Iglesia y Sociedad

Misterio y sorpresa a la vuelta de la esquina

22 Feb , 2011  

El pasado 12 de febrero se cumplieron 27 años del fallecimiento de Julio Cortázar. Comparto con ustedes una conversación que sostuve con la comunidad argentina avecindada en Mérida, en diciembre de 2007.

El título de esta conversación sobre Julio Cortázar refleja los dos elementos fundamentales que quiero abordar. En primer lugar, aquella noción de sorpresa o de tensión resuelta que caracteriza la cuentística de Cortázar y, en segundo lugar, un pensamiento cariñoso hacia el ser humano que tanta gente sigue queriendo y recordando. Y es que creo que Julio Cortázar se ha mantenido en la memoria de muchos precisamente por esa conjunción entre calidad literaria y compromiso humano.

Así que, sin más preámbulos, vayamos entrando en materia. Sin duda, cualquier persona a quien se le pidiera que dijera, rápidamente y sin pensarlo, alguna obra de Cortázar respondería Rayuela. Y no es para menos. Ha arrancado elogios de amplias dimensiones, como el lanzado por el novelista C.D.B. Bryan desde el New York Times en 1969: “Rayuela es la novela más magnifica que he leído y a la que siempre vuelvo. No hay novela de autor vivo que me haya influido más, intrigado más, cautivado más… No hay novela que haya explorado tan satisfactoria, completa y bellamente la compulsión del hombre a explicar la vida, buscar su sentido, desafiar sus misterios”. Así es: Rayuela ha sido un parte aguas en la producción literaria de América Latina. A los diez años de haber sido publicada la novela, en 1973, en una lúcida entrevista que le hiciera Evelyn Picon Garfield, Cortázar comentó:

—Muchos consideran que Rayuela es la cumbre de tu obra, y que después de tal libro no seria posible sobrepasarlo. Ahora, después de muchos libros y diez años más o menos, ¿qué puedes decir de ese comentario?

—No es el tipo de comentario que a mí me gusta demasiado, porque en el fondo todo es una cuestión de perspectiva. Hoy, a diez años de su publicación, justamente Rayuela cumplió diez años hoy, es un niño ya grandecito. Yo estoy de acuerdo con los críticos. Si me preguntaran cuál es el libro que tiene más peso para usted en todo lo que usted ha escrito, yo diría Rayuela… no sé, me gustaría saber dentro de veinte años cuál es la perspectiva, porque yo que he leído bastante literatura comparada años atrás, he visto hasta qué punto los críticos se equivocaban en la estimación de los libros de un determinado autor. Es decir, que a los cinco o diez años de publicados los libros, les parecía que la obra maestra era el libro H y que todo el resto era inferior. Pero veinticinco años después el libro H se hunde y hay otro libro de ese mismo autor que parecía menos importante, que de golpe toma toda su fuerza, todo su sentido. De manera que hay un relativismo y una perspectiva muy cambiante. Pero ahora, a diez años sí, yo creo que Rayuela. Si yo tuviera que llevar uno de mis libros a la isla desierta, yo me llevo Rayuela.

Mi camino a Cortázar, en cambio, ha sido distinto. Todo comenzó por un libro que cayó en mis manos: se llamaba El Último Round y era una espléndida miscelánea que contenía, desde los graffiti pintarrajeados en los muros de París en mayo del 68, hasta juegos literarios conocidos como “pameos o meopas”, que no poemas, pasando por una sesuda discusión con Roberto Fernández Retamar acerca del dificilísimo equilibrio entre el contenido de tipo ideológico y el contenido de tipo literario en una obra, uno de las polémicas más candentes en la literatura contemporánea.

Mi fascinación por la obra cortazariana había comenzado. Por eso a mí me parece que Rayuela, precisamente por su monumentalidad, no es el vehículo más idóneo para un primer contacto con Julio. Yo, por ejemplo, me resistí durante muchos años a la lectura de Rayuela. Un primer acercamiento me dejó cierta impresión de pedantería. Quedé, en cambio, inmediatamente subyugado por los cuentos de Cortázar, esos prodigios de redondez y de concentración. Por eso sostengo que es mejor entrarle al toro por los cuentos (dicho sea esto a pesar de que a Cortázar le gustaba mucho más el box que la fiesta brava).

Y es que nada más difícil que la definición del género literario cuento. ¿Qué lo diferencia de la novela y de otras formas narrativas? ¿Solamente la dimensión y/o el número de personajes? ¿La complejidad de la trama? Cada una de estas proposiciones podría ser desmentida en los hechos. Hay ciertas novelas breves que no se diferencian mucho en extensión de un cuento, como algunas de las novelas ejemplares de Cervantes. Hay cuentos de trama complejísima y que abarcan un gran número de personajes. Miremos, pues, la idea que el mismo Cortázar tenía del cuento:

“Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria. Cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector… Por ahí he escrito que para mí un cuento evoca la idea de la esfera, es decir, esa forma geométrica perfecta en la que un punto no puede separarse de la superficie total, de la misma manera que una novela la veo con un orden muy abierto, donde las posibilidades de bifurcar y entrar en nuevos campos son ilimitadas. La novela es un campo abierto verdaderamente; para mí, un cuento, tal como yo lo concibo y tal como a mí me gusta, tiene límites y, claro, son límites muy exigentes, porque son implacables; bastaría que una frase o una palabra se saliera de ese límite, para que en mi opinión el cuento se viniera abajo. Y he visto muchos cuentos venirse abajo por eso, por destruirlo todo en el último momento, por ejemplo, con una tentativa de explicación de un misterio, cuando el misterio era más que suficiente en el cuento, cada uno podría encontrar allí su propia lectura, su propia interpretación. Hay gente que malogra cuentos, poniéndolos excesivamente explícitos, entonces la esfera se rompe, deja de ser el orden cerrado”.

Y eso es precisamente lo que hay que admirar de la cuentística de Cortázar. Hay una cierta sensación de vértigo y de redondez acabada en La continuidad de los parques, acaso el más breve y más estudiado de los cuentos de Cortázar. Otros cuentos son una explosión de fantasía, como La puerta condenada, Estación de verano o No se culpe a nadie, éste último un extraordinario relato de lo que puede pasarle a una persona al ponerse el suéter. Algunos cuentos de Julio son trasgresores del tiempo: ahí están Sobremesa y Autopista del Sur. O trasgresores del lenguaje, como La Señorita Cora, ese lúdico rompecabezas que hay que armar. Y es que Cortázar es, sin duda, un trasgresor, trasgresor de la lengua y de las ideologías, del tiempo y del espacio.

Algunos otros cuentos hacen honor a las grandes pasiones de Julio: su pasión por el boxeo (Torito), o su pasión por la música, en uno de sus más significativos cuentos llamado El perseguidor. En algunos cuentos, Cortázar realiza lo que muy pocos logran hacer en un texto literario: convertirlo en una metateoría. Me explico: se trata de hacer un cuento en el que la materia misma del relato es la elaboración del cuento y su proceso. Algo parecido a lo que Silvio Rodríguez, ese músico, tan redondo como Cortázar, hace en la canción Playa Girón. Los cuentos Las babas del diablo y Diario para un cuento, son quizá los ejemplos más acabados de lo que vengo diciendo.

Sí, mi territorio cortazariano favorito son los cuentos. Hay una diferencia fundamental entre este género narrativo y el de la novela. Así lo explica Julio: “Para mí el cuento es un texto, continuo y cerrado sobre sí mismo, que exige un alto grado de perfección para que sea eficaz. No quiero decir perfección artificial hecha desde afuera, sino perfección interna. Ahora esa perfección interna del cuento, el escritor tiene que ayudarla y completarla con una versión idiomática perfecta; es decir, el lenguaje tiene que ser implacablemente justo. No puede haber adjetivos de sobra en un cuento. No puede haber indecisiones a menos que eso forme parte de la intención del cuento. Es decir, el cuento tiene que ser un poco como el soneto en la poesía. Tiene una especie de definición formal, muy justa, muy precisa, en mi opinión. La novela es todo lo contrario. La novela permite bifurcaciones, desarrollos, digresiones. Lo sabemos de sobra. Entonces, curiosamente, la novela es un género mucho más peligroso que el cuento porque facilita todas las indisciplinas, todas las negligencias; tú te dejas ir escribiendo una novela. Hay que tener mucho cuidado después en el ajuste final. En cambio yo pienso que en mi caso con un cuento, cuando yo veo con claridad por lo menos el comienzo del cuento, hay algo que hace que al irlo escribiendo sea ya casi perfecto. Hay realmente muy poco que cambiar después en mi caso. En la novela, no”.

Quizá sea en los cuentos donde aparece con más nitidez la que me parece la más atractiva característica de la literatura de Julio y que me atrevo a resumir en una frase: la realidad siempre esconde un misterio y nada, o casi nada, es lo que parece ser. Hay, en efecto, misterio y sorpresa escondidos en el reverso de la realidad cotidiana. Cuando Julio hubiera cumplido 81 años, el 26 de agosto de 1995, yo le escribí una carta al más allá. En ella le agradecía muchas cosas: Rayuela y sus múltiples alternativas de lectura, los ensayos sobre el escritor y la revolución… y, sobre todo, los cuentos. “Este último -le decía yo a Julio en aquella misiva- es mi territorio preferido: tus cuentos, la posibilidad de lo fantástico a la vuelta de la esquina, la casa ocupada de fantasmas, el hombre que vomitaba conejitos cada segundo día, el lector que se descubre la víctima de la novela que lee, el sueño que se convierte en realidad y la realidad que se torna sueño, el boxeador y sus recuerdos de gloria, el embotellamiento automovilístico que dura varios días. En fin: tus cuentos: esos pozos de ingenio y de sorpresas”.

A eso me refiero cuando digo que éste es el gran atractivo de la literatura de Cortázar: es una literatura que no se construye en torno a la certeza, sino a la ambigüedad. Ya lo decía un viejo prologuista de Julio, Alberto Cousé: “una certeza es una verdad central dura y deslumbradora como un diamante o, más modestamente, simple y redonda como una buena papa sacada de la tierra. Pero las seguridades más seguras, si se me permite la redundancia, son abrumadoramente visibles, corpóreas, evidentes. En base a esas verdades absolutas los grandes de este mundo organizan la realidad, los medianos la legislan y los menores (¡pobrecitos!) la repiten a tontas y a locas, copian sus modelos como pueden y con frecuencia la caricaturizan. Pero no importa, porque van sobre seguro: dos más dos son cuatro, yo soy Fulano de Tal, nací en tal parte; todo los respalda: la identidad, el día y la noche, el paso inexorable de los años, las estadísticas, las definiciones del bien y del mal”.

Pero, ¿qué es lo que pasa cuando alguien comienza a sospechar que la realidad es a la vez estática y dinámica, que es vigilia y sueño, coherencia y disparate, causalidad y casualidad, ser y no ser, y todo ello al mismo tiempo? Entonces pueden comenzar a pasar cosas horribles. Hablar de ello está condenado a la impopularidad. Todos quieren verdades groseramente redondas. Pero Cortázar nos enseña que el mundo no es así, sino que está lleno de escandalosas fantasías. Así continúa diciendo ese viejo crítico de Julio: “lo que ocurre es que la foto está movida, el rollo estaba viejo, o el campeón del encuadre todavía no nació. Y cuando se tiene esa intuición toda ortodoxia hiede como un muerto antiguo: no hay más camino que la cuerda floja, ni medio de transporte que no sean los zancos, ni modo de evitar meter a cada rato el dedo en el ventilador…”

Quisiera ahora, si no se han aburrido, pasar a considerar el segundo aspecto de esta disertación: la evocación de la entrañable persona de Julio Cortázar. Escuchemos cómo el mismo escritor nos habla de su biografía remota escrita en una carta enviada desde París en 1963:
“Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde)… Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevó a mi madre a Bruselas. Me tocó nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de él me quedó la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados. (El cuento Los Venenos es muy autobiográfico). Estudios secundarios en Buenos Aires: maestro normal en 1932. Profesor normal en letras en 1935. Primeros empleos, cátedras en pueblos y ciudades de campo, paso por Mendoza en 1944-1945 después de siete años de enseñar en escuelas secundarias. Renuncia a través del fracaso del movimiento antiperonista en el que anduve metido, vuelta a Buenos Aires. Ya llevaba diez años escribiendo, pero no publicaba nada o casi nada (un tomito de sonetos, quizá un cuento). De 1946 a 1951, vida porteña, solitaria e independiente; convencido de ser un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético. Traductor público nacional. Gran oficio para una vida como la mía en ese entonces, egoístamente solitaria e independiente.”

