020  

8M

Uno bendice la aparición de los drones, porque es como tener un satélite a tu disposición.

La marea parece incontenible. Los colores se mezclan, predominando el morado y el verde. Son kilómetros de manifestantes en un ambiente de fiesta. Las multitudes de la CDMX son especialmente llamativas, pero ha sucedido lo mismo en varias ciudades del país. También en Mérida, la cantidad de mujeres reunidas en la marcha es significativa. Otro dron registra la toma del monumento a la patria rodeado en su totalidad de mujeres y los vídeos caseros de la marcha circulan en las redes. En Tekom, municipio maya del oriente del estado, por segundo año consecutivo, hay también una marcha de mujeres, aunque no aparezca en los medios ni haya dron que la registre.

El 8 de marzo se ha convertido en una inflexión anual que moviliza a las mujeres de todo el mundo. Otra fecha significativa cierra el año, el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. El año comienza y termina con un mismo grito de igualdad, de respeto a la dignidad, de no discriminación. Las mujeres cimbran el muro del patriarcado y le van haciendo grietas. Levantan su voz de denuncia y ponen sobre la mesa de discusión los privilegios masculinos que sustentan el actual sistema de inequidad e iniquidad. El movimiento feminista ha ido afinando cada vez más su puntería y sus demandas comienzan a ser percibidas como tarea de todas y todos. No son parcelas de poder lo que se busca, sino la dinamitación de una estructura que ha sostenido y perpetuado la desigualdad.

Y me meto hacia dentro y descubro cuánta dinamita todavía hace falta para desmontarme y reconstruirme frente a esta marea feminista.

Poeta, guerrillero, místico

Tengo miedo de comenzar a vivir aquella frase que pronunciara La Doña en alguna de sus últimas entrevistas: “Mi memoria es hoy un cementerio”. El 1 de marzo, a las 15.26 horas, un mensaje venido desde Nicaragua de parte de la poeta Michèle Najlis me avisaba que había fallecido Ernesto Cardenal, “murió el poeta, a las 3.05, como Jesucristo”, me dijo.

Cada vez se me va haciendo más frecuente este sentimiento de orfandad. Alguna vez quise ser místico como Cardenal, entrar al monasterio (aunque nunca estuve seguro si hubiera elegido los trapenses o los cartujos), vivir para contemplar. Otra vez quise ser guerrillero, para transformar la dramática realidad que causa tanto sufrimiento a los más pobres. La revolución nicaragüense, con Ernesto Cardenal en el Ministerio de Cultura, fue un acicate a mis pretensiones. Quise ser también poeta, tras las huellas de Neruda, de José Emilio y, desde luego, de Ernesto Cardenal. Triplemente huérfano, he perdido al poeta, al guerrillero y al místico sin alcanzar a ser yo ninguna de las tres cosas.

En las benditas tierras nicaragüenses, en el año 2011, visité el centro cultural patrocinado por Cardenal y pude comprar, bajo el consejo de mi dilecto amigo José Argüello, teólogo también nicaragüense, algunos libros de Cardenal, con teología mística de altos vuelos.

El 2 de marzo, a pesar de la avalancha de noticias y homenajes, el día amaneció sin luz.

Uno entiende el encono de Daniel Ortega y Rosario Murillo en el funeral de Cardenal sólo cuando, además de considerar la posición inquebrantablemente crítica de Cardenal hacia el gobierno de la pareja, lee el poema que el teólogo y guerrillero nos legó para ser publicado una vez que hubiera muerto. Se los comparto.

CON LA PUERTA CERRADA

Ernesto Cardenal

                                                           (fragmento)

Y cómo es que apareció cuando apareció

el Hijo de Dios bien desarmado

el lector fácilmente puede imaginarlo

Habrá sido extraño ver a Jesús

en medio de pobres enfermos y mujeres

liderando el Movimiento de Jesús

el manto no muy nítido que digamos

lavado por su madre lavandera

            una tal María

Carpintero de ciudad en Cafarnaúm

       tecnos en griego

   de donde viene Técnico y Tecnología

            “Y ustedes quién dicen que soy yo”

porque tal vez él mismo no sabía

Un Dios hecho carne

            la calumniada carne

Y nosotros parte del Cuerpo de Cristo

junto con nuestros muertos queridos

como un hecho biológico

Jesús polvo de estrellas como nosotros

producto del Big Bang como nosotros

Dios se unió al hombre despojándose de Dios

No nos reveló religiosidad sino humanidad

Encarnado en lo humano reveló a Dios

No en el Templo

            Jesús iba al monte a orar

y oraba a Dios (Abbá Papá)

