Iglesia y Sociedad

Colapso civilizatorio

11 Nov , 2016  

Al Movimiento Ecuménico de Teología India Mayense

En su 26º Encuentro en Kancab, Yucatán

 

Algunos la llaman crisis. Otros, con tono más angustioso, lo llaman colapso. Como quiera que se le denomine, la situación marcada por este cambio de época no deja de ser motivo de análisis y reflexión. Pareciera que los cimientos mismos sobre los que habíamos construido nuestra convivencia como especie están siendo cuestionados por un sistema económico y sociopolítico que ha convertido el lucro en la razón última para el actuar humano, rebasando todos los límites que nos habíamos impuesto para sobrevivir más o menos armónicamente. Las propias bases materiales sobre las que se sostiene la vida están amenazadas por el sistema en el que vivimos. No se trata solamente de una crisis de valores: es la sobrevivencia de la especie humana la que está en juego.

 

La profundización de las desigualdades, la ruptura del tejido social, la desconfianza en las instituciones, el riesgo de la debacle del ecosistema son solamente algunas de las manifestaciones de este colapso. Se trata de un conflicto sistémico, nombrado por algunos especialistas como una “emergencia planetaria”.

 

El analista madrileño Yayo Herrero nos explica de manera comprensible que hay dos características o presupuestos de nuestra civilización que están siendo puestos en cuestión: la ecodependencia y la interdependencia. Lo dice así: “Los humanos somos radicalmente ecodependientes. Todo lo que necesitamos para mantener la vida y satisfacer nuestras necesidades materiales procede de la naturaleza, sobre la base de un planeta físicamente limitado, Asumir estos límites físicos, implica comprender que nada, absolutamente nada, puede pretender crecer de manera ilimitada. Pero, además, los humanos somos también seres interdependientes. Durante toda la vida, pero sobre todo en algunos momentos de nuestro ciclo vital (infancia, vejez, diversidad funcional, enfermedad, etc.) las personas no podríamos sobrevivir si no fuese porque otras dedican tiempo de trabajo a cuidarnos”. (Agenda Latinoamericana 2016, pp. 142-143)

 

Pues bien, son justamente estas dos características, estas dos columnas que han sostenido la construcción de civilización humana y sobrevivencia armónica, las que están en riesgo debido al sistema capitalista extractivo que se ha construido en franca oposición a estas dos relaciones: la ecodependencia y la interdependencia.

 

El régimen del capital pretende ignorar que el planeta tiene límites físicos que ya estamos sobrepasando. La declaración del “Overpassing day” en meses pasados, nos anuncia que hemos comenzado a rebasar los límites: hoy se necesitaría más de un planeta para satisfacer los requerimientos de la humanidad. Todo esto debido a la sociedad de consumo que hemos creado. Este sistema pugna por un crecimiento económico ilimitado, pondera como virtud fundamental la competitividad sin frenos, olvidando que este tipo de crecimiento solamente puede realizarse a costa de destruir todo lo que necesitamos para sobrevivir. Quizá la técnica extractiva conocida como “Fracking” sea el ejemplo más acabado.

 

Quizá también por ello, la mirada que hoy dirigimos al futuro sea tan radicalmente distinta de aquella que teníamos hace unos cincuenta años. Los programas futuristas de los sesentas y setentas (Los Supersónicos, por ejemplo) miraban con optimismo hacia el futuro: todo sería mejor, más rápido, más eficiente y haría nuestra vida más disfrutable. Las películas futuristas de hoy podrían ser consideradas casi películas de terror: naturaleza devastada, hambre, muerte de poblaciones enteras, necesidad de buscar otro planeta dónde vivir…). Cada vez más, traer hijos al mundo es una decisión que debe enfrentar la superación del desaliento ante el futuro que se nos avecina.

 

Han bastado los doscientos últimos años para cosechar los frutos del podrido árbol del capitalismo feroz: la energía fósil ha entrado en franco declive, el cambio climático es una realidad que nos afecta y que sólo es negada por un pequeño grupo (pero con grandes intereses económicos) entre los que se cuenta el electo presidente de los Estados Unidos, y hay una profundización de las desigualdades que causa escalofríos: el 99% de los bienes en manos de unas pocas compañías transnacionales, que dictan a los países, otrora soberanos, las políticas que han de seguir y los ponen al servicio de un sector social privilegiado que no tiene empacho, para garantizar su estatus de vida, en engullirse bosques, ríos, suelos y minerales. Todo, como mercancía que se compra y se vende.

 

No hay planeta, por rico que sea, que aguante esto. La producción que busca el crecimiento económico a toda costa ha dejado de distinguir si produce bienes y servicios que realmente necesitamos o si, en la lógica de la compra venta como motivo de vivir, nos ofrece artefactos indeseables que destruyen y agotan materiales finitos e impiden que la naturaleza tenga tiempo de regenerarse.

 

Yayo Herrero ofrece, en el análisis al que he hecho referencia, elementos para un nuevo punto de partida. Habla de la necesidad de asumir el inevitable decrecimiento porque es consciente de que la humanidad, quiéralo o no, tendrá que aprender a vivir con menos energía y menos recursos materiales. Por otro lado, propone comenzar a “desacralizar y cuestionar la legitimidad de una propiedad ligada a la acumulación que impida una vida devente para muchas personas… la suficiencia material deberá tener una dimensión normativa que ponga límite a los excesos… habrá que repartir los trabajos derivados de la interdependencia para que sean realizados por hombres y mujeres en condiciones de igualdad…

 

El reto será si la humanidad logrará esto a la buena o a la mala. Es decir, si será capaz de diseñar un modelo productivo que se ajuste a la capacidad material del planeta y minimice las desigualdades económicas y patriarcales: volver a poner al ser humano –y no al mercado– como epicentro de la convivencia humana, y si podrá retomar la ecodependencia y la interdependencia como criterios de organización social. Para responde a ese reto habrá que volver los ojos a las culturas de los pueblos originarios, expertas en sobrevivencia. Es paradójico: serán aquellos pueblos, tradicionalmente explotados y depreciados, quienes, en acto de generosidad amorosa, nos entregarán las llaves para la reconstrucción del planeta.

Iglesia y Sociedad

Los extremos de la vida

26 Oct , 2016  

Para Víctor Ariel, mi sobrino nieto, en sus dos meses

Para doña Socorrito, mi mamá, en sus 94 años

 

Si no han tenido la oportunidad de presenciarlo nunca, basta que vayan a Youtube y coloquen “parto de una yegua” y les saldrán numerosos vídeos. No hay ninguno que sobrepase los cuatro minutos. En algunos de ellos las yeguas tienen asistencia humana. En otros, no. De manera asombrosa uno puede contemplar cuán provistos están los caballos recién nacidos de cualidades de subsistencia, dado que se ponen a andar unos minutos después. La fragilidad del ser humano, en cambio, es proverbial. No puede valerse por sí mismo sino hasta pasados varios años: caminar, hablar, son actividades que requieren aprendizaje tardado y que nos colocan en cierta desventaja frente a otras especies del planeta. Lograr la independencia total, es decir, poder sobrevivir por sus propios medios y sin ayuda, es una tarea que el homo (et mulier) sapiens no puede ver concluida sino hasta varios años después de su nacimiento.

 

El inicio de la vida nos pone en contacto con esta fragilidad estructural de los seres humanos. La científica norteamericana Kate Wong, especializada en paleontología y antropología física, lo explica de esta manera:

 

“Los bebés llegan al mundo completamente dependientes de los cuidados y necesidades que necesitan de sus padres. Sin embargo recién nacidos de otras especies primates también necesitan de cuidados, pero los recién nacidos humanos son completamente indefensos porque sus cerebros están completamente en desarrollo… La tradicional explicación para los nueve meses del periodo gestacional y de los bebés totalmente indefensos es la selección natural que favorece el momento del nacimiento en una temprana etapa del desarrollo fetal para adaptar dos cosas: el tamaño del cerebro y el desplazamiento en dos extremidades, características de la herencia humana. Bajo esta óptica, la adaptación al bipedalismo (caminar en dos extremidades) restringe la anchura o amplitud del canal de nacimiento por lo tanto es importante el tamaño del bebé para que pase por el canal de parto. Los bebés humanos por lo tanto nacen cuando su cerebro es menos del 30% del tamaño de un cerebro adulto, para que puedan pasar a través del angosto canal de nacimiento. Después continúan su desarrollo afuera del útero doblando el tamaño del cerebro en aproximadamente el primer año…” (1)

 

Pero en estos últimos siglos hemos venido experimentando que la fragilidad del ser humano, como en un círculo de eterno retorno, regresa en la ancianidad. Digo en estos últimos siglos, porque la tasa de prolongación de la vida ha ido en aumento creciente. Una persona era anciana, en los inicios de la era cristiana, cuando llegaba a la cincuentena. Difícilmente hoy una persona de 50 años, hombre o mujer, aceptaría que la definieran como anciana. Esta prolongación de la vida en la especie humana, gracias a la creatividad del ser humano y al desarrollo científico que ha alcanzado, nos enfrenta a la nueva realidad que ha desplazado la ancianidad hacia los ochenta o noventa años.

 

Me parece extraordinario que ambos extremos de la vida (infancia temprana y ancianidad tardía) terminen tocándose en la característica de la fragilidad. Seres-arrojados-al-mundo, como nos definía Heidegger, tenemos como marca de fábrica la precariedad. Hasta nuestros sueños y deseos son mayores que nuestras posibilidades. La fragilidad estructural del ser humano debería, pienso yo, ser más tomada en cuenta a la hora de plantearnos utopías motivadoras. Nos evitaríamos caer en las decepciones que nos han provocado las utopías ideológicas de los últimos años. A la vista de esto que llamo nuestra ‘fragilidad estructural’ como especie, una piedra de toque que validase cualquier propuesta utópica debería ser su capacidad de generar presentes dignos.

 

Este es, sin duda, uno de los atractivos mayores del pensamiento/acción zapatista: a la construcción de edificios teóricos de salvación o restauración nacional o mundial, han opuesto, sí, un sistema de pensamiento utópico, resumido de manera espectacular en la frase “Para todxs, todo. Para nosotrxs, nada”, pero que, además, ha sido generador de presentes dignos. Véase, si no, la capacidad que han tenido las comunidades zapatistas de construir su autonomía en cosas tan concretas como salud, elección de autoridades, educación, comercio, etc. Repitiendo a la sin par María Eugenia Sánchez, académica de la Ibero Puebla, cuando realizó una crítica al panorama teológico actual y sus propuestas totalizadoras, ha llegado la hora de construir, con mucha mayor humildad, una ‘teología del peregrinaje solidario’, capaz de generar presentes dignos en medio de la precariedad de este desmoronamiento civilizatorio del que estamos siendo testigos.