Entre las cosas que yo debo agradecerle a Julio Cortázar está que le gustara el jazz, que fuera -como yo- un apasionado de Janis Joplin, que amara a los gatos (sobre todos ellos a su gato, que para no dejar de joder se llamaba Teodoro W. Adorno), que le gustara fumar pipa y sentarse a oír música en la semipenumbra de las tardes de otoño. Le agradezco la longitud descomunal de su cuerpo (sólo así podía caber en él un corazón de las dimensiones del suyo), su insaciable afán lúdico y su fidelidad a las causas grandes de la justicia y la paz en América Latina. Sí, a Julio le agradezco que haya soportado la injuria y la marginación antes que abandonar su firme posición política ante Cuba y Nicaragua. Le agradezco, en fin, que haya sido el gran cronopio, el hombre generoso que fue.

Puede ser que alguno se pregunte qué es eso de cronopio. Hay una obra de Cortázar que explica la denominación. Se trata de Historias de Cronopios y de Famas, una serie de cuentos cortos escritos en prosa poética “más para ser sentida que entendida”, Cortázar -para quien “el humor es una de las cosas más serias en la existencia”- agrupa a los seres humanos en tres categorías: 1) cronopios (seres artísticos, temperamentales, “desordenados y tibios”, “que se ne fregan”); 2) famas (“en las sociedades filantrópicas las autoridades son todas famas”, “pesimistas por naturaleza”); 3) esperanzas (“se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan”). Cortázar adquiere la noción de esos personajes que llamará cronopios durante un concierto de Louis Armstrong en París en 1952. Escribe entonces una reseña para Buenos Aires Literaria que 15 años después es reeditada en su libro La vuelta al día en ochenta mundos: “Un mundo que hubiera empezado por Picasso en vez de acabar por él, sería un mundo exclusivamente para cronopios, y en todas las esquinas los cronopios bailarían tregua y bailarían catala, y subido al farol del alumbrado Louis soplaría durante horas haciendo caer del cielo grandísimos pedazos de estrellas de almíbar y frambuesa, para que comieran los niños y los perros… Son cosas que uno piensa cuando está embutido en una platea del teatro des Champs Elysees…, y los famas llegados al concierto por error o porque había que ir o porque cuesta caro, se miran entre ellos con un aire estudiadamente amable, pero naturalmente no han entendido nada…”.
Si los cronopios representan a los seres artísticos, temperamentales “que se ne fregan”, entonces Julio Cortázar es, sin duda, uno de ellos.

Diré entonces una palabra breve sobre el Cortázar político. Estamos a veces tan acostumbrados a los últimos años de Cortázar, los años de su incondicional apoyo a la revolución nicaragüense que nos legara el hermoso libro Nicaragua, tan violentamente dulce, que pensamos que fue siempre un zoon politikon. Pero no fue así. A pesar de que en Argentina asumió una posición claramente antiperonista, Cortázar era, en general, bastante indiferente a las cuestiones políticas. Escuchemos cómo lo cuenta el mismo Julio: “Mi actitud política que se limitaba —como las actitudes políticas de la mayoría de mis amigos y de la gente de mi generación— a la expresión de opiniones en un plano privado y a lo sumo en un café, entre nosotros, pero que no se traducía en la menor militancia. Es decir que yo me sentía antiperonista pero nunca me integré a grupos políticos o grupos de pensamiento o de estudio que pudieran tratar de llegar a hacer una especie de práctica de ese antiperonismo. Todo quedaba en esa época en la opinión personal, en lo que uno pensaba. Y curiosamente eso nos satisfacía a casi todos nosotros, nos parecía suficiente. Incluso nuestra posición durante la guerra civil española y durante la segunda guerra mundial. En un caso, claro, estábamos por los republicanos, pero ninguno de nosotros fue a combatir como voluntario a España y ni siquiera actuó políticamente en asociaciones republicanas en Argentina. Y naturalmente, cuando la segunda guerra mundial éramos todos antinazis, pero ese antinazismo no se tradujo nunca en ninguna militancia. Las había y se podía hacer cosas en el plano práctico. Digamos entonces que mis decisiones políticas ya estaban tomadas y daban hacia la izquierda, pero no pasaban de una opinión, en realidad era un punto de vista que no se diferenciaba mucho de los puntos de vista que yo podía tener sobre la literatura o sobre la filosofía”.
¿Qué fue, pues, lo que provocó el giro de Julio hacia la militancia? La revolución cubana, el contacto directo con la realidad de la Cuba revolucionaria de los primeros años. Cortázar anduvo en Cuba en 1961, apenas a dos años del triunfo de los barbudos, lo que produjo una transformación en el escritor. Así lo cuenta: “vi que por primera vez yo había estado metido en pleno corazón de un pueblo que estaba haciendo su revolución, que estaba tratando de buscar su camino. Y ése es el momento en que tendí los lazos mentales y en que me pregunté, o me dije, que yo no había tratado de entender el peronismo. Un proceso que no pudiendo compararse en absoluto con la revolución cubana, de todas maneras tenía analogías: también ahí un pueblo se había levantado, había venido del interior hacia la capital y a su manera, en mi opinión equivocada y chapucera, también estaba buscando algo que no había tenido hasta ese momento. La revolución cubana, por analogía, me mostró entonces y de una manera muy cruel y que me dolió mucho, el gran vacío político que había en mí, mi inutilidad política. Desde ese día traté de documentarme, traté de entender, de leer: el proceso se fue haciendo paulatinamente y a veces de una manera casi inconsciente. Los temas en donde había implicaciones de tipo político o ideológico más que político, se fueron metiendo en mi literatura. Ése es un proceso que se puede ir apreciando a lo largo de los años… (Ahí está, por ejemplo) ese cuento que se llama Reunión, cuyo personaje es el Che Guevara. Ése es un cuento que yo jamás habría escrito si me hubiera quedado en Buenos Aires ni en mis primeros años de París, porque no me hubiera parecido un tema, no hubiera tenido ningún interés para mí. En cambio, en ese momento, el tema de ese relato me resultaba absolutamente apasionante, porque yo traté de meter ahí, en esas 20 páginas, toda la esencia, todo el motor, todo el impulso revolucionario que llevó a los barbudos al triunfo… Entonces, en muy poco tiempo se produce la aparición de lo que actualmente se llama el compromiso. Es decir, que yo empiezo a darme cuenta, a descubrir un territorio que hasta entonces apenas había entrevisto. Lo cual no quiere decir que yo vaya a ser un escritor de obediencia, un escritor que se limita únicamente a defender su causa y a atacar a la contraria, sino que voy a seguir viviendo en plena libertad, en mi terreno fantástico, en mi terreno lúdico…”

Cortázar fue un hombre íntegra, totalmente dedicado a la literatura. Nada más lejos de él que esa imagen de escritor politizado, que usa los relatos a manera de panfletos. Se trata, por el contrario, de un literato que comienza a incorporar o fusionar en su obra preocupaciones de tipo político. A Julio le horrorizaba que pudiera existir un “escritor comprometido”que lo fuera de tal manera que todo lo que escribiera estuviese embarcado e ese compromiso, sin libertad para escribir otras cosas. Cortázar vivía en un mundo de literatura, un mundo lúdico por excelencia, y nunca consideró el compromiso político como una obediencia al deber de ocuparse exclusivamente de cosas ideológicas. Por eso, aún en sus obras más políticas como El libro de Manuel, nos encontramos con buena literatura, no con propaganda política de baja estofa.

Lo dice el mismo Julio con estas palabras: “Cuando a mí me nace la idea de un cuento que tiene una referencia a las desapariciones en Argentina, escribo ese cuento con el mismo criterio literario y la misma absorción literaria con que puedo escribir cualquier cuento puramente fantástico, digamos La isla a mediodía. Para mí se trata de obras literarias, sólo que en el caso de los desaparecidos se trata de un tema que significa mucho para mí, es ese tema espantoso de lo que ha sucedido en Argentina estos últimos años, y se presenta como una posibilidad de desarrollo literario y si lo escribo igual que los cuentos puramente literarios, hay una cosa que me complace, y es que una vez que lo he terminado no puedo dejar de pensar que ese cuento va a llegar a muchos lectores y que además del efecto literario va a tener un efecto de tipo político. Ésa me parece que es la visión del compromiso, la justa en un escritor… El problema consiste en tratar de conseguir una convergencia de la historia contemporánea con la literatura pura. Convergencia particularmente difícil porque en la mayoría de los libros llamados comprometidos o bien la política (la parte política, la parte del mensaje político) anula y empobrece la parte literaria y se convierte en una especie de ensayo disfrazado, o bien la literatura es más fuerte y apaga, deja en una situación de inferioridad al mensaje, a la comunicación que el autor desea pasar a su lector. Entonces, ese dificilísimo equilibrio entre un contenido de tipo ideológico y un contenido de tipo literario me parece que es uno de los problemas más apasionantes de la literatura contemporánea.”.

No puedo terminar esta evocación sobre Julio sin referirme a una de sus características más peculiares: la pasión por el juego, por lo lúdico. Ya sabemos que la base misma del humor es la trasgresión del orden establecido. Si, por ejemplo, una caída en el escenario teatral te produce risa es precisamente porque no debería haber ocurrido. La fuente de la risa se encuentra muchas veces en lo absurdo de la situación. De manera que el sentido del humor capacita a la persona para mirar de manera alternativa la realidad que lo rodea, mirando en ella una constelación de elementos absurdos. Cortázar cuenta que desde niño encontró en el humor una de las formas para hacerle frente a la realidad, particularmente a las realidades de signo negativo.

De este sentido del humor es que brota la creatividad de la cuentística de Cortázar. Por eso cada cuento, cada novela, son un juego que hay que armar, un rompecabezas que hay que unir, una rayuela que hay que aprender a saltar. Nos lo explica así el propio Julio: “Lo lúdico no es un lujo, un agregado del ser humano que le puede ser útil para divertirse: lo lúdico es una de las armas centrales por las cuales él se maneja o puede manejarse en la vida. Lo lúdico no entendido como un partido de truco ni como un match de fútbol; lo lúdico entendido como una visión en la que las cosas dejan de tener sus funciones establecidas para asumir muchas veces funciones muy diferentes, funciones inventadas. El hombre que habita un mundo lúdico es un hombre metido en un mundo combinatorio, de invención combinatoria, está creando continuamente formas nuevas… Para mí, una literatura sin elementos lúdicos es una literatura aburrida”.

Una vez le preguntaron a Julio cuál pensaba que era la influencia que su literatura había tenido sobre los escritores jóvenes en América Latina. Cortázar no era vanidoso, pero no tenía falsas modestias. Nadie podía negar –ni él mismo– que su narrativa ha modificado profundamente una buena parte de la ficción latinoamericana de los últimos años. Así que después de lamentarse por la negativa influencia que creó cientos de pequeños Julios, que publicaban “Rayuelitas” aunque les pusieran sofisticados nombres, todo ello en medio de una mediocridad bastante evidente, Julio reconoce que su literatura ha dejado también una impronta positiva porque liberó de prejuicios y de muchos tabúes literarios a los escritores. Lo dijo con una expresión de solemne cronopio: “mi literatura ha hecho que muchos escritores se quiten la corbata para escribir.”

¡Ah! ¡Cómo quisiera haber conocido a Julio Cortázar! De veras que, como dice Joaquín Sabina en una de sus canciones: “No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió…” En fin, no quiero menos a Julio por no haberlo conocido personalmente. Pero no haberlo conocido hace que esta evocación sea doblemente dolorosa. Soy hombre de obsesiones. La vida y la obra de Julio Cortázar es una de ellas. El talante humanísimo de Julio sigue ejerciendo sobre mí una extraña seducción. Siempre había para él un resquicio en la más utópica de las sociedades soñadas, una grieta por el que se colaba lo todavía no alcanzado, el otro mundo posible.

