Iglesia y Sociedad

Finitud y teatro: reflexiones sobre lo efímero

22 Nov , 2019  

Para Paco Marín

Es curioso que el adjetivo efímero no tenga el sustantivo correspondiente. De finito puede encontrarse finitud; de caduco puede encontrarse caducidad; de fugaz, fugacidad. Pero la palabra efímero no tiene sustantivación. Como si su fuente etimológica (del griego bizantino ephemerós, ‘que dura un solo día’) se estrechara aún más y no le alcanzase ni siquiera el tiempo de pasar del adjetivo al sustantivo.

La condición humana está sujeta al tiempo y al espacio. Nunca antes, como en esta época de avances tecnológicos, habíamos tenido tan en cuenta el paso del tiempo. Yuval Noah Harari, un escritor de moda, señala con acierto lo bizarro que resulta que en nuestros días tengamos presente la cuenta del tiempo por doquier: en el teléfono, en el reloj de mano o de pared, en la grabadora, en la radio, en el automóvil y hasta en el horno de microondas. Vivimos como impasibles observadores del paso inexorable del tiempo. La experiencia de nuestra caducidad está siempre a la mano. Nos vamos junto con el tiempo. Como menciona José Emilio: “Mi único tema es lo que ya no está / Y mi obsesión se llama lo perdido / Mi punzante estribillo es nunca más / Y sin embargo amo este cambio perpetuo / este variar segundo tras segundo / porque sin él lo que llamamos vida sería de piedra.”

Dicen que el deseo de aprisionar el tiempo es tan fuerte que ha hecho nacer tecnologías avanzadas para suspenderlo, para no dejarlo ir, para eternizarlo. Eso y no otra cosa es la escritura, prisión de la palabra. O los discos, que preservan voces y música. O la pintura y la fotografía, que intentan enjaular el instante supremo de belleza. El arte como remedio de la finitud, como vacuna contra la caducidad. Lo efímero tiene una hija ilegítima: la nostalgia.

“El de edad quisiera ser un niño / y el rapaz se raspa sus pelusas en flor”, suena Silvio en su canción. Vivimos entre el pasado y el futuro, lo que fuimos y lo que queremos ser. Porque el presente es efímero y no se puede aprisionar, se desvanece de nuestras vidas como el agua se desliza entre las manos. Quizá por eso los budistas apuntan a la iluminación como a forma más elemental y consagrada de “estar en el presente”. Con extraordinaria simplicidad lo dice Osho: “Compréndelo: eres incapaz de moverte en el presente. En el presente no existe el tiempo. El presente siempre es un único instante. Nunca estás en dos momentos al mismo tiempo.”

Hay artes que, a diferencia de otras, consagran el momento presente. Las obras maestras de estas artes no pueden conservarse porque son efímeras, finitas, caducas. No existen en sí mismas, solo acontecen. Me refiero a las artes escénicas: danza, música y, entre todas ellas, la celebración del presente único e irrepetible: el teatro. Me dirán que la partitura, la coreografía y la dramaturgia remedian la fugacidad de la obra artística. No estoy de acuerdo. Estoy contento, sí, de que la dramaturgia vaya conquistando el espacio literario que le corresponde, que las detalladas instrucciones de los coreógrafos intenten establecer las normas de la danza y que las limpias páginas pautadas se llenen con las pulcras notas musicales y sus anotaciones marginales. Pero ningún manuscrito pautado es igual a un concierto ejecutado un viernes por la noche en el recinto del Peón Contreras, ni se repite igual el Lago de los Cisnes aunque se monte cinco sábados seguidos en el Lago de Chapultepec. El teatro, paradigma de las artes escénicas, es –con todo– un mundo aparte. El acontecimiento teatral es único e irrepetible. Tiene que ver no solo con el texto, sino con la conjunción de dirección, actuación, sonido, desplazamientos, gestualidad y muchas cosas más. Por eso es la celebración por excelencia del presente, de lo efímero. Para ser fieles a la honda significación que una obra de teatro ha tenido en nuestra vida, tendríamos que mencionar no solamente que hemos visto la obra, sino qué día preciso, con qué actores, en qué teatro, bajo qué dirección. Cada puesta en escena es una epifanía.

El pasado 20 de noviembre recibió la Medalla Yucatán el actor, director, dramaturgo y poeta Paco Marín. La medalla se ofrece, a decir de la Secretaria de Gobierno, que fue quien entregó el reconocimiento, a personas cuya trayectoria enaltecen el nombre de Yucatán. La vida artística de Paco Marín está llena de méritos conquistados a pulso y ha logrado acuñar un nombre, que se pronuncia siempre relacionado con el arte teatral, conocido y valorado más allá de las fronteras peninsulares. De mirada amplia y horizonte generoso, Paco Marín convirtió su premiación personal en una evocación poética del valor del teatro, esa casa abierta para todos y todas, que ofrece espacio a la emoción y a la denuncia, al recogimiento y a la explosión de gozo, al sueño y a la crueldad de nuestra realidad cotidiana.

De las puestas en escena surgidas del talento de Paco Marín podría decirse lo que José Emilio dice de la poesía: “Otros hagan aún el gran poema, / los libros unitarios, las rotundas / obras que sean espejo de armonía. // A mí sólo me importa el testimonio / del momento inasible, las palabras / que dicta en su fluir el tiempo en vuelo. // La poesía anhelada es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida.”

Con su estética propia, su dirección atinada, su palabra poética al vuelo, Paco Marín es un icono del teatro en Yucatán y México y es un hombre entrañable, para quienes tenemos la fortuna de ser sus amigos. Estoy muy contento por el reconocimiento que se le ha otorgado. Estoy contento por Paco, estoy contento por Yucatán, estoy contento por el teatro.

Iglesia y Sociedad

Carta abierta a los influencers católicos

8 Nov , 2019  

La dimensión digital de la comunicación humana va en aumento. Cada vez surgen más canales en la red digital y sus diferentes plataformas y la batalla por los públicos se desarrolla, sobre todo, en las plataformas de uso común, sobre todo whatsapp y Facebook. La comunicación social, sea a través de estos medios digitales como los convencionales, representa siempre una oportunidad para compartir contenidos, pero entraña algunos riesgos que un buen comunicador tendría que tratar de enfrentar a toda costa: compartir contenidos falsos, relajar el control de sus fuentes, evitar esparcir rumores, ofrecer contenidos con cierto grado de objetividad (aunque ya sabemos, después de Gadamer, lo que eso significa), etc. El resto lo hará el público consumidor. Los comunicadores serios permanecen y ganan credibilidad; aquellos, en cambio, que se suben a la ola de la comunicación para montarse sobre el escándalo del día, terminan por hablar consigo mismos y contribuyen a promover una desorientación de la que, no lo duden, hay beneficiarios con nombre y apellido y que pueden descubrirse con cierta facilidad.

Esto que digo de la comunicación digital en general puede decirse, con ribetes peculiares, sobre la transmisión de contenidos religiosos por las redes sociales. No dudo que la creciente presencia de sacerdotes, religiosos y laicos católicos que mantienen alguna columna o video semanal en las plataformas digitales se deba a un deseo de compartir la fe y a un ardor misionero que ve en las redes sociales un medio de evangelización. No pongo en duda la intención apostólica de quienes emiten sus opiniones sobre asuntos religiosos en las redes sociales. Sin embargo, pienso que no hay que olvidar que los riesgos que anoto en el primer párrafo de este artículo también están presentes en este ámbito.

La reciente celebración del Sínodo sobre la Amazonía nos ha dado a muestra de lo relevante que es, sobre todo para el sector que consume este tipo de comunicaciones, la transmisión de contenidos religiosos y la sensatez y ponderación que debe prevalecer en quienes los transmiten. Por eso decidí escribir esta carta dirigida a quienes han asumido este tipo de trabajo. El Sínodo de la Amazonía se inscribe en la larga marcha de renovación que arrancara a partir del Concilio Vaticano II, momento privilegiado de la acción del Espíritu Santo en la historia reciente de la iglesia. Podríamos discutir largamente sobre si los últimos treinta y cinco años de pontificado previos al Papa Francisco fueron de aliento o de bloqueo de la renovación conciliar, pero eso es asunto de otro momento y otros foros. Quienes no reconocen la acción del Espíritu en el Concilio Vaticano II, liderados en su inicio por Monseñor Marcel Lefebvre, se han separado cismáticamente de la iglesia desde hace ya varios años y, a pesar de las concesiones y buenos oficios desarrollados por el Papa Benedicto XVI, han decidido permanecer en el cisma. Para ellos, como sabemos, el último Papa legítimo fue Pío XII.

Recuerdo esto porque, entre la enorme cantidad de desatinos teológicos sostenidos por muchos influencers religiosos en estos últimos tiempos, ha circulado la falacia de que el Papa auténtico es Benedicto XVI y que Francisco sería una especie de administrador que se ha extralimitado en sus encomiendas. Una especie de reedición del “sedevacantismo” lefebvriano. No voy a ocuparme ahora de argumentar contra esta insensatez ya desmentida por el mismo Papa emérito desde hace varios años (www.larepublica.ec/blog/gente/2016/09/09/benedicto-xvi-rompe-silencio). La menciono solamente ejemplificar los extremos a que ha llegado un cierto tipo de comunicación. Otro ejemplo extremo: después de una larga y farragosa perorata para decir las obviedades que dice no querer decir, un presbítero colombiano acusa al Papa de apostasía en las redes sociales. ¡Al Papa! No sé si será consciente de que al hacerlo, bordea el cisma.

Y es que algunos portales electrónicos y canales de televisión por internet han asumido, desde ya, una posición cismática. Se cuidan de no mencionar ni siquiera el nombre del Papa, pero atacan todo lo que dice y plantea. Algunos otros coquetean con esa posición, sosteniendo que “el humo de Satanás se ha infiltrado en la iglesia”, en una frase de Pablo VI que ha sido usada, sea para los cambios litúrgicos de la Misa (¡Que el mismo Papa Pablo VI promovió!) como para hablar del Sínodo de la Amazonía y así confrontar las propuestas reformistas del Papa Francisco sin más argumentaciones que las potencias diabólicas a las que, curiosamente, prestan tanta atención. Algunas arengas dirigidas a los fieles para motivar una lluvia de reclamos a las nunciaturas apostólicas o la ceremonia del ex vocero de la arquidiócesis de México, redivivo Torquemada, transmitida por él mismo mientras quema una imágenes “diabólicas”, rayan en lo ridículo y moverían a risa, si no fuera por el daño tan grande que hacen a los creyentes. La libertad de expresión dentro de la iglesia, como se ve, puede ser también ocasión para que las pantallas se llenen de basura.