Hay una diferencia entre Dios y Jesús

no son la misma persona sino dos personas              

            Jesús oraba a Dios

La Trinidad muy clara: Dios Triple

El amor mutuo exige otro

el amante que comparte el gozo

            y eso es la Trinidad

     amor compartido y amor supremo

Nacido en una cueva y muerto en una cruz

Excomulgado de los Santos Lugares

            “Maldito el que cuelga de una cruz”

La cruz ahora hecha por un orfebre

de oro y pedrería colgada al pecho de un obispo

Estaba distinto resucitado

y costaba reconocerlo

Atravesó las paredes y era el mismo

pero transformado

            Era el mismo pero no el mismo

cuerpo espiritual dijo San Pablo

No lo reconoció la Magdalena

            “Decime dónde lo has puesto”

Se aparecía con la puerta cerrada

en otra forma de vida y no un fantasma

las llagas aún frescas de donde brotó mucha sangre

no como un ser radiante

sino como un humilde humano comiendo pescado

No un resucitar para morir después otra vez

sino que Dios lo levantó de los muertos

y lo sentó a su derecha

para decirlo en lenguaje arcaico

Dios ahora llamado Abbá

el Dios del universo y de buenos y malos

Dios Padre era aún un Dios neolítico

Abbá cambió el concepto de Dios

y Abbá el nuevo nombre del Dios moderno:

            un diferente monoteísmo

Asesinado por la religión

            los religiosos lo mataron

los pecadores y las putas entrarían antes había dicho

los intocables llevados a la mesa como amigos

los que no eran para estar en la mesa

La nueva era era de la compasión

    Jesús mismo era la Buena Nueva

    La buena noticia de que Dios nos ama

Cuántas veces mirando el cielo nocturno

se preguntaban ¿qué serán ellas?                  

No estamos solos en un universo

en el que aparecimos sólo por azar

            (¿Todo lo existente sólo por azar?)

“Una evolución consciente de sí misma”

Los átomos se hicieron seres humanos         

y el universo no será un accidente sin propósito

sin algo que dé sentido a nuestras vidas

Su mandato muy difícil: hacernos más humanos

hermano nuestro con una humanidad real

cagaba como nosotros

            pero era Dios

Dios humano con lo común de todo ser humano

Compañero en la muerte

y más allá de ella

Para quien no había diferencias religiosas

No vi templo

dice el Apocalipsis

La sagrada materia que dijo Chardin

            sagrados cuerpos encarcelados

muertos heridos golpeados

Con calibres de AK-47 dentro del ano 

después sin poder caminar

las cárceles llenas y las calles vacías

Una cárcel con el nombre del campamento de Sandino

Y también el niño Conrado desangrándose

porque a los médicos se les prohibió atenderlo 

            Y murió diciendo “Me duele respirar”

A todo el país nos duele respirar

el país entero en manos de una loca

la del estéril bosque de árboles de hierro

y en manos de un presidente sin huevos

gobernado por ella

Pero también un Papa heroico digno de Dante

que rehusó habitar el Palacio Pontificio

 con catorce aposentos

            diciendo cuando se los mostraron

                        “Como para que duerman catorce y no uno”