Iglesia y Sociedad

Un campesino metido a profeta

14 Feb , 2011  

Carlos Maciel del Río es mi amigo. Fue responsable del área bíblica de la Universidad Pontificia de México y su trabajo de estudioso de la Biblia puede constatarse en sus numerosas publicaciones. Pero además, Carlos es un magnífico narrador. Esta dote singular ha sido puesta al servicio del lector en varios de sus más recientes libros en los que se ha transmutado en biógrafo de algunos cristianos ilustres del pasado reciente (cfr. MACIEL C., Pablo de Anda. Una mano abierta y un corazón sensible, León, 2008). Ahora, esa capacidad narrativa se vuelca a la recreación del ambiente en el que surgieron algunos de los más destacados profetas de Israel.

Me refiero a la colección ‘Constructores de la Libertad’, que la editorial san Pablo ha iniciado el año pasado. De esa colección ha llegado a mis manos el libro “Amós, el campesino metido a profeta”, de Carlos Maciel del Río. Ediciones pulcras, presentación novedosa, abundantes imágenes, esta colección de la editorial san Pablo tendrá, estoy seguro, un especial atractivo para el público juvenil.

La técnica narrativa de Maciel es insólita en el campo bíblico: monta sobre la historia del profeta, una historia de nuestros días en la que el mensaje sustancial del profeta puede verse reflejado. Así, uno tiene en un solo libro, dos historias cuya relación sólo queda de manifiesto al final de la lectura. En el caso de “Amós, el campesino metido a profeta”, la historia actual que acompaña la narración propiamente referida al profeta y su mensaje, es la de un grupo de narcomenudistas que, obligados por el patrón, narco y muy católico, hacen una peregrinación al santuario de La Virgen de san Juan de los Lagos. Al final, la falsa confianza puesta en el culto, tan criticada por el profeta de Tecua, queda desmantelada por la fuerza de la narración. Por lo demás, uno puede escoger, un poco a la manera de Rayuela de Cortázar, cómo leer el libro: siguiendo el orden presentado por el autor, o saltando los capítulos que narran la historia actual para leerlos después de un tirón.

Compartiré ahora con los pacientes lectores y lectoras de esta columna, un breve capítulo de la historia de Amós. Así se podrá aquilatar la fluidez narrativa y quedaremos todos invitados a acercarnos al texto en su conjunto.

Ruge el león ¿quién no temerá? Habla el Señor, ¿quién no profetizará? (Amós 3,8)
–¿A dónde vas Amós tan temprano, si todavía no despunta el sol por entre las montañas peladas de Moab?, –interpeló desafiante Hulda, esposa del ganadero de Tecua y añadió– Ni siquiera se alcanza a ver el resplandor del sol por entre los pliegues rojizos y las gargantas rocosas del monte Nebo. Sosiégate un rato, añadió con firmeza. Hace ya varios días que te noto distraído y distante. Ya ni me abrazas cuando llegas del campo.
-Ya te lo dije mujer—repuso él de inmediato— voy a ir a Betel para decirle a esa punta de sinvergüenzas lo que valen sus victorias y sus ganancias. Jeroboán se siente muy ufano porque sus mercenarios conquistaron un pedazo de tierra en Carnaím. El Señor ruge una vez más desde Sión y habrá que profetizar en su nombre.
-¿Qué tienes guardado allá en Betel? Nada que yo sepa –sentenció la mujer entornando sus ojos luminosos y claros— ni tu padre, ni tu abuelo salieron jamás de Tecua. Y yo no sabía que tú fueras profeta, ni enviado de Dios. ¿De dónde te salió tanto celo por servir al Señor? Será mejor que te aplaques y te quedes en casa, si no quieres morir apedreado por los siervos del rey Jeroboán.
–Además –gritó a grandes voces Hulda, cuando vio que su marido tomaba un pellejo de vino, unos panes de cebada y un montón de higos secos y se metía al corral para aparejar el burro– yo no tengo tiempo de andar pastoreando tu montón de chivas por todos esos cerros. Si te vas a ir, será mejor que se las vendas a tu hermano Samuel. Conmigo no cuentes, que bastante tengo con sacudir los sicómoros y llevarlos a vender en la plaza de Hebrón, para que sirvan de forraje al ganado.
–Haz como mejor te parezca, vende o encarga el ganado con tus parientes –Gritó Amós, mientras se sentaba a horcajadas en un burro pardo y trasijado, para dirigirse hacia la distante ciudad de Betel, por el sendero rocoso que ascendía hacia Belén–; y añadió, viéndola con una mirada penetrante y firme: ¡Dios te habrá de ayudar! –-repuso el ganadero metido a profeta— ya verás que pronto estaré de regreso.
Por el camino a Belén Amós iba recitando de modo balbuceante uno a uno los ayes y las visiones que una y otra noche había contemplando entre sobresaltos y horas de insomnio. Los diálogos interiores que había deletreado, entornando la mirada y aguzando el oído, se le habían grabado con punzón de hierro en la memoria. Los tenía en la punta de los labios. Los iba a relatar sin escamotear una sola letra en los atrios del santuario de Betel.
Mientras llegaba la hora, había que ensayarlo –pensaba Amós— a fin de comunicar un mensaje convincente y retador:
–¿Qué ves Amós? Me preguntó el Señor.
–Respondí: Un cesto de higos maduros…higos maduros.
Me explicó: Maduro está mi pueblo, Israel, y ya no pasaré de largo.
Mientras tanto, Amós remarcaba cada sílaba y afirmaba: “Aquel día –oráculo del Señor—gemirán las cantoras del templo: ¡Cuántos cadáveres arrojados por todas partes!”
–Vas hablando sólo Amós, ¿Acaso has perdido el juicio de un día para otro? –le espetó de pronto un campesino de Tecua llamado Jetró, que lo alcanzó desde un sendero angosto, que subía por el lado del Mar de la Sal y desembocaba en el camino que ascendía de Hebrón a Belén— Y añadió: oí tus gritos desde lejos y quedé intrigado por la fuerza de tus palabras.
–El Señor alza la voz desde Jerusalén. Yo descifré su llamado y me marcho a pregonar las duras palabras de juicio que Jeroboán y todo Israel habrán de escuchar. Y añadió: “Ruge el león, ¿Quién no temerá? Habla el Señor, ¿Quién no profetizará?”
Jetró siguió pensativo su camino, repitiendo mentalmente las últimas palabras de su vecino… “ruge el león… ¿Quién no profetizará?” Unos metros adelante el campesino torció a la izquierda y se enfiló hacia el caserío de Tecua, que recién había abandonado el ganadero metido a profeta.
Amós mientras tanto, se había alejado un centenar de metros de Jetró e hincaba sus talones en la panza del burro, tratando de arreciar el trote del animal. Por el lado del Mar Grande el sol se estaba ocultando y él quería llegar antes de que la oscuridad desdibujara las siluetas calizas de los muros de Jerusalén.
Cuando Amós llegó horas más tarde a la cuesta sureste de Jerusalén, un chorro escaso de luz atravesaba los tejados de la ciudad de David. El asno parecía reconocer el sendero, porque se enfiló seguro por veredas angostas, de tierra compacta y dura, por el incesante trajinar de las cabalgaduras y se paró en seco, cuando se topó con una posada por el rumbo de la Calzada del Batanero. El sistema del trueque seguía vigente, a cambio de un pedazo de queso seco de cabra que Amós sacó del zurrón y entregó al posadero, le ofrecieron un montón de paja seca para estirar sus huesos y un pesebre para el borrico. La primera jornada estaba concluida. La larga noche cobijaría las cavilaciones del aprendiz de profeta.

Hasta aquí la probadita del texto. La publicación, como se estila ahora, viene acompañada de un disco compacto con el contenido de la obra. Termino, compartiéndoles el portal electrónico donde podrán informarse mejor de esta publicación y con un fragmento del texto de presentación que luce en la contraportada:

“Un grupo de jóvenes sicarios emprenden un peregrinaje al santuario de San Juan de los Lagos… ellos y sus jefes pretenden, mediante limosnas, procesiones y rezos, atraer los favores de Dios y lavarse las manos manchadas de sangre. No saben que transitan el mismo camino que recorrieron los israelitas del siglo VIII a.C., quienes tampoco escucharon los gritos del profeta y continuaron acentuando las injusticias, privilegiando al poder y al dinero y promoviendo un culto falso”.

www.sanpablo.com.mx/constructores

¡Buena lectura!

Iglesia y Sociedad

Todos somos Carmen

7 Feb , 2011  

En solidaridad con Carmen Aristegui

“En las democracias del mundo suele verse de vez en vez que se piden estudios médicos para saber cuál es la condición de los gobernantes, qué tipo de salud tienen, pues porque al final de cuentas están en una posición de altísima responsabilidad y las sociedades, hablemos en genérico, las sociedades requieren necesariamente saber cuál es la condición precisamente de quien está tomando decisiones a nombre del interés general.

Por eso, lo que ayer pasó, y por lo que en el clima de las redes sociales se puede percibir, con razón o sin ella, sí merecería una atención seria, una atención particular sobre esta interrogante: ¿tiene o no problemas de alcoholismo el Presidente de la República?

Debería, realmente, la propia Presidencia de la República, dar una respuesta clara, nítida, formal, al respecto”.

Carmen Aristegui
(y Raúl Lugo)

Iglesia y Sociedad

La Estrella de Julia

31 Ene , 2011  

(Palabras pronunciadas en la presentación del libro “La Estrella de Julia”, de Johanna Justin-Jinich, en la Cineteca Nacional del Teatro Mérida, el 30 de enero de 2011)

La Estrella de Julia es un libro, al mismo tiempo que ingenuo, profundamente revelador. Digo que es ingenuo porque su premisa es simple: todo prejuicio que crea discriminación, está basado en un temor o miedo que concibe a las personas diferentes como una amenaza hacia la propia seguridad. Si uno logra superar ese temor inicial con el conocimiento y la convivencia, el prejuicio (que es solamente eso, pre-juicio, es decir un juicio adelantado y temerario) desaparecerá con seguridad. Es lo que hace la niña Julia al invitar a sus amiguitas de escuela a la sinagoga en un Shabat. Conocidas las hermosas tradiciones judías, habiendo comido en la misma mesa, las amiguitas de Julia pueden entender, y al entender comprenden, que si uno se atreve a acercarse a la persona diferente sin prejuicioos, termina por aceptarlo, y la historia puede culminar, como ocurre en el cuento “La Estrella de Julia”, en un canto a la convivencia igualitaria y sin discriminaciones.

Esta clave, así de ingenua, así de posible, es –sin embargo– insuficiente. Desafortunadamente, el prejuicio discriminatorio no se vence, al menos no del todo, con la pura convivencia humana. Seguramente Johanna Justin Jinich, la autora de este hermoso cuento, se dio cuenta más tarde de esto y, justamente por ello, por su preocupación por la suerte de las minorías y los prejuicios discriminatorios que se convierten en violaciones a los derechos humanos, particularmente en el caso de las mujeres, decidió inscribirse en un curso de género y estudios de sexualidad en la Universidad de Nueva York, donde conoció al victimario que habría de acabar con su vida. El 6 de mayo de 2009, el prejuicio discriminatorio acabaría por entrar a la cafetería de la Universidad Wesleyan, donde Johanna estudiaba y trabajaba, y detonaría su pistola asesinándola a quemarropa. Los policías encontraron más tarde, en el automóvil del victimario, una libreta donde había anotado: “It’s OK to kill Jews… Kill Johanna: she must die”.

Éste es la cuestión que hoy nos convoca en este espacio de convivencia. Ojalá la discriminación fuera solamente un asunto de declaraciones. O una simple discusión de principios morales. O un conflicto de visiones religiosas en pugna. Ojalá así fuera. Pero no es así. La discriminación mata. No solamente en un sentido figurado. Mata de veras. La discriminación secuestra, tortura y asesina.

