Las fiestas detrás de la fiesta
Pocas festividades religiosas judías tienen tan rico pasado como la fiesta de la Pascua. Aunque los textos bíblicos nos la presentan como recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, experimentada por Israel, puede verse aquí y allá en el texto de la Biblia judía, testimonios de algunas festividades antiguas que alimentaron los orígenes de la actual fiesta pascual.
Es muy probable, como el texto de Ex 5,1 deja entrever, que hubiera una fiesta que los hebreos celebrasen aun antes del Éxodo: “Deja salir a mi pueblo para que me celebre una fiesta en el desierto”. Muchos especialistas opinan que esta sería una fiesta pastoril que se celebraba cada primavera, en la que se sacrificaba un animal tierno que se ofrecía a la divinidad, en un lugar sagrado, para obtener prosperidad y la fecundidad de los rebaños. De rasgos nómadas y domésticos, ésta parece ser la fiesta que los hebreos piden al Faraón que les permita ir a celebrar al desierto.
Hay quienes opinan también que la fiesta de los panes ázimos estaba originalmente separada de la pascua. Las primicias de la recolección (siega) se presentaban a la divinidad acompañadas de panes ázimos. Por eso en algunos textos la pascua y los ázimos aparecen como fiestas distintas y separadas (Lev 23,5-8; Esd 619-22; 1Cro 35,17), mientras que en otros textos aparecen ya unidas (Dt 16,1-8; 2Cro 30,1-13). Si esto es cierto, la fiesta de la pascua tendría como antecedentes cercanos estas dos fiestas distintas: la pascua pastoril y la fiesta de los ázimos, que habrían cristalizado en una nueva fiesta que contendrá elementos de ambas.
La pascua: experiencia de liberación histórica para Israel
El rito del cordero y los panes ázimos son asumidos en un nuevo acontecimiento que marca para siempre la historia del pueblo hebreo: se trata de la potente intervención del Dios de Israel que, habiendo escuchado el sufrimiento de su pueblo esclavo en Egipto, decide liberarlo. En esta ocasión la salvación se experimenta, no en un rito como antaño, sino en una intervención histórica. Esta es la conciencia religiosa que está a la base de la revuelta comandada por Moisés que culmina en el éxodo.
Es cierto que uno de las principales características de la fiesta que conmemora la liberación de Egipto es la cena que la conmemora. Pero el recuerdo de la pascua es concebido siempre como MEMORIAL, no como simple recordatorio. Las antiguas fiestas toman ahora un nuevo sentido: la sangre del cordero será la señal del pacto de Yahvé que viene a liberar a su pueblo de la esclavitud y que se escoge a Israel como su pueblo, en medio de los demás pueblos. Dios ha exterminado a los primogénitos egipcios, pero la sangre del cordero ha preservado a los israelitas de este paso destructor de Dios. Por eso la fiesta recibe el nombre de “pascua”, “paso”.
Del recuerdo al memorial
Es la noche de la pascua. Todos los hogares judíos están de fiesta. Esta noche recuerdan la gran hazaña que Dios realizó en los albores de la historia de Israel, al liberarlos de la esclavitud de Egipto. Todos están preparados para la celebración de la cena pascual. Con celo, han empleado toda la semana en limpiar hasta los últimos rincones de la casa para eliminar cualquier resto de alimento fermentado. Esta es la fiesta de los panes ázimos.
En la cena pascual participan todos: hombres y mujeres, niños y ancianos. Se ha colocado alrededor de la mesa el lugar de cada uno. A la cabeza el jefe de la familia, que presidirá la cena. Alrededor, todos los miembros. De pronto, según manda un antiquísimo ritual, el niño más pequeño se dirige a su padre y cantando le pregunta: “¿qué es lo que hace que esta noche sea diferente de las demás noches?” Y entonces el padre le contesta: “Es que éramos esclavos en Egipto, y en una noche como ésta Dios nos libró con mano poderosa y brazo extendido…” Y continúa en una larga descripción de los prodigios que se celebran en la noche de pascua.