Y antes el Cardenal Arzobispo de Buenos Aires

sin cocinero porque se cocinaba él mismo

Y el tupamaro presidente uruguayo

Che-Mujica

también cocinándose él mismo

Expulsado de Nicaragua sin la medalla ofrecida

Bienaventurado Laureano Mairena

que no vio a Tomás Borge envilecido

            La revolución perdida

En el actual régimen de terror y mentira

la familia ha deforestado el país

indefensos en la globalización

El único animal vestido

Toda vida come

pero sólo por éste es el sabor de las comidas           

                        foie gras                      caviar

            hamburguesa   hot dog

El vino tinto

            y el amarillo como lo calificó Neruda

Y el único animal que conoce a Dios

Un Dios no indiferente a la economía nacional

y un Dios que se despojó de Dios

y ya no era omnipotente ni omnisciente

Tal vez encarnó en el Homo sapiens

en el tiempo equivocado y el lugar equivocado

            ante judíos y romanos desarmado

Jesús no recurrió a Dios para evitar la cruz

                        no pidió la legión de ángeles

En la creación como él la ha creado

incapaz de impedir un terremoto

            el poder es una tentación

Hay atributos que son del César y no de Dios         

Hablar de un Dios crucificado era blasfemia

            y un Dios pobre absurdo

los privilegiados vieron el fin de sus privilegios

            para Jesús todos iguales

y todos igual de cerca de Dios

Un Dios único: el mismo de todas las religiones

Jesús no fue cristiano

sino con una religión para todos

                                                           universal

que nos une a todo el universo

un universo penetrado por Dios

en el que la materia se conoció a sí misma

Un Cristo no sólo de nuestro planeta

sino de todo el universo

            antes astronómicamente muy limitado

por quien fue creado todo lo que existe

aun seres inteligentes muy distintos

si los hay

            en el que todo se une

            y unido se une a Dios

                        todo enlazado con todo

lo finito abrazado con el infinito

                        fuimos necesarios para Dios

            Es un Dios que abraza

                                   Y me ha abrazado

(Quédense, mis queridos/as (y pocos/as) lectores, con esta frase final: Dios nos ha abrazado. Acaso así nos sintamos más unidos/as al poeta que ahora está en el cielo).

Iglesia y Sociedad

Boff y las claves de la supervivencia

24 Feb , 2020  

Leonardo Boff es un filósofo y teólogo brasileño. Encarna en su persona, para quienes lo hemos seguido desde nuestra lejana juventud, el modelo del estudioso que tiene siempre los pies sobre la tierra y que, sin apoltronarse en sus conocimientos adquiridos, está siempre atento a lo que sucede, interpreta los signos de los tiempos y su voz cobra carices proféticos indispensables para los tiempos que vivimos.

Formado en la perspectiva contextual de la teología de la liberación, tuve a Boff como autor de cabecera en mis años de estudios. El Seminario Palafoxiano de Puebla me concedió en 1979 un reconocimiento académico que incluía, entre los libros que me regalaron, el titulado “Gracia y Liberación del Hombre”, de Leonardo Boff. Durante los tres años siguientes bebí como desesperado todos sus libros y, de la mano del entonces profesor de teología dogmática, P. Lázaro Pérez, hice varios trabajos académicos sobre su obra. Recuerdo con especial afecto un librito, “Los sacramentos de la vida y la vida de los sacramentos”, que alcanzó a unir de manera magistral el contenido teológico con un lenguaje de resonancias poéticas.

Uno de sus libros, “Iglesia, carisma y poder”, colmó la paciencia de quienes, en lo alto de la cúpula vaticana, consideraban la teología de la liberación, no como la aplicación a este continente de los principales postulados de la renovación conciliar, sino como una doctrina peligrosa por su cercanía con la política y el marxismo. La involución eclesial y la persecución a la disidencia teológica llegaron a su punto más elevado. Con todas las salidas cerradas, Leonardo renunció al ejercicio de su ministerio de presbítero sin renunciar a su pasión por el Reino de Dios predicado por Jesús y terminó por abandonar la orden franciscana a la que pertenecía, sin olvidarse del sueño del pobre de Asís.

A partir de entonces, su tarea teológica se ha orientado de manera preponderante a la consideración de los temas que tienen que ver con la ecología y el cuidado de la Casa Común. Viejo profeta, de barba blanca y abundante, se ha convertido en compañero de camino de quienes aspiran a la supervivencia de la especie, tan amenazada en nuestro tiempo. Desde lo alto de su experiencia, como voz que clama en el desierto, denuncia la depredación capitalista y su estela de desastres medioambientales y anuncia la posibilidad de un cambio radical, si como humanidad, somos capaces de modificar patrones de pensamiento y de conducta. Hay muchas personas que ven, en la Laudato Si’, un eco de su pensamiento y de su lucha por la vida.

Leonardo Boff escribe una columna semanal. La que ha publicado esta semana me parece especialmente pertinente, por lo clara y contundente. Por eso lo tengo hoy de columnista invitado. Cedo el espacio para que los lectores y lectoras de este espacio virtual, se deleiten con sus palabras.

El nuevo paradigma requiere una espiritualidad diferente y una ética propia

Columna del 2020-02-22

Varias amenazas se ciernen sobre el sistema-vida y el sistema-Tierra: el holocausto nuclear, la catástrofe ecológica del calentamiento global y de la escasez de agua potable, la catástrofe económica/social sistémica con la radicalización del neoliberalismo que produce una acumulación extrema a expensas de una pobreza asombrosa, la catástrofe moral con la falta general de sensibilidad hacia las grandes mayorías sufrientes, la catástrofe política con el resurgimiento mundial de la derecha y la corrosión de las democracias… Tal como están, la Tierra y la Humanidad no pueden continuar así, a riesgo de sufrir un Armagedón ecológico-social.