 

Todas estas reflexiones me vienen a la mente ahora que mi experiencia se enriquece con los dos extremos: el nacimiento de mi sobrino nieto, el séptimo, y la llegada de los 94 años de mi mamá. Dos fragilidades distintas, pero que nos llenan de alegría, nos ofrecen oportunidad de acompañamiento, nos enriquecen como familia. Escribo estas líneas para compartir mi felicidad y también para no prolongar más mi ausencia, ya suficientemente larga, en este espacio de encuentro virtual.

 

 

 

 

(1): Kate Wong, “Porqué los humanos dan a luz a bebés indefensos”, traducción de Jorge Arturo Hernández Quintero, en https://johequi.wordpress.com

Iglesia y Sociedad

Caín y Abel: de Babel a Pentecostés

20 Sep , 2016  

Para Beatriz Rodríguez Guillermo, en afectuoso recuerdo

 

La marcha convocada por el Frente Nacional por la Familia ha dado lugar a una polémica que, confío, terminará siendo saludable a la larga. Teñida de una gran confrontación, a veces buscada expresamente, a veces solamente provocada por el tema mismo, que toca fibras muy íntimas en la población, la marcha ha dado lugar a un proceso de intercambio de argumentaciones (y de diatribas también, claro, pero esas son sólo propaganda, no discusión seria) de parte de quienes aprueban o se oponen al reconocimiento por parte del Estado de los matrimonios entre personas del mismo sexo.

 

En ambos lados del debate hay muchas personas católicas bien intencionadas. Ninguno de los bandos debería olvidarlo. Los niveles de confrontación, sin embargo, han resultado incómodos para algunas personas y es comprensible, porque no han sido solamente ideas las que se han puesto sobre el tapete de discusión, sino también sentimientos, pasiones, sueños. Grupos de whatsapp y de facebook, modernos areópagos de nuestra época, se han visto sacudidos –y algunos desbaratados– por la intensidad de la polémica.

 

Hoy quiero, por eso, referirme a un texto de los llamados ‘relatos de los orígenes’, entendiendo por ello los primeros 11 capítulos del libro del Génesis, relatos de carácter mítico –en el sentido académico de la palabra– que plantean el horizonte utópico del Israel antiguo, de mediados del siglo V a.C., pero que han servido de reserva de sentido a muchas generaciones que han abrevado de la tradición judeocristiana.

 

Se trata del texto de Gn 4,1-16, conocido como el relato de Caín y Abel. Es un relato de familia, aunque no tenga nada que ver directamente con la reproducción –que la familia es mucho más que eso– porque se trata de la historia de dos hermanos. Una vez presentados los dos protagonistas del relato, Adán y Eva desaparecen de la escena. Se trata, pues, de un relato arquetípico sobre lo que debe entenderse por fraternidad y del surgimiento de la violencia entre hermanos.

 

El relato tiene algunas dificultades para un lector de hoy. Recurriendo a un semitismo (afirmación + negación = comparación), el autor, sin dar más razones, afirma que “El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda y se fijó menos en Caín y su ofrenda” (traducción de la Biblia del Peregrino). Para nosotros eso es un problema porque hemos terminado concentrando nuestro esfuerzo de comprensión del mensaje del texto en discurrir cuál habría sido la causa de la preferencia de Dios por la ofrenda de Abel, como si la decisión divina hubiera sido el origen del desenlace violento.

 

En este campo, hay múltiples posibilidades de explicación que los teólogos han explorado. Una de ellas es la diferencia de oficios, que escondería el juicio sobre dos culturas de trabajo, la domesticación de animales y/o el cultivo de la tierra. Abel sería el pastor errante, ligado a la vida rural, mientras que Caín sería el constructor de casas y ciudades. En esta posibilidad jugaría un papel importante el antagonismo social entre las ciudades cananeas y la vida de pastores nómadas del Israel más antiguo.

 

Otros especialistas hablan de la diferencia en los sacrificios ofrecidos, que revelarían dos tipos de cultos: uno vegetal y el otro animal. En la historia de las religiones terminó triunfando el culto sacrificial de animales (Gn 8,15-22). El texto habría sido escrito en un momento de profunda nostalgia por la destrucción del templo y la suspensión del sacrificio de animales. Finalmente, algunos otros sostienen que la diferencia estribaría en que Abel era el más pequeño, y es constante la preferencia de Dios por los pequeños a lo largo de la Escritura. Esto explicaría el reproche de Dios “¿Dónde está Abel, tu hermano?” y mostraría la radical equivocación de Caín al contestar: “No sé, ¿soy acaso el guardián de mi hermano?”

 

Pero más allá de esta discusión me importa señalar el hondo significado arquetípico del relato: en la raíz de la misma relación fraterna emerge la violencia. La primera familia de hermanos (no hay esposa, no hay hijos) debería haber sido una familia unida y no lo fue. Por eso, junto con Xabier Pikaza (La Familia en la Biblia, Verbo Divino, Estella 2014), prefiero decantarme más por una mirada al texto que no se centre en los motivos de la preferencia de Dios por Abel en lugar de Caín, porque creo que la sobria mención de la preferencia en el texto sólo persigue la ratificación etiológica de una realidad palpable: la división entre dos hermanos que son distintos. El texto se limita a constatar el surgimiento de la violencia, en el mismo origen de una familia de hermanos.

 

Éste me parece que es el núcleo fundamental de sentido presente en el texto: dos hermanos distintos sólo pueden vivir en paz si aceptan y valoran su diferencia. Cuando, en vez de aceptarse, niegan su diferencia, los hermanos tienden a matarse. Lo menciona así Pikaza: “No basta con que Adán y Eva se acepten como diferentes e iguales en el matrimonio; también los hermanos han de aceptarse y gozarse en la diferencia, teniendo la misma dignidad” (p.52).

 

El relato de Caín y Abel presenta la primera crisis radical y total de la familia humana: lo que podía haber sido lugar para dos casas fraternas y abiertas de hermanos, ha venido a convertirse en pedregal de muerte (Gn 4,11). Volvamos a Pikaza: “Lo más significativo del pasaje (Gn 4,1-16) es el silencio de los hermanos, que en vez de dialogar y completarse, se afrontan y matan. Su enfrentamiento no es del tipo sexual (varón/mujer) ni generacional (hijos/padres), sino fraterno, en un nivel de aparente igualdad… Los primeros combatientes de la historia son hermanos… Estamos ante un hombre (Caín) que se reconoce (se distingue y valora) a sí mismo, matando a su hermano. No soporta que el otro sea diferente, que le vaya bien y que exista, y por eso quiere impedir que viva, aunque en la tierra haya mucho espacio para ambos… Este es el grito más hiriente de la historia (qol dam, la voz de la sangre). Una vez que se ha encendido, el deseo de muerte se propaga: una sangre clama por más sangre, en un gesto de talión infinito que puede conducir a la muerte a todos los hombres.”

 

He subrayado una parte del texto (las negritas son mías) porque creo que el relato de Caín y Abel, leído desde esta perspectiva, puede ayudar a quienes, marchantes o no marchantes, de un bando o del otro de la discusión, tenemos dificultades en construir nuestras relaciones humanas en el goce por la diferencia. Abogar por un mundo unipolar, por un pensamiento único, por una sola óptica para mirar las cosas, además de quimérico, nos conduce hacia la división, hacia Babel. Construir un mundo donde quepan los que son distintos a uno, donde la unidad se construye a partir (y no en contra) de la diversidad y del respeto amoroso, nos conduce hacia una convivencia más humana, hacia el reverso de Babel, hacia Pentecostés.

Iglesia y Sociedad

No marcharé

31 Ago , 2016  

A ‘Tanicho’, como ofrenda luctuosa

A José Ramón Enríquez, por su merecido premio

 

La discusión pública cada vez más informada sobre la orientación y las prácticas de las personas homosexuales es una discusión de largo aliento. Viene de hace muchos años y se ha ido enriqueciendo con aportaciones de las ciencias sociales que han ido acompañando la mutación de conciencia que se ha ido operando en el corazón de personas, naciones y culturas. El cambio que atestiguamos en las nuevas generaciones con respecto al tema parece ser irreversible y no lo pondera solamente quien no quiere hacerlo.

 

Y la mutación de la que hablo es muy simple y cualquiera puede constatarla. Se trata de un colectivo “caer en la cuenta” de que estamos frente a una realidad antropológica que sencillamente es así. Se trata de un auténtico descubrimiento humano, aunque pueda parecer banal. Nos estamos dando cuenta sencillamente de que hay personas que son homosexuales, lo cual no convierte a estas personas en algo especial ni las hace ni más ni menos capaces para realizar cualquier cosa. Para decirlo con las palabras del teólogo católico James Alison: “Sencillamente es así, como la lluvia y las mareas y la existencia de personas zurdas.”

 

Este reconocimiento no ha necesitado de líderes que lo expliquen, ni han servido las ingentes cantidades de dinero y las energías que se han desplegado para frenarlo, sino que cada vez más emerge gente que se reconoce como homosexual, y también reconoce que eso no tiene mayor importancia. Y cada generación más joven tiene mayor dificultad en entender por qué algunos entre sus mayores tienen tanto problema con esto. Y cada vez más países reforman sus leyes para que los derechos de las personas homosexuales sean respetados y se combata la discriminación contra ellas.

 

Entender la sencilla existencia antropológica de lo gay sigue exactamente el mismo cauce que el proceso por el cual hemos llegado a entender el mundo real al dejar atrás creencias supersticiosas. Antiguamente, por ejemplo, se trataba de entender el funcionamiento de los cambios climáticos como atribuidos a ciertas viejas feas, tenidas como brujas, o, como aparece en la película “Apocalypto”, de Mel Gibson, a la sed no saciada de las divinidades mayas. Esto ofrecía a los manejadores de la religión, propagadores y defensores de esa superstición, la posibilidad de disculparse cuando sus pronósticos del tiempo fallaban ostensiblemente. En caso de que hubiera una cosecha mala o una inesperada granizada, siempre había brujas que ejecutar o mayas que sacrificar para declararlos culpables de la catástrofe. Esta práctica supersticiosa, alentada con cierta perversidad, sacó de apuros a los sacerdotes y adivinos, pero retrasó durante mucho tiempo la comprensión del porqué del funcionamiento climático. Fue necesario que la superstición fuera desmontada, que se dejara de creer en la falsa culpabilidad de las brujas o del insuficiente número de mayas sacrificados, para que llegaran a formularse las preguntas que llevaron a entender la meteorología.