Por eso, más allá de la necesaria discusión sinodal de largo aliento que el Papa Francisco está empeñado en empujar dentro de la iglesia, quiero hacer una reflexión y una sugerencia. La reflexión va sobre el papel del primado de Pedro dentro de la recta teología católica. En mis años de formación (1975-1982) aprendí la función de garante de unidad que desempeña en la iglesia el ministerio petrino. Bajo el pontificado de Paulo VI y todavía bajo el impulso renovador del Concilio Vaticano II, nunca hubo menoscabo en el papel del Papa y el juramento de obedecerlo se tomaba muy en serio. Ni siquiera en los mayores tiempos de efervescencia de la teología de la liberación, ni durante el pontificado de Juan Pablo II en el que se castigó tan severamente la disidencia teológica, había escuchado yo a ningún presbítero insinuar siquiera un atentado a la función del sucesor de Pedro como los que he escuchado en las últimas semanas desde muchas plataformas sociales. Solíamos ser soldados leales. La posición de muchos de los actuales influencers religiosos, algunos de ellos presbíteros católicos, ha rebasado ya la desobediencia y banaliza de tal manera la realidad teológica del primado de Pedro, que los coloca al borde del cisma. Por menos de la mitad de los desatinos que se han pronunciado en estos días a propósito de las representaciones amazónicas de la Madre Tierra, los comentaristas religiosos de las redes sociales habrían sido reconvenidos y sancionados en anteriores pontificados.

Comprendo que los presbíteros que ahora agitan a sus públicos contra el sínodo de la Amazonía, algunos muy jóvenes, hayan sido formados en tiempos de involución teológica y de conservadurismo eclesial. De todas formas, asombra que se escandalicen de los símbolos amazónicos y los acusen de diabólicos aquellos mismos que en sus columnas semanales están dispuestos a arrodillarse delante de cualquier reliquia o promueven la espiritualidad intimista del vidente en turno o de la supuesta aparición mariana de moda. Así que si van a prestar el servicio, como proclaman, de “evangelizar en las redes sociales”, lo menos que pueden hacer es estudiar un poco. La renovación del Vaticano II ha permeado ya todos los campos del saber teológico. Ampararse en las declaraciones de los cinco cardenales desleales y rebeldes, vergüenza del episcopado mundial, es una chapucería que no abona mucho para el esclarecimiento de los temas en discusión. Tendrían que revisar la amplia reflexión teológica que se ha desarrollado a partir de la renovación conciliar en los campos de la teología de la misión, el diálogo interreligioso, la cristología, la exégesis bíblica, el ecumenismo … por no hablar del recurso a los avances de las ciencias humanas (antropología, sociología, psicología) y sus desarrollos. Si desean hacer decorosamente su trabajo, hagan la chamba, por favor.

Me preocupa también, debo confesarlo, el alto grado de ingenuidad con el que se desarrollan los comentarios religiosos en las redes sociales. En primer lugar porque muchas veces se olvida que la teología es apenas un lenguaje sobre lo indecible, lo inefable, el Misterio con mayúscula. Pero, además, porque advierto un cierto candor irresponsable: uno tiene que saber a qué intereses está sirviendo cuando comenta algo. Es evidente, para quien quiera verlo, que el escándalo de las figurillas amazónicas tiene como propósito silenciar los contenidos de la reflexión sinodal. La apuesta parece ser: si calificamos de idólatra la acción del jardín vaticano, eso descalificará al sínodo en su conjunto.

Con la misma enjundia con que se promueven actos de reparación o rosarios pactados a una misma hora, como si Dios tuviera un reloj en su muñeca izquierda, habría que ayudar a los fieles a descubrir el paso del Espíritu en estos grandes acontecimientos del quehacer eclesial. Hay ejemplos excelentes, provenientes de teólogos serios, para abordar los contenidos del Sínodo sobre la Amazonía. Pienso, por ejemplo, en el notable trabajo de Agenor Brighenti, un teólogo que ha dirigido diversas instancias de la academia teológica en la iglesia latinoamericana y que difícilmente podría calificarse de radical, que en unas cuantas páginas nos ofrece un panorama crítico de la historia y los alcances del Sínodo (puede verse en www.religiondigital.org/opinion/Agenor-Brighenti-Sinodo-Amazonia-inaugura-asamblea-ecologia-integral_0_2173882598.html). Pero una reflexión de ese calado implica seriedad en el estudio, capacidad de transmisión, vocación de servicio a la iglesia. Por eso advierto a los influencers católicos: no es conveniente dejarse vencer por la seducción de la superficialidad reinante en las redes sociales, sino ofrecer contenidos sólidos y no solamente piedad a la carta. Nada peor que sacrificar la reflexión seria en el altar de los “likes”. Hay ya demasiado espectáculo en las redes sociales.

La obra del Espíritu, que renueva la faz de la tierra, continuará imparable. El “aggiornamento”, la reforma continua de la iglesia, seguirá su marcha (LG 48). Va, pues, la sugerencia: a los influencers anti Francisco, especialmente los que visten de sotana, si deciden seguir siendo católicos les recomendaría bajar el volumen a su tremendismo conspiracionista (“el mundo se va a acabar”, “la apostasía gobierna la iglesia”, “los masones se apoderan del timón de la barca de Pedro”) y orar mucho y estudiar mucho y pensársela dos veces antes de hablar de cosas divinas ante una cámara de vídeo. Nunca olviden que quienes estamos al otro lado de la pantalla pensamos con cabeza propia. En anteriores pontificados se conminaba a los teólogos disidentes a guardar un año de silencio y de oración. El Papa Francisco es un Papa de otro talante. Sin embargo, si alguno de ustedes ofreciera voluntariamente, como reparación a tanta basura pseudo-religiosa que tenemos que soportar en las redes sociales, un año de silencio, la ofrenda sería recibida con agrado, al menos por este servidor. No se angustien: les aseguro que nuestra fe podrá sobrevivir sin las opiniones que ustedes publican en sus vídeos.

Iglesia y Sociedad

Una experiencia Kerouac

21 Oct , 2019  

Era 1974. Debe haber sido en julio o agosto. Estaba yo en la preparatoria. No sé de quién fue la idea, pero el viaje se armó rápidamente. Se trataba de que tres amigos, Renán, Alvar y un servidor, fuéramos a pasar el día a Sisal, donde el abuelo de Renán tenía una casa y donde ellos dos, aficionados a la pesca, querían enseñarme a disfrutar del mar, a mí, que apenas sabía nadar y a quien el mar no despertaba otra cosa más que miedo. Originalmente estaba invitado también Ricardo, pero era demasiado bien portado como para meterse a una aventura como la nuestra.

La ocurrencia final fue irnos desde la noche anterior, para aprovechar así todo el día desde muy temprano en la mañana. Un hermano de Alvar nos llevaría hasta el puerto, aunque más tarde supimos que el hermano de Alvar sólo podría llevarnos hasta Hunucmá. Eso no alteró en nada nuestra sed de aventura sino le dio un giro todavía más apasionante: haríamos que Amílcar, que así se llamaba el hermano de Alvar, nos dejara en el cabo del pueblo. De ahí, estábamos seguros, podríamos llegar a Sisal pidiendo botada (que en jerga moderna equivale a raid). Bastaba con esperar a que algún camión de redilas o alguna familia que fuera de vacaciones nos llevara hasta el centro del puerto. No hace falta más, decía Renán, la casa de mi abuelo está a pocas cuadras del centro.

En mi casa, desde luego, mis padres ignoraban esta última parte de la historia. La versión que me permitió salir de la casa fue que el hermano de Alvar nos llevaría hasta Sisal y se quedaría con nosotros. Era, desde luego, una media verdad. En efecto, el hermano de Alvar, pasó por mí, lo que tranquilizó a mis padres. Lo demás era lo de menos: yo tenía en ese entonces 16 años, y quién dice la verdad al pedir permiso cuando se tiene esa edad-.

Todo salió como lo habíamos planeado hasta Hunucmá. Amílcar nos dejó como a las nueve de la noche a las puertas de la clínica del Seguro Social, ya a la salida del pueblo, para que desde ahí pidiéramos botada. Los minutos pasaron entre bromas y planes inmediatos, qué haríamos al llegar, si habría hamacas para los tres o alguien tendría que dormir en el suelo, si había dónde comprar cervezas y si tendríamos alguna grabadora para escuchar música… y aunque los temas de conversación parecían no terminarse, pronto nos dimos cuenta de que no pasaría ningún vehículo al cual pedirle botada. Cuando llegó la medianoche la decisión estaba tomada: comenzaríamos a caminar hacia Sisal y, con un poco de suerte en el camino, algún carro pasaría y nos daría el aventón.

Nunca pasó  nadie. Caminamos, de 12 de la noche a 5 de la mañana, los casi 25 kilómetros de distancia que separan a Hunucmá de Sisal. Los pantalones de mezclilla acampanados (¿en qué momento dejamos que nos entrara el raid y los yins?) se arrastraban por el pavimento. Yo quería ser hippie. No estoy seguro de que Alvar y Renán lo quisieran también, pero lo de sexo, drogas y rocanrol no parecía despreciable a nadie de nuestra edad. Uno de los temas de conversación fue el programa Ruta 66 que alguna vez vi en mi niñez, cuando apenas estrenábamos televisor. Les comenté que en algún lugar había yo leído que dicho programa estaba inspirado en una novela de Jack Kerouac, para entonces ya legendario escritor de la generación Beat, los antecesores inmediatos de aquelos hippies que nosotros, sin confesarlo, aspirábamos a ser. Había yo buscado durante meses alguna versión al español de la novela On the Road pero no había dado con ella. Era todavía 1974. Faltaban aún 6 años para que Editorial Anagrama publicara la primera versión al español de la icónica novela de Kerouac. Muchos años después, hasta finales de los ochenta, pude leerla. Sentí nostalgia de no haberla leído a los 16 años, sino ya cerca de los treinta. La vorágine Beat habría dejado, acaso, una huella imborrable en aquel adolescente, con el nivel de impresión que me causó Demian, de Hermann Hesse, o la película “Carrera contra el destino”, (Vanishing Point, de Richard C. Sarafian, 1971), con un Barry Newman inolvidable. A los 30 años, la lectura fue ya bastante desangelada, aunque no dejó de remover fibras importantes.