Centrándonos en el escenario reciente de Brasil: las fuertes lluvias de febrero de 2020 con inundaciones desastrosas que afectaron a varias ciudades del país y paralelamente incendios terribles en Australia, seguidos inmediatamente por inundaciones no predecibles. Tales eventos extremosos son signos inequívocos de que la Tierra ha perdido ya su equilibrio y está buscando uno nuevo. Y este nuevo podría significar la devastación de porciones importantes de la biosfera y de una parte significativa de la especie humana. 

Esto va a suceder; simplemente, no sabemos cuándo, ni cómo. El hecho es que ya estamos en la sexta extinción masiva. Hemos inaugurado, según algunos científicos, una nueva era geológica, la del antropoceno, en la cual la actividad humana es responsable de la destrucción de las bases que sostienen la vida. 

Los diferentes centros científicos que monitorean sistemáticamente el estado de la Tierra atestiguan que, de año en año, los elementos principales que perpetúan la vida (agua, suelos, aire, fertilidad, climas y otros) se deterioran día a día. ¿Cuándo va a parar esto? 

El 29 de julio de 2019 se alcanzó el Día de la Sobrecarga de la Tierra (el Earth Overshoot Day). Significa que, en esta fecha, se han consumido todos los recursos naturales disponibles para ese año. A partir de ese día, dentro de la contabilidad del año en curso, la Tierra entra en números rojos, y en descubierto bancario: ¿cómo llegar a diciembre? Si insistimos en mantener el consumo actual, tenemos que aplicar la violencia contra la Tierra obligándola a darnos lo que ya no tiene o no puede reemplazar. Su reacción a esta violencia se expresa por los diversos fenómenos ecológicos y sociales ya mencionados, especialmente por el aumento de dióxido de carbono y metano (23 veces más dañino que el CO2) y por el crecimiento de la violencia social, ya que la Tierra y la humanidad constituyen una única entidad relacional. 

O cambiamos nuestra relación con la Tierra viva y con la naturaleza o, según Sigmund Bauman, “engrosaremos el cortejo de aquellos que se dirigen hacia su propia tumba”. Esta vez no disponemos de un Arca de Noé en la que nos podamos refugiar. 

No tenemos otra alternativa, sino cambiar. Quien crea en el mesianismo salvador de la ciencia es un iluso: la ciencia puede mucho, pero no todo: ¿detiene ella los vientos, contiene las lluvias, limita el aumento de los océanos? No basta disminuir la dosis y continuar con el mismo veneno, o sea, sólo limar los dientes del lobo; él seguirá siendo feroz.

Necesitamos asumir urgentemente un tipo diferente de relación con la naturaleza y la Tierra, contrario al modelo dominante. Hace falta decir que se necesita un nuevo paradigma de producir, distribuir, consumir y vivir en la misma Casa Común. El cambio exige construir algunos pilares que sean los cimientos que soporten el nuevo paradigma. De lo contrario, repetiremos siempre lo mismo y de peor manera. Es como si quisiéramos curar las heridas de la Tierra cubriéndola con venditas. 

Primero: una visión espiritual diferente del mundo y su correspondiente ética. Esto, a mi modo de ver, no tiene necesariamente que ver con la religiosidad, sino con una nueva experiencia de la realidad, una determinada sensibilidad y un espíritu diferente. Y la alternativa es esta: 

– o nos relacionamos con la Naturaleza y la Tierra como si fueran un baúl de recursos para nuestra explotación y uso, queriendo someterlas a nuestros propósitos (éste es el paradigma actual), 

– o nos relacionamos sintiéndonos parte de la Naturaleza y de la Tierra, adaptándonos a sus ritmos, no encima sino al mismo nivel que todas las criaturas, con la conciencia de cuidarlas y protegerlas para que continúen existiendo y dando a la comunidad de Vida, de la que somos miembros, todo lo que necesitan para vivir y para seguir co-evolucionando. Este es el paradigma alternativo que implica respeto y veneración, ya que formamos un todo orgánico dentro del cual cada ser tiene un valor en sí mismo, independientemente del uso que le demos, pero relacionado siempre con todos los demás. 

Esta nueva sensibilidad y espiritualidad diferentes, constituyen el nuevo paradigma, que pueden dar lugar a otro tipo de civilización, integrada en el conjunto, y otra forma de habitar la Casa Común. Sin esta sensibilidad/espiritualidad y su traducción en una ética ecológica, no podremos superar el caos “caótico” actual. Reiteramos firmemente: todo dependerá del tipo de relación que establezcamos con la Tierra y con la naturaleza: ya sea de uso y explotación, o de pertenencia y convivencia, respetuosa y cuidadora. 