El enfrentamiento del fenómeno de la discriminación, de todas las discriminaciones, pasa, pues, por un entramado de medidas entre las que destacan la labor educativa, pero también por la construcción de medidas legales para que las consecuencias de la discriminación no queden en la impunidad. No es, pues, una tarea simple. El cuento “La Estrella de Julia”, sin embargo, llama la atención sobre una realidad que no puede soslayarse: toda discriminación se incuba en el corazón de la persona, en su herencia educativa, en la alimentación de sus miedos.

Vengo a este foro con una doble representación: soy ministro de un culto cristiano, el culto católico romano, pero soy también, al mismo tiempo, activista de derechos humanos en una organización de la sociedad civil. En esta última faceta, el equipo Indignación A.C., al que me honro de pertenecer, ha trabajado con perseverancia para obligar al Estado, en sus distintos niveles de gobierno, a adoptar medidas que reviertan el fenómeno discriminatorio, particularmente en los temas en que dicho fenómeno se manifiesta en nuestra sociedad local: la discriminación a los mayas, a las mujeres y a las personas homosexuales, es decir, el racismo, el sistema patriarcal que deriva en la violencia de género y la homofobia.

En el camino nos hemos topado con la ceguera y cerrazón de muchas autoridades políticas. Llevamos meses con varios casos de mujeres abusadas y explotadas por sus propios maridos, sin que los poderes responsables hagan justicia. En el campo de la discriminación al pueblo maya, la más reciente respuesta de las autoridades ha sido levantar un monumento al racismo y a la ignominia, que ahora preside la vía más conocida de nuestra ciudad. Y ni qué decir del Poder Legislativo que, olvidando su obligación de legislar para todos los ciudadanos y ciudadanas sin distinción, ha hecho leyes que pretenden restringir a las personas homosexuales derechos contemplados para todos y todas en nuestra Carta Magna y en el derecho internacional. Todo esto nos recuerda que el camino hacia un Estado democrático y tolerante está todavía por recorrerse.

La erradicación de la discriminación, sin embargo, requiere no solamente de leyes. La discriminación es una enfermedad social, un cáncer que corroe nuestra convivencia comunitaria. A veces da la impresión que todos llevamos un discriminador en nuestro interior, que solamente espera la oportunidad para salir de su letargo y envenenar el ambiente social en el que nos desenvolvemos. Y es que la discriminación está basada en prejuicios que sostienen un trato de menosprecio a ciertos tipos de personas que vienen consideradas no sólo distintas, sino inferiores. Dichos prejuicios, desde luego, no son reconocidos como tales, sino que son adoptados por quien discrimina como si fueran verdades naturales e incuestionables. Esto es lo que se conoce como “falacia discriminatoria”, que induce a concebir las desigualdades como resultado de la naturaleza (¡o de Dios!) y no como lo que en realidad son: una construcción cultural. Es ésta la vía por la cual la discriminación encuentra su aceptación y su legitimidad. La mentalidad discriminatoria no sólo busca aislar o marginar a quien considera diferente, sino que, en la medida en que lo distinto parece representar una amenaza para sus propios valores y certidumbres, puede llegar al deseo de su aniquilamiento.

Y aquí entra la segunda faceta de mi persona y mi trabajo. Soy, sí, ministro de un culto religioso. Y me duele, y me avergüenza, que haya veces en que las religiones, concebidas como instrumento de concordia por sus fundadores, alimenten y promuevan la mentalidad discriminatoria. No importa de cuál religión estemos hablando: son muchas las ocasiones, más de las que desearíamos, en que las religiones, olvidando su tarea esencial de construir una comunidad humana en paz, se han dedicado a exacerbar las diferencias y a convertirlas en ocasión de conflicto en vez de posibilidad de enriquecimiento. Quizá el campo en que esto se ha manifestado más recientemente sea el caso de la homofobia y del mantenimiento del sistema patriarcal, pero ha sido también factor determinante, y en esto las comunidades cristianas compartimos una responsabilidad que tenemos que asumir, en el antisemitismo.

Nelson Mandela, sin duda, un hombre singular, empeñado en acabar con la discriminación en su país natal, Sudáfrica, luchó durante muchos años contra el sistema de segregación racial conocido como el “apartheid” y padeció por ello muchos años de cárcel. Cuentan que, una vez que salió de prisión y fue elegido presidente de su país, Nelson Mandela fue invitado a inaugurar una escuela recién construida. Al llegar allí dirigió uno de sus más conmovedores discursos. En un momento determinado, con lágrimas en los ojos, dijo a los niños que, junto con sus maestros, se habían congregado para escucharlo: ‘Alguna vez yo estuve sentado en un aula como ésta, pero las diferencias son varias. En primer lugar, mi escuela era solamente para negros, porque nos estaba prohibido mezclarnos con los blancos. Veo ahora con alegría que aquí hay niños y niñas de todas clases y colores. Pero lo que es más importante: cuando yo estudié en un aula como ésta, los maestros me enseñaron, con la Biblia en la mano, que Dios quería que los negros vivieran apartados de los blancos. Me enseñaron que el origen del apartheid se encontraba en la Biblia. Hoy, en esta escuela –dijo mientras se le quebraba la voz de la emoción– se enseñará que todos somos iguales y que tenemos la misma dignidad. Y eso también puede enseñarse con la Biblia en la mano’.

La reflexión de Nelson Mandela plantea dos cuestiones. La primera es que la lectura de la Biblia y la interpretación que de ella se hace, depende mucho del lugar social del que se lee. No es lo mismo leer la Biblia desde la elegante silla del blanco dominador, que de la barraca inmunda del negro oprimido. La lectura de la cualquier texto sagrado no es aséptica ni totalmente objetiva: está siempre cargada de intereses que el lector lleva en el corazón. Algunos de esos intereses, sin embargo, pueden estar muy lejos de aquellos que originaron la religión de la persona que lee. En tal caso, la lectura que hagamos de la Biblia o de cualquier otra escritura sagrada, por muy piadosa que sea, estará muy lejos del corazón misericordioso de Dios.

La segunda cuestión la planteo como católico. Soy discípulo de un profeta judío, Jesús de Nazaret. La cuestión de la que hablo es si Jesús, la más alta y definitiva revelación de Dios para los cristianos/as, discriminó alguna vez a alguna persona. La pregunta no es banal, ni simple de abordar. En efecto, la religión a la que Jesús pertenecía, especialmente en su interpretación más extendida en su época, era una religión que propiciaba y mantenía innumerables exclusiones. Basta con leer algunas de las prescripciones del libro del Levítico (Lev 20-22; Lev 11) para darnos cuenta de todas las normas cuyo cumplimiento dividía a Israel en dos grandes bandos: personas puras y personas impuras. Jesús se topó con un mundo construido bajo esas medidas. Los grandes grupos expresamente rechazados por esta mentalidad eran los enfermos (particularmente los leprosos), las mujeres, ciertos oficios despreciados (cobradores de impuestos, curtidores de pieles, pastores), los pecadores (particularmente las adúlteras y prostitutas) y los extranjeros.

No hay, sin embargo, ninguna sombra de discriminación en las actitudes de Jesús tal como aparecen en los evangelios. El banquete del Reino de Dios que Él anunció estaba abierto a quienes antes habían sido excluidos de él. Este espíritu gigante del profeta de Nazaret, que borró todo tipo de exclusión, sobre todo las exclusiones debidas a motivaciones religiosas, encontró en los guardianes de las buenas costumbres sus enemigos fundamentales, aquellos que lo llevaron a una muerte violenta y desgarradora. Pero los cristianos creemos que Dios lo arrancó de la muerte y reivindicó su actuación y su vida entera.

Hoy nos convoca una muerte similar, la de Johanna: similar porque es también una muerte injusta, prematura, cruel, injustificable. Ojalá que, como en el caso de Jesús de Nazaret, la muerte de Johanna sea ocasión para una resurrección, una toma de conciencia colectiva de los males que la discriminación conlleva y de la necesidad que tenemos, como humanidad, de poner un freno a la barbarie y de construir un mundo en el que todos podamos vivir como hermanos y hermanas. Si nos empeñamos en esto, la muerte de Jesús, y la de Johanna, habrán valido la pena.

Colofón: La muerte de don Samuel todavía duele. Es preciso todavía guardar silencio. Su reciente paso al Padre no deja por ello de ser, contra lo que sus enemigos de dentro y fuera de la iglesia suponen, una inyección de energía para quienes creemos y construimos otra manera de ser iglesia. Fecunda como pocas, la vida de JTatik… Una vida como la suya es evangelización pura y simple.

Iglesia y Sociedad

¿Globalización o globalizaciones?

23 Ene , 2011  

Contamos hoy con datos que pueden guiar una discusión en torno al título de este artículo. El primero es que, aunque suene extraño, nunca había habido menos pobreza en el mundo. El Banco Mundial estima que 600 millones de personas mal viven con un solo euro diario. Son los “desesperadamente pobres” y conforman el 9.38 por ciento. Si sumamos a éstos a aquellos que el mismo BM considera como “simplemente pobres” a las personas que viven con dos euros diarios, unos 1,200 millones de personas, llegamos al 18.75 % de la población mundial, estimada en algo más que 6,400 millones de personas. Hace cien años, la proporción de pobres era de un 25 o 30% y, en siglos anteriores, la proporción se eleva en mucho hasta llegar hasta un 50%.

El segundo dato es que tampoco ha habido tanta riqueza nunca antes, al menos acumulada en tan pocas manos. Los reyes y terratenientes antiguos eran unos pigmeos comparados con los ricos de hoy. Dice el Finantial Times (14.02.2004) que en el mundo existen 600 “multimillonarios” o sea, personas que tienen un patrimonio personal de más de 1,000 millones de dólares. La riqueza acumulada por estas personas (si tomáramos una media de 15.000 millones, lo cual no es exagerado dado que Bill Gates tiene 80.000 millones) equivale al producto anual bruto de la economía más grande del mundo, los EE.UU. Comparar ingresos con riquezas es, ya lo sé, comparar peras con manzanas… ¡pero peras de ese tamaño son difíciles de encontrar!

Si a estos dos datos añadimos los fenómenos que acostumbramos ligar al fenómenos que llamamos “globalización”, como la explosión de los medios de comunicación, el desarrollo de nuevas técnicas e instrumentos, la transformación que, por obra de la tecnología, han sufrido algunos elementos naturales o minerales que en otro tiempo no tuvieron ningún valor, como el petróleo, el mayor conocimiento de los mecanismos que establecen y regulan las relaciones de causa y efecto de los fenómenos económicos, la mejor organización para hacer más eficientes y eficaces las empresas y aprovechar los recursos que se tienen de la mejor manera posible, uno queda confundido al ver que el binomio riqueza-pobreza es en la actualidad más extremo que nunca antes en la historia.

Efectivamente, la desigualdad puede medirse a simple vista. Los ejecutivos de algunas grandes empresas ganan en promedio entre 300 y 400 veces más que el salario promedio de los empleados. En muchos países desarrollados el 1% de la población con mayores ingresos puede recibir anualmente 500 veces más que el 1% de menores ingresos. Y con el patrimonio que se le imputa a Bill Gates o a Carlos Slim se podrían comprar todos los bienes y servicios que se produzcan en Bangladesh (de 133 millones de habitantes) y de algunos países pobres más.

La sociedades de ahora son cada vez más sociedades duales, que viven en lugares separados y distantes y en niveles de vida (económica y culturalmente hablando) muy distintos. “La desigualdad no sería tan grave si los que están peor estuvieran bien… y sobre todo, lo más rechazable de la desigualdad en las sociedades democráticas es que implica un reparto desigual del poder social, que puede ser incompatible con la democracia. El que tiene mucho poder no pierde nunca, ni tiene por qué ceder nada, ni respetar los intereses de los otros. Con los muy poderosos no hay negociación posible, ni pacto social, ni por lo tanto democracia”(1).

Es al menos ingenuo proponerse una batalla contra la globalización, no solamente porque es un fenómeno irreversible, sino porque reporta indudables beneficios a la comunidad humana. Las personas anti-globalización a ultranza suelen comunicarse, paradójicamente, a través de la red cibernética, uno de los elementos consustanciales al fenómeno de la globalización.