No dice el padre: “nuestros antepasados eran esclavos en Egipto y hoy los estamos recordando con esta fiesta”. No. Dice: “éramos esclavos en Egipto”, es decir, nosotros, los que ahora celebramos esta fiesta somos los destinatarios directos de la acción de Dios, somos sus beneficiarios. La acción de Dios, situada en el pasado, se hace presente en esta misma celebración. Es el paso del simple recuerdo al memorial.
Del memorial a la celebración litúrgica
Es así como el Éxodo se convierte en el acontecimiento mayor de la historia de Israel. Por eso será recordado cada vez que el pueblo pasa por situaciones de sufrimiento o de esclavitud. La historia comienza a ser vivida por Israel en perspectiva de Éxodo. Jer 23,7-8, por ejemplo, habla del retorno del pueblo a su tierra, después del tiempo del exilio en Babilonia, como un éxodo decisivo que eclipsará al antiguo.
Más tarde, la tradición judía postexílica dotará a la fiesta de la Pascua de un revestimiento litúrgico que incluye una peregrinación al templo de Jerusalén. De tradición familiar, la fiesta pasa a ser una fiesta del templo. La Pascua se convierte en el crisol de toda la historia salvífica: la noche de pascua, Dios sacó al mundo del caos, a Israel de Egipto, al pueblo deportado de Babilonia, etc. Todas las experiencias salvíficas de Israel se celebran, como si en ella se concentraran, en la noche de la pascua.
Por último, la tradición judía se la pascua se enriquece con la expectativa mesiánica. La salvación definitiva, la victoria total sobre el mal, el Éxodo definitivo (Is 62,25) será instaurada por intervención del Mesías, cuya venida se aguarda en cada noche pascual.
Pascua y Eucaristía cristiana
Jesús celebra una cena de despedida en los días previos a la Pascua. Aunque no se propiamente una cena pascual, Jesús aprovecha esta cena de amigos celebrada en el ambiente festivo de la Pascua para anticipar su pasión. En las bendiciones rituales destinadas al pan y al vino, Jesús inserta la institución de la Eucaristía. Después que Jesús se ausenta físicamente, los elementos de la cena de pascua les sirven a los cristianos para identificar en la muerte y resurrección de Jesús la verdadera y definitiva pascua: Jesús es el nuevo templo y santuario definitivo, es el nuevo cordero que ocupa el puesto de la víctima de pascua, y en una comida pascual Jesús simboliza su propio éxodo: su paso del mundo pecador al Reino de su Padre (Jn 13,1) que se realizará más tarde en su muerte y resurrección.
Las iglesias cristianas de los inicios fueron muy conscientes de esto. Por eso en la celebración de la fracción del pan, después de una larga disputa, se conservó la utilización del pan ázimo. Por eso también, antes de invitarnos a la comunión, el ministro que preside la celebración nos invita a contemplar en Jesús al “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Por eso los cristianos asumieron la celebración de la muerte y resurrección de su Maestro dentro del marco de una cena que la renueva y actualiza: la Eucaristía.
Hay que recordar, para ser fieles al rico pasado veterotestamentario de nuestra celebración Eucarística, estos elementos: la Eucaristía, como la cena pascual, es una celebración de la libertad y compromete a quien de ella participa, a formar un pueblo de hombres y mujeres libres. El pan ázimo, que se parte y se reparte, es también para nosotros una comida de viajeros. Como en la pascua antigua, nosotros también participamos de la fracción del pan como si estuviéramos vestidos con ropas de viaje, porque somos peregrinos (1Cor 11,26; 1Pe 1,13-21). Quizá por ello uno de los nombres más hermosos de la Eucaristía, cuando se administra en situación de enfermedad grave, sea la de “viático”.