Segundo: rescatar el corazón, el afecto, la empatía y la compasión. Esta dimensión del pathos ha sido descuidada en nombre de la objetividad de la tecnociencia. Pero en ella anidan el amor, la sensibilidad hacia los demás, la ética de los valores y la dimensión espiritual. Si no hay lugar para el afecto y el corazón, no hay razón para respetar la naturaleza y escuchar los mensajes que, en este caso, son enviados por las inundaciones y el calentamiento global. La tecnociencia ha producido una especie de lobotomía en los seres humanos que ya no sienten sus gritos. Se imaginan que la Tierra es una simple despensa de víveres infinitos al servicio de un proyecto de enriquecimiento infinito. Un planeta finito no soporta un proyecto infinito. Debemos pasar de una sociedad industrialista y consumista que agota la naturaleza, a una sociedad que conserva y cuida toda la vida y ejerce un consumo responsable y compartido. Debemos articular el corazón y la razón para estar a la altura de la complejidad de nuestras sociedades. 

Tercero: tomar en serio el principio de cuidado y de precaución. O cuidamos lo que queda de la naturaleza, regeneramos lo que tenemos devastado e impedimos nuevas depredaciones, como el MST que se propuso en este 2020 plantar un millón de árboles en las áreas asoladas por el agronegocio, o nuestro tipo de sociedad tendrá los días contados. 

La precaución exige que no se tomen medidas ni se realicen experimentos cuyas consecuencias no puedan controlarse. Además, la filosofía antigua y moderna ya ha visto que el cuidado pertenece a la esencia humana, y más: que es la condición previa necesaria para que surja cualquier ser. También es la guía anticipada de toda acción. Si la Vida, también la nuestra, no se cuida, enferma y muere. La prevención y el cuidado son decisivos en el campo de la nanotecnología y de la inteligencia artificial autónoma. Ésta, con sus algoritmos de millones de datos, puede tomar decisiones, sin que lo sepamos, y penetrar en arsenales nucleares, activar las ojivas y lanzarlas, poniendo fin a nuestra civilización. 

Cuarto: el respeto a todos los seres. Cada ser tiene valor intrínseco y tiene su lugar en el conjunto de los seres. Incluso el más pequeño de ellos revela algo del misterio del mundo y del Creador. El respeto impone límites a la voracidad de nuestro sistema depredador y consumista. Quien mejor formuló una ética de respeto fue el médico y pensador Albert Schweitzer (+1965). Él enseñaba: la ética es la responsabilidad y el respeto ilimitado por todo lo que existe y vive. Este respeto por el otro nos obliga a la tolerancia, que es urgente en el mundo y entre nosotros, particularmente bajo el gobierno brasileño de extrema derecha que alimenta el desprecio por los negros, los indígenas, los quilombolas, las personas LGBT y las mujeres. 

Quinto: actitud de solidaridad y de cooperación. Esta es la ley básica del universo y de los procesos orgánicos. Todas las energías y todos los seres cooperan entre sí para mantener el equilibrio dinámico, garantizar la diversidad y que todos pueden co-evolucionar. El propósito de la evolución no es otorgar la victoria a los más adaptables, sino permitir que cada ser, incluso el más frágil, pueda expresar virtualidades que emergen de aquella Energía de Fondo o Fuente que hace ser todo lo que es, que sostiene todo en cada momento, de donde salió todo y a la que todo vuelve. Hoy, debido a la degradación general de las relaciones humanas y naturales, debemos, como proyecto de vida, ser conscientemente solidarios y cooperativos. De lo contrario, no salvaremos la vida ni garantizaremos un futuro prometedor para la humanidad. El sistema económico y el mercado no se basan en la cooperación sino en la competición, la más desenfrenada. Por eso crean tantas desigualdades, hasta el punto de que el 1% de la humanidad tiene el equivalente al 99% restante. 

Sexto: es fundamental la responsabilidad colectiva. Ser responsable es darse cuenta de las consecuencias de nuestros actos. Hoy hemos construido el principio de la autodestrucción. El dictamen categórico es entonces: actúa de manera tan responsable que las consecuencias de tus acciones no sean destructivas para la vida y su futuro y no activen la autodestrucción. 

Séptimo: acometer todos los esfuerzos posibles para lograr una biocivilización centrada en la Vida y en la Tierra. Todo lo demás se destina a este propósito. 

En fin, el tiempo de las naciones ha pasado. Ahora, en el contexto de un nuevo paradigma, es hora de construir y salvaguardar «el destino común de la Tierra y la Humanidad». Su realización sólo se logrará si construimos sobre los pilares mencionados. Entonces podremos vivir y convivir, convivir e irradiar, irradiar y disfrutar la alegre Celebración de la Vida.    