El problema no es, pues, el de un rechazo irracional a la globalización, sino, tejiendo fino, renunciar al dogma de que sólo este tipo de globalización es posible. Por las cuentas que hemos hecho al principio resulta que somos testigos de una antinomia vergonzosa en el mundo contemporáneo: en un mundo cada vez más “integrado” por la globalización, existe la convivencia irracional y absurda entre una indebida pobreza y una riqueza nunca vista.

Si con las capacidades actuales no hemos resuelto el problema económico de una tercera parte de la humanidad, es porque hemos organizado mal el uso de estas capacidades y la distribución de sus innegables beneficios. Resolver el problema económico de todos y cada uno de los seres humanos en sus múltiples dimensiones (alimentación, vivienda, salud, educación, empleo, ahorro, seguridad, etc.) debería ser, en un mundo bien ordenado, democrático, solidario, pacífico y humanos el OBJETIVO PRIORITARIO, lógico y natural, del sistema económico. Es un fallo de nuestras sociedades que cientos de millones de seres humanos, reconocidos universalmente como “iguales y tan dignos de disfrutar de los beneficios de la naturaleza y del desarrollo como los demás” no puedan satisfacer sus necesidades materiales y morales.

Domesticar los mercados secuestrados por los grandes poseedores de capital, trucados e ineficientes, proponer la vigilante intervención de los ciudadanos a través de procesos participativos, defender las instituciones del Estado de Bienestar (a pesar de las dificultades que plantea el desequilibrio demográfico de muchas de las naciones desarrolladas), organizar a los consumidores para hacer frente a los monopolios, organizar los efectos del fenómeno migratorio, detener el deterioro ambiental, etc., son retos de la otra globalización posible.

… Todo esto, en lo que acabamos con el capitalismo.

NOTA:
(1) El texto citado y los datos anteriores están tomados de Luis de Sebastián, Problemas de la Globalización, Cuadernos Cristianisme i Justicia 135 (Barcelona, agosto de 2005), p. 2-6.

Iglesia y Sociedad

Ah Kin Chi

17 Ene , 2011  

Acabo de leer de nuevo el texto de la pieza dramática Ah Kin Chi, del multipremiado narrador Hernán Lara Zavala. Esta obra, escrita hace ya más de veinte años, es otra muestra más, además de las novelas Charras y Península, Península, del interés del autor por la tierra que lo vio nacer y testimonio de su afición por la historia peninsular y sus posibles reinterpretaciones. Resulta cuando menos extraño que un autor tan connotado sea tan poco leído y apreciado en nuestros rumbos.

El texto de Ah Kin Chi llegó a mis manos hace unos meses gracias a la generosidad del Maestro José Ramón Enríquez, reconocido director y dramaturgo avecindado en nuestra ciudad desde hace muchos años, quien planeaba realizar el estreno mundial de la obra en el marco del Festival de la Ciudad 2011. El texto, mucho más un poema dramático que una narración histórica lineal, se sitúa en el marco de las enconadas rivalidades que existían entre los señoríos o provincias mayas en el tiempo de la llegada de los europeos a este continente. La disyuntiva entre pactar con los extranjeros o resistir a la invasión es el escenario en el que se plantea, con infinidad de posibilidades interpretativas, “el conflicto y la tragedia ante la conquista, la colonización y el imperialismo”, como acertadamente apunta el programa de mano de la puesta en escena, montada en el Auditorio ‘Silvio Zavala Vallado’ del Centro Cultural Olimpo de la Ciudad de Mérida, el pasado viernes 14 de enero.

Uno de los clímax dramáticos del texto se centra en el castigo que Nachi Cocom impuso sobre el séquito de embajadores que envió Tutul Xiú, cacique de Maní, para invitar al cacique de Sotuta a entrar en negociaciones con los invasores, sólo para encontrarse con la indomable resistencia de Cocom y su expresa voluntad de desafiar a los dioses que recomendaban la sumisión de los pueblos originarios ante el invasor español. Obra de ficción dramática, Ah Kin Chi se basa, sin embargo, en el testimonio del lienzo que comparte Diego López de Cogolludo en su Historia de Yucatán y que aparece fechado el 23 de enero de 1541, en el que aparece el árbol de la Ceiba al centro y una serie de rostros con los ojos cerrados, como enmarcando el mencionado árbol. De los 13 rostros, solamente el que corresponde al sacerdote Ah Kin Chi tiene una lanza clavada en los ojos, con la cual éstos fueron extraídos.

La misma obra del fraile franciscano, basada en muchos de sus datos en la obra previa de Fray Diego de Landa, Relación de las Cosas de Yucatán, narra más adelante la pleitesía servil de Tutul Xiu ante los invasores (Libro Tercero, Capítulo IV del Primer Tomo de su Historia de Yucatán) de esta manera: “Un día los españoles que andaban de posta vinieron al general, diciendo habían descubierto gran gentío de indios al parecer de guerra, que traían su camino por donde ellos estaban. Desde el cerro descubrieron la multitud y entre ellos un indio cerca del cerro, se bajó del suelo en que venía en las andas, y acercándose más, arrojó el arco y las flechas, y levantando las manos juntas, hizo señal que venía en paz. Luego todos los indios pusieron sus flechas en el suelo, y tocando los dedos con la tierra, los besaron después, dando a entender lo mismo. El indio que bajó en las andas, comenzó a subir la pequeña falda del cerro, y viéndolo D. Francisco, salió algún tanto a recibirle, hizo el indio una gran humillación al juntarse, y fue recibido con amoroso aspecto, y cogiéndole el general por la mano le llevó a su estancia, donde residía. Era este el mayor señor de los que había en esta tierra, llamado Tutul Xiú, descendiente de los que fueron reyes de toda ella, como se dice en otro lugar, dominaba las comarcas de Maní y sus sujetos. Vino voluntariamente a dar la obediencia y a ofrecerse a sí y a los suyos, para pacificar a los restantes, y trajo un gran presente de pavos y pavas, (que son las gallinas de la tierra) frutas y bastimento, con que se recrearon los españoles… Dijo Tutul Xiú, que movido del valor, y perseverancia de los españoles, había venido a ser su amigo, y que tenía deseo de ser cristiano, y así pidió al general se hiciesen algunas ceremonias cristianas para verlas. Hízose una solemnísima adoración a la Santa Cruz, y atento Tutul Xiú iba imitando cuando hacían los españoles, hasta llegar a besarla arrodillado con muchas muestras de alegría… notaron –los españoles– como aquel día feliz para ellos era el del gloriosos san Idelfonso…”. En la Iglesia Catedral de Mérida, al lado Sur del presbiterio, hay una pintura que evoca este pasaje.

Releo el texto de Ah Kin Chi y constato una vez más la magia del teatro. Aun con las virtualidades propias de un poema dramático de buena manufactura hay una distancia enorme entre el texto y la puesta en escena. Me recuerda el símil que propone en la Biblia la Carta de Santiago al hablar entre la relación entre fe y obras (St 2,14-26): el texto dramático, hasta que no viene acompañado de la puesta en escena, está muerto del todo. La compañía “Teatro Hacia el Margen” ha hecho una presentación sobria, comedida, con un manejo pulcro del lenguaje corporal y una austeridad de elementos escenográficos, lo que permite la concentración en el texto dramático. Las interrogantes que quedan prendidas en la mente del espectador son innumerables: ¿cuántas veces se repite, en la historia de todos los colonialismos antiguos y modernos, la opción entre pactar y resistir? ¿Está la resistencia condenada siempre al fracaso? ¿Vale la pena sobrevivir cuando el precio es renunciar a la propia identidad? ¿Qué hubiera pasado si esta obra hubiera sido escrita después de la sublevación zapatista? ¿Conservaría su óptica? ¿Cómo sería una obra que tuviera como centro, no la decisión tomada por Tutul Xiu, sino aquella de Nachi Cocom?

El trabajo actoral fue impecable. La sabia serenidad de Ah Kin Chi (Sebastián Liera), la adusta presencia de Tutul Xiu (Pablo Herrero), la gracilidad de Ix Kukil (Ligia Aguilar), la infantil sombra de un futuro incierto representada por Francisco de Montejo Xiu (Adis López Rodríguez) y la sobresaliente, férrea resistencia de Nachi Cocom, señor de Sotuta (Miguel Ángel Canto) están magníficamente representadas y van de la mano de un espléndido trabajo de acompañamiento musical.

Una veta interesante explorada por el texto es la indómita rebelión en contra de los dioses: “Hemos decidido desafiar el designio de los dioses” dice Nachi Cocom al anunciar que no se doblegará ante el invasor. Para quienes hemos vivido reivindicando el papel, ya opresor, ya liberador, que la religión puede representar para la vida de los pueblos, la puesta en escena de esta obra despierta cuestionamientos vibrantes. Otra aproximación podría ser la continuidad de las discriminaciones en nuestra historia reciente, que resuena en el desgarrador grito del mismo Nachi Cocom cuando dice: “La auténtica traición se da cuando uno siente vergüenza de ser lo que es”; o la reivindicación que el sacerdote Ah Kin Chi hace de aquél que le ha arrancado los ojos cuando señala: “Nachi Cocim ha sido un noble que combatió con arresto y valor por la dignidad y libertad de su pueblo. Sólo por ello merece vivir”. Múltiples lecturas de una pieza teatral que, afortunadamente, y gracias al compromiso humano y artístico de “Teatro Hacia el Margen A.C.”, no se ha quedado en el texto escrito sino que ha subido al escenario a lanzarnos algunas preguntas que siguen siendo fundamentales en esta época de los nuevos dioses del sistema y, afortunadamente, también de rebeliones antisistémicas.

Iglesia y Sociedad

Diagnóstico: Po(e)sitivo

11 Ene , 2011  

Quiero, en este inicio de año, compartir con las lectoras y lectores de esta columna una noticia íntima. Para ello deberé hablar de una buena parte de mi camino personal en estos últimos años. Disculparán esta especie de desnudamiento público.

Quienes me conocen saben que, desde hace cerca de veinte años, trabajo junto con algunas personas admirables en la promoción y defensa de los derechos humanos. En 1991 fundamos un equipo de trabajo llamado Indignación A.C. Debido a esta labor de defensa de derechos humanos y a la irrupción de la pandemia del VIH/SIDA en nuestro estado, comencé a involucrarme de manera personal en algunos trabajos relacionados con la enfermedad. Conocí a la organización Oasis de San Juan de Dios A.C. y, de una manera casi accidental, comencé a acompañar a los huéspedes del albergue tanto en la atención espiritual, como en la lucha por sus derechos humanos. Durante muchos años, ya cerca de quince, he tratado de estar cerca de quienes viven o pasan alguna temporada en el albergue que el Oasis tiene en Conkal y, hasta el día de hoy, una vez al mes celebro la Misa en sus instalaciones.

En el equipo Indignación mantuvimos durante muchos años un área de trabajo al que denominamos ‘atención a grupos vulnerables’. Eso nos permitió trabajar con personas portadoras del VIH/SIDA y que habían sufrido problemas de discriminación. En la revista mensual que publica el equipo Indignación llamada ‘El Varejón’, hemos procurado que siempre haya espacio disponible para la información sobre VIH/SIDA y los derechos de las personas afectadas por el virus. He formado parte también del Comité Multisectorial Ciudadano en VIH/SIDA, que es la organización que agrupa a las personas y grupos que tienen trabajo en SIDA en Yucatán. Junto con todas estas organizaciones de la sociedad civil hemos ofrecido información sobre la enfermedad y su prevención, y organizamos durante varios años la marcha anual para hacer conciencia de la importancia de que todos respondiéramos juntos para hacerle frente a la pandemia.