Hubo momentos en que la caminata a Sisal se hizo interminable. Hasta el himno nacional cantamos cuando los temas de conversación se acabaron. Llegamos al puerto de Sisal cuando la luz del sol ya había salido. El resto de la historia no se las cuento: dormimos, fumamos, bebimos… una historia de jóvenes de los años setentas,  con todos los ingredientes incluidos. Nunca he tenido otra emulación local de On the Road en mis referencias personales. Mi biografía, con todo y lo bizarro de la época, nunca estará a la altura de la de Jack Kerouac, a quien ahora, releyendo On the Road (¡ah maravillas de internet! La novela inencontrable está ahora al alcance de un piquete de tecla en https://freeditorial.com›books›en-el-camino), recuerdo nostálgicamente a los cincuenta años de su fallecimiento. Un hombre, Kerouac, cuya novela mayor fue su vida. Difícilmente encontraremos en su obra algo que no sea autobiográfico. Su tragedia personal puede consultarse en wikipedia.

El 20 de octubre de 1969, un día como ayer hace cincuenta años, alrededor de las once de la mañana, Kerouac bebía güisqui y licor de Malta sentado en su silla favorita. Sintió ganas de ir al baño. Ya no pararon los vómitos de sangre hasta llegar al hospital. A pesar de transfusiones y cirugía, Kerouac fallecía a las 5:15 de la mañana siguiente, un 21 de octubre como hoy. La causa fue hemorragia interna causada por la cirrosis. Desde su entrada al hospital hasta su muerte, Kerouac no recuperó nunca la conciencia. Nunca pude averiguar si aquel católico devoto, que de niño, en 1928, a la edad de seis años, al rezar un rosario, escuchó la voz de Dios que le hablaba diciéndole que tenía un alma buena, pero que moriría en dolor y horror, recibió o no los últimos sacramentos. El excesivo consumo de alcohol durante largos años le cobró la factura. Su nombre hoy es recordado como el padre o rey de la generación Beat, cuyo representante más reconocido es, sin embargo, Allen Ginsberg. La influencia de Kerouac alcanzó en retrospectiva, no obstante, a aquellos tres amigos que encarnaron, durante un loco fin de semana, a la generación Beat en una vieja carretera yucateca en el año de 1974. Yo también tuve mi On the Road.

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El Sínodo de la Amazonía y sus detractores

27 Sep , 2019  

Los próximos días 30 de septiembre y 1, 7 y 9 de octubre, tendrá lugar en el Centro Cultural Loyola (a espaldas del Colegio Mérida) una serie de conferencias sobre el próximo Sínodo sobre la Amazonía, convocado por el Papa Francisco para realizarse del 6 al 27 de octubre en la Ciudad del Vaticano. Una conferencia más, el 4 de noviembre, nos dará una síntesis de los resultados del Sínodo. Los conferencistas tienen amplia experiencia en estos temas: Esteban Krotz y Patricia Tamayo organizan el ciclo; participan también Daniela Patrón, el Dr. Alexander Zatyrka Pacheco SJ, Atilano Ceballos, Lorena Ceballos y Patricio Sarlat Flores.

El Sínodo sobre la Amazonía es de vital importancia para la reforma de la iglesia que conduce el Papa Francisco. Y lo es, no solamente porque la Amazonía es una especie de representación de los principales retos que nuestra época nos presenta, retos sociales, ambientales y religiosos, sino sobre todo porque la sinodalidad, es decir, este proceso de escucha atenta de los signos de los tiempos por parte de la iglesia comienza a tomarse verdaderamente en serio. El documento preparatorio y una amplia encuesta realizada por todas las conferencias episcopales que confluyen en el territorio amazónico a los grupos y comunidades locales, han desembocado en un Instrumento de Trabajo sobre el cual conversarán los Obispos en el Sínodo.

Este estilo sinodal que impulsa el Papa Francisco no es, como era de imaginarse, del agrado de todos. Por eso las redes están llenas de comentarios injuriosos contra el Papa, sobre todo en esos portales que tienen nombres católicos pero que representan al sector más conservador de la iglesia. Resulta ahora que, aquellos que en otras épocas nos restregaban en la cara el adagio latino “Roma locuta, causa finita” para conminarnos a aceptar las decisiones de los dos anteriores pontificados, hoy despotrican por lo que consideran amenazas contra la ortodoxia católica que ellos dicen representar. Francisco se toma con mucha calma toda esta guerra desatada contra él. Es un hombre de Dios y, además, un hombre sensato. Sabe que le ha tocado promover esta reforma y es consciente de la conversión que ella requiere. Las amenazas de cisma no le quitan el sueño.

Por eso, volviendo al tema, me parece importante que aprovechemos esta oportunidad de reflexión que nos brinda el Centro Loyola de Mérida. Me apena que ninguna estructura diocesana parezca interesada en el tema. La oferta de reflexión del Centro Loyola es una gota de agua en un desierto de indiferencia. Y lo que se juega en este Sínodo es, desde mi punto de vista, muy importante para el futuro de la iglesia.

Los ultras de derecha, en cambio, lo saben bien. Por eso han montado una campaña de desprestigio del Sínodo que ha llegado al extremo de la calumnia. He escuchado, en un canal de televisión por internet, la arenga semanal del fundador de una congregación religiosa de reciente aparición. Su animadversión contra el Papa es inocultable, aunque bien se cuida de mencionar siquiera su nombre. El pasado 24 de junio, una vez que fue dado a conocer el Instrumentum Laboris del Sínodo, este predicador de las redes sociales emprendió una arenga contra los contenidos del documento que raya en lo delirante. Sostiene que el documento tiene un “fondo ideológico difícil de digerir por una mente medianamente ortodoxa en el sentido católico”. En una diatriba que confunde “lugar teológico” con “fuentes de revelación” (por menos me habrían reprobado en clases de teología en el seminario), el sacerdote español se refiere con desprecio a las conferencias episcopales de la Amazonia, que están detrás del Instumentum Laboris, acusándolas de “tapadera” para introducir cambios que le interesan, no a la Amazonía sino a… ¡los obispos alemanes! que, según su opinión, estarían a punto de un cisma para hacer lo que se les dé la gana.

El ataque a Francisco, sin mencionarlo, es de tan baja ralea que califica a la Amazonía como “el paleolítico que quiere convertirse en futuro”, mientras que acusa al documento de ser vehículo de una gran conspiración comunista, encabezada por los teólogos de la liberación, que al quedar sin argumentos por la caída del muro de Berlín, se han decantado por los pueblos originarios como su nuevo bastión, y lo único que pretenden es acabar con el occidente cristiano. Bueno, qué más puedo decirles… si esos son los argumentos de los contra reformistas, es normal que no nos quiten el sueño. La verdad es que un cisma en el que los conservadores quedaran fuera no lo quiere nadie en su sano juicio. Nadie que quiera a la iglesia. Mucho más aguantaron algunos teólogos y pastores en los más de treinta años de involución que precede a Francisco. Pero la tentación de imaginarse una iglesia sin ese tipo de rémoras, me asalta a veces.

La argumentación del predicador al que aludo, como todos pueden comprobar en el video de youtube si lo buscan bajo el nombre: “El Amazonas desemboca en Alemania”, no se sostiene ni racional ni teológicamente. Se trata de una exposición, bastante pobre en sus argumentos, de lo que el nuevo arzobispo del Perú llama “pasadismo”, esa mentalidad opuesta a cualquier tipo de cambio en la iglesia (cualquier análisis demostraría que no es por celo de la fe sino por la conservación de sus privilegios) y que intenta socavar la agenda reformista del Papa Francisco.

El predicador de las redes sociales al que me he referido, califica al Sínodo de la Amazonía como el regreso al paleolítico. Él, tan moderno, no quiere regresar al paleolítico. Prefiere quedarse en la Edad Media.

Iglesia y Sociedad

El cambio de época (3 de 3)

19 Sep , 2019  

Con el subtítulo «Un desafío de múltiples rostros para la interpretación bíblica», he tenido la oportunidad de participar con esta intervención en una mesa de conversación sobre los desafíos que los nuevos tiempos presentan a la exégesis e interpretación bíblicas, sostenida en el marco del Congreso Bíblico Internacional que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires del 16 al 19 de julio del presente año. Presento el contenido de mi intervención en tres partes, que serán publicadas una cada semana. Esta es la última de tres entregas.

Sociedad del conocimiento. Biblia y nuevo paradigma posreligioso

En 1973 Harvey Cox, pastor y teólogo bautista, publicó el libro profético “La ciudad secular. La urbanización y la secularización desde una perspectiva teológica”. Más tarde, en 1984, publicaría “La religión en la ciudad secular. Hacia una teología postomoderna”. Fue quizá unos de los primeros teólogos en plantearse de manera sistemática la irrupción de un nuevo paradigma que parecía relegar a Dios y a lo sagrado a un segundo plano. Hoy, la sociedad del conocimiento se ha vuelto una realidad al alcance de todos y la religión comienza a sufrir un embate antes insospechado, porque las religiones han tenido siempre enemigos acérrimos, pero nunca habían estado sometidas a un grado tal de indiferencia por un porcentaje cada vez más alto de la población.

En 2011, la Asociación de Teólogos/as del Tercer Mundo, en el marco del IV Congreso Internacional de Teología y Ciencias de la Religión realizado en la Pontificia Universidad Católica de Minas, en Belo Horizonte, Brasil, lanzó una Consulta Latinoamericana sobre Religión, cuyos resultados, acompañados de las ponencias de una gran variedad de teólogos de renombre, fueron publicadas en el volumen XXXV No. 2012/1 de la revista VOICES. En la consulta participaron instituciones de Brasil, Bolivia, Argentina, México, Costa Rica, Colombia y Panamá, además de la colaboración del Centro de Estudios de las Tradiciones Religiosas de Barcelona (CETR).