Reflexiones bíblicas para el Día de la Tierra.
Israel, un pueblo agrícola
La agricultura aparece por primera vez en la Biblia en el segundo relato de la creación (Gn 2,4-25). “Yahvé tomó, pues, al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”. Los verbos hebreos que usa el texto son ‘ABAD y SHAMAR para decir cultivar y cuidar. Son verbos que, en éste y en otros contextos, tienen significado de “servir” (de donde ‘EBED, siervo) y cuidar vigilando, como en el caso de los pastores con sus ovejas. Ya el uso de estos verbos indica de qué tipo será la relación que establece la Biblia entre el ser humano y la tierra: no es dominio, sino servicio y cuidado.
La tarea de cultivar la tierra es tan antigua en Israel, que llena muchas de sus páginas. Ya en el relato de Caín y Abel, los hijos de las primera pareja humana, uno de ellos se dedicaba a las tareas del cultivo de la tierra (Caín) y el otro a las tareas del pastoreo de ganado menor (Abel), las dos ocupaciones más antiguas en Israel.
Cuando el pueblo lucha contra el faraón bajo la conducción de Moisés y salen de la esclavitud, después de vagar errantes por el desierto, llegan a la tierra prometida, y la primera acción que toman para comenzar a ser un pueblo distinto de los demás es la repartición de la tierra. A cada familia un pedazo de tierra, para que nadie se quede sin sustento. De esta manera, la agricultura une estrechamente a las personas al suelo que le da el alimento.
Pero el pueblo de Israel sabía que la tierra no le pertenece a nadie, sino a Dios. Dios es el único dueño de la tierra porque él es quien la creó al mero principio del mundo. Por eso Dios tiene un derecho absoluto sobre la tierra, dispone de ella, establece las normas para cultivarla, ordena cómo ha de ser su distribución. Por eso Israel proclama en sus oraciones el dominio de Dios sobre la tierra: “Tú, Señor, haces brotar vertientes en los cerros, que corren por el valle… desde lo alto riegas las montañas y se llena la tierra de frutos, que son obra tuya. Tú haces brotar el pasto para el ganado y las plantas que le sirven a las personas, para que de la tierra obtengan su alimento…” (Sal 104,10-14).
Por eso se establecieron en Israel algunas leyes para la distribución y el cultivo de la tierra. Se estableció, por ejemplo, que la tierra se dividiera en partes equitativas para cada tribu (Nm. 26,52-56); Solamente la tribu sacerdotal no podía recibir tierras (Dt 18,1-8). Además, la tierra no podía venderse porque es de Dios (Lv 25,23). Y si por alguna necesidad o urgencia hubiera que venderla, debía hacerse en primer lugar entre la propia tribu, para que la tierra no saliera del dominio tribal y se conservaba siempre el derecho de rescate, según lo establecido en la ley del goelato y el jubileo (Lv 25,11ss; Dt 15,1ss): cada cincuenta años las tierras regresaban a sus auténticos dueños.
La distribución de la tierra no estaba ajena a la igualdad social. Por el contrario, cultivar la tierra pensando solamente en uno mismo y olvidando a los pobres, era una ofensa grave a Dios (Dt 14,28-29; Dt 24,19-22).
También tenían problemas: El principal enemigo de la agricultura era la sequía (Gn 12,10; 26,1; 41,50-57) a la que se hacía frente con la construcción de cisternas y acueductos. Otro azote era la langosta. Las principales semillas de cereal que se cultivaban eran el trigo y la cebada. El trigo era el cereal más importante de Palestina, cereal de invierno que se cosecha en junio o julio. Se tomaba cocido en pan, tortas y obleas, pero también como granos tiernos y secos. Se usaba para la ofrenda de la comida y es uno de los siete dones con los que se bendijo la tierra prometida (Lev 2,14; 23,14; 1Sam 25,18; 2Re 34,42).