 

Esta nueva comprensión viene acompañada del reconocimiento, ya desde la segunda mitad del siglo XX, que no hay defecto psicológico que esté presente entre las personas homosexuales que no lo esté en los heterosexuales y viceversa. En efecto, en cada época histórica han ido desapareciendo prejuicios y hoy no suscribiríamos ideas que apenas hace cincuenta años eran consideradas normales, como que el marido pudiera pegarle a la esposa, o que un negro no pudiera casarse con una blanca. Pero no siempre fue así. Y en las épocas en que esto no fue así, la mentalidad mayoritaria, el prejuicio visto como normalidad, se justificaba diciendo que eran realidades naturales, objetivas, inscritas en la naturaleza humana, aunque hoy nadie se atreva a sostenerlas en voz alta.

 

Desde el campo de las religiones cristianas, sin embargo, este cambio antropológico representa un reto de índole teológica. La emergencia de las personas homosexuales puede ser interpretada desde dos perspectivas: Hay quienes piensan que es producto de la degeneración de nuestra cultura, muestra palpable de la perdición a la que hemos llegado. Otros, en cambio, pensamos que es un signo de los tiempos y que bien podría ser considerado acción del Espíritu, que sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene ni a donde va.

 

La doctrina actual de la iglesia católica parte de la convicción de que las personas homosexuales no existen como tales, sino que sólo existen personas heterosexuales individualmente defectuosas con una tendencia más o menos fuerte hacia actos considerados gravemente inmorales. Éste es el argumento que, sin ser enunciado claramente, sirve de sostén a toda nuestra posición actual como iglesia frente a este tema: que no existen personas homosexuales en cuanto tales, sino que son heterosexuales defectuosos o desviados. Por eso resulta explicable (que no justificable) el apoyo que algunas iglesias han ofrecido a las famosas “terapias reparadoras” que prometen regresar al homosexual a su naturaleza original, la heterosexualidad.

 

El problema es que la concepción que sostiene la iglesia está cada vez más en cuestión y no considera las aportaciones de la ciencia en este campo. Por eso pienso que el “caer en la cuenta” antropológico de la existencia de personas homosexuales no es un asunto anecdótico. En la iglesia tenemos que confrontarnos con esta mutación de conciencia colectiva que se está desarrollando delante de nuestros ojos y dejar de atribuirla exclusivamente a una presunta degeneración cultural. Este debate, ojalá terminemos por reconocerlo de una vez por todas, se está dando en la mayor parte de las iglesias cristianas. Si algunas personas son sencillamente homosexuales y este hecho no obedece ni al pecado, ni al desorden, ni al vicio, ni a fracasos de los papás ni a ingerencias de espíritus malignos, entonces tendremos que enfrentar con nuevas respuestas la cuestión de la diversidad sexual y ofrecer una nueva aproximación teológica a esta realidad.

 

A nada de eso colabora la marcha promovida por el Frente Nacional por la Familia, que a duras penas trata de ocultar bajo el argumento de defensa de la familia su objetivo fundamental: que el derecho de las personas no heterosexuales a casarse y a formar una familia sea reconocido por el Estado. Lamento que la Comisión Permanente de la Conferencia del Episcopado Mexicano se haya unido a esta convocatoria y la promueva. No todos en la iglesia estamos de acuerdo en que el reconocimiento de las uniones entre personas homosexuales sea un ataque a la familia, ni compartimos la creencia –apoyada en afirmaciones catastróficas que se han mostrado mentirosas– de una especie de conspiración internacional que trata de pervertir a los niños y niñas. Por eso no marcharé.

 

Colofón

El Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México ha emitido, en días recientes, un documento con diez consideraciones relacionadas con el tema tratado en esta columna. Aunque, apegado a su jurisdicción, el Consejo se refiere solamente a la Ciudad de México, sus declaraciones bien podrían aplicarse a otras zonas del país. Comparto el texto para enriquecer el debate.

 

Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México

 

Ciudad de México, agosto 29 de 2016.

 

Tras la reciente iniciativa del Gobierno Federal a favor de los derechos de la diversidad sexual y de género, acciones que ya se realizan en la Ciudad de México, diversas organizaciones “pro familia” y grupos religiosos con representación en la capital del país, como el Frente Nacional por la Familia CDMX y la Arquidiócesis Primada de México, han emprendido una desmedida reacción en contra de esta iniciativa que busca brindar condiciones de igualdad ante la ley a todas personas que deseen contraer matrimonio, así como las que busquen el reconocimiento de su identidad de género.

Desde el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México, (COPRED), compartimos lo siguiente:

 

UNO.

Las modificaciones propuestas por el ejecutivo buscan legislar en el terreno de lo civil el matrimonio igualitario, colocando a las personas como el eje fundamental para el goce de derechos y libertades; en este caso, el derecho personalísimo a decidir con quién unirse, voluntad a la que no pueden oponerse gobiernos, ni legislaciones, mismo que está refrendado en el artículo 1° de la Constitución Mexicana donde se prohíbe toda forma de discriminación.

 

DOS.

Es fundamental destacar que los ritos y sacramentos de las iglesias no están a debate, toda vez que la iniciativa no busca modificar los principios con los que estas instituciones definen al matrimonio, es decir, si para una iglesia el matrimonio es entre “hombre y mujer”, así seguirá siendo.

 

TRES.

Los derechos a la libertad de expresión y a la libre manifestación están protegidos en la Ciudad de México, y ya que nuestro país es un Estado laico y la separación Iglesia-Estado está bien definida, alarma el hecho de que la Arquidiócesis Primada de México, a través de la comunidad católica presente en la capital del país, se oponga a esta iniciativa buscando imprimir sus criterios religiosos en los razonamientos para legislar, siendo que la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público de México prohíbe y sanciona a quienes se opongan a las leyes del país o a sus instituciones en reuniones públicas. De continuar los intentos de las iglesias para incidir en las decisiones de gobierno, el Estado tendrá que actuar en consecuencia.

 

CUATRO.

Expresamos nuestra preocupación por la propagación de argumentos falsos que condenan a las personas LGBTTTI por su orientación o preferencia sexual e identidad de género y suponen que su condición es una enfermedad, crimen o pecado, al grado de divulgar videos con mensajes que faltan a la verdad, como los publicados por el Frente Nacional por la Familia (http://goo.gl/o9Av5m ), situación que coloca en mayor vulnerabilidad a este grupo que históricamente ha sido discriminado, al grado de poner en peligro su vida.

 

CINCO.

Asegurar que el modelo de familia ideal sólo es el conformado por un hombre y una mujer, excluye a aquellas familias conformadas por una madre e hijos/as; por un padre e hijos/as; o bien por todas las demás que rompen con el paradigma de la “familia tradicional o natural”. En este sentido, el artículo 4° de la Constitución Mexicana protege la organización y el desarrollo de la familia, ya que el texto no señala específicamente quiénes la conforman.

 

SEIS.

Es falso que exista un “Lobby Gay”. Lo que sí es cierto, es que quienes encabezan este encono optan por reconocer las resoluciones del Tribunal de Estrasburgo y el Consejo de Europa y no las de la Suprema Corte de Justicia Mexicana, luego de que ésta publicara la Tesis de Jurisprudencia 43/2015, donde establece como inconstitucionales aquellas leyes de los estados que consideren a la procreación como finalidad del matrimonio, o bien como el que se celebra entre un hombre y una mujer. Ignorar esta resolución implica el desconocimiento del máximo órgano judicial de nuestro país.

 

SIETE.

Desde hace 6 años, la Ciudad de México puso en marcha el matrimonio igualitario, es así que desde aquel entonces el matrimonio civil se define como “la unión libre de dos personas para realizar la comunidad de vida, en donde ambos se procuran respeto, igualdad y ayuda mutua”. Esta modificación a la ley permite brindarle a él o la cónyuge todos los derechos y obligaciones que del matrimonio derivan.

 

OCHO.

En la CDMX este modelo ha sido exitoso ya que reconocer a las familias diversas no ha perjudicado a la sociedad, no ha acabado con las familias, no ha violentado el derecho de las niñas y los niños, ni mucho menos ha transformado negativamente la forma de relacionarse entre las personas, por el contrario, ha brindado seguridad a la población LGBTTTI, ha consolidado el derecho a la igualdad y ha reconocido la libertad que gozan todas las personas de formar una familia. Así lo demuestran los más de 7 mil matrimonios igualitarios, alrededor de nueve adopciones por parte de parejas del mismo sexo y a diferencia de lo que muchos quieren hacer creer, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México, no tiene registrado un solo caso de abuso a menores por familias homoparentales y lesbomaternales.

 

NUEVE.

Derivado de lo anterior, en el año 2015 la CDMX se consolidó como Ciudad Amigable con la diversidad sexual, hecho reconocido y celebrado por otras ciudades y países del mundo.

 

DIEZ

Desde el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED), invitamos a no responder a las provocaciones y expresamos nuestra preocupación por el llamado que hacen quienes pretenden confrontar, perseguir, intimidar y -como lo han manifestado recientemente- hasta agredir a quienes legítimamente buscan establecer en las leyes el derecho al matrimonio y a la familia, como lo son las personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, transexuales, travesti e intersexuales.

 

Hacemos un llamado al cese de declaraciones con tintes de mensajes de odio, que promuevan escenarios violentos y que no abonen a la cultura de paz.

El matrimonio igualitario y sus derechos llegaron para quedarse.

Sigamos construyendo espacios libres de discriminación.

Iglesia y Sociedad,U Yits Ka'an

Extranjeros en su propia tierra

13 Ago , 2016  

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Son variadas las ocasiones en que la Escuela de Agricultura Ecológica ‘U Yits Ka’an’ ofrece oportunidades de reflexión y concientización en torno a los problemas que aquejan al campo y al pueblo maya y propone la agroecología como uno de los caminos para enfrentarlos. Estos momentos de reflexión acompañan todo el proceso de intercambio de saberes a lo largo del año: el día de la mujer y la agroecología (en marzo), la Fiesta de Intercambio de saberes y semillas criollas (en mayo), el Día de la Tierra (en junio) y el Día del Campesino y la Campesina (en agosto o septiembre).