Durante mucho tiempo, junto con el Oasis de san Juan de Dios y otras organizaciones, hemos batallado porque hubiera modificaciones en las leyes de nuestro Estado para que las personas con VIH pudieran ver respetado su derecho a la salud a través de la dotación gratuita de medicamentos, vieran respetado también su derecho a casarse y a formar una familia, y que la discriminación contra ellos/as comenzara a ser reconocida y castigada como delito y se vieran así respetados todos los derechos humanos de las personas afectadas por el virus. Hemos tenido triunfos y fracasos, nos hemos entrenado en la paciencia histórica y hemos descubierto con rabia la falta de vocación democrática y popular de los gobiernos de diferente signo que han omitido realizar las acciones necesarias para que las personas afectadas por el VIH/SIDA vieran todos sus derechos respetados. A pesar de los visibles signos alentadores, hay todavía mucho trabajo por delante.

Con el paso de los años, el trabajo de combate contra el VIH/SIDA me puso en contacto con otro tipo de grupos. Descubrí la necesidad de luchar contra todo tipo de discriminación, incluida la discriminación derivada de la orientación o preferencia sexual. Este descubrimiento me llevó a entrar en contacto con personas homosexuales y grupos que trabajan a favor de la diversidad sexual y modificó no poco algunas de las ideas que había yo aprendido como si fueran verdades eternas y que ahora descubría como construcciones culturales justificantes, a veces con razonamientos religiosos pero antievangélicos, de la discriminación. Con respeto y honestidad, he tratado de acompañar a algunas de estas personas y grupos en sus procesos y trabajos y a aportarles mi visión del evangelio. Me gusta estar disponible para este tipo de trabajo, porque estoy conciente de que hay muy pocos ministros religiosos que se dediquen a ello y que manejen el tema sin prejuicios discriminatorios.

El trato con las personas y grupos que trabajan en el combate al VIH/SIDA, sean personas portadoras o no, es una de las grandes riquezas que Dios me ha dado. He aprendido mucho más de lo que esperaba y, sin duda, recibo más de lo que aporto. A lo largo del tiempo he visto con color a muchas personas del albergue de Conkal morir. He visto también a muchas de ellas resucitar, recobrar la salud, reintegrarse a la vida activa y productiva. He conversado horas y horas con muchas de estas personas. Me he reído de sus ocurrencias y he enjugado muchas de sus lágrimas. Me he convertido en confidente de sus sufrimientos y de sus denodados esfuerzos por vivir una vida digna de ese nombre. Pocas cosas han enriquecido mi ministerio tanto como esto.

Toda esta larga perorata sobre mi persona tiene el solo objetivo de anunciar a los amigos y amigas que siguen esta columna semanal, que como condensación de esta experiencia fui escribiendo, de 1995 a esta fecha, algunos textos que mantuve guardados en archivos antiguos. Hace unos meses leí la convocatoria de la Editorial Dante en la que se invitaba a participar a los escritores de la península en el Segundo Concurso de Creación Literaria Dante 2010. A esta contienda envié yo el libro: Diagnóstico: Po(e)sitivo que fue distinguido para ser publicado por el Comité Evaluador conformado por el Mtro. Carlos Martín Briceño y los Dres. Adrián Curiel Rivera y Óscar Ortega Arango. La generosa opinión del jurado calificador para justificar la publicación de la obra que envié reza así: “Poemas con aliento descriptivo, una voz genuina y por momentos desgarrada, abre brecha al desconsuelo que sólo encuentra salida en el poema”.

Agradezco a la Editorial Dante y al comité organizador de este concurso de creación literaria, la oportunidad que me brinda de ver próximamente publicados estos cantos nacidos del dolor y de la esperanza de tantas personas afectadas por el VIH/SIDA con las que Dios me ha concedido encontrarme en el camino. En la reunión en que se anunciaron las obras ganadoras se informó que el primer semestre del año 2011 era el período temporal establecido para que los libros premiados fueran publicados. Ya les avisaré aquí mismo cuando el libro haya visto la luz. Hay sin duda, entre los lectores y lectoras de esta columna semanal, muchas personas que contribuyeron con su cercanía y su amistad al lento, y a veces doloroso, proceso de construcción de cada poema. A ustedes va dedicado el libro.

Iglesia y Sociedad

Abecedario del año 2011 (Vademecum para tiempos duros)

4 Ene , 2011  

Alerta
Me propongo transitar este año con los ojos y oídos del corazón bien abiertos. La hierba está creciendo y este hecho, más científico que las fórmulas matemáticas, sólo podré detectarlo si pongo atención y sintonizo de manera inquebrantable con las causas de los más pobres.

Bastimento
Habrá que prepararse para una larga marcha. Necesitaré en el camino de alimento, tanto para el alma como para el cuerpo. Seleccionaré mis fuentes de ingreso y mis lecturas: no podré dedicarme a todas las cosas ni leer a todos los autores. Una cierta austeridad en trabajos y lecturas será necesaria.

Coherencia
Época de convicciones puestas a prueba, 2011 me exigirá una honestidad sin tacha. Habré de asumir con serenidad las rupturas que esto conlleve. Aun en medio de la imperfección de mis decisiones, no podré estar en varios bandos a la vez. Será año de definiciones.

Deslinde
La importancia de la necesaria institucionalización (y legislación) de los valores que fundan nuestra convivencia no deberá distraerme: habrá muchas leyes que violar, muchas reglas que romper, un horizonte nuevo de futuro servirá de inseguro norte en una travesía que, seguramente, sobrepasará los 365 días del año 2011.

Equidad
La mejor herencia del siglo XX es el pensamiento y la práctica feminista. Nos hace más libres, más personas, más hermanos/as. Será uno de los faros que señalen el rumbo en esta nueva etapa de construcción y reconstrucción personal y social. No habrá batalla en que la igualdad de género esté ausente.

Fortaleza
La caminata será larga y habrá muchos momentos de oscuridad e incertidumbre. Ninguna transformación se realiza basándose en dogmas seguros e incambiables. Será necesario ir juntos/as y tomados/as de la mano, para sentir el apretón necesario y la caricia de la voz amiga en los momentos de debilidad.

Gracia
Será un año abierto al Misterio, o no será. Por detrás de todos nuestros esfuerzos, estrategias y cálculos, será necesaria una mirada agradecida, sorprendida por lo que acontece delante de nuestra mirada. Habré de descubrir rubíes en medio de la sangre. El triunfo final será también regalo.

Hilaridad
Risa, será necesaria risa a raudales. No hay lucha que valga la pena si está exenta de humor y de mirada placentera. Necesitaré muchas historias de Durito y bromas al por mayor que desmitifiquen a las estatuas del poder. El testimonio mayor de la gozosa lucha por la vida puede ser, paradójicamente, un cadáver sonriente.

Irreverencia
Habrá que ser más libres que nunca. Serán atravesadas por el dardo de la crítica todas las instituciones que defienden o solapan el orden actual destinado a la desaparición. Desafiaré los patrones de conducta mayoritarios y amenazaré con el arma de mi conducta libre todas las estructuras autoritarias.

Juramento
Crecerán los ríos, aumentarán las corrientes, golpearán contra la casa de mi alma. Juro que me alimentaré del sufrimiento de los más pobres. Mi abrigo será un niño sin zapatos, mi escuela una niña que no sabe leer, mi seguridad un vendedor ambulante en una plaza semivacía, mi riqueza un campesino que recoge leña. Juro no bajarme del lomo del ciclón, aunque relinche.

Karma
Habré de renovar mi fe en el libre albedrío. Con acciones contundentes podrán ser derribadas todas las murallas, personales y sociales, así hayan permanecido en pie por decenas de siglos. Desmontaré pacientemente el sistema que se ha apoderado del mundo y de mi cabeza, heredera de años sin cuenta.

Lápiz
Escribiré lo más que pueda. Dejaré constancia de mi llanto. En noches aciagas y/o turbulentas, la página en blanco será un par de brazos siempre abiertos, un lecho donde desahogar mis apetitos, un escondrijo donde curarme las heridas. Escribir será otra forma, acaso la mía, la más propia, de dar la batalla.

Montaña
Se romperán esquemas y se multiplicarán los frentes. Cada uno será el héroe triunfante o derrotado de su propia guerra. Habrá, esto es probable, una vanguardia escondida, alimentando el sueño colectivo. Pero me engañaría si creyera que los métodos para cambiar el mundo seguirán siendo los mismos.

Nombres
Guardaré en la memoria una enorme cantidad de rostros. Cuando haya de pasar la tarde en medio del ojo de la tormenta, mi recuerdo se irá lejos hasta alcanzar a las personas que me han precedido en estas mismas sendas. Recordaré que ‘hay muertos que alumbran el camino’, aunque deba esconder sus fotos y sus nombres en un bolsillo secreto del pantalón.

Ñandú
Como ave en estampida, procuraré no perderme en la carrera. Tendré que discernir entre los atajos que me ahorran esfuerzo en dirección del destino previamente establecido, de aquéllos que terminan llevándome por otros rumbos. A pesar de la tentación siempre presente, no esconderé la cabeza bajo el suelo, como el avestruz.

Obcecación
Persistente y tenaz, no quitaré el dedo del renglón. Borraré de mi memoria todos los nombres y las direcciones, para no escupirlos junto con mis dientes. Insistiré en no saber nada, no conocer a nadie, no delatar a ninguno. Ante la violencia más feroz y vergonzosa, pondré mi rostro de ángel ignorante.

Política
No he de despreciar nunca las armas del diálogo civilizado, cuando se encuentre alguien digno y cabal con quien dialogar. Con ojos aguzados, penetrantes y perspicaces, descubriré la cola del monstruo de la corrupción y de la impunidad y la cortaré con piedad. Hay bichos que no merecen vivir.

Quimera
La realidad se viste a veces de engendro mitológico: vomita llamas, tiene cabeza de león, cola de dragón y vientre de cabra. Los sueños son así: se vuelven humo. Cuando no tienen sustancia utópica, los sueños no son más que vanas ilusiones. Este 2011 recordaré el adagio de Lenin: sea científico, asesine los sueños.

Rayuela
A 27 años de muerto y 97 de nacido, el mago de la narrativa sigue más vivo que nunca. Lo leeré sin cansancio y, junto con él, a otras glorias de la dulce lengua de Castilla. Quizá sea hora de releer su cuento ‘Graffiti’ o su novela ‘El libro de Manuel’ o su relato de crónica dedicado a Nicaragua… Será, otra vez, como si nada, una agradable compañía anual.

Silencio
Las victorias se fraguan en lo oculto. Amasaré el paso de los días y las batallas que vengan sin dar concesión ninguna al ruido de las calles, al ensordecedor sonido de las televisoras, al grito destemplado de las curules. Habrá necesidad de un oído alternativo, que hile fino, que atraviese los ruidos. Ese oído se consigue sólo en la práctica cotidiana del silencio.

Tertulia
Como la risa, será también indispensable este año un profundo sentido de la fiesta. De las raíces mayas recogeré el sabor de la comida y el tiempo compartido, el buen aroma de la gratuidad y de la generosidad. La casa de mi alma tratará de ser siempre un banquete abierto para todas y todos, una celebración continua e interminable.

Urticaria
No olvidaré en 2011 la misión esencial con que me ha revestido el paso de los años: ser piedra molestosa en el zapato de los poderosos. Cuchillito de palo, mi palabra hendirá la sensible piel de los que gobiernan (en todos los ámbitos de manejo de poder) y se regodeará en las erupciones que mis opiniones provoquen. En esta letra no hay lugar para el silencio.

Volar
Guardaré en el fragor de la batalla los más altos sueños y las más lejanas esperanzas. No permitiré a la cotidianidad, a veces cruel, nublarme la vista. Miraré hacia el horizonte cuando el presente amenace con asquearme. Al fin, Cavafis dixit, el viaje vale la pena sí mismo, aunque el destino permanezca a lo lejos. O mejor, a la brasileña: recordaré que toda la ruta es puerto.

Xenofobia
En el ejército de los vertiginosos cambios, un papel especial tendrán las personas migrantes. Gracias a ellos/as seguiremos recibiendo la noticia, ya antigua y repetida, de que no tenemos aquí ciudad permanente. Mi propia movilidad me enseñará a ponerme en piel de extranjería. Así que deberé encontrar una casa en cada puerta que se me abra y una patria en cada uno de los cuatro rincones donde mandan los vientos.