La cebada, planta gramínea semejante al trigo, fue también muy cultivada en Palestina, que es llamada ‘tierra de trigo y cebada’ (Dt 8,8) y aparece citada frecuentemente tanto en el A.T. como en el N.T. Se empleaba sobre todo como alimento para caballos. El pan de cebada era alimento de pobres. Se comía el grano tostado. Cereal de invierno, que se cosecha en marzo: Necesita una mayor sequedad que el trigo (Ex 9,31; Nm 5,15; Job 31,40).
La técnica más común de sembrado era al voleo. De ordinario, los cereales se sembraban a voleo con la mano derecha, llevando la semilla colgada en un saco en el hombro izquierdo. Como no conocían el rastrillado propiamente dicho, se pasaba ligeramente el arado o un haz de espinas. Con la siembra a voleo y un rastrillado deficiente, se entiende que una parte de la semilla cayese fuera (Mt 13,3).
Sentido religioso de las siembras
Las tres fiestas más importantes del calendario hebreo tienen un origen estrictamente agrícola. La pascua, era la fiesta de la primavera: se acababa el frío del invierno y podría comenzar a prepararse la tierra para cultivarla. Se celebraba con un banquete familiar. Después de salir de Egipto se convirtió en una fiesta que recordaba la liberación de la esclavitud. Se comía durante una semana pan sin levadura. (Ex 23,14-15)
La fiesta de las semanas (Pentecostés) era la fiesta de la siega o cosecha. Se recolectan los primeros frutos del trabajo (cereales, sobre todo) y se ofrecen las primicias. Se celebraba siete semanas después de la fiesta de la pascua, por lo que era llamada Pentecostés. (Ex 23,16). Finalmente, estaba la fiesta de los tabernáculos (Tiendas) que se celebraba cuando se terminaba la estación de las frutas. Se llamaba fiesta de las tiendas, porque la gente hacía unas chozas con ramas y se colgaban de ellas los frutos, como suele hacerse en los pasel mayas. Más tarde, esta fiesta comenzó a recordar también los 40 años pasados por el pueblo en el desierto (Ex 23,16; Dt 16,13-15)
Los hijos e hijas de Israel ligaban la fidelidad a Dios con el éxito de las cosechas (Lv 26,3-12). Una práctica común era la ofrenda de las primicias (Dt 14,22ss). Siempre hubo una relación entre el cultivo de la tierra y el resto de la vida. Siendo campesinos y campesinas, los miembros del pueblo de Israel no se olvidaban de su pasado, ni del proyecto de sociedad que estaban llamados a construir. De hecho, ligaban las actividades y fiestas agrícolas con su historia como pueblo. Por eso, después de presentar sus primicias, recitaban un compendio de su historia, para que la memoria mantuviera su resistencia (Dt 25,19 – 26,17).
La siembra de la semilla tomó muy pronto rasgos simbólicos. Por una parte, se ligó a la bendición de Dios, que restaura a su pueblo después de los sufrimientos. Se hizo símbolo de una siembra de personas y de animales con la cual Dios restaurará la desolación de Israel (Jer 31,27), y como símbolo de la penitencia de corazón (Jer 4,3; Os 10,12).
La Biblia conoce también la metáfora de la siembra para designar las consecuencias felices o desgraciadas que, cual cosecha merecida, siguen a la siembra de actos buenos o malos del ser humano (Prov 11,18). La tristeza del sembrador contrapuesta al gozo de los cosechadores es imagen del esfuerzo de quien trabaja con esperanza (Sal 126,5; Is 9,3). Hasta san Pablo ha usado esta imagen para hablar de la resurrección (1Cor 15,35-38).
Jesús y la siembra
Son muchas las ocasiones en que Jesús usa, en el Nuevo Testamento, la imagen de la siembra y la cosecha. Hasta para hablar de su propia persona menciona que él es el árbol y nosotros somos las ramas (vid y sarmientos Jn 15). Pero quizá las parábolas más conocidas en este campo sean la parábola del sembrador (Mt 13,1-9) y la parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29).