 

Desde sus inicios, U Yits Ka’an ha buscado visibilizar la situación de los campesinos y campesinas mayas de la región. Por más de veinte años, la Escuela ha intentado acompañar de cerca los gozos y las esperanzas, las luchas y los anhelos de quienes viven y trabajan en el campo yucateco, promoviendo la agroecología integral, no sólo como una mera técnica, sino como un horizonte integral para que las personas y los pueblos sean reconocidos y respetados en sus derechos y dignidad. La Escuela de Maní reconoce y valora el aporte cultural de nuestros pueblos y se une a sus reclamos.

 

El Día del Campesino y Campesina en su versión 2016 tendrá lugar el sábado 13 de agosto y es una actividad instituida y promovida por la Escuela, con el afán de visibilizar la realidad del campo peninsular; sus aportes y sus desafíos.

 

La situación del pueblo maya y la salvaguarda de su territorio es cada vez más difícil y se encuentra en situación de extremada vulnerabilidad. Una serie de megaproyectos han llegado ya a nuestra entidad y otros más se han anunciado. La embestida de los grandes capitales lleva ya varios años: adquisición de extensas zonas para el nuevo aeropuerto de Yucatán, las comunidades mayas que rodean a la ciudad de Mérida que han perdido gran parte de su territorio ocupados por proyectos inmobiliarios, grupos de ejidatarios que venden tierras al mejor postor, sin importarles su comunidad. Son muy conocidas las pugnas y litigios que núcleos de ejidatarios de Halachó y Hunucmá realizan por conservar sus tierras. En el Oriente del estado existen conflictos ejidales en Punta Laguna por la presumible llegada de grandes consorcios turísticos que quieren invertir en ese lugar. La costa del poniente del estado, especialmente Sisal Puerto, ha sido puesta en manos de extranjeros. Lo mismo sucedió cuando se anunció que se construiría el Tren Rápido a Cancún: el solo proyecto generó una avaricia hacia las tierras por donde pasaría dicho tren.

 

La vulnerabilidad de los territorios mayas es peninsular y no sólo privativo de Yucatán; en Holbox, Quintana Roo la pugna por la posesión del territorio continúa hasta nuestros días. Sin olvidar el vergonzoso caso de San Antonio Ebulá, en Campeche, cuyas tierras fueron engullidas por la avaricia y complicidad de empresarios y autoridades o la resistencia de comunidades mayas campechanas contra la siembra de soya transgénica que todavía sacude la región de los Ch’enes.

 

Más recientemente han llegado programas teñidos de verde, utilizando como bandera el cuidado del medio ambiente. REDD+ y sus bonos de carbono, que convierten los montes en mercancías y entregan dádivas a los campesinos/as a cambio de que las naciones que más contaminan continúen haciéndolo. O el anuncio de la llegada de empresas generadoras de energías alternativas, tanto eólicas como solares, que está ya generando especulación de miles de hectáreas que se requieren para su instalación.

 

Ya sea por concesiones de tierras, por renta o por compra, el territorio del pueblo maya está siendo amenazado y puesto en manos de empresas nacionales o extranjeras. En la mayoría de los casos no se tiene en cuenta a los campesinos y campesinas, ni su entorno, ni mucho menos su futuro; si acaso, se les mira como mano de obra futura en proyectos devastadores del medio ambiente.

 

A todo esto debemos sumar la erosión y la enorme contaminación de grandes extensiones de tierra a causa del uso indiscriminado de agrotóxicos vertidos al suelo, la mayor parte de ellos prohibidos en otras partes del mundo. De pronto, los integrantes del pueblo maya se miran como extranjeros en su propia tierra.

 

A la discusión de esta problemática quiere contribuir U Yits Ka’an en este año 2016. Tendremos la oportunidad de analizar juntos/as las principales amenazas que los miembros de la gran familia de la Escuela de Maní descubren en sus regiones. Estudiaremos de cerca las implicaciones de los proyectos eólicos que se han venido anunciando y los graves problemas de contaminación de aguas que han podido documentarse en un círculo de cenotes de nuestro estado.

 

Tendremos también la oportunidad de compartir algunas experiencias de resistencia que han dado resultados: la gobernanza comunitaria de los montes, la organización del pueblo contra los ejidatarios especuladores, la experiencia de autonomía de otros pueblos originarios del país… Todo ello para alimentar nuestra esperanza y organizar nuestra propia resistencia. Los participantes iniciarán el proceso de redacción de una palabra final, una Declaración 2016 que se irá consensando y se hará pública en semanas venideras.

 

Nos está pasando a nosotros hoy lo que con valentía denunciaron hace ya siete años los Obispos de la Región Patagonia-Comahue (Argentina) en su mensaje de Navidad de 2009: «Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente, al cesar sus actividades y al retirarse, dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener».

 

Desde la raíz más profunda del pueblo maya, queremos buscar respuestas, queremos contribuir a la recuperación de la armonía, queremos resistir a la invasión y al despojo. Para eso nos reuniremos este sábado 13, en la sede central de U Yits Ka’an.

Iglesia y Sociedad

Pájaro de mal agüero

29 Jul , 2016  

bernardo-xiu

“Me ríen mucho, pero no me importa”, dice don Bernardo Xiu, el patriarca maya de la agroecología, cuando se refiere a las burlas que solía recibir de sus vecinos por la decisión que ha tomado de cultivar la tierra de manera respetuosa, respetando sus ciclos y sin usar fertilizantes o abonos químicos.

 

Don Bernardo no se ha sumado a la agroecología movido por la moda. Lo hizo desde hace más de 25 años, cuando lo orgánico era más una extravagancia que una tendencia. Lo hizo convencido por sus amigos y maestros guatemaltecos que le compartieron esta nueva visión que comulgó de manera inmediata con los saberes que don Bernardo había aprendido en su infancia y su juventud de sus abuelos mayas, en el trabajo de la milpa familiar. Desde hace 25 años don Bernardo no ha dejado de aprender y, a pesar de la cantidad de sabiduría que ha intercambiado y acumulado, todavía se deja sorprender por las novedades que las nuevas generaciones aportan, como las que trae su hijo Paolo, que cursa ahora un posgrado agronómico en Costa Rica, cada vez que llega de vacaciones a su casa, o las que desarrolla Lupita, su hija, en los campos familiares a los que, después de graduarse de bióloga, ha regresado para dar vida a una nueva subsede de la Escuela U Yits Ka’an, en el pueblo maya de Mama, en el centro/sur de Yucatán.

 

La familia Xiu Canché es un ejemplo de la manera como puede enfrentarse de manera creativa el drama actual de la devastación medioambiental. Si no fuera porque “me ríen mucho”, como dijera en su uayé don Bernardo, comenzaría ahora mi perorata sobre el ingrato futuro      que le espera a la humanidad debido a que hemos ya perdido la oportunidad de revertir a gran escala los graves daños que le hemos infligido al hábitat que nos ofrece este planeta.

 

Pero no voy a hacerlo… yo. Voy a dejar que nos ofrezca algunos datos recientes David Rieff que, en un artículo titulado “El oprobio del hambre” y publicado en Letras Libres (No. 204, enero 2016), diserta sobre las dos grandes tendencias para enfrentar lo que él considera, ya sin subterfugios, un problema gravísimo y urgente: la inseguridad alimentaria que se va constituyendo como una de las principales amenazas que se ciernen sobre la especie humana.

 

Nos alarman las consecuencias de los grandes flujos migratorios de nuestro tiempo. La manera como cada país decide enfrentar el fenómeno migratorio define la arena de las batallas políticas de nuestra época, como ocurre ahora en Francia y en una buena parte de Europa, o como sucede en la actual campaña para la presidencia en los Estados Unidos, que ha sido motivo de mundial atención en semanas recientes. La cosa es seria: los flujos migratorios, sin precedente cercano, provenientes del África subsahariana y Siria hacia Europa, hacen parecer pequeños nuestros problemas continentales de flujo de migrantes centroamericanos hacia los estados Unidos. Sólo en 2014 más de 200,000 personas emprendieron la travesía hacia la isla italiana de Lampedusa (sí, el primer lugar visitado por Francisco después de su nombramiento como Papa), superando el récord histórico de 70,000, que se había establecido en 2011.

 

Los problemas migratorios no son, desde luego, casuales. Branko Milanovic, en su libro “Los que tienen y los que no tienen. Una breve y singular historia de la desigualdad global” (Madrid, Alianza 2012), subraya que “En un mundo desigual en el que las enormes diferencias de renta entre países son bien conocidas, el fenómeno de la emigración no es una casualidad, ni un accidente, una anomalía o una curiosidad. Es simplemente una respuesta racional a las grandes diferencias en el nivel de vida.”

 

Rieff advierte, con espeluznante claridad, que la combinación de crecimiento de la población, aumento de las temperaturas y niveles del mar a causa del cambio climático ‘antropogénico’, aunado al letal ingrediente del sistema de desigualdad y consumismo que nos aqueja, hace un cóctel mortal. Afirma el politólogo norteamericano, miembro del Instituto de Política Mundial de la New School for Social Research, que:

 

Si estas circunstancias del fin de los tiempos se producen, no habrá nada apocalíptico en el temor de que la visión de Thomas Hobbes de un colapso de la sociedad, tanto en el sur global como en el norte, proclame la guerra de todos contra todos. En tales circunstancias –lo que Marx una vez denominó “una negación general”– la injusticia casi con toda certeza llegará a parecer la menor de las preocupaciones del mundo y los derechos humanos un lujo que un mundo desgarrado ya no podría permitirse tener mucho en cuenta.

 

Puede parecer, y seguramente lo es, bastante apocalíptica la visión de Rieff. No voy a contarles el resto del artículo (que puede consultarse en línea en el portal de Letras Libres) ni a desglosar aquí las dos vertientes de respuestas, pesimista y optimista, que se ofrecen como posibles caminos de salida a la situación que ya se vislumbra como irreversible y que él analiza en la segunda parte de su ensayo.

 

Yo estoy convencido que la migración es un problema, sí, de atención urgente en cuanto drama humanitario, pero que es solamente un reflejo de la crisis estructural del sistema socio económico que nos rige. En esto, los datos del Instituto de Desarrollo de Ultramar de Reino Unido son escalofriantes: para 2030 los desastres relacionados con el cambio climático “sobre todo los vinculados a la sequía, pueden ser la causa más importante de empobrecimiento, lo que cancelará los avances en la reducción de la pobreza para los 325 millones de personas que vivirán en los 49 países más propensos a los desastres en 2030, la mayoría en Asia meridional y África subsahariana”. Esto hará que los flujos migratorios se dupliquen o tripliquen en un futuro cercano.