En un panorama donde la religión parece estar dividida en dos grandes bandos, de un lado la emergencia del movimiento pentecostal carismático en una buena parte de la América Latina y el Caribe y el retorno a ciertos elementos de piedad pre-Vaticano II hacia dentro de la iglesia católica, y del otro lado la crisis religiosa que implica el abandono de un gran número de fieles en las iglesias constituidas, ambos fenómenos a veces pegados el uno al otro, comienza a perfilarse un agotamiento del sistema religional, es decir, de la consideración de las iglesias como los medios legítimos de relacionarse con el Misterio al que llamamos Dios. Es cada vez más frecuente escuchar a personas que afirman que son espirituales, pero no religiosas. Como bien señala Marià Corbí:

Las transformaciones culturales que hemos señalado, –la desaparición completa de las sociedades preindustriales o su camino a la extinción, la generalización de la industrialización, el asentamiento de las sociedades de conocimiento y cambio continuo y la globalización–, han transformado el paradigma desde el que se interpreta y vive la totalidad del fenómeno axiológico humano, incluido lo que nuestros antepasados llamaron espiritualidad... (1)

El atrevimiento de la Asociación de Teólogos/as del Tercer Mundo ha consistido en ser la primera organización teológica que ha planteado los elementos que configuran este abandono de las iglesias y los ha reelaborado en un paradigma llamado post-religional. Veamos las características con las que la Comisión Teológica Internacional de la mencionada Asociación, describe algunos de los elementos de este nuevo paradigma. Remarco en la larga cita a continuación, en negritas, aquella característica que nos incumbe de manera especial:

Concluyendo, llamamos «paradigma pos-religional» a esa forma de vivir la dimensión profunda del ser humano que se libera y supera «los mecanismos propios de las religiones agrario-neolíticas», a saber:

• su «epistemología mítica»,

• su monopolio de la espiritualidad,

• su exigencia de sumisión, de aceptación ciega de unas creencias como reveladas por Dios,

• su ejercicio del poder político e ideológico sobre la sociedad, ya sea en regímenes de cristiandad, cesaropapistas, islámicos, de unión de Iglesia-Estado, de imposición de las leyes eclesiásticas sobre la sociedad civil…

• su imposición de una moral heterónoma, venida de lo alto, con una interpretación de la ley natural desde una filosofía oficialmente impuesta, con una moral no sometida a un examen riguroso, comunitario y democrático,

• su control del pensamiento humano, con los dogmas, la persecución de la libertad pensamiento, la Inquisición, la condena y ejecución de “herejes”, la pretensión de infalibilidad, de inspiración divina, de detentar el poder de interpretar autorizadamente de la voluntad de Dios…

su proclamación como «Santas Escrituras» reveladas (en el caso de las «religiones del libro») de las tradiciones ancestrales acumuladas, exaltadas como Palabra directa de Dios, como normativa suprema e indiscutible para la sociedad y para las personas…

• su interpretación premoderna de la realidad como un mundo en dos pisos, con un mundo divino sobrenatural encima de nosotros, del que dependemos y hacia el que vamos…

• su interpretación de la vida y de la muerte en términos de prueba, juicio y premio/castigo de manos de un Juez Universal que es el Señor supremo de cada religión… (2)

Debo confesar que expreso este desafío con temor y temblor, no solamente porque puede significar que los que estamos aquí nos quedemos sin objeto de estudio y sin trabajo, sino porque el planteamiento de un paradigma postreligional puede identificarse, para muchas personas, con la renuncia al horizonte mismo de la fe. Es quizás este desafío el que, de manera más comprehensiva, muestra las consecuencias de levantar nuestras construcciones religiosas en pugna constante con el desarrollo de las ciencias, aunque los dos desafíos anteriores compartan también esta característica. El tema es tan actual que la revista Reseña Bíblica, de la Asociación Bíblica Española, se refería a esto en el número con el que cerró el año 2018. (3)

A este desafío se ha venido a sumar el llamado “nuevo paradigma arqueológico bíblico”, que ha tenido una magnífica exposición por parte del Dr. Ademar Kaefer en este mismo congreso, y es una muestra más de la discordancia entre interpretación bíblica y avance de las ciencias.

Cierre

Termino esta serie de provocaciones señalando que la división entre quienes conocíamos los entresijos de la Escritura y podíamos hablar con libertad de sus procesos de redacción y de las distintas teologías que acompañaban a los textos, frente a una multitud de fieles con los cuales seguíamos leyendo la Biblia sin mencionar esos recursos, con tal de no escandalizar y/o conservar la fe sencilla del pueblo, ha terminado. No abogo aquí por la desaparición de planos diferenciados. Ya en este mismo congreso Eduardo de la Serna argumentaba la conveniencia de distinguir entre el plano popular, el plano pastoral y el plano exegético, todos ellos en una relación de mutuo enriquecimiento. Hablo más bien de la inveterada costumbre de escamotear a los fieles elementos de reflexión bíblica y teológica bajo el pretexto de “cuidar su fe sencilla”, expresión que revela una relación tutelar y no igualitaria y no deja de tener cierto tufo a colonialismo. Continuar con la distancia entre exégesis y pastoral, entre ciencia bíblica y práctica religiosa, entre lectura crítica y fe devocional acrítica, no funciona más.

Este tímido recuento de algunos de los desafíos de la exégesis y hermenéutica que he alcanzado a pergeñar, podría leerse como manifestación de la situación caótica en que la postmodernidad ha metido a las doctrinas y prácticas religiosas. Pero puede ser también leído, como promesa de un nuevo tipo de religión y de espiritualidad que este cambio de época puede estar haciendo surgir y en el que nuevas aproximaciones al texto bíblico, nuevas miradas hermenéuticas, tendrán una importancia decisiva.

NOTAS

  1. Corbí, ”Elementos constitutivos” 255
  2. Comisión Teológica“Hacia un paradigma”, 284
  3. Ramis, “La Biblia como interpretación” 25-37

BIBLIOGRAFÍA

Comisión Teológica Internacional de la EATWOT, “Hacia un paradigma postreligional. Propuesta teológica” VOICES Vol XXXV No. 2012/1 (2012) 275-288

Corbí M., “Elementos constitutivos del paradigma pos religional” VOICES Vol XXXV No. 2012/1 (2012) 255-260

Ramis F., “La Biblia como interpretación de la ciencia”. Reseña Bíblica 100 (2018) 25-37

Iglesia y Sociedad

El cambio de época (2 de 3)

7 Sep , 2019  

Con el subtítulo «Un desafío de múltiples rostros para la interpretación bíblica», he tenido la oportunidad de participar con esta intervención en una mesa de conversación sobre los desafíos que los nuevos tiempos presentan a la exégesis e interpretación bíblicas, sostenida en el marco del Congreso Bíblico Internacional que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires del 16 al 19 de julio del presente año. Presento el contenido de mi intervención en tres partes, que serán publicadas una cada semana. Esta es la segunda de tres entregas.

Irrupción de la igualdad de género. Biblia y nuevo paradigma sexual

Como hemos visto, la irrupción de un nuevo paradigma cosmológico pone en cuestión muchos aspectos de nuestra vida y de nuestra reflexión religiosa. Sin embargo, solamente algunas pocas y obsesivas personas perderían el sueño por este asunto. Otras mutaciones propias de esta época, en cambio, son polvorines sociales continuos. Una de ellas es la revolución de género.

El siglo pasado ha sido el escenario en que pudimos comprender cosas que, por sencillas que parezcan, han terminado por cambiar el panorama de la vida cotidiana. Una de ellas ha sido la noción de género. Distinguir sexo de género es, probablemente, una de las más grandes aportaciones de las ciencias sociales en el siglo pasado. Pero no ha sido un descubrimiento neutro, no. Hemos llegado a distinguir entre sexo y género debido a que, gracias a la participación de muchas mujeres, ha venido haciéndose cada vez más intolerante la desigualdad que ellas sufren. No tengo que hacer aquí una descripción detallada de tal situación. Todos sabemos que, tanto a nivel mundial como nacional y local, las mujeres, a pesar de ser más del 50% de la población, padecen desigualdades en todos los planos: ganan menos por el mismo número de horas trabajadas, sólo el 1% son titulares de propiedad de la tierra, no sobrepasan el 20% de los cargos políticos, una de cada tres sufre maltrato en el interior de su propio hogar, etc.

Gracias al desarrollo de las ciencias sociales hemos llegado a entender que las diferencias entre hombres y mujeres pueden ser biológicas y sociales. El sexo hace referencia a las características biológicas que distinguen al hombre de la mujer, diferencias de carácter universal. El género, en cambio, hace referencia a las diferencias sociales entre mujeres y hombres, que han sido aprendidas e interiorizadas a lo largo de los años. Estas diferencias no son universales, sino que dependen de la cultura y sufren transformaciones con el paso de los años. La gran ventaja de este descubrimiento, es que permite identificar lo que es natural de lo que es socialmente construido y revela con claridad que no es el sexo en sí mismo la causa de la desigualdad de las mujeres, sino su posición de género, que es socialmente construida (1).

Para evitar excesos radicales en el uso de esta noción de género, solemos hacer dos precisiones: a) la deconstrucción de estos estereotipos de género no tiene como objetivo negar las diferencias que existen entre los sexos, sino poner fin a las desigualdades que se derivan de tales estereotipos. Y b) La visión androcéntrica no daña solamente a las mujeres, sino que hace que pierdan los dos sexos, porque, aunque las más perjudicadas son las mujeres, los varones también resultan castrados en algunas cualidades y capacidades humanas.

La irrupción de este nuevo paradigma, que propone partir de la igualdad fundamental entre varones y mujeres, se ha enfrentado a algunos textos bíblicos, de cuya lectura se ha derivado la visión de la mujer como causante de todos los males, de la maternidad como única redención posible para las mujeres, del esquema de valoración social que conocemos como “honor y vergüenza”, en el que el papel de la mujer es tan desafortunado, y en la visión de la mujer como objeto de deseo y asco al mismo tiempo. (2).

Afortunadamente, las mujeres han venido en nuestro rescate. El feminismo ha tocado a las puertas de la exégesis y ha emergido, en los últimos años, un gran número de biblistas y teólogas que han asumido la tarea de despatriarcalizar la Biblia. Estaría fuera de propósito intentar resumir ahora los grandes avances de la hermenéutica bíblica feminista (3). Quisiera más bien fijarme en otro aspecto del mismo desafío, igualmente trasgresor, pero que no ha tenido tanta fortuna en las investigaciones bíblicas: la diversidad sexual.

Nadie lo ha explicado de mejor manera que el teólogo James Alison:

En los últimos más o menos 50 años hemos sido testigos de un genuino descubrimiento humano, uno de los que como humanidad no hacemos a menudo. Se trata de un auténtico descubrimiento antropológico cuya naturaleza no pertenece a la moda o al capricho ni es el resultado de una decadencia de la moral o del colapso de los valores familiares. Ahora sabemos algo objetivamente verdadero sobre los seres humanos, algo que no sabíamos antes: que existe una variante minoritaria de la condición humana cuya aparición es constante, no patológica e independiente de la cultura, el entorno, la religión, la educación o las costumbres, una variante que ahora designamos con la expresión “ser gay”… Nos parece fácil concebir el descubrimiento de continentes desconocidos o especies animales de las que no sabíamos nada. Más difícil es concebir un descubrimiento de orden antropológico, ya que las cosas que pertenecen a esta esfera se nos manifiestan a través y desde patrones de convivencia humana preexistentes. Esto, sin embargo, no hace que tal descubrimiento sea menos real ni sus consecuencias menos sorprendentes. (4).