Yerba
Seca o molida, verde o amarillenta, la preocupación por el medio ambiente marcará los días del año que comienza. A veces será llanto irreprimible, a veces solamente relajación y fiesta. En medio de un mundo que se cae a pedazos, la naturaleza impertérrita me dará las señales convenientes: dónde controlar los músculos, dónde dar rienda suelta a la risa, dónde dibujar un papalote en un papel arrugado…

Zumbido
Con sombrero de ala ancha, ranchero y morelense, el despertar vendrá del sur. La sexta declaración sigue siendo bandera que invita al encuentro de los diversos todos, de los relegados, del ejército de inexistentes. Seguiré la estela del fuego y la palabra, como un barco pequeño sigue la ruta del trasatlántico. Cuando suene la campana del próximo año, el 2012, la vida ya no será la misma. Hubo un día en que la zeta pudo sentarse en la silla presidencial, y prefirió seguir siendo la última letra del alfabeto, para permitir a los demás escribir poemas.

Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

Cuento de Navidad 2010

27 Dic , 2010  

Cada año me empeño en construir un pequeño relato que siga las características del género Cuento de Navidad: una serie de difíciles circunstancias en invierno, el nacimiento de un(a) infante, la maldad que rodea el acontecimiento, el triunfo de la esperanza sobre el mal… Hay ocasiones, sin embargo, en que la realidad supera a la ficción. Esto me ha ocurrido en este 2010.

Fray Tomás González OFM, franciscano de pura cepa, pobre y fraterno como su fundador, es un amigo entrañable. Trabaja ahora, después de prestar sus servicios en Izamal durante varios años, en Tenosique, Tabasco. Allá, la orden de los frailes menores mantiene una Casa del Migrante, donde ofrecen asistencia a cientos de centroamericanos en su cada vez más penoso paso hacia los Estados Unidos. Fray Tomás me ha compartido una experiencia de migración que ha hecho que yo tirara al bote de basura varios fallidos intentos de cuento navideño para este año. Fray Tomás me ha ahorrado trabajo, pero sobre todo, me ha llenado el corazón de esperanza en este tiempo navideño. Por eso he decidido compartir con los pacientes lectores y lectoras de esta columna semanal el envío de Fray Tomás. Sirva como cuento (“La vida es arte”) navideño y como ocasión para desearles un Año Nuevo venturoso.

«Y LA PALABRA SE HIZO MIGRANTE Y VINO A HABITAR ENTRE NOSOTROS…»

María y Denis salieron de Morazán, un sencillo pueblo del departamento de Yoro en Honduras en mayo de 2010. Se encaminaron presurosos rumbo al norte, ya tenían un año de vivir juntos, se conocieron desde que eran adolescentes. Ella es una sencilla mujer, morena, menuda, descendiente de los garífunas, hermosa de rostro y de cuerpo atlético, ya no pudo seguir estudiando, las condiciones económicas no se lo permitieron, antes de unirse a Denis ella vivía con su abuela, pues su mamá murió cuando ella contaba solo con 4 años de edad y su padre les abandonó, pues también partió hacia el norte, nunca supo más nada de él. Denis era campesino, hombre forjado con la tierra y el sol, de una familia numerosa, catorce hermanos la formaban, su madre ya anciana, su padre tenía años que había muerto. Ella sólo tenía 19 años, él 23.

En su noviazgo, algún día platicaron de la posibilidad de salir juntos de su país y “subir” al norte, donde harían su vida de pareja. El día llegó, decidieron salir juntos de Morazán, a pesar de que escuchaban que el camino por México era extremadamente peligroso, decidieron migrar. Al dejar Honduras y entrar a Guatemala no les pasó nada, el viaje por este país fue rápido, pues usaron el transporte normal con el dinero que habían ahorrado. Pero al llegar a México empezó su sufrimiento, pasando la frontera Guatemala – México, alguien les dijo que no se encaminaran por la aduana, que los agentes de migración estaban muy cerca, esas y otras recomendaciones como que no caminaran de noche porque los “zetas” los podían secuestrar y extorsionar o los delincuentes podían asaltarlos.

Con incertidumbre se encaminaron junto con otros que se les habían unido en el camino y cruzaron la frontera por la montaña para evadir a las autoridades migratorias. No habían caminando en México ni un kilómetro cuando salieron a su encuentro cinco hombres armados, dos encapuchados y tres cubriéndose el rostro con trapos descoloridos. Les dijeron que se desnudaran, que les entregaran todo lo que traían. Así lo hicieron, los despojaron de todo.

María era la única mujer del grupo de nueve migrantes que con temor miraban a sus agresores. A ella la tomaron y se la llevaron atrás de los matorrales, todos se imaginaron lo peor, no más de 10 metros la llevaron; ella empezó a gritar y a forcejear, los gritos eran tan desgarradores que Denis se levantó y como fiera golpeó a dos de los asaltantes, pero rápido lo sometieron, lo golpearon hasta dejarlo inconsciente, a los demás los amenazaron. No tardaron mucho, María quedó desnuda, tirada, sangrando de la boca y amoratada de todo el cuerpo. No lo podían creer. Los criminales huyeron y así los dejaron, sin ropa, cuando ellos se alejaron, todos corrieron desesperados, buscando socorro. Sólo quedó María con su cuerpo violado junto al cuerpo de su esposo maltratado, llorando y deseando regresar a su país.

En ese lugar pasaron todo un día; cuando se sintieron mejor, Denis salió de entre los matorrales y se encaminó al poblado más cercano, la gente desconfiaba, pensaban que era un loco, él pidió auxilio, alguien le aventó un poco de ropa y cerró la puerta de su casa. Medio vestidos decidieron continuar, el regresar implicaba haber fracasado; después de caminar todo un día, alguien los “levantó” y los llevó a Tenosique. Ya en la ciudad no quisieron parar, querían agarrar el tren y siguieron caminando, se encontraron con el gran puente de fierro color naranja que cruza el Usumacinta. El lugar se conoce como Boca del Cerro, es un accidente geográfico que abre el paso al río más caudaloso de México. Allí esperaron pues les dijeron que en ese lugar el tren baja la velocidad y ellos podrían subir. Buscaron un lugar para sentarse, nuevamente se encontraron con otros migrantes, ahora en el grupo había dos mujeres.

No se habían sentado cuando alguien gritó: “la migra, la migra”. No tuvieron tiempo ni siquiera para reaccionar, varios hombres corpulentos y otros obesos, todos vestidos de azul, con la bandera de México en el hombro izquierdo y con las letras INM en el derecho, los persiguieron. Entre insultos y golpes los “aseguraron”, no hubo una sola pregunta sobre su identidad, no hubo intercambio de palabras. Todos fueron conducidos a la estación migratoria entre malas palabras.

María entre el temor y la vergüenza, no quiso declarar nada de lo que había pasado, cinco días hicieron en la estancia, les dijeron que cuando los “asegurados” llegaran al número suficiente para llenar un autobús los deportarían a su país. Ya en Honduras, Denis le dijo a María que él intentaría nuevamente salir de su país, cruzar México y llegar a los Estados Unidos, estuvo solo dos semanas con su esposa y se puso en camino, ahora sin ella. Se despidieron y ninguno de los dos sabía que María estaba embarazada. Él prometió que estando en Estados Unidos enviaría dinero para que lo alcanzara.

Pasaron varias semanas y María no sabía nada de Denis, a finales de agosto el mundo se enteró del asesinato de 72 personas de origen hondureño, guatemalteco, salvadoreño, ecuatoriano y brasileño; habían sido víctimas del crimen organizado, en un rancho de Tamaulipas, después de haberlos secuestrado. María se angustió tanto porque inmediatamente pensó que una de las víctimas era su esposo. Sin embargo, Denis no estaba entre los asesinados, pudo cruzar la frontera de México – Estados Unidos y llegó a Houston, Texas, donde trabajaba como pintor, ella por su parte comunicó a Denis que tendrían un hijo, que ya iba en el tercer mes del embarazo.

Llegó por fin el tiempo en que ambos decidieron que María tenía que encaminarse hacia el norte. Ellos sabían que en noviembre y diciembre eran buenas fechas para viajar porque pocos lo hacían, los criminales por lo mismo no secuestraban ni extorsionaban como en “temporada alta”. María tenía seis meses de embarazo cuando emprendió su viaje. Salió sola de su casa y en el camino fue encontrando otras personas que la ayudaban, el embarazo se podría complicar. María pudo atravesar la frontera y pasar a México justamente a principios de diciembre. Llegó a Tenosique, exhausta, con los pies hinchados, esta vez nadie la asaltó, los agentes de migración no la persiguieron, era una mujer embarazada que poco importaba. La primera noche en Tenosique durmió en el malecón, junto al río Usumacinta, sola, angustiada y pensativa. Alguien le informó que en el centro, en la iglesia católica recibían migrantes por unos días. Los Hermanos Menores abrían su casa y compartían con ellos el fruto de su trabajo.

Los primeros días que María estuvo en el albergue también era llevada al hospital de la ciudad y tenía que hacer largas filas para que la atendieran, en ocasiones el personal del hospital la veía con precaución, era una extranjera embarazada, sin pareja. También no faltó que en el albergue de la parroquia algunas de las personas la trataran mal, le dijeran a ella y a los demás migrantes que eran basura, que ya tenían mas de tres días, que el máximo para quedarse eran precisamente eso, otros los miraban mal y los mostraban su malestar por estar ocupando el salón parroquial para dormir, comer, divertirse.

Por fin María se comunicó con Denis, este le dijo que había contactado un “coyote” en Honduras y que en dos días pasarían por ella para llevarla hasta donde él. El costo sería de cinco mil dólares, tendrían que pagar la mitad por adelantado. María esperó más de dos días pero el hombre no llegó, cuando se logró comunicar con el “coyote” supo que la habían extorsionado a ella y a su pareja porque no supieron más del extorsionador. Fue tanto el coraje y el desconsuelo de María que se empezó a sentir mal, seguramente el bebé llegaría antes de lo esperado. Y así sucedió, durante la primera quincena de diciembre dio a luz a un hermoso bebé que por haberse “adelantado” tuvo que pasar algunos días en observación. Al salir del hospital regresó al albergue con el bebé, los otros migrantes la esperaban con alegría, habían preparado una sencilla cena para recibir a María y al bebé. ¡Qué ternura de los migrantes cual verdaderos pastores cuando cada uno cargó al niño y lo arrulló, que noche tan consoladora para María el saberse acompañada de gente tan sencilla y tan valiosa! Y, a lo lejos, su marido, esperando algún día encontrarse con sus dos seres más queridos. Alguien entonces gritó: ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!

«Dios continúa entrando por abajo, pequeño, pobre, impotente… (migrante) … pero trayéndonos su Paz… Las estrellas sólo se ven de noche…» Pedro Casaldáliga, Navidad 2010

Iglesia y Sociedad

Jesús y las riquezas (2)

20 Dic , 2010  

Para cumplir lo prometido, ofrezco aquí algunas reflexiones que continúan aquéllas publicadas el pasado 6 de diciembre en este mismo espacio. Sería imposible abordar aquí todos los textos que tienen que ver con la riqueza y que pudieran servirnos de referencia para este adviento. Me detendré brevemente sólo en algunos textos evangélicos, deseándoles, por adelantado, una muy feliz navidad.

El encuentro entre Jesús y un hombre muy rico, narrado por Marcos 10,17-31, es uno de los textos frecuentemente tratados desde la perspectiva vocacional para ejemplificar el llamado de Jesús y la respuesta que exige. En este marco, Jesús aborda directamente el tema de las riquezas. Me fijaré en la frase con la que Jesús comienza la instrucción a sus discípulos: “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios” (Mc 10,25).

Las estériles discusiones sobre el significado del ojo de la aguja (1) no han podido suprimir una verdad evidente en el texto: la metáfora nos sitúa ante una imposibilidad. En esto coinciden prácticamente todos los exégetas (2). La riqueza es un obstáculo insuperable en el camino de fidelidad al Reino porque incapacita para oír el llamado de Dios presente en el clamor de los pobres. A la petición de Jesús de renunciar a toda riqueza para poder ser un hombre íntegro, completo (‘te falta una cosa…’) viene unida la disposición de repartir los bienes entre los pobres, resaltando así que no se puede seguir a Jesús sin modificar los esquemas egoístas. El seguimiento de Jesús implica un modo fraterno de manejar los bienes desde la perspectiva de los más pobres y desamparados.