 

Traigo esto a colación porque quiero, una vez más, manifestar mi esperanzado orgullo en el trabajo que realiza la Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Ka’an. “Me ríen mucho” porque, como Jeremías el profeta antes de la invasión de los babilonios sobre el Reino de Judá, suelo ser calificado como pájaro de mal agüero. Quisiera, casi con desesperación, convertirme en el Segundo Isaías y su profecía de consolación (aunque tuvo que realizar su trabajo profético justamente en medio del trauma nacional provocado por el destierro del pueblo judío en Babilonia, augurado antes por Jeremías). Hace ya varios años que, en el cálculo más optimista, he sobrepasado la primera mitad de mi existencia. Por eso me aferro al proyecto de U Yits Ka’an, una de las pocas luces en medio de un panorama de mucha oscuridad.

 

COLOFÓN

No quiero parecer monotemático, ni insistir demasiado en un tema que, por fortuna, está generando tantos y tan importantes debates públicos que nos ayudan a aclarar ideas. Pero en la formación de una opinión propia no hay que echar en saco roto la advertencia de Albert Camus: “Las ideas equivocadas siempre acaban en un baño de sangre, pero en todo caso es la sangre de otro. Por eso nuestros pensadores se sienten libres de decir casi lo que sea.” Y sí, mis queridos lectores y lectoras, la discriminación mata, no solo provoca ostracismo social y restricción de derechos, mata de veras.

Las noticias recientes son alarmantes: en una misma semana (22 y 24 de julio) se han dado a conocer un ataque a una activista transgénero en el Estado de México y el hallazgo de un cadáver calcinado en las inmediaciones de Celaya, de una mujer miembro del colectivo LGBTI (ver www.notiese.org). En este debate con alta carga de encono social, que va mucho más allá de los intercambios de palabras y textos, ya se ve qué parte está poniendo los muertos.

Iglesia y Sociedad

Los zapatos ajenos

18 Jul , 2016  

Hace algunos años se publicó “En qué creen los que no creen”, un interesante intercambio epistolar entre un representante de la cultura laica, Umberto Eco, y un ministro religioso de singular talante, Monseñor Carlo María Martini. Ambos escritores tratan en sus respectivas cartas numerosos temas, pero subyace en el fondo de la conversación una cuestión fundamental: ¿es posible crear un piso ético común entre creyentes y no creyentes? ¿Hay lugar en este tiempo para una ética de mínimos compartidos entre quienes profesan alguna religión y quienes organizan sus vidas al margen de ella?

 

La pregunta conserva toda su actualidad en nuestro tiempo, cuando vemos estallidos de violencia de origen fanático, amparados en tal o cual doctrina religiosa. Los grandes problemas de la humanidad: la desigualdad, la discriminación, el hambre, el deterioro medioambiental, la violencia… requieren para su solución mucho más que de acciones aisladas de grupos humanos, por numerosos que sean: es necesaria una toma de posición en cuanto humanidad frente a estos problemas. Y en esta humanidad, coexistimos creyentes y no creyentes. Y en este proceso de secularización en el que vivimos, es necesario encontrar plataformas comunes que nos ayuden a entendernos y llegar a consensos mínimos, con argumentaciones racionales, sopesadas, que se presenten como visiones en diálogo y no como irreductibles posiciones del “todo o nada”.

 

Durante muchos años he cultivado una amistad singular: yo, ministro religioso, con un expatriado no creyente que escogió venir a vivir en esta ciudad de Mérida. Lamento que la frecuencia de nuestros intercambios haya disminuido por razones ajenas a nuestras voluntades. Recuerdo, con afecto y algo de nostalgia, una de nuestras conversaciones. Emulando al Cardenal Martini, le preguntaba yo a mi amigo cuál era la fuente de su comportamiento ético, cuál la razón más honda de su exitoso matrimonio, mantenido con amor y esmero durante cerca de 40 años, cómo enfrentaba problemas tan espinosos como la tortura, el aborto, la amenaza nuclear, de dónde partía cuando debía hacer juicios de valor a los distintos sistemas sociales y económicos. Las charlas podían prolongarse por horas y no podría describir aquí todas las enseñanzas que me proporcionaban aquellas largas tertulias que compartíamos.

 

En aquella conversación, mientras discutíamos sobre el tema de la interrupción del embarazo hasta antes de las doce semanas, era el momento de una acción legislativa al respecto en el entonces Distrito Federal, mi amigo me ofreció un punto de vista que me pareció harto interesante. Me dijo que cuando llegaba a conflictos de una finura tal, además de informarse para tener a la mano elementos que le permitieran tomar una posición determinada, recurría a un principio que él había convertido en una perspectiva indispensable en su vida. Él encontraba que evitar el sufrimiento humano era una motivación fundamental, aunque no fuera la única, para las decisiones morales.

 

Evitar el sufrimiento (como referente ético fundamental, claro, no quiero decir que haya que evitar el sufrimiento a toda costa o que no haya sufrimientos que valga la pena aceptar), a pesar de ser un descubrimiento humano significativo, tiene todavía una perspectiva de ética de mínimos. Tiene su contraparte mítica en el relato guaraní de “La Tierra sin Males”.

 

El foro realizado la semana pasada, en el que se argumentó públicamente a favor y en contra de los matrimonios entre personas del mismo sexo, me ha permitido encontrar una nueva perspectiva en esta vieja discusión. Se trata de la aportación de Antonio Salgado Borge, que argumentando desde el pensamiento de Phillip Kitcher, sostiene que en la búsqueda de un proyecto ético de la humanidad, uno que camine hacia la igualdad y la justicia, son indispensables dos actitudes vitales fundamentales: la empatía y el altruismo, es decir, aprender a ponerse en los zapatos de las otras personas y ser solidarios con sus problemas y sufrimientos. La empatía y la solidaridad (algo muy parecido a lo que desde el ámbito de la fe cristiana llamamos misericordia) como referentes éticos para la humanidad, nos ofrecen, me parece, un punto de vista positivo que amplía la búsqueda de la felicidad en la especie humana, mucho más allá de la lucha por la desaparición o mitigación del sufrimiento. En el campo de los mitos fundacionales, encontraría su equivalente en el mito andino del “Sumak Kawsay”, el buen vivir.

 

Podrá decir alguno que tanto una como otra de las razones esgrimidas para una ética laica, evitar el sufrimiento y provocar mayor empatía y solidaridad, tienen cierto ribete religioso, dado que puede ser materia de encendida discusión si la experiencia humana se decanta “naturalmente” (para meter un elemento conflictivo más en la disquisición) hacia esos principios (una razón más para desconfiar de los apelativos natural y antinatural, digo yo). La historia de la especie humana, es desde cierto punto de vista, una historia de violencia y estupidez, y no parece haber tenido esos dos principios como rectores de su actuación a lo largo de los siglos. Pero cuando hablamos de ética nos referimos a una apuesta de sentido. Y esta apuesta de sentido es siempre una especie de fe no religiosa. El uruguayo Juan Luis Segundo, probablemente el más lúcido teólogo de la liberación del continente, se refería a este tema en el primer volumen de su obra de tres tomos “El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret”, un libro medular en la reflexión teológica latinoamericana. Ahí distingue con meridiana claridad la relación entre fe, religión, dogmas, ciencia, razón, ideología (ahora que las ideologías se han convertido en chivos expiatorios y espantajos para asustar infantes) y se refiere a la ‘fe antropológica’, es decir, la apuesta de valores que una persona hace, independientemente de cualquier credo o aproximación religiosa.

 

Hay, sí, una apuesta de sentido en pugnar porque las instituciones, costumbres, tradiciones, se iluminen con estos valores humanos (aunque enraizados en nuestra pertenencia al ecosistema) de empatía y solidaridad. La ‘fe antropológica’ de Salgado Borge puede ser un camino de encuentro para que, tanto el pensamiento laico como la perspectiva que proviene de la fe, puedan tener un punto de encuentro. Así dejaríamos de convertir los debates de nuestro tiempo en campos de batalla irreductibles y podríamos abonar, desde distintas perspectivas, a hacer de este mundo un lugar con menos sufrimiento y donde todos nos hagamos capaces de ponernos en el lugar de los otros, para tender la mano a quienes están en posiciones de desventaja social. Para esto, como bien apunta Salgado Borge, es necesario reconocer que los seres humanos somos esencialmente iguales… pero eso ya es motivo de otra conversación.

 

Iglesia y Sociedad

Benedetti y el debate que viene

1 Jul , 2016  

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Dice Jaime Ibáñez Quintana (Universidad de Burgos, España), en su artículo La poesía burocrática de Mario Benedetti, que Poemas de la oficina (1953-1956) constituyó “el primer gran éxito como escritor de Mario Benedetti, y el libro que le abrió camino en la literatura uruguaya. Con él se iniciaría la siempre creciente popularidad de la obra de nuestro autor”.

 

Menospreciado por ciertas camarillas literarias, Mario Benedetti es un prolífico autor que ha tenido la desventaja de convertirse en un escritor popular. Digo desventaja, porque los amantes de la cultura de élite consideran una desgracia la aceptación de las grandes masas. Crear un público de lectores suele ser una tarea invocada con vehemencia en las palestras, pero desdeñada en la práctica en las distintas –y a veces antagónicas– repúblicas literarias. Por eso sobresale la independencia de juicio de José Emilio Pacheco, que con gusto aceptó hacer un delicioso prólogo a la edición de Alfaguara de los cuentos completos de Mario Benedetti y supo reconocer sus indudables talentos literarios.

 

En el caso de los Poemas de la Oficina, Benedetti introduce en el discurso poético la realidad de la clase media uruguaya, en el país que tiene la tasa más alta de funcionarios públicos por habitante. Esto permite que una multitud de lectores empatice con libro, al verse reflejados en las tristes condiciones que describe en sus poemas. La introducción de este nuevo contenido en el continente poético, no se trata, como bien señala Miguel Ángel Oviedo: de un simple “(…) canje de motivos poéticos (en vez de los bosques, escritorios; en vez de encuentros en el jardín, citas en el café) sino de una rotación total de la actitud creadora exigida por la presencia de nuevas realidades concretas. La oficina no sólo es un paisaje (o un no-paisaje): es un modo de sentir el mundo, porque configura todo un destino humano dentro de características inconfundiblemente mezquinas.”