Como bien reflexiona el teólogo inglés, este descubrimiento, que podría ser una muy buena noticia para quienes han estado acostumbrados a escuchar que sus sentimientos son erróneos, enfermos, distorsionados, y también para sus padres que se verían liberados de pesados fardos de culpa, se ha convertido, sin embargo, en una arena de lucha a muerte dentro y fuera de la iglesia.

Será necesario aquí, como en el desafío anterior, asumir la necesidad de una relectura bíblica y una aproximación hermenéutica que acompañe esta nueva realidad. Habrá que hacerlo conscientes de que la Biblia y sus relatos fueron escritos para sancionar un estado de cosas con el que todas las fuentes de sabiduría humana antigua estaban de acuerdo. O como afirma de mejor manera Alison: “nos exige reescribir nuestros mapas de la misma forma en que el descubrimiento de América exigió nuevas explicaciones para las corrientes y los patrones climáticos de las costas atlánticas de África y Europa” (5).

A diferencia, sin embargo, de la enorme respuesta de las estudiosas feministas frente al descubrimiento de la categoría de género, en el caso de la cuestión homosexual no ha habido una propuesta de cambio de paradigma hermenéutico y casi todos los intentos se han enfocado en intentar desmantelar los llamados “textos de terror” o argumentar, anacrónicamente, que Jesús nunca habló de la homosexualidad. Existen algunos intentos de aplicar a los textos algunas herramientas exegéticas del feminismo y ofrecer nuevas aproximaciones hermenéuticas. Pienso aquí en la tesis del Dr. Manuel Villalobos (6), presentada en el CTU de Chicago y su propuesta de una hermenéutica “del otro lado”, que asume en su lectura del evangelio de Marcos la perspectiva migrante y homosexual.

Un nuevo horizonte hermenéutico se hace necesario para enfrentar la realidad que muestra que la heterosexualidad no es la constitución intrínseca de los seres humanos, no es la condición humana normativa, sino mayoritaria, y permitir así que, finalmente, también las personas no heterosexuales puedan ser consideradas como espacios de epifanía.

NOTAS

  1. Berbel “Sobre sexo” 1
  2. Byler, “Patriarcado y feminismo” 4
  3. Vélez “Biblia y Feminismo”, 663-682
  4. Alison, “La cuestión gay”, 4
  5. Ib. 4
  6. La tesis ha sido publicada bajo el título Cuerpos abyectos en el evangelio de Marcos (Ed, El Almendro, Córdoba 2015)

BIBLIOGRAFÍA

Alison J., “La cuestión gay”, http://www.jamesalison.com.uk/es/textos/la-cuesion-gay/  [consulta 15/06/2019]

Berbel A., “Sobre sexo, género y mujeres”, http://www.mujeresenred.net/spip.php?article33 [consulta 26/04/2019]

Byler D., “Patriarcado y feminismo en perspectiva cristiana. Apuntes para la asignatura de ética cristiana”, http://www.menonitas.org

[consulta 23/05/2019]

Vélez C., “Biblia y Feminismo. Caminos trazados por la hermenéutica bíblica feminista”, Theologica Xaveriana 144 (2002) 663-682

Villalobos M.,  Cuerpos abyectos en el Evangelio de Marcos, Córdoba 2015

Iglesia y Sociedad

El cambio de época (1 de 3)

29 Ago , 2019  

Con el subtítulo «Un desafío de múltiples rostros para la interpretación bíblica», he tenido la oportunidad de participar con esta intervención en una mesa de conversación sobre los desafíos que los nuevos tiempos presentan a la exégesis e interpretación bíblicas, sostenida en el marco del Congreso Bíblico Internacional que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires del 16 al 19 de julio del presente año. Presento el contenido de mi intervención en tres partes, que serán publicadas una cada semana. Esta es la primera de tres entregas.

Hay un quiasmo de historia reciente que, de tanto repetirse, terminó por convertirse en un lugar común: “no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época”. Lo que era un cliché, sin embargo, nos ha asaltado de manera frontal en los últimos tiempos: el futuro nos ha alcanzado. No solamente contamos ahora con una serie de elementos que nos permiten distinguir con claridad cuáles son las dimensiones de este cambio epocal, sino que más de una de dichas dimensiones plantea un verdadero desafío a la tarea de la exégesis y la hermenéutica bíblica y su consecuente dimensión pastoral evangelizadora.

Lo señala, con meridiana claridad, Blanca Heredia cuando nos espeta:

Un cambio de época supone una transformación en la estructura real del mundo, pero también y sobre todo, una experiencia compartida de que la partitura básica que, hasta antes del quiebre nos permitía organizar significados y sentidos inteligibles, resulta cada vez más inútil para entender el mundo e intentar predecirlo. Una situación análoga a como si, de pronto, las notas musicales asociadas a las teclas de un piano dejaran de emitir los sonidos previsibles desde la pauta vivida como cierta: Fa cuando pulsamos la tecla Do y Sol cuando pulsamos la negrita del Fa menor. Y eso, a veces, a ratos, y a ratos otra cosa; todo desordenado, todo patas para arriba. Así es este cambio de época que estamos viviendo. A eso sabe, así se siente. Patrones, asumidos como inmutables, evaporándose. Dificultad in crescendo para construir narrativas, explicaciones, mediciones y predicciones que nos permitan entendernos y sentir que entendemos y controlamos el mundo que nos rodea (1).

Una buena parte de los documentos eclesiales de nuestros países (planes pastorales, proyectos de acción eclesial) hace referencia a esta nueva realidad. Se describe, unas veces, como una “profunda crisis antropológico-cultural (2)”, mientras que otras veces, con mayor optimismo, se nombra como “nuevo momento de la humanidad”, que trae cosas buenas y maravillosas (3). Cualquiera que sea la posición que se tome ante este cambio de época, hay una sensación de estupor que puede ser paralizante. Lo expresan así los obispos mexicanos en su nuevo Proyecto Global de Pastoral:

Estamos en una nueva época en el camino de la humanidad. El proceso de esta transformación que vivimos, trae consigo cambios, que incluso nosotros como Obispos y muchos presbíteros, no alcanzamos aún a comprender, por lo que se nos dificulta tener una respuesta adecuada y pronta ante la profundidad y rapidez con la que están sucediendo (4).

Esta mesa de conversación nos invita a plantear los desafíos para el futuro de la exégesis, no a resolverlos. Así que, aun cuando nos sintamos copartícipes de la perplejidad que nos producen las transformaciones de este cambio de época, podemos intentar descubrir los desafíos que nos plantea. Dado que el tiempo es breve, quisiera referirme solamente a tres paradigmas emergentes que han venido a cambiar radicalmente nuestra manera de percibir la realidad y que presentan retos para los estudios bíblicos.

Crisis climática y antropocentrismo. Biblia y nuevo paradigma cosmológico

Desde hace ya muchos años, el teólogo Leonardo Boff no ha dejado de insistir en las cuatro grandes amenazas que se ciernen hoy sobre la humanidad: el sobrepasamiento de la capacidad del planeta para sostener el ritmo actual de crecimiento (Earth Overshoot Day), la gran cantidad de armas escondidas en el vientre de la tierra, la cada vez mayor escasez de agua potable y la crisis climática, cuya mayor expresión es el calentamiento global. El deterioro del planeta es innegable y hay datos suficientes que confirman que tiene su fuente principal en la actividad humana, es decir, es de naturaleza antropogénica y, a decir del teólogo brasileño, “tiene su génesis en un tipo de comportamiento humano violento con la naturaleza” (Columna de Leonardo Boff 2017-03-14).

Y aunque la preocupación por la ecología es relativamente reciente, la pertinencia de su discurso se ha confirmado a una velocidad vertiginosa: lo que hasta hace unos treinta años era considerado el pasatiempo de unos ricos excéntricos ocupados en salvar ballenas, se ha convertido en preocupación de todos los días y ha introducido innumerables cambios en nuestras existencias cotidianas.

Considero que hay dos momentos claves en la reflexión sobre este fenómeno y la búsqueda de alternativas globales. El primero ha sido la aprobación de la Carta de la Tierra, que habiendo comenzado como una iniciativa de las Naciones Unidas, terminó publicándose el 29 de junio de 2000 en La Haya, Holanda, como producto del proceso más inclusivo y participativo que se conozca en la elaboración de un documento de carácter internacional. Esta declaración de principios éticos, que goza de unas altísima legitimidad como marco del necesario cambio de paradigma en las relaciones seres humanos – naturaleza, se fortalece día con día. Aunque su enfoque es primordialmente ecológico, la Carta de la Tierra no deja de lado las interrelaciones que existen entre preservación del medio ambiente, pobreza, justicia, derechos humanos, paz y democracia.

La segunda desembocadura reflexiva de alcance internacional en este esfuerzo por enfrentar la crisis planetaria ha sido, sin duda, la Encíclica Laudato Si’ del papa Francisco, un hito fundamental en la reflexión ecológica de índole religiosa. Esta sola encíclica, con su visión sobre la ecología integral, hubiera sido suficiente para que el papado de Francisco dejara una huella definitiva en la iglesia y en el mundo.

Nuestra lectura de la Biblia se ha caracterizado por una perspectiva antropocéntrica. No podría ser de otro modo: no solamente los relatos de origen, contenidos en el libro del Génesis, mantenían esa impronta, sino que a través de los siglos ha habido muchas relecturas de esos textos que, usadas como argumento justificador, favorecieron prácticas que contribuyeron a la devastación del medio ambiente.

El capítulo II de la Encíclica Laudato Si’ avanza algunas perspectivas hermenéuticas en la búsqueda de revertir el paradigma antropocéntrico: atender más a las relaciones entre seres humanos y el resto de la creación, considerar que la ruptura provocada por el pecado afectó también las relaciones de los seres humanos con la tierra, comprender que la tierra nos precede y nos ha sido dada (Nosotros somos tierra, LS 2), rescatar el sentido de las normas bíblicas sobre animales y plantas, reconocer el valor propio de todo ser creado, independientemente de su utilidad, partir del conocimiento de la naturaleza con el corazón (razón emocional), etc.