En la parábola del sembrador, además de la reflexión que se hace sobre la clase de tierra que recibe la semilla, hay que atender a la clase de sembrador que es Dios: un sembrador que parece incansable, que siembra a tiempo y a destiempo, que lanza la semilla incluso sabiendo que algunas de ellas caerán en terreno impropio. Dios es un sembrador apasionado. Su trabajo es sembrar siempre y en todo lugar.
La parábola de la semilla que crece por sí sola trae una hermosa enseñanza sobre la paciencia histórica. La semilla tiene dentro de ella un ritmo que Dios le ha puesto. Los campesinos y campesinas tomamos la semilla, la depositamos en la tierra, la cuidamos y regamos, pero en realidad lo que le ocurre a la semilla dentro de la tierra no es hechura nuestra, sino que es una fuerza que Dios le ha puesto y que está dentro de la misma semilla. Y tenemos que respetar los tiempos de Dios. Aunque estuviéramos presentes día y noche ante la tierra y viéramos despuntar las primeras hojitas, de nada serviría jalarla con fuerza para que crezca más rápido. Eso sería muy tonto, porque terminaríamos lastimando a la planta recién nacida. Como la siembra, las cosas de Dios y de nuestra historia tienen su propio ritmo y debemos aprender a conocerlo y respetarlo.
Algunas conclusiones
1. Una primera enseñanza de esta lectura de pasajes bíblicos es que el espíritu del pueblo de Israel es muy parecido al nuestro. Como ellos, nosotros sentimos que la tierra es nuestra madre, que no la poseemos, sino que solamente la administramos, porque la tierra es de Dios.
2. Sabemos que todos los frutos de la tierra vienen de Dios: él manda las lluvias y permite que haya abundante cosecha.
3. De la tierra sacamos nuestra subsistencia. Dios nos bendice con los frutos de la tierra si nosotros seguimos sus palabras y trabajamos por hacer realidad el proyecto de justicia y hermandad que él tiene para todos los seres humanos.
4. Alejarse del proyecto de Dios lleva consigo males para la tierra y para el trabajo del campo. Creer que somos los dueños de la tierra es lo que nos ha llevado a explotarla sin medida, a deforestarla, a usarla como si fuera una mercancía. Una buena parte de los desastres naturales, fruto de nuestra inadecuada relación con la naturaleza, manifiestan que Dios maldice la explotación desmedida de la tierra.
5. El trabajo de la tierra tiene una profunda dimensión religiosa. Así lo entendieron los judíos cuando celebraban sus fiestas agrícolas, así lo entendemos nosotros cuando hacemos los rezos de las primicias, pedimos permiso a la tierra para trabajar, o cuando hacemos repartición de comida durante la cosecha.
6. La siembra y la cosecha tienen también una dimensión simbólica. Sirven para expresar otras cosas: como la necesidad de “sembrar” la justicia para que el fruto sea la paz. El mismo amor entre los esposos es visto como una siembra cuando hablamos de los hijos como “frutos” del matrimonio.
7. Hay muchas maneras de organizar la tenencia de la tierra. Israel nos enseña que en cualquier organización que tengamos, no nos olvidemos de los pobres. Tratar la tierra como mercancía, olvidando que es fuente de vida para todos y todas, hace que aumenten los pobres y hambrientos. Ninguna ganancia comercial está por encima del bienestar de nuestros pueblos y comunidades.
8. Saber que Dios es el único dueño de la tierra nos ayuda a darnos cuenta de las malas intenciones de los que quieren que vendamos nuestras tierras. En realidad, solamente quieren hacernos esclavos. Permanecer unidos a la tierra es una cosa muy importante para nuestra resistencia. A esta luz tenemos que juzgar la bondad o maldad de algunos programas de gobierno que nos invitan a vender nuestras tierras.