 

Puede ser que suene un tanto arbitrario identificar per se la tarea burocrática con las ‘características inconfundiblemente mezquinas’ de las que habla Oviedo. Es posible que conozcamos burócratas generosos y felices. Pero el imaginario que relaciona labores de oficina con infelicidad es muy exitoso. Quizá porque la mayoría de los burócratas, sepultados entre una montaña de papeles, nos parecen siempre ansiosos o aburridos, y los que desempeñan su función en la atención directa al público, rara vez merecen comentarios elogiosos por el trato que dan a las personas que acuden a las oficinas a realizar trámites.

 

El mismo Mario Benedetti, en una entrevista realizada por Hortensia Campanella, confesó la razón por la que había optado por esta temática para sus poemas iniciales: “(…) En esa época yo estaba muy preocupado por la influencia que la vida burocrática del país tenía sobre el desarrollo de cada individuo en particular. Había como una obsesión burocrática en el país. Eso traía una rutina que llevaba a la frustración. En esos momentos, yo conocía a una cantidad de ejemplares humanos que eran formidables por lo lúcidos, por lo inteligentes, por lo sensibles, y que, a poco, se iban agrisando, como opacando.”

 

Es justo lo que se manifiesta en los Poemas de la Oficina y que aparece, por poner un ejemplo, en el poema titulado ‘Cosas de Uno’:

 

Yo digo ¿no? / esta mano / que escribe mil doscientos / y transporte / y Enero / y saldo en caja / que balancea el secante / y da vuelta la hoja / esta mano crispada en el apuro / porque se viene el plazo / y no hay tu tía / que suma cifras de otros / cheques de otros / que verdaderamente pertenece a otros / yo digo ¿no? / esta mano / ¿qué carajo / tiene que ver conmigo?

 

Divago sobre este tema porque tengo una deuda con los pocos lectores (que son casi todas lectoras) de esta columna, no solamente por mis intermitentes ausencias, sino porque en una entrega precedente prometí continuar con mis reflexiones acerca del debate sobre la familia que está en curso en nuestro país. El incumplimiento se explica por mi reciente incorporación al mundo de la burocracia oenegenera. Me explico. Por una multiplicidad de circunstancias, la mayor parte de ellas atribuibles a acontecimientos fortuitos y fuera de nuestro control, he quedado temporalmente a cargo de los proyectos e informes que, tanto Indignación como U Yits Ka’an, tienen que ofrecer a las Fundaciones que nos apoyan. Un trabajo que, sin ser equiparable a la burocracia estatal, tiene con ella muchos puntos de contacto. Y con la poesía de Benedetti, un acercamiento que me espanta por momentos. Sepultado en una montaña de papeles (bueno, más bien por una avalancha de archivos Word, Excell y PDF) no me ha quedado mucho tiempo para la reflexión en este espacio y para compartir mis locuras, como acostumbraba hacer semanalmente hasta hace algún tiempo. Ruego a Dios que este trabajo no termine por apagar la pasión por aquello en lo que he trabajado durante tantos años.

 

Pero, volviendo al asunto de las familias, por acción de la buena fortuna (obra de la gracia, le llamamos los creyentes), la discusión sobre el tema ha venido a alcanzar nuevas tonalidades gracias a una serie de artículos publicados en las páginas del Diario de Yucatán y está a punto de cristalizarse en un debate público entre un representante de la organización “Unión por la Familia” y el Dr. Antonio Salgado Borge, profesor universitario y notable editorialista de diversos medios escritos.

 

El debate al que sido invitado –los beligerantes dirían ‘retado’– Salgado Borge ha estado precedido de muchos artículos y exposiciones del profesor universitario sobre el tema y, más recientemente, por un intercambio público de posiciones entre el Dr. Víctor Pinto Brito, presidente de la Asociación de Médicos Católicos, organización que forma parte de la Red Pro Yucatán, y el Dr. Rodrigo Llanes, presidente del Colegio de Antropólogos de Yucatán. Sería aconsejable que, quienes aspiramos a seguir de cerca el debate público al que me refiero en el párrafo anterior, repasemos este intercambio en las páginas del Diario. En fin, que parece llegada la hora, si ninguna de las dos partes abdica de la intención manifestada públicamente, en que podremos presenciar una discusión civilizada y más allá, eso esperamos, de los ataques y las descalificaciones personales, sobre un tema de apasionante actualidad y que tiene que ver con el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo y los derechos y obligaciones que de su reconocimiento se derivarían.

 

Así que yo espero con ansias este debate (que podría incluso ser transmitido en vivo, según sugerencia del contendiente Salgado Borge) y estoy dispuesto a escuchar y sopesar las posiciones de las dos partes en controversia. Creo que será una oportunidad magnífica para que estos asuntos dejen de ser solamente objeto de diatribas o de cadenas en las redes sociales, y se convierta en un verdadero diálogo donde las partes se escuchen la una a la otra, propongan sus razones e ilustren a un público sediento de argumentaciones y hastiado de asumir el tema en base a simples descalificaciones. Espero conocer pronto los datos precisos de la realización del debate. Seguramente lo disfrutaré mucho.

Iglesia y Sociedad

José Emilio Pacheco: lucidez sin concesiones

15 Jun , 2016  

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(Palabras pronunciadas en el Conversatorio en el homenaje a José Emilio Pacheco promovido por Proyecto Utopía AC.  Foro Cultural Amaro, 14 de junio de 2016)

José Emilio Pacheco (1939-2014) ha sido para mí una sorpresa continua desde que lo conocí en cuento y narrativa. Animal de libros, anónimo constructor de arquitecturas literarias diversas, José Emilio Pacheco tiene alma de voyeur. Me recuerda un poco a nuestro coterráneo Juan García Ponce, otro gran visualizador del mundo, espíritu aprisionado que otea desde la inmensidad de su interior la realidad que parece escabullirse, y le pone los pies en la tierra, y la ata con los grilletes de la palabra, un escritor que hace resbalar sus ojos sobre las cosas, los cuerpos, las vestimentas, los acontecimientos históricos, las pinturas, las obras literarias de otros y otras. Juan García Ponce y José Emilio Pacheco son nuestros voyeurs de cabecera, auténticas glorias literarias.

No haré yo referencia al Pacheco de la narrativa o de la crítica, ni hablaré de la legendaria columna ‘Inventario’ que José Emilio mantuviera, con inquebrantable espíritu crítico e insaciable curiosidad de investigador, durante muchos años en la sección cultural de la revista Proceso, ni hare mención de sus novelas cortas o sus libros de cuentos. No lo haré por dos sencillas razones: la primera transita por mis aficiones personales: tengo una especial debilidad por la poesía de Pacheco. Su obra narrativa, igual de sopesada y laboriosa que la poética, me sorprende y me entusiasma, pero su poesía me deslumbra, me deja sin palabras, me hace rozar, así sea por un momento apenas, el umbral del misterio, el abismo de una lucidez total y, por lo mismo, aterradora. La segunda razón es que en esta conversación hay más participantes: Romina España y Rodrigo Llanes se han referido ya, con muchas más luces que este servidor, a otros aspectos de la obra de José Emilio.

Quisiera, pues, decir unas palabras y leer algunos poemas de la vasta producción poética de JEP. Tenemos la fortuna, desde 1980, hace 36 años, de contar con una colección curada, revisada, corregida y progresivamente aumentada, de los poemas fundamentales de JEP. Se trata de 14 libros, editados a lo largo de toda su carrera, reunidos en una sola colección, cuya última edición, la de 2009 en su tercera reimpresión, ya póstuma, del 2014, pudo conseguirse en la pasada Feria Internacional de la Lectura en Yucatán (FILEY 2016). Mi intención era leer un poema de cada libro, y aunque la mayor parte de los poemas de JEP, sobre todo los de última generación, son breves, me temo que ello me haría sobrepasar el tiempo con el que cuento. Así que haré algunos comentarios y solamente leeré unos cuatro o cinco poemas que ilustren mis palabras.

El primer libro de la colección se llama Los elementos de la noche y, publicado en 1963, reúne poemas escritos entre 1958 y 1962. Se trata de los poemas juveniles de JEP, algunos de ellos escritos cuando el poeta no alcanzaba los 20 años de edad. Todavía puede encontrarse en este libro la maestría de algunos sonetos totalmente clásicos en su estructura formal. JEP liberaría su poética de las cárceles formales, siguiendo la espléndida definición de Juan Villoro en su novela El Testigo: “Los obstáculos fomentan raras soluciones. Piense nomás en lo que se ha dicho gracias al soneto, que obliga a ser libre entre catorce rejas”.

El segundo libro de JEP es El reposo del fuego que reúne los poemas escritos entre 1962 y 1964. Es este libro, me parece, el primer atisbo a los temas que se convertirán en el sello de la poética de JEP: la caducidad, el inexorable paso del tiempo, la desencantada mirada lanzada a la inútil aventura de vivir. El tercer libro de JEP, No me preguntes cómo pasa el tiempo reúne los poemas escritos entre 1964 y1968. La mirada de José Emilio se afina. El eterno testigo nombra la tragedia de 1968 y contiene al, quizá, más conocido de los poemas de JEP, recitado de memoria a lo largo de los años: “Alta Traición”, que sería un pecado no leer en este homenaje:

No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques, desiertos, fortalezas, / una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / -y tres o cuatro ríos.

De su quinto libro, Desde entonces, que reúne los poemas que van de 1975 a 1978, uno de los libros que más me gusta, he elegido un poema, Cerdo ante Dios, que revela la extraordinaria manera en que JEP desgrana el drama del dolor inocente y sus ribetes religiosos y entre acentos satíricos expone el sufrimiento… de un cerdo. Un poema que sería del gusto (o del disgusto) de los veganos actuales:

Tengo siete años. En la granja observo / por la ventana a un hombre que se persigna / y procede a matar un cerdo. / No quiero ver el espectáculo. / Casi humanos, escucho / alaridos premonitorios. / (Casi humanos es, dicen los zoólogos, / el interior del cerdo inteligente, / aún más que perros y caballos.) / Criaturitas de Dios los llama mi abuela. / Hermano cerdo, hubiera dicho san Francisco / Y ahora es el tajo y el gotear de la sangre / y soy un niño pero ya me pregunto: / ¿Dios creó a los cerdos para ser devorados? / ¿A quién responde: a la plegaria del cerdo / o al que se persignó para degollarlo? / Si Dios existe ¿por qué sufre este cerdo? / Bulle la carne en el aceite. / Dentro de poco / tragaré como un cerdo. / Pero no voy a persignarme en la mesa.