Iglesia y Sociedad

La poesía mística de Michèle Najlis

7 Feb , 2020  

La Revista Cultural Centroamericana llamada Carátula, publicó en su número 94 algunos poemas de La Hija del Viento, poemario de Michèle Najlis, junto con un comentario titulado: Hija del Viento: un poemario sobre Dios, escrito por el Obispo Auxiliar de Managua, Mons. Silvio José Báez. El ilustrativo comentario del Obispo es de dimensiones que sobrepasan el espacio de esta columna, pero recomiendo vivamente su lectura. Puede verse en www.caratula.net/edicion-94-poesia

La sección dedicada en la revista a la poeta nicaragüense, cristiana a carta cabal, dilecta amiga y también narradora y teóloga, está precedida por unas palabras provenientes del músico e islamólogo Halil Bárcena, que desde la tradición mística musulmana, la tradición sufí, nos deja constancia de su aprecio por la concreción literaria de los poemas de Najlis:

 “Son breves los poemas que Michele Najlis, poetisa de largo recorrido, nos brinda en este su último libro. Semejan eso que los sabios sufíes, los iniciados espirituales del islam, denominan perlas de sabiduría, que son algo así como la mínima expresión de lo máximo. Los poemas de Najlis son breves y ponderados en el uso de la palabra cual perlas sufíes. Nada sobra en ellos, nada les falta, rasgo inequívoco de que nos hallamos ante una poetisa de verdad cuya verdad son sus poemas. Y en eso, justamente, consiste la gran poesía: en decir mucho con bien poco, como La hija del viento”.

Entre poesía y mística hay una relación que tiene que ver con la naturaleza de ambas: nombrar lo que no puede nombrarse, aludir a aquello que no puede ser apresado por las palabras, referir experiencias hondas e intransmisibles. El poeta, en este caso la poeta, labra siempre en el mar y  el poeta místico lo hace en el mar del espíritu. Es inevitable por eso que la palabra que nombra lo inefable use las expresiones propias del amor, del erotismo, que entre las experiencias humanas es aquella que más nos acerca a lo innombrable. La poesía mística es siempre una poesía amorosa.

Pondré aquí solamente dos párrafos del comentario de Silvio Báez que ilustran lo inusual de un poemario de este tipo en nuestros tiempos. Después, para gozo del lector, pondré los poemas publicados en la revista Carátula, que nos hacen apreciar, así sea a partir de una probadita, la hondura espiritual de estos poemas y la fuerza poética que encierran.

Dice Don Silvio Báez: “No es usual en nuestra época encontrar un libro de poemas que nos queme las manos y nos haga –utilizando una expresión muy querida a la autora de libro y ya usada por el profeta Oseas: «hacer girar» o «dar vuelta» al corazón–. Somos herederos de la Modernidad, que ha tenido como rasgo original un fuerte antropocentrismo. Ya se le considere como la época del descubrimiento de la dignidad humana y de los derechos fundamentales de la persona; o como el momento de la conquista de la autonomía de la razón; o como el tiempo de la aparición de la igualdad entre los seres humanos; o como la etapa del desarrollo del individualismo y de la búsqueda del bienestar para todos; o como la época de la liberación de la servidumbre de la naturaleza, la Modernidad no ha sido ciertamente una época histórica caracterizada por la afirmación de la experiencia de Dios.

“Es más, hablar de la Modernidad es hablar de secularización, fenómeno que significa sobre todo la toma de conciencia de la autonomía y del valor del mundo y de la vida en él, frente a la necesaria referencia y sometimiento a los agrados propios de las épocas sacralizadas. ¿No es atrevido publicar una serie de breves poemas, que traslucen una experiencia inefable y transformadora del Misterio? ¿No es atrevido hablar de experiencia interior, de viento que empuja y quema, del vino divino que embriaga las entrañas, en una sociedad como la nuestra, que debe enfrentar tantos urgentes y graves retos frente a una descomposición política y social de proporciones gigantescas y un país que una oligarquía se empeña en construir y describir exclusivamente centrado en la ilusión de un progreso económico que a la larga favorecerá solo a unos pocos?

“Pues bien, Michèle Najlis se ha atrevido a compartirnos su más íntima experiencia y ha puesto en nuestras manos un libro de poemas que nos ponen delante de la «Presencia» por excelencia. Presencia que nos precede, presencia que nos da continuamente el existir y en la cual vivimos y hacia la cual –queramos o no, lo sepamos o no–, nos encaminamos. Estamos ante un fascinante librito que narra «poéticamente», –entre otras cosas, el género literario más adecuado para hacerlo– una historia de amor. Un libro que habla del amor, del amor descubierto, anhelado y sufrido, pero del amor que da sentido y plenitud a todo cuanto existe. Un libro de poemas sobre Dios. Del Dios que es amor. Amor recibido, amor sufrido, amor que es viento y fuego”.