9. No podemos permitir que el sentido religioso de la agricultura se pierda. Es bueno que usemos nuevas tecnologías, que aprendamos a cómo producir más y mejor, pero también es cierto que si abandonamos el sentido religioso de las siembras nos quedaremos sin una fuente importante de alimento para nuestra resistencia. Las grandes organizaciones de los ricos por eso están muchas veces en contra de nuestros ritos y nuestros relatos antiguos, porque mientras mantengamos esa relación religiosa con la tierra, no podrán convencernos de abandonarla y venderla para irnos a trabajar en sus construcciones y en sus fábricas.
10. Finalmente, el trabajo de la tierra tiene muchas enseñanzas para nosotros: conocer y respetar los tiempos, tener la sabiduría de resistir, saber que a pesar de las inclemencias, la tierra volverá a producir su fruto, etc. También tenemos que recordar que un país que no cuida su agricultura, que no trabaja la tierra, que no produce su alimento, muy pronto comienza a ser dependiente de otros países. Tenemos que trabajar por la soberanía alimentaria.
Conocí a Alberto Athié en mis años de estudio en Roma. Vecinos de piso, platicábamos con frecuencia y no tengo sino recuerdos agradables de nuestras conversaciones. Él era algunos años mayor que yo. Había entrado al seminario después de estudiar algún tiempo en la facultad de medicina.
Después de nuestra convivencia en Roma volví a encontrarlo en la ciudad de México. Él trabajaba ya en la Comisión Episcopal de Pastoral Social, mientras que yo pertenecía a un equipo de derechos humanos y coincidimos en un encuentro promovido por la organización del Episcopado Alemán, Misereor, que financiaba proyectos de desarrollo en países del Tercer Mundo.
Fue un reencuentro amistoso que, además, podría haber tenido resultados de colaboración en nuestros respectivos trabajos, pues la oficina del Episcopado Mexicano en la que él trabajaba estaba interesada en entablar contactos con las organizaciones de derechos humanos que fueran de la iglesia católica o que, como en el caso de mi organización, estuviera basada en principios cristianos, de manera que pudiera provocarse una sinergia que aglutinara esfuerzos en una misma dirección.
Yo me manifesté un poco escéptico ante la propuesta. Mi experiencia con las altas autoridades eclesiásticas no había sido del todo satisfactoria en el campo de la defensa de los derechos humanos. Entonces volví a escuchar al Viejo Athié y su alma conciliatoria. Como en nuestras antiguas conversaciones en el Colegio Mexicano de Roma, él me tomó del brazo y me dijo que confiara en la buena voluntad de los obispos. Que a pesar de las dificultades que yo hubiera podido tener en mi trabajo con algún o algunos obispos, debía tener la confianza de que muchos otros pastores mexicanos estaban dispuestos a asumir el trabajo de la defensa de los derechos humanos como parte integral de la evangelización.
Hubiéramos querido continuar nuestra conversación, pero las premuras de los trabajos del encuentro nos lo impidieron. Aunque no puedo asegurarlo con certeza, creo que para ese tiempo estaba ya él implicado en la exigencia de justicia en favor del padre Juan Manuel Fernández Amenabar, sacerdote que fue abusado durante mucho tiempo por el pederasta fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel Degollado. No obstante, con tono paternal, me había insistido en que no abandonara yo la esperanza en relación con los obispos católicos. De ese tamaño fue siempre su fidelidad a la iglesia.
Sólo cuando la historia de los abusos cometidos por el fundador de la Legión de Cristo fue ya inocultable, a pesar del contumaz ocultamiento por parte de muchos jerarcas eclesiásticos, vine a tener nuevas noticias de Athié. En algunos de los cursos que suelo sostener con agentes de pastoral hispana en la arquidiócesis de Chicago, me enteré que Athié había estado en esa ciudad norteamericana durante algún tiempo, justo en la