El siguiente libro, Los trabajos del mar, es apasionante. Reúne los poemas que van de 1979 a 1983. Un poema, el que encabeza el libro, me subyuga de manera particular. Se llama “El pulpo” y no puedo olvidarlo. Lo recuerdo lo mismo cuando leo en la prensa la noticia del inicio de la veda del molusco, que cuando en el bar de mediodía me sirven en un plato, como botana, el pulpo recién capturado. En ambos casos no puedo desprenderme de la imagen soberbia que me legó José Emilio. Leo el poema

Oscuro dios de las profundidades, / helecho, hongo, jacinto, / entre rocas que nadie ha visto, / allí en el abismo, / donde al amanecer, contra la lumbre del sol, / baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe / con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría.

Qué belleza nocturna su resplandor si navega / en lo más penumbrosamente salobre del agua madre, / para él cristalina y dulce. / Pero en la playa que infestó la basura plástica / esa joya carnal del viscoso vértigo / parece un monstruo. Y están matando / a garrotazos / al indefenso encallado.

Alguien lanzó un arpón y el pulpo respira muerte / por la segunda asfixia que constituye su herida. / De sus labios no mana sangre: brota la noche / y enluta el mar y desvanece la tierra / muy lentamente mientras el pulpo se muere.

El poema describe como anillo al dedo el talante del poeta. La imagen genial: el pulpo que se traga la noche en el fondo del mar, vampiro interoceánico, chupador de penumbra. Después, la aparentemente ingenua pregunta que subyace al poema y que revela la pasión del poeta por la oscuridad: ¿adónde se va la noche cuando el sol, sin pudor, abre sus rayos? La noche emigra al fondo del mar, a esperar de nuevo su tiempo de grisura y negritud. Y mientras dura la permanencia obligatoria de la noche ignorante que espera distraída, bajo el mar, la hora de su venganza de sombras, el pulpo, escondido entre las rocas, realiza su obra mayor: se roba el corazón de la noche y se llena de su negra tinta.

Pero la sombría belleza del molusco que navega centelleante por las nocturnas aguas se ve interrumpida por su apocalipsis personal. Su belleza se torna monstruosa cuando, en el marco de una playa devastada por los signos del ‘progreso’ desenfrenado, aparece atravesado por el arpón. Y la imagen del Armagedón se concentra como en una fotografía: el pulpo muere a garrotazos en medio de desteñidas botellas de plástico no degradable. ¿Hay acaso imagen más cruda del fin del mundo que todos nos venimos preparando, de este asesinato cruel del ecosistema, que este molusco que se retuerce ante el embate de una doble violencia: la basura eterna y el golpe brutal?

Es entonces que el pulpo deja escapar de la boca su tesoro resguardado. El pulpo recibe muerte y a cambio, en inusitada muestra de obligada generosidad, nos devuelve la noche que se había robado. El molusco se convierte de víctima en verdugo, cuando la oscuridad que vomita en su agonía, llena de oscuras sombras el mar y hace que la tierra desaparezca en medio de la noche.

José Emilio Pacheco es así: profeta del desastre, mirada vigilante ante el derrumbe, lamentación que brota desde el caos. Su poesía es acuciosa, penetrante, devastadora. Ya en El reposo del fuego clamaba con voz adolorida:

¿Para qué estoy aquí, cuál culpa expío, / es un crimen vivir, el mundo es sólo / calabozo, hospital y matadero, /ciega irrisión y afrenta al paraíso?

Y después de la experiencia de Tlatelolco, en que el autoritarismo tomó la forma de bala asesina, escribía:

Muchachas y muchachos por todas partes. / Los zapatos llenos de sangre. / Los zapatos sin nadie llenos de sangre. / Ya todo Tlatelolco respira sangre.

José Emilio Pacheco no es otra cosa que un testigo lúcido de nuestro tiempo.

Después de tres libros más, Miro la tierra (Colección 1984-1986), Ciudad de la memoria (Colección 1986-1989) y El silencio de la luna (Colección 1985-1996) llega otro de mis libros preferidos: La arena errante (Colección 1992-1998). Nunca como en este libro, el más extenso y hondo de su producción poética, había notado en José Emilio Pacheco esta especie de culto a la fugacidad de la vida, al tiempo que se escapa, al presente que un día será memoria. Ya de Pompeya había dicho antes, en un breve poema:

La tempestad de fuego nos sorprendió en el acto / de la fornicación. / No fuimos muertos por el río de lava. / Nos ahogaron los gases. La ceniza / se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos / continuaron unidos en la piedra: / petrificado espasmo interminable.

Ahora dice:

Advierto que también este día se ha de volver algún día / la más remota prehistoria. / Y en la Pompeya futura, / nuestra ciudad de ahora mismo, / otro equipo de excavación / rescatará las cosas humildes / que gastamos gastando la triste vida / -sin pensar nunca / en que también serán a largo plazo vestigio, / ruinas de lo impensable inmemorable.

La consideración del tiempo es una de las obsesiones de las mentes lúcidas, cómo se juegan las relaciones íntimas entre lo que hoy llamamos ayer y mañana, qué sobrevivirá y nos sobrevivirá, cuánto de vida puede llevarse en el puño cerrado el cadáver del amigo más próximo. ¿Algo se salva? La mirada de José Emilio Pacheco no quiere ser complaciente. Desde el epígrafe de Jorge Luis Borges con el que inicia el libro aparece el desencanto: “Todo lo arrastra y pierde este incansable / hilo sutil de arena numerosa. / No he de salvarme yo, fortuita cosa / de tiempo, que es materia deleznable”.

JEP observa insomne las señales del deterioro del mundo y de las cosas. Sabe que el tiempo es fugaz, veloz, que todo será devorado y que la eternidad es solamente un deseo, la proyección ilusoria de todo lo que quisiéramos detener. José Emilio es implacable:

El tronco de aquel árbol en que un día / inscribí nuestros nombres enlazados / ya no perturba el tránsito en la calle: / ya lo talaron, ya lo hicieron leña.

Y, sin embargo, los poemas de José Emilio, en su deslumbrante lucidez, son también cánticos celebrativos del único privilegio que nos es concedido a todos y a todas, aunque sea por un breve espacio de tiempo: estar vivos. Cuando canta al desvanecimiento de la memoria, a la posibilidad cierta de ser solamente un momento fugaz en una historia que nos sobrepasa y que nadie controla sino el azar, las imprevisibles coincidencias, los acontecimientos sin causa y sin efecto, no puede uno dejar de celebrar el momento presente, el único en el que en verdad somos lo que somos:

La luz dibuja el mundo en el rocío. / De las tinieblas brota el nuevo sol. / Es la hora en que se nace / y acaban su trabajo los mataderos.

La poesía de José Emilio, desde el reverso de la medalla, se hace eco de aquella reflexión de Luis de la Barreda, primer Ombudsman del entonces Distrito Federal: “No lo registran los periódicos, las revistas ni los noticiarios. No está publicado en ningún libro de historia contemporánea ni de sucesos actuales insólitos. No lo explican los psicólogos, los antropólogos ni los sociólogos. No lo curan los médicos. No aparece en mi currículum. Pero está aquí, me acompaña siempre, indeleble, omnipresente, trémulo. Lo guarda un ángel de sueño. Echa a tañer al viento sus legiones de luz. Traza en el cielo naranja amores en diluvio. Está en el aire de mi voz. Es como una respiración de flautas y un aleteo de violines. Es como una bruma de magnolias. Es un alborozo delirante que penetra los secretos del mundo, un júbilo que por su intensidad y sus alcances pareciera que no podrá durar sino un instante, pero que consigue la hazaña diaria no sólo de continuar, sino de llegar cada vez más alto. Sé de qué magnitud es el prodigio de estar vivo”.

Cuando miro hacia atrás el siglo en que nací, el siglo pasado, cuando sigo detalladamente su cauda de infamias y de sangre, me digo que ningún programa televisivo puede sintetizar la experiencia que ha cincelado un dolor tras otro. No hay descripción histórica que pueda transmitir, en su acumulación de datos exactos y de nombres impronunciables, la sensación de vorágine que nos coloca desnudos y desarmados ante el sinsentido de las pasiones humanas y el caos que produjeron las ideologías. No es casual que la mayor parte de los poemas de José Emilio haya visto la luz cuando estábamos en la transición entre dos siglos, hacia el final de una de las etapas más sangrientas de la historia de la humanidad.

Pero ojalá hubiera sido cosa solamente del pasado siglo. El actual, el XXI, va atravesando su segunda década, en medio de un mar de degradación y de sangre. Se trata de la tragedia de Ayotzinapa y de Tlatlaya, pero también de los infames asesinatos de periodistas en el Veracruz de Duarte, o los gays masacrados en Orlando. Todos acontecimientos que desangran la esperanza y ponen diques al florecimiento de la utopía. Se lo dijo, con nostalgia, Fernando del Paso cuando, al recibir el premio que lleva el nombre de JEP, le mandó una carta al más allá donde le decía: “Quiero decirte que a los casi ochenta años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas…. ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia! ¡Qué pena también, que aprendamos cuando estamos viejos que los rarámuris o los triques mazatecas, son los nombres de pueblos mexicanos que nunca nos habían contado, y que sólo conocimos por la vez primera cuando fueron víctimas de un abuso o de un despojo por parte de compañías extranjeras o por parte de nuestras propias autoridades!

Ante un tiempo como el nuestro, síntesis del azoro contemplativo ante la belleza, pero también de los hondos abismos a los que puede llegar la estupidez humana, sólo la poesía puede dar al ser humano un asomo, tan breve y tan endeble como lo es la palabra misma, pero al mismo tiempo tan certero y deslumbrante, de lo que significa la honda experiencia de existir. Lo dice con mejores palabras Joseph Brodsky: “En ciertos períodos de la historia, sólo la poesía –la suprema versión del lenguaje– es capaz de tratar con la realidad gracias a que la condensa en algo asible, algo que la mente no podría captar de otra manera”. La poesía, pues, no los programas informativos de la televisión.

Permítanme decir una última palabra sobre la poesía de JEP, quizá, el poeta mexicano que más ha reflexionado en sus poemas sobre el oficio poético. En este campo también sus conclusiones son lúcidamente desalentadoras:

Escribir / es vivir / en cierto modo. / Y sin embargo todo / en su pena infinita / nos conduce a intuir / que la vida jamás estará escrita.