Dejo hasta aquí los comentarios y abro la puerta a los poemas de Michèle Najlis. En la tradición del versículo bíblico, estos poemas / aforismos llegan al alma y nos dejan llenos de la nostalgia de Aquel, como decían nuestros abuelos mayas, “cuyo nombre se dice como un suspiro”.

Él,

cuyo nombre

impronunciable

quema.

A quienes generosamente

me han acompañado,

animado y soportado

en este no-camino

1

¿A dónde me llevarán tus alas?

2

Amando a la intemperie
sin tregua ni resguardo
como el noble samurai
que lucha con su sombra
y muere.

¿Consolarás mi corazón
herido de Tu herida,
sin saberlo?

5

Fuego de amor quemando la memoria.
Fuego de viento
inasible
insaciable.

Fuego de amor en la memoria

7

Perdida de mí
me busco en Tu silencio.

12

Odio las manos del aire
que me arrebatan Tu aliento

13

Fuego sobre fuego
¿por qué ardes?

Viento sobre viento
¿por qué lloras?

Sobresalto de amor
¿por qué no me despiertas?

14

Tu vino en mis entrañas
embriagándote.

26

Herida de Tu Amor
¿a dónde iré mientras no muera?

29

Olvidar para poderte amar
Cegarme para poderte ver
¿Dónde me llevarán mis pasos
en este laberinto de la nada?

32

Si yo te olvido, Amor
¿quién se acordará de mí?
¿quién me llevará en la palma de su mano?

35

Si dejo de buscarte
¿encontrarás la entrada
de mi jardín secreto?

38

Soy
la hoja
que cae
y el viento que la sostiene.

41

¡Este amor
cuya carencia
abrasa,
cuya presencia
incendia!

42

En mí y no estando.
En mí y sin saberte.
¿Cuándo podrás al fin ¡oh Dios!
mirarte con mis ojos?

44

Quedé sola
con mi sola soledad a cuestas.

Entonces
sin saberlo
sin que nadie lo dijera
oí Tu Nombre
en mi silencio.

Iglesia y Sociedad

De los que leen

12 Ene , 2020  

Dice Roberto Cruz Arzabal (Letras Libres 243, “El  mito letrado”, pp. 70-71), que para darle sentido a la distinción entre personas que leen y personas que no, construimos relatos que justifican nuestras prácticas. Lo hacemos no solamente con el hecho de leer, sino con casi todas las experiencias que conforman nuestra manera de vivir y convivir. Ya lo había planteado Harari en “Sapiens”, ese libro de historia de la humanidad que se convirtió en bestseller, cuando afirmó que la posibilidad de que un simio inteligente haya llegado a la cumbre de la pirámide animal se debe principalmente al hecho de que es capaz de crear relatos explicativos, invenciones que dan sentido a nuestra vida y la humanizan, en el sentido estricto de la palabra.

Dice Cruz Arzabal en su artículo, “lo que en la conversación había sido una pregunta práctica, se devela muy pronto como una pregunta metafísica: ¿a los cuántos años te diste cuenta de que eras uno de los que leen?… el relato que nos contamos sobre cómo nos hicimos parte del club de los que leen es una disposición, una manera ritualizada en la que deseamos explicar nuestra pertenencia a un campo específico de relaciones…”.

A estos relatos son a los que se refiere el crítico literario bajo la denominación que da título a su artículo: el mito letrado. Así que he decidido compartir aquí mi relato que, como todo relato de origen, se remonta hasta la infancia, esa bruja que, después de Freud, se ha convertido en la causante de (casi) todos nuestros males y de algunos de nuestros bienes.

El primer registro tiene que ver con Hilma Mauri, una antigua catequista de la parroquia de San José de la Montaña, que vivía a escasos cien metros de mi casa de infancia. En la esquina de las calles 54 con 83, la casa de Hilma Mauri se me figuraba una de esas casas de fotografía norteamericana: una reja amplia seguida de algunas escaleras hasta llegar a la puerta principal de la sala. Además de ser el hogar de Hilma Mauri, aquella casona albergaba los sábados un centro de catecismo al que acudían decenas de niños del rumbo a aprender el ABC de la religión católica.