Pero el esfuerzo por dejar atrás esta perspectiva antropocéntrica no tiene posibilidades de éxito si no enfrentamos también otro desafío que le subyace: la superación del paradigma cosmológico. No sólo los textos de la Escritura, sino también el cúmulo de reflexiones teológicas que ha alimentado la fe de las iglesias cristianas, está basado en la concepción de un mundo en dos niveles: el cielo arriba, donde Dios habita; y abajo el mundo como escenario de la vida humana, con tiempo y espacio. Desde el cielo, Dios gobierna la tierra según su voluntad, que el ser humano desconoce. Esta concepción no funciona más. Si ya la irrupción de la modernidad había echado abajo la pretensión racionalista de poseer un conocimiento directo de la realidad y el avance de las ciencias había ido mostrando la naturaleza relativa de todos nuestros conocimientos, los adelantos de la física moderna y todo lo que ahora sabemos del universo, del surgimiento del planeta y, en él, la aparición de nuestra especie, ponen en crisis el modelo cosmológico que manejamos y sobre el cual basamos, por poner un ejemplo, nuestras plegarias para pedirle a Dios ‘un buen tiempo para nuestras cosechas’.

Es cierto que, ya desde hace años, ha habido un esfuerzo por relacionar la descripción bíblica con la teoría de la evolución de las especies, del que la introducción al libro del Génesis en la Biblia Latinoamericana es un magnífico ejemplo, insistiendo en la dimensión simbólica de los textos antiguos y la cosmología oriental sobre la que están basados, pero también es cierto que esos tímidos acercamientos no han bajado a la predicación y la catequesis y todavía hace unos meses, los fieles de una parroquia vecina a la que trabajo, me contaban que una catequista había sido relevada de sus funciones porque había comentado con los niños algo sobre el Big Bang… ¡que los niños escuchan ahora ya desde la primaria! Pero que le había parecido al párroco razón suficiente para la expulsión de la catequista.

Ya hace varios años, la Agenda Latinoamericana proponía una mirada al año cósmico (5): señalaba que en 1997, el telescopio Hubble había situado la edad del universo en torno a 15.000 millones de años, y mediciones más rigurosas venidas de una sonda de la NASA, situaron en 2006 las mediciones más aproximadas hasta el momento: 13,700 millones de años, con una incertidumbre de 200 millones de años. Lo que significa que hasta hace muy poco habíamos vivido en una total ignorancia de las dimensiones y los elementos del cosmos y también sobre los orígenes del planeta en el que habitamos.

La ciencia siempre camina, dirán algunos. Y sí. Antes, sin embargo, el caminar científico era asunto de unos pocos académicos enterados. Hoy, con los medios de comunicación que poseemos y la cantidad de información a la que libremente puede accederse desde las plataformas digitales, no hay reflexión que haga relación con la cosmología y la historia humana que no tenga que confrontarse con estos nuevos conocimientos, al alcance de cualquier persona que posea la plataforma Netflix o haya leído Sapiens. A brief history of humankind, de Yuval Noah Harari, por cierto uno de los mayores éxitos de ventas en librerías de todo el mundo (Traducido al castellano como “De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad”).

Tenemos, pues, que confrontarnos con este desafío porque, como bien señalaba lúcidamente Jose Comblin en una de sus últimas reflexiones:

…En la religión de las masas esta cosmología tenía un papel importante. Era como el fundamento intelectual de la religión. Era lo que justificaba todas las prácticas de la vida religiosa cristiana, así como justificaba las antiguas religiones paganas. Una vez que se produjo la ruina de esa cosmología los jóvenes tuvieron la convicción de que la religión no tenía fundamentos intelectuales, era pura imaginación sin relación con la realidad. (6)

Como señala Bruno Latour, las herramientas occidentales nos impiden aprehender el mundo. La Naturaleza conocida por la ciencia, o la Creación conocida por la religión, deben poder hacer lugar a “otras maneras de ser en el mundo” (7). ¿Podremos encontrar la fórmula hermenéutica para que la dimensión constitutiva de la revelación bíblica respecto a la creación del mundo y de la especie humana no haga caso omiso de los conocimientos cosmológicos con los que ahora contamos gracias a los avances científicos? ¿Cómo haremos para conservar la dimensión simbólica del mensaje de los relatos bíblicos de origen más allá de su forma histórica y su cosmología de origen? Un desafío que exigirá de una capacidad imaginativa enorme.

NOTAS

  1. Heredia, “Cambio de época” 1
  2. Conferencia del Episcopado Mexicano, Hacia el Encuentro, 20
  3. Ib, No. 25
  4. Ib. No. 23
  5. Sagan, Los dragones del Edén, 119
  6. Vigil, ”La crisis” 80
  7. Latour, Cara a cara, 242

BIBLIOGRAFÍA

Conferencia del Episcopado Mexicano, Hacia el Encuentro de Jesucristo Redentor, bajo la mirada amorosa de Santa María de Guadalupe. Proyecto Global de Pastoral. México 2018

Heredia B., “Cambio de época ¿Qué significa?” https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/blanca-heredia/cambio-de-epoca-que-significa.

[consulta 24/06/2019]

Latour B., Cara a cara con el planeta, Buenos Aires 2017

Sagan C., Los dragones del Edén  Barcelona 1993

Vigil J.M., “La crisis de la religión en el pensamiento último de José Comblin” VOICES Vol XXXV No. 2012/1 (2012) 76-84

Iglesia y Sociedad

La guerra contra Francisco

11 Ago , 2019  

El antes “Pontificio Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre matrimonio y familia”, surgido como resultado del Sínodo de la Familia convocado por Juan Pablo II y de la exhortación “Familiaris Consortio”, del mismo Papa, ha sido refundado por el Papa Francisco a partir de los resultados del Sínodo Extraordinario de Obispos sobre la Familia que tuvo lugar en 2014 y de la publicación de la Encíclica “Amoris Laetitia”, que recogió sus resultados. El nuevo nombre del centro de estudios es “Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las ciencias del matrimonio y la familia”. La refundación implica, desde luego, cambios en la currícula de estudios y una apertura al diálogo con los avances de las ciencias que tienen relación con el matrimonio y la familia.

Lo que en cualquier momento distinto de la historia eclesial habría sido visto como una adecuación académica para disponer a los egresados a enfrentar los nuevos retos que la realidad plantea, se ha convertido en una arena de disputa presentada, por algunos opositores al Papa Francisco, como la madre de todas las batallas.

Los dos extremos en conflicto están representados por dos posicionamientos públicos. El primero es el artículo (con su versión grabada en video) del P. Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María, una asociación internacional católica aprobada en 1988 y que cuenta con presbíteros, religiosos y laicos, que se refiere a los cambios ocurridos dentro del Instituto Juan Pablo II con lenguaje bélico, refiriéndose a ellos como muestra clara de la  “guerra civil” que asuela a la iglesia desde el Concilio Vaticano II. El artículo del P. Martín, sobre todo el vídeo que puede encontrarse en su canal de televisión por internet “Magnificat TV” (https://magnificat.tv/) ha tenido una gran resonancia. El artículo expresa su particular visión de los conflictos derivados de las reformas del Vaticano II y contiene afirmaciones sobre las medidas tomadas en los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI en contra de teólogos, que son discutibles, si no es que dolosamente omisas.

El lenguaje bélico, ya se sabe, no abona al diálogo ponderado. Cuando se piensa que uno está dentro de una guerra sin cuartel, el mundo se divide en buenos y malos, en fieles y traidores, sin matices. Para Martín, lo ocurrido en el Instituto Juan Pablo II es, dice citando a George Weigel, el biógrafo de Juan Pablo II, una purga realizada por representantes de la “nueva iglesia”, a quienes acusa de no ser cristianos y ni siquiera creyentes, en contra de los que leen el Vaticano II, afirma, desde la fidelidad a la Palabra y a la Tradición, a quienes termina calificando de “mártires” y “confesores”. Aunque se cuida mucho de no nombrar en ningún momento al Papa Francisco, es inevitable que el lector de su perorata contra la “nueva iglesia” identifique a Bergoglio entre aquellos a quienes Martín fustiga con el látigo de la ortodoxia

El otro extremo del espectro está representado por el artículo de José Manuel Vidal, en el portal Religión Digital (https://www.religiondigital.org/) titulado “Los rigoristas están que trinan y predican el catecismo de la ‘guerra eclesiástica’”. En el artículo señala que con la llegada de Juan Pablo II al papado, “los perdedores (del Concilio Vaticano II) iniciaron una etapa de reconquista, de involución y de congelación de los grandes temas conciliares”. Recuerda en su escrito a los más de 500 teólogos/as condenados en los dos papados anteriores, aunque menciona solamente a 19 de ellos, refutando así directamente a Santiago Martín y refiriéndose a su “peculiar memoria eclesiástica de los últimos años (de la que) han desaparecido los cientos de teólogos represaliados en sus diversas formas”.

Sin empacho de llamar por sus nombres a los conservadores que hoy se rasgan las vestiduras, Vidal se refiere al incidente del Instituto Juan Pablo II como “el desmontaje de uno de sus ‘nidos’ más potentes e influyentes: El Pontificio Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia. Uno de los centros de la involución eclesiástica, con ramificaciones en todo el mundo, incluida España, donde cuentan con el soporte, por ejemplo, del obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Plá, conocido por sus soflamas antigays”.

El 29 de julio pasado, el nuevo Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia ha publicado un comunicado en respuesta a esta polémica. Con serenidad, el comunicado aclara algunas de las inquietudes manifestadas a propósito de los cambios que han tenido lugar en el Instituto y confronta algunas de las falsedades difundidas en algunos medios y las razones del relevo de dos catedráticos del Instituto. Elegantemente, el comunicado de prensa termina con la siguiente leyenda: “Las precisiones aquí reportadas nacen de frente a una comunicación distorsionada, facciosa, quizá de mala fe, que frecuentemente no ha ni siquiera buscado verificar las noticias en sus fuentes. Agradecemos a todos aquellos periodistas que, incluso con legítimas posiciones críticas respecto de algunas de las decisiones tomadas, han querido transmitir con honestidad los cambios que se han realizado. La oficina de prensa esta siempre disponible para aclaraciones e informaciones”. Entiéndalo quien deba entenderlo.