O cuando, en un hermoso poema mínimo que titula Oficio de poeta afirma:

Ara en el mar. / Escribe sobre el agua.

O, finalmente, cuando en su poema titulado Escrito con tinta roja afirma:

La poesía es la sombra de la memoria / pero será materia del olvido. / No la estela erigida en la honda selva / para durar entre sus corrupciones, / sino la hierba que estremece el prado / por un instante / y luego es brizna, polvo, / menos que nada entre el eterno viento.

Este podría ser el inicio de otra larga perorata que voy a ahorrarles. He hablado ya de más. Quiero terminar con un poema de Arena Errante, que me viene muy bien ahora que, cumplidos mis 58 años, comienzo a encaminarme hacia la muerte. Y lo hago, contento de trabajar los últimos 25 años en el Equipo Indignación, a quienes he llamado en otras ocasiones las hormigas de los derechos humanos. Para ellas y ellos, insomnes forjadores de futuro, consigno como homenaje este poema que JEP titulara Hormiguedad:

Prefiero ser hormiga. / En las inmensas columnas / nada que me distraiga de mi deber en la tierra. / No hay lugar para el yo, / para el amor más terrible que es el amor propio. / La vanidad resulta impensable. / No queda espacio / para rivalidades o querellas de grupo. // Carezco de importancia: tengo misión. / Cumplo con mi papel aunque soy consciente / de que me esperan la vida brutal y breve, / el final absurdo (como individuo) / pero la gloria absoluta / en tanto hormiga triunfante, / especie que nada o nadie / podrá borrar de este mundo. // Menos que nadie / esos gigantes lamentables, obsesionados / con gasearnos y pisotearnos. / La invulnerabilidad colectiva / es nuestro don, y no / -lamento decirlo- el suyo. // Aquí estamos y seguiremos / las invisibles hormigas. / Los humanos, en cambio, nunca / podrán hablar así de ellos mismos.

Agradezco a Proyecto Utopía que me haya permitido participar en este homenaje a uno de los poetas mayores y más entrañables de México y manifestar, así, el afecto a toda prueba que siento por José Emilio Pacheco (que se puede querer de manera entrañable a las personas sólo por las palabras que brotan de sus manos, ¿verdad Cortázar?), la alegría que me produce el que hayamos coincidido, él y yo, en esta hendija entre dos siglos, el gozo inefable que experimento al leer su poesía. En realidad, todo este rollo era para que todos y todas supieran que me enorgullezco de que José Emilio Pacheco sea mexicano, yo que soy tan poco dado a la patriotería, y que le deseé a México y al mundo, cuando el poeta cumplió 75 años, (y lo sigo haciendo) como se le desea al oído al festejado en un cumpleaños, ‘muchos poetas como éste’.

Gracias.

Iglesia y Sociedad

La familia: la discusión en curso

30 May , 2016  

PenaNietoHomosexuales_Twitter_180516

La discusión sobre lo natural y lo antinatural está de moda otra vez. Los límites y la pertinencia del llamado iusnaturalismo también. Todo debido al anuncio emitido desde Los Pinos de la promoción de una reforma constitucional que reformularía el concepto de matrimonio civil para hacerlo accesible a todas las personas, independientemente de su orientación sexual.

 

Comprendo que, siendo un asunto tan delicado y que toca fibras tan íntimas, las pasiones se desborden cuando el tema del matrimonio y la familia se discute. Tenemos, sin embargo, que serenarnos y tomar en consideración la palabra de quienes piensan distinto de nosotros, o de lo contrario la discusión se convierte en un diálogo de sordos o en una diatriba en la que prevalece el insulto y la descalificación por sobre los argumentos.

 

Es hora de decirlo con claridad: existe en la iglesia católica una gran cantidad de personas que no concuerdan en que el reconocimiento del derecho de las personas no heterosexuales a casarse y formar una familia sea un ataque a la familia tradicional. Mucho menos están de acuerdo con calificar la lucha de las personas con orientaciones y prácticas no heteronormativas como un asunto demoniaco, tal como insinúa una desafortunada oración que circula en las redes sociales (con todo y su vade retro). Hay dentro de nuestras iglesias un gran debate que está lejos de resolverse y que permite, al menos por el momento, que dentro de la misma estructura eclesial haya gente en acuerdo o en desacuerdo con que cualquier ciudadano/a pueda ver reconocida su unión de vida, independientemente de su orientación sexual, y que esto no sea motivo de exclusiones mutuas o de excomuniones. La norma fundamental de la fe católica está contenida en el Símbolo de los Apóstoles. Y entre quienes recitan el credo con convicción cada domingo, hay personas que están de acuerdo en que el Estado reconozca y proteja a todos los tipos de familia. Y eso no los hace menos católicos.

 

Y es que la discusión tiene muchos más matices que las posiciones en blanco y negro. Hay personas que, a pesar de estar de acuerdo en que el Estado reconozca a las parejas conformadas por personas del mismo sexo, no terminan de convencerse de que sean llamadas matrimonios. Hay otras, en cambio, para quienes la disputa por la palabra es claramente un pretexto para proclamar que las personas homosexuales no merecen el mismo trato ante la ley, porque son un sub-producto social, un error en el diseño original de la especie.

 

Hay quienes no terminan de ver por qué tanta molestia de algunos creyentes, dado que la discusión no se refiere al matrimonio religioso, un sacramento dentro de la iglesia católica, sino a una cuestión de carácter civil y un asunto, no deberíamos olvidarlo, de derechos humanos. La iglesia tiene todo el derecho de reservar el sacramento del matrimonio solamente a parejas heterosexuales con plena disposición a procrear. Sería una intromisión intolerable de parte del Estado que quisiera meterse a revisar las definiciones o normas de una institución religiosa. Lo hizo en otro tiempo, cuando eran autoridades civiles (reyes y príncipes) quienes influían en el nombramiento de papas y arzobispos, y le costó mucho trabajo a la iglesia garantizar su independencia en este campo. Pero también es cierto que, por lo mismo, en una sociedad secular y plural como la que vivimos, la iglesia no puede pretender que sus concepciones sean norma para todos los individuos que conforman el Estado.

 

Por otro lado, esa es quizá la ventaja mayor del Estado laico y de la autonomía de los dos órdenes, el religioso y el civil, autonomía tan valorada por el Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes, aunque ahora se olvide tanto. Tal como, en palabras más coloquiales, lo expresara un antiguo arzobispo de Yucatán: “no queremos ni una iglesia política, ni un estado sacristán”. La definición o re-definición del matrimonio en el ámbito civil no tiene por qué obligar a la iglesia a modificar nada en su disciplina eclesiástica. Cualquier variación, como las ha habido en otros ámbitos a lo largo de la historia, deberá ser fruto del discernimiento de los fieles y sus jerarquías. El Estado, en cambio, tiene que cumplir con la obligación de proteger y defender los derechos de todos los tipos de familias existentes, aunque al hacerlo no se amolde a la definición de una determinada visión religiosa. Eso significa vivir en un Estado laico.

 

Enrique Peña Nieto, en mi opinión, cumple a cabalidad la tarea que el nuevo orden mundial le ha dejado a los gobernantes: ser los sirvientes del gran capital, manejar más o menos eficientemente el negocio de la acumulación y controlar los brotes de inconformidad que puedan surgir ante un sistema que produce desigualdades atroces y causa grandes sufrimientos. Bajo el discurso del crecimiento, del desarrollo y la atracción de inversiones, toca a los políticos subastar el país y sus riquezas al mejor postor. El amor por la Patria se termina cuando llega la hora de firmar los acuerdos comerciales. Y es esta política económica criminal, mantenida a toda costa como la receta única que lleva al “desarrollo”, la que ha favorecido el crecimiento de la violencia delincuencial y, como bien lo ha demostrado el caso Ayotzinapa y los 43 desaparecidos, ha convertido al Estado en cómplice de los delincuentes.

 

Que Peña Nieto se encarame ahora sobre una demanda largamente sostenida por algunos grupos sociales y quiera aparecer como un presidente progresista porque apoya el reconocimiento de todo tipo de familias, es deleznable y merece todo mi repudio. A todos nos queda claro el oportunismo presidencial. Pero ese hecho no debe desviarnos de la otra discusión fundamental que estamos dando como sociedad.

 

En la iglesia, algunos han tomado la indignación contra Peña Nieto como arma dirigida, no contra el presidente, sino contra las personas homosexuales, que es a quienes directamente beneficiaría la reforma de ley. Hay muchas cosas en el país más urgentes e importantes, claman, que dar vía libre a una reforma constitucional sobre el matrimonio. Debería mejor Peña Nieto dedicarse a encontrar a los 43, o a mejorar las condiciones económicas de la gran masa de pobres, o acabar con la corrupción. Algunos lo dicen, estoy seguro, de buena voluntad, aunque nunca antes hubieran manifestado públicamente esta reciente indignación por la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.

 

De todas maneras, cuando esta reflexión se escucha proviniendo de jerarcas católicos, es normal que levante sospechas y que mucha gente vea en ella sólo una estrategia para jalar agua a su molino. Para la mayoría de tales jerarcas el recurso a la ineficacia de Peña Nieto es solo verbal: aunque el combate a la corrupción fuera real, aunque se aclarara el paradero de los 43 y Peña Nieto fuera un gobernante ejemplar, de todas maneras seguirían pensando que no es tiempo para esta reforma. En realidad, nunca lo será, porque contraviene el modelo heterosexista de sociedad que defienden. Bueno, en honor a la verdad, hay que decir que no son todos los jerarcas: a la ya conocida audacia evangélica de don Raúl Vera, se ha sumado recientemente la mesura del arzobispo de Monterrey, que deja bien en claro en su discurso que una cosa es el matrimonio civil y otra el religioso, y que los católicos tenemos que acostumbrarnos a convivir civilizadamente con diferentes formas de ver la vida y de vivirla.

 

Eso nos lleva a que la discusión actual sobre el matrimonio está asentada sobre otro diferendo aún más de fondo que todavía tenemos que plantearnos en la iglesia: el estatus de las personas homosexuales. Por ello comencé diciendo que iba a plantear algunas reflexiones sobre lo natural y lo antinatural, pero eso tendrá que quedar para una futura columna. La introducción al tema me ha quedado ya bastante larga. Así que aquí le paro… por el momento.