Pues bien, tendría yo unos seis años, eso quiere decir, a despecho de revelar mi edad, el año 1964, y la televisión era un aparato que no estaba todavía al alcance de todas las familias. La casa de Hilma Mauri fue una de las primeras en el rumbo en tener televisión. El aparato, de pantalla cóncava y en exclusivo blanco y negro, estaba situado en la sala de la casa, justo en el rincón del lado izquierdo de la entrada, colocado sobre un mueble alto que nos obligaba a todos a tener que levantar la mirada al sentarnos frente a él.

Hilma Mauri era una catequista consciente de las diferencias sociales y con ganas de remediar el abismo, en ese entonces feroz, entre quienes tenían televisión y quienes no la teníamos. Por eso ponía la televisión al servicio de todos los niños y niñas del rumbo. A las cinco y media de la tarde, una vez terminada la clase vespertina en la escuela de las Medina, la Benito Juárez, – única escuela con solo tres cursos (párvulos, primero y segundo de primaria) y dos maestras (Paulita y María)– cualquier niño del rumbo podía llegar a casa de Hilma a ver la televisión. Las bancas del catecismo estaban ya a esa hora convenientemente colocadas para que hubiera cupo para todos… con una salvedad que a continuación refiero.

Catequista al fin, Hilma Mauri ponía, en la entrada de la casa, una alcancía en la que cada niño o niña que quería disfrutar de un rato de televisión debía poner un donativo para la parroquia de San José. Lo hacía porque, me comentó una vez, “además de que es poca la gente que ayuda a la iglesia, yo uso para que ustedes vean la televisión las bancas destinadas al catecismo. De lo contrario no tendría tantas sillas para todos los que vienen a ver la tele. Así que en algo que salga beneficiada la parroquia…”

Una realidad difícil de comprender en estas épocas en que contamos con cientos de canales, es que la televisión tendría, en aquellas épocas, solamente dos o tres canales. Así que no era cosa que uno pudiera elegir qué ver, sino sentarse y ver qué le tocaba a uno presenciar en la pantalla. El canal 3, probablemente el decano de la televisión en Yucatán, reproducía la programación del Telesistema mexicano. A veces nos tocaba ver una serie de programas navideños en el mes de julio, con nieve y todo, pero eso a quién le importaba: la televisión era, sí señor, una puerta a otros mundos.

Uno de los programas que más gustaba a la chiquillada, yo entre ellos, eran las caricaturas de Popeye el Marino. No entendíamos bien por qué razón esa extraña hierba (no conocí la espinaca en vivo sino hasta los diecisiete años) daba tanto vigor al marinero, pero nos encantaba el enfrentamiento de Popeye con Brutus y su loco enamoramiento por aquella flaca llamada Olivia Olivo.

Voy al punto del mito letrado. Las caricaturas de Popeye estaban en inglés, así que venían con subtítulos en español. Yo llegaba temprano, ponía mi donativo en la alcancía, y me sentaba a ver las caricaturas de Popeye. Al escuchar mis carcajadas, algunos me pedían que les explicara de qué me estaba riendo. Entonces caí en la cuenta que muchos de los niños de mi edad no sabían leer los subtítulos.

Mi suerte había sido distinta. Mi tío Raúl nos traía de la Ciudad de México, que era donde vivía, nuestros regalos de navidad. Durante muchos años él fue nuestro Santa Claus particular. Debido a que en una ocasión mi mamá le contó a su hermano que ella me había descubierto, a los cuatro años y medio, leyendo el periódico, mi tío Raúl le traía regalos a todos mis hermanos, mientras que a mi me traía solamente libros. Así leí El Conde de Montecristo, los Tres Mosqueteros, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días y algunas otras novelas de Julio Verne. Desde la infancia quedé marcado y supe que leer sería mi vida.

Pero el relato de cuándo comencé a saber que era del grupo de los que leen se dio justo frente a la televisión, en casa de Hilma Mauri. Una de aquellas tardes, compadecido de mis compañeritos iletrados, comencé a leer los subtítulos en voz alta, para que todos pudieran reírse junto conmigo. Al día siguiente, al llegar a casa de Hilma Mauri puntual para mi cita con Popeye el Marino, Hilma no permitió que yo echara mi colaboración en la alcancía que para ello tenía destinada. Me detuvo la mano, me devolvió el dinero y me dijo: “tú lees los subtítulos a tus compañeritos por lo que ya no tienes que pagar tu entrada”. Mi deleite se duplicó: no era solamente un gozador de las aventuras de Popeye sin tener que pagar, sino que había conseguido mi primer trabajo: leer subtítulos a los que no sabían leer. A los seis años caí en la cuenta, por primera vez, que formaba parte de los que leen. Me alegra sobremanera que haya sido leyéndole a los demás.