El jueves pasado, el padre Martín volvió a la carga. En el marco de la celebración eucarística, al comentar el evangelio de Mateo en el que Jesús entrega a Pedro las llaves, afirma que no es fácil decidir cuándo Pedro piensa “según piensa Dios” y cuando lo hace pensando “según los hombres”. De nuevo, sin mencionar al Papa –bien se cuida– insinúa que el Papa (el actual, claro, no sus dos antecesores) puede estar traicionando la Palabra de Dios y la Tradición de la iglesia. La homilía del fundador de los Franciscanos de María adolece, cualquier escucha de mediana formación teológica puede notarlo, de una concepción arcaica de revelación que desconoce las aportaciones de la Dei Verbum, además de que, en su guerra santa, parece estar cada vez más cerca de llamar al cisma.

Ahora resulta que quienes ponderaban la obediencia absoluta al Papa como signo de catolicidad, se sienten con el derecho de señalar, desde el púlpito, a Francisco como traidor. ¡cosas veredes, Sancho!

Iglesia y Sociedad

Respeto, compasión, sensibilidad…

5 Jul , 2019  

El 25 de agosto de 2018, con el apoyo expreso del Papa Francisco, el Padre James Martin, de la Compañía de Jesús, participó en el Encuentro Mundial de Familias que se llevó a cabo en Dublín, Irlanda. La sorpresa de muchos fue mayúscula, pues el P. Martin SJ ha escrito un libro titulado “Construyendo puentes”, en el que hace una reflexión sobre la necesidad de acoger a las personas LGBT+ en las comunidades cristianas. La sorpresa era justificada: los Encuentros Mundiales de Familias se habían convertido en palestras de batalla en contra de la diversidad sexual. De repente, uno de los invitados estelares (la sala de conferencias estuvo absolutamente abarrotada) era un sacerdote favorable a una posición de respeto y acogida a quienes no forman parte del colectivo mayoritario heterosexual.

La revista Vida Nueva, una voz de iglesia que ha permanecido en el campo de la información y comunicación por más de 20 años y ha tenido entre sus directores a personajes de la talla de Antonio Montero y José Luis Martín Descalzo, ha publicado un extracto de dicha conferencia, a manera de sugerencia para que las parroquias católicas, en el Día del Orgullo, ofrecieran algunos sencillos signos de acogida a las personas LGBT+.

Lo que más me gusta de esta participación del P. Martin es que no aborda a propósito los aspectos más álgidos de la discusión en curso dentro sobre la diversidad sexual, sino apela al inicio de un proceso de acogida comunitaria ofrecido a las personas LGBT+. Y eso es muy bueno como punto de partida, porque no exacerba el conflicto, sino que propone un camino totalmente inspirado en las actitudes de Jesús. Y eso es capaz de desarmar hasta el más recalcitrante conservador. No conozco personalmente al P. Martin, pero me cae muy bien y estoy seguro de que es una persona sincera y bondadosa, porque confía en que, si escuchamos sin prejuicios a las personas, terminaremos empatizando con ellas. Basta, pues, de introducción. Les comparto en esta columna el artículo de Vida Nueva. Pueden encontrarlo directamente en www.vidanuevadigital.com. Ojalá puedan darse tiempo de leerlo hasta el final.

“Uno de los desafíos más recientes para las parroquias católicas es cómo dar la bienvenida a los feligreses LGBT+. El Catecismo dice: “Se debe evitar todo signo de discriminación injusta” cuando se trata de personas LGBT+. ¿Creemos esta parte del Catecismo? La Congregación para la Doctrina de la Fe escribió en 1986: “Es deplorable que las personas homosexuales hayan sido y sean objeto de violencia de palabra o de obra. Tal tratamiento merece la condena de los pastores de la iglesia donde quiera que ocurra”. ¿Creemos en esa Declaración de la Congregación de la Doctrina de la Fe?

¿Qué puede hacer una parroquia para ser más acogedora y respetuosa? ¿Cómo podemos tratar a personas LGTBI con las virtudes que el Catecismo recomienda: Respeto, compasión y sensibilidad? Déjenme sugerir 10 ideas:

1. Examina tus propias actitudes hacia la personas LGTBI

¿Crees que alguien es pecadora porque es lesbiana o está más inclinada al pecado que una mujer heterosexual? ¿Consideras a los padres de un adolescente gay “responsables” de su orientación? ¿Crees que una persona es transgénero solo porque está “de moda”? Aquí hay otra pregunta: si no se te han acercado, y no conoces o conoces muy pocas personas LGTBI, ¿te has preguntado por qué será?

Del mismo modo, ¿los estás discriminando en tu corazón? ¿Por ejemplo, aplicas a la comunidad LGTBI los mismos estándares que a la comunidad heterosexual? Con las personas LGTBI tendemos a centrarnos en si se ajustan por completo a las enseñanzas de la Iglesia sobre la moralidad sexual. Entonces, ¿estás haciendo lo mismo con los parroquianos heterosexuales, con aquellos que cohabitan antes de casarse o practican el control de la natalidad? Sé consistente respecto a aquéllos cuyas vidas se escruta. Los pastores suelen ser más comprensivos con las situaciones complejas de personas heterosexuales porque las conocen. Por ejemplo, aunque Jesús condena el divorcio directamente, la mayoría de las parroquias dan la bienvenida a las personas divorciadas. ¿Tratamos a las personas LGTBI con la misma comprensión?

¿Qué puedes hacer respecto a estas actitudes? Sé honesto al respecto. Pero también infórmate acerca de los hechos, no de los mitos, acerca de la orientación sexual y la identidad de género, de fuentes científicas y científico-sociales, no de rumores, o de sitios web desinformados y homofóbicos. Luego, habla con Dios y con tu director espiritual acerca de tus sentimientos y sé abierto a la respuesta de Dios. Invita a tu equipo pastoral a hablar acerca de sus sentimientos y experiencias. Esto lleva al siguiente paso.

2. Escúchalos

Escucha las experiencias de católicos LGTBI y sus padres y familias. Si no sabes qué decir, podrías preguntar: “¿Cómo fue crecer como un chico gay en nuestra Iglesia?”. “¿Cómo es ser una lesbiana católica?”. Y una pregunta importante, “¿cómo es ser una persona transgénero?”. Todavía sabemos poco sobre la experiencia transgénero, así que debemos escuchar. Invita a los padres de un niño LGTBI para hablar con su equipo pastoral. Pregúntales: “¿Qué se siente al tener un hijo gay?”, “¿cómo la Iglesia te ha ayudado o te ha herido?”, “¿cómo ha cambiado tu comprensión de Dios?”. Y presta atención a lo que dicen. Con ese fin, estén atentos al lenguaje que ellos dicen que les parece ofensivo e innecesariamente dañino: “Sodomía”, por ejemplo. Los nombres, las palabras y la terminología tienen importancia.

En general, ya sea que ustedes estén participando en una pastoral tal como un programa de sensibilización LGTBI o si se están reuniendo con personas LGTBI, individualmente, comiencen a escuchar sus experiencias. Para ese fin, confía en que el Espíritu Santo los guiará en su formación como cristianos. No tratamos a otros católicos simplemente repitiendo las enseñanzas de la Iglesia sin considerar sus experiencias vividas. Así que evite hacer eso con la gente LGBTI. Observa cómo Jesús trató a las personas marginadas: por ejemplo, cómo trató a la mujer samaritana. ¿La castiga por haberse casado varias veces y vivir con alguien? No. En cambio, Jesús la escucha y la trata con respeto. Así que sé como Jesús: escucha, encuentra, acompaña. Si la Iglesia escuchara a las personas LGTBI, el 90 por ciento de la homofobia y el prejuicio desaparecerían.

3. Reconoce su existencia en las homilías

Las personas LGTBI nunca deberían ser degradadas o humilladas desde el púlpito, y nadie debería hacerlo. Tan solo mencionarlos puede ser un paso adelante. Algunas veces, en las homilías diré: “Dios nos ama a todos, ya sea que seamos viejos o jóvenes, ricos o pobres, heterosexuales o L.G.B.T.” Incluso algo tan pequeño como eso puede enviar una señal. Eso también envía una señal a sus padres y abuelos, hermanos y hermanas, tías y tíos. Puede que no creas que tienes gente L.G.B.T. en tu parroquia. Pero ciertamente tienes padres y abuelos de gente L.G.B.T. Tú tienes personas que aman a personas L.G.B.T. en tu parroquia. Recuerda que cuando estás hablando acerca de personas L.G.B.T. estás hablando acerca de sus hijos.

4. Discúlpate con ellos

Si los católicos LGTBI o sus familias han sido lastimados en nombre de la Iglesia por comentarios y actitudes y decisiones homofóbicas, discúlpate. Y aquí estoy hablando a los ministros de la Iglesia. Fueron perjudicados por la Iglesia, tú eres un ministro de la Iglesia. Puedes disculparte. Eso no resuelve todo, pero es un comienzo.

5. No reduzcas a los gays y lesbianas a un llamado a la castidad

Las personas LGTBI son más que sus vidas sexuales. Pero a veces eso es todo lo que oyen. Recuerda no enfocarte únicamente en la sexualidad sino en las muchas otras alegrías y tristezas en sus vidas. Ellos llevan vidas ricas. Muchos católicos LGTBI son padres o están cuidando a padres que envejecen; muchos ayudan a los pobres en su comunidad; muchos están involucrados en organizaciones cívicas y caritativas. A menudo están profundamente involucrados en la vida de la parroquia. Vélos en su totalidad. Y si hablas de castidad con gente LGTBI, hazlo tanto cuanto lo haces con personas heterosexuales.

6. Inclúyelos en los ministerios

Como lo mencioné, hay una tendencia a enfocarse en la moralidad sexual de los feligreses LGBTI, lo que es erróneo, porque primero, a menudo no tienes idea de cómo son sus vidas sexuales; y, en segundo lugar, incluso si fallan, no son los únicos. Como resultado, las personas LGTBI pueden sentir que tienen que ser deshonestas acerca de quiénes son y que ellos no tienen lugar en las pastorales. Como todos los demás en tu parroquia que no están a la altura de los Evangelios –que somos todos–, las personas LGTBI deben ser invitadas a los ministerios y pastorales parroquiales: ministros de la eucaristía, ministros de música, lectores, ministerio para duelo y todos los ministerios y pastorales. Por cierto, al no darles la bienvenida, la Iglesia pierde sus dones. Simplemente irán a donde sean bienvenidos, a donde puedan traer su ser completo. Además, pedírselo a alguien que toda su vida se ha sentido excluido(a), puede cambiarle la vida.