El rico entra en un conflicto de salvaciones. Detrás del diálogo entre Jesús y el hombre rico se dibuja de nuevo aquella oposición entre ‘servir a Dios o al dinero’. Se trata, pues, de un conflicto de ribetes teológicos: el Reino de Dios exige el amor y el compartir que caracteriza al proyecto de fraternidad. La acumulación y el disfrute de los bienes hace que se pierda el horizonte de los pobres, sin el cual la riqueza se convierte en ídolo, en una realidad fuera de la salvación: Extra pauperis, nulla salus.

Que de un conflicto teológico se trata queda claro en otro texto, este de Mateo: la parábola de las ovejas y los cabritos conocida también como parábola del juicio final (Mt 25,31-46). Pertenece al grupo de parábolas que desafían una equivocada interpretación de la Palabra de Dios (3). En un pueblo cuyo fundamento religioso había llegado a ser la palabra escrita de Dios, este tipo de parábolas tuvieron una explosividad particular. El objetivo de ellas será liberar a la Palabra de Dios de interpretaciones opresoras, y darnos un nuevo criterio hermenéutico para comprenderla de acuerdo con su espíritu, devolviéndole a la Ley su carácter humanizador. Mientras los fariseos consideraban la Palabra de Dios y su estricto cumplimiento como un privilegio o ventaja con vistas a la salvación, Jesús golpea mortalmente este tipo de interpretación. Se pensaba que las exigencias decisivas para el juicio divino sobre la persona fueran las relacionadas con el cumplimiento, cuanto más exacto y detallado mejor, de los preceptos de la Ley escrita, revelada por Dios a Israel. En esta parábola Jesús muestra que el único criterio, válido para judíos y paganos (“gente de todas las naciones”), es el criterio del Reino: ayudar a que los necesitados recobren su humanidad. A este criterio debe confluir cualquier interpretación de la Ley si quiere considerarse valedera. La parábola parece hacer énfasis en las necesidades que han de ser remediadas, no comenzando por las más elevadas, sino por las más urgentes.

Resalta en la parábola la pregunta de quienes reciben la sentencia, sea positiva o negativa: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y (no) te dimos de comer?” como señalando, no solamente que quienes fueron llamados a recibir el reino preparado para ellos “desde que Dios hizo al mundo…” no sabían que merecían esta recompensa, sino –sobre todo- que quienes fueron mandados al fuego eterno parecían contar con que su entrada estaba garantizada. Éstos últimos se llevaron una desagradable sorpresa. La acentuación de Jesús en esta parábola es muy importante: quien va directamente a la Ley (diríamos nosotros ahora, a la Biblia, a la religión) persuadido de que su conocimiento y su práctica minuciosa honra a Dios y así pretende descargarse de su responsabilidad creadora de humanizar el mundo compartiendo sus bienes, de manera que los necesitados ya no sufran más, comete una lamentable equivocación.

La parábola del rico banquetero y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31) aporta más elementos a la consideración de la riqueza como realidad contraria a la salvación. La escena es relatada por Jesús con exquisitos detalles: el vestuario del rico es descrito en todo su lujo y Lázaro, indigente, tirado a la entrada de la casa del rico, poniendo de manifiesto la pobreza que, de manera escandalosa, convivía simultáneamente con la riqueza descrita líneas anteriores. La parábola es verdaderamente revolucionaria: el Reino que Jesús trae cambia radicalmente la situación, porque al final del relato el pobre es encumbrado y el rico colmado de sufrimientos. Desgraciadamente, nuestra mentalidad de cristianos occidentales del siglo XXI nos ha llevado a desviar la atención hacia la suerte del rico y del pobre después de muertos, en vez de captar la condena de Jesús contra la situación de escandalosa injusticia que se describe en el relato. La parábola es clara para quien quiere leerla como parte del trabajo liberador de Jesús. Aunque nosotros nos sintamos tentados a identificar al rico con un malvado opresor y descreído y veamos a Lázaro como una persona honesta y buena, la parábola no dice nada de eso. Y no lo dice porque quiere resaltar, precisamente, que las virtudes morales están en segundo plano cuando la realidad, en sí misma, niega la justicia y la igualdad que el Reino viene a proclamar.

Recientemente, con el desarrollo de los métodos sincrónicos, se ha arrojado nueva luz sobre esta parábola. Mediante al análisis de la estructura del texto puede llegarse a la conclusión de que su mensaje principal es el actuar aquí y ahora para cambiar la situación del necesitado que se tiene enfrente. El fenómeno de la riqueza es aquí enfrentado desde la perspectiva correcta: las necesidades de los pobres. Así lo expresa Cordula Lagner:

“El diálogo entre el rico y Abrahán ocupa mucho lugar en la parábola, por eso es obvio que se encuentra aquí el mensaje principal. El mensaje central no es: después de la muerte se invierten las circunstancias (v 25), como dice solamente una parte de la respuesta de Abrahán, sino más bien: después de la muerte no hay ninguna posibilidad de actuar, después de la muerte, ya no se puede cambiar algo. El diálogo completo entre Abrahán y el rico pone de relieve este mensaje. El hombre rico intentó cambiar por sus ruegos su destino propio y el destino de sus hermanos, pero Abrahán le explica y justifica cada vez por duplicado, porqué el cambio que deseó el rico, no es posible. Sus fundamentaciones por duplicado son una señal de aumento que subrayan, más intensamente, que un cambio después de la muerte no es posible” (4).

Así lo interpreta también Pagola cuando dice:

“El vuelco de la situación es total… El que no había tenido compasión del mendigo la pide ahora a gritos para sí mismo; el que no había visto a Lázaro cuando lo tenía junto a su puerta lo ve ahora ‘a lo lejos’ y lo llama por su nombre; el que no había atravesado la puerta para aliviar el sufrimiento del pobre quiere ahora que Lázaro se acerque a aliviar el suyo. Es demasiado tarde. Abrahán le advierte: aquella barrera casi invisible de la tierra se ha convertido ahora en un abismo infranqueable”(5)

Queda pendiente una preocupación: ¿no pueden entonces salvarse los ricos? A esta preocupación trata de contestar el pasaje de la visita de Jesús a la casa de Zaqueo (Lc 19,1-10). Zaqueo forma parte de la burocracia al servicio de Roma y de los gobernantes herodianos, que mantenía sojuzgados a los habitantes de Judea y Galilea. Se trata de un jefe, no de un recaudador menor. Roma solía confiar esta tarea de jefatura a familias prestigiosas y bien seleccionadas, que podrían responder con sus fortunas del cobro eficaz. Solían actuar de manera implacable en los cobros, al mismo tiempo que aprovechaban sacar la máxima ganancia para ellos mismos.

Zaqueo disponía de enorme poder antes de encontrarse con Jesús, y había abusado de ese poder para amasar una gran fortuna a costa del empobrecimiento de los demás. Cuando él acogió la salvación, entendió que la mitad de sus bienes le estorbaban y los entregó al servicio de los pobres y se dispuso a acoger y saldar conforme a lo estipulado por la ley (Ex 21,37; Num 5,6) las querellas y reclamos de quienes hubieran sido agravados por su prepotencia (6). El seguimiento de Jesús exige, pues, un cambio radical en el manejo de los bienes y muestra cuál es la única vía para que las riquezas encuentren un lugar en el proyecto del Reino: ponerlas al servicio del restablecimiento de la justicia (la devolución de lo defraudado) y del cambio de la situación de los más pobres (entrega de la mitad de sus bienes).

Finalmente, quiero hacer referencia a un último texto: la parábola del administrador astuto (Lc 16,1-12). Se trata de una de esas parábolas destinadas a mostrar cómo y por qué caminos la palabra liberadora de Dios pudo ser comprendida tan mal (aun por las autoridades encargadas oficialmente de su interpretación) que, aunque nos asombre, llegó a convertirse en instrumento de opresión de pobres y pecadores.

La parábola ofrece muchos dolores de cabeza cuando de ella quiere sacarse simplemente una conclusión moralizante. ¿Cómo poner de ejemplo a los discípulos, como Jesús hace en el texto, la habilidad de este truhán? Pero es una conclusión errada: el administrador infiel no es ningún modelo moral, ni es la moralidad el propósito de la parábola. Se trata de una astucia, digamos así, hermenéutica. El punto clave de la parábola es cómo es que una persona, el administrador, que parece ir de manera obvia en contra de los intereses que administra, resulta, al final, casi se diría por arte de magia, coincidir con la tácita intención del propietario. ¿En qué consiste su “conversión”, la ruptura epistemológica del relato? En que el administrador, situado entre la espada y la pared frente al Reino inminente y la transformación radical de la realidad que éste trae, decide confiar su suerte a sus compañeros de infortunio, aunque sólo su propia desgracia le haga verlos así. Sorpresivamente, guiado sólo por su instinto, elige bien. Su (mala) administración tomará un nuevo rumbo, pero ahora en beneficio de los deudores de su amo, que sufren por no poder pagarle. Reduce considerablemente esas deudas y se granjea así amigos pobres y pecadores.

De esta manera, casi misteriosamente, el interés del administrador termina coincidiendo con el interés el propietario. Según el espíritu de las bienaventuranzas, los pobres y pecadores son, justamente, los destinatarios del Reino (7). A eso se referiría la invitación de Lc 16,9: “háganse amigos con el dinero (‘mammona’) injusto (‘adikias’)” (8). Deducir de aquí una conclusión que simplemente invite a los ricos a lavar su conciencia con acciones de beneficencia, como si hubiera una especie de ‘lavado espiritual’ del dinero, que lo volviera agradable a los ojos de Dios, es quedarse en la superficie de la parábola. Es imprescindible eliminar los mecanismos que hacen que el dinero acumulado sea considerado dinero ‘de la injusticia’.

NOTAS:

1. Los intentos de suavizar la dura expresión de Jesús se cuentan por centenares. Muchos de ellos se basan en interpretaciones diversas del significado del ojo de la aguja: una soga gruesa, una puerta pequeña… Puede verse un resumen sucinto de la polémica en LANDGRAVE Daniel, “Jesús y los camellos en Mc 10,25. Reflexiones teológicas acerca de la riqueza”, en MACIEL C. (coord.), Jesús, miradas y acercamientos (UPM, México 1997), p. 64, nota 3
2. Etchegaray, Gundry, Pesch, Schmid, Cárdenas, son citados como muestra en LANDGRAVE, Op.Cit., p.64, nota 2
3. Me refiero a la clasificación de las parábolas sostenida por SEGUNDO Juan Luis, La historia perdida y recuperada de Jesús de Nazaret (Sal Terrae, Santander 1991) pp. 187-221
4. LAGNER Cordula, “Lc 16,19-31: el rico y Lázaro el pobre”, QOL 36 (2004) 1-20
5. PAGOLA J.A., Op.Cit. p. 186
6. MACIEL C., “¿Señal de bendición…?” Op.Cit. p. 301
7. “Las riquezas, que siempre llevan aneja alguna ‘iniquidad’, le sirven al administrador in extremis, para ‘hacerse amigos’ que luego, por coincidir con los amigos del propietario, lo recibirán en las moradas eternas” (Lc 16,9)”. SEGUNDO J.L., Op.Cit. pp. 215-217
8. “El autor aquí usa un sustantivo en caso genitivo (de la injusticia) en lugar de un adjetivo (injusto = adikias). Con dicha expresión el autor no quiere decir que exclusivamente el dinero que proviene de actividades sancionadas como incorrectas por la normatividad vigente en determinada sociedad es injusto (narcotráfico, corrupción, simonía, usura, lenocinio, etc.); la suya es una condena absoluta dirigida al dinero en general, como es explícitamente afirmado en el verso once (el dinero injusto); según san Lucas todo dinero es injusto”. MACIEL C, “¿Señal de bendición…?” Op. Cit. P. 302