7. Reconoce sus dones individuales

No solo debemos reconocer los dones que las personas LGTBI ofrecen en la Iglesia como un grupo, sino que sus dones individuales debieran ser valorados. Por ejemplo, uno de los miembros del coro en mi parroquia jesuita es un hombre gay. Él es amable y compasivo, y su hermosa voz lo ha convertido en una parte esencial de nuestra alabanza durante 20 años. Probablemente tengas personas similares en tu parroquia. Recuerda lo importante que es reconocerlos, alabarlos, enaltecerlos. ¡No escondas la luz debajo del celemín!

8. Invita a todo el personal de la parroquia a darles la bienvenida

Puedes tener un pastor acogedor, pero ¿y qué hay de todos los demás? ¿Sabe la persona que está contestando el teléfono qué decirle a una pareja lesbiana que desea bautizar a su hijo? En los funerales, ¿se trata a los hijos adultos homosexuales del fallecido con el mismo respeto que a los demás hijos? ¿Qué hay del maestro en una escuela parroquial que tiene dos padres que asisten a una conferencia de padres y maestros? ¿Cómo trata un diácono al padre de un homosexual que acaba de morir y que quiere un funeral para su hijo? ¿Los católicos homosexuales y lesbianas son bienvenidos en los grupos de duelo cuando un compañero muere? ¿Está tu parroquia abierta a los hijos de todas las parejas, no solo de las parejas heterosexuales? ¿Los niños de parejas lesbianas y homosexuales son bienvenidos en las escuelas parroquiales, programas educativos y programas de preparación a los sacramentos? ¿Está educado tu personal parroquial en la gama completa de la enseñanza de la Iglesia acerca de la no discriminación y la divulgación pastoral?

La voz de tu parroquia no es solo la voz de tu pastor, sino la de todos. Piénsalo de esta manera: al no dar la bienvenida y excluir a católicos LGTBI, la Iglesia no cumple con su llamado a ser la familia de Dios. Al excluir a las personas LGTBI, estás rompiendo la familia de Dios. Estás destrozando el Cuerpo de Cristo.

9. Desarrolla un programa de divulgación

Como todos, los católicos LGTBI quieren sentirse que son parte de la Iglesia. Y, como para con todos sus hijos, la responsabilidad de la Iglesia es invitarlos a formar parte de la comunidad. Pero para muchas personas LGTBI, la Iglesia no ha sido un lugar de bienvenida. De tal manera, los eventos y programas de sensibilización LGTBI son útiles para tender puentes entre tus intenciones y sus sospechas.

En cuanto a los eventos, hay muchas posibilidades: se puede ofrecer una misa de bienvenida, un retiro de fin de semana, un día de reflexión, un club de lectura o un conferencista. Y las conferencias no tienen que centrarse únicamente en asuntos LGTBI. Es decir, patrocina a un conferencista para que hable con feligreses LGTBI sobre la oración. O muestra un video sobre un tema sobre el que la gente necesita información, tal como la experiencia de las personas transgénero. Y una vez más, ese tema, las personas transgénero, es algo que la Iglesia necesita aprender porque la sociedad en general todavía está aprendiendo.

Respecto a los programas de sensibilización LGTBI, hay muchos modelos. Van desde programas donde personas LGTBI hablan entre sí de manera privada hasta aquellas en las que feligreses LGTBI se reúnen con otros feligreses; a programas de educación sobre la enseñanza de la Iglesia; hasta enfoques más holísticos donde el grupo no se enfoca en la sexualidad sino en otras preguntas a las que las personas LGTBI se enfrentan; a grupos familiares para padres; a grupos que alcanzan hasta la comunidad LGTBI en el área, como trabajar en albergues para la juventud LGTBI; a lo que se podría llamar programas de “integración”, en que la parroquia incluye tópicos LGTBI como un elemento entre muchos en la parroquia: en los programas de educación de adultos, de justicia social y en la pastoral juvenil. Todo esto depende de tu parroquia.

El año pasado, la parroquia jesuita donde celebro la misa, llamada, como era de esperar, San Ignacio de Loyola, patrocinó una noche de intercambio de historias. Seis miembros de nuestra parroquia se reunieron, tres hombres gay, la madre de un niño gay, el padre de un niño gay y su hijo adolescente gay, para hablar de sus vidas. Compartir historias de alegrías y penas fue sanador para ellos y para toda la parroquia. ¿Por qué fue sanador para ellos? Imagínate pensar toda tu vida que no eres parte de la Iglesia y que luego te piden que hables sobre tus experiencias. Y sanador para el resto de la parroquia, porque nos unió a todos de una manera que difícilmente podríamos haber imaginado.

10. Aboga por ellos

Sé profético. Hay muchas ocasiones en que la Iglesia puede proporcionar una voz moral para esta comunidad perseguida. Y no estoy hablando de temas candentes como el matrimonio entre personas del mismo sexo. Estoy hablando de incidentes en países donde los homosexuales son acorralados y encarcelados o incluso ejecutados por ser homosexuales y las lesbianas son violadas para “curarlas” de sus orientaciones sexuales. En esos países, los temas LGTBI son temas vitales. En otros países, puede ser reaccionando ante incidentes de suicidios de adolescentes o ante crímenes de odio o intimidación. Hay muchas oportunidades para que las parroquias solidaricen con las personas LGTBI que están siendo perseguidas”.

*Extracto de la conferencia del Encuentro Mundial de Familias en Dublín, Irlanda, el 23 de agosto de 2018.

Iglesia y Sociedad

El rito maya del Ch’a’a Chaak

28 May , 2019  

Se acercan los tiempos de lluvia. La espiritualidad maya, enraizada en una íntima relación con la naturaleza y ligada tradicionalmente a la agricultura, celebra uno de sus ritos más característicos. El Ch’a’a Chaak es un rito maya que se desarrolla en el campo y se conserva en muchos pueblos mayas de la península de Yucatán. Se trata de una celebración comunitaria a la que está invitado todo el pueblo, con el propósito de pedir a las fuerzas de lo Alto lluvia para las sementeras. El rito genera lazos de comunitariedad entre las personas que participan, ya que es una celebración que implica una compleja organización desde varios días antes de su realización: preparación del terreno, preparación del altar, quiénes cocinarán, quiénes prestarán sus utensilios para la cocina, etc., lo que implica un proceso de comunicación y de organización muy amplio.

Este rito maya de petición de la lluvia, dado que implica a todo el pueblo y genera muchos gastos, se ha ido rezagando y en muchas comunidades se ha dejado de hacer. Otro factor que provoca que su realización sea menos frecuente que antes, es la escasez de sacerdotes mayas (J’Meno’ob) que lo presiden.

El rito puede tener muchas variantes, según la zona en que se realice. Sin embargo, una columna vertebral de tres partes lo configura como una de las expresiones cumbres de la espiritualidad maya.

Preparación:

La comunidad de reúne para limpiar el terreno. El rito se realiza en el monte. Se busca al J’Men que acompañará y ofrecerá los rezos y la comida. Desde 24 horas antes la comunidad se reúne para estos preparativos. Los varones limpian y arreglan el lugar, hacen los huecos para cocinar los alimentos, preparan el altar, que debe tener trece arcos hechos con bejucos y plantas, y adornan el sitio para que al amanecer del día siguiente comiencen los rezos. Colocan pequeñas jícaras en cada uno de los 13 arcos, donde, llegado el momento, el J’Men ofrecerá bebida sagrada a los vientos.

En tanto que las mujeres, al mismo tiempo, recogen las ofrendas, organizan quiénes molerán el maíz y quiénes sacrificarán los animales, preparando de antemano el lugar y los utensilios que se requerirán para cocinarlos. Una antigua tradición, que se ha ido perdiendo en algunos pueblos mayas, es la invitación a los niños y niñas, que en el marco del rito tendrán una participación importante.

Realización:

Al amanecer, desde muy temprano, comienza una larga jornada de trabajo coordinado y con responsabilidades bien definidas. Los participantes se dividen en varios grupos. El J’Men y sus auxiliares comienzan las oraciones. Un grupo de varones enciende la leña que se coloca en el hueco hecho para la cocción de los alimentos. Otro grupo de varones hace los pibes de masa de maíz que se cocerán bajo tierra: una especie de tortillas gruesas de masa con incrustaciones de pepita. Un grupo de mujeres comienza a cocinar el pollo y el cerdo que acompañarán la comida ritual. Paulatinamente van llegando los pobladores e invitados y se van integrando a los distintos grupos de trabajo.

El J’Men tiene, durante todo ese día, diversos momentos de oración. Convoca a los vientos de los cuatro puntos cardinales, llama a los dueños del monte y guardianes de los lugares sagrados (Yuumo’ob) y pide al Dios de la vida la gracia de la lluvia para los campos, de manera que se logre buena cosecha. Mientras el J’Men reza, la participación de los niños es importante: acuclillados y con un pie atado a los arcos del altar comienzan a hacer sonidos guturales como imitando el croar de las ranas que claman por la lluvia. Algo así como “lek lek lek lek lek… lek lek lek lek lek…”.

Llegado el momento, se ofrendan las tortillas y se ponen a cocer. Al terminar su cocimiento, se sacan las tortillas ofrendadas y, ya cocidas, se amasan hasta convertirlas en un material colado que se revuelve con achiote. Se comparte a todos los participantes hacia el mediodía ya con la comida realizada por las mujeres.

Distribución:

queda Terminado el rito y la comida ritual que lo finaliza, viene la repartición. Después de agradecer a la Divinidad su intervención para que la lluvia caiga, de manera que haya siembra y cosecha y alimento para los animales, la comida restante, que es abundante, se divide equitativamente entre las familias participantes, para que cada una pueda llevar algo a sus casas y compartirlo con las personas que no pudieron asistir. Esto subraya que la bendición de la lluvia que se implora, y que queda significada en la comida que se comparte, no es solamente para los que estuvieron en el rito sino que, generosamente, se comparte con las demás familias. Casi se puede oír el eco de aquella cita evangélica: “Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que manda la lluvia sobre justos e injustos y hace salir su sol sobre buenos y malos…” (Mt 5.45)

La riqueza espiritual de esta práctica religiosa ancestral tiene, seguramente, muchos matices que no me siento autorizado a desgranar. Vayan estas líneas solamente como signo de mi profunda admiración por el pueblo maya y sus símbolos. Y como denuncia, claro, de la ignorancia y estulticia de quienes hablan de los mayas como si de un pueblo desaparecido y extinto se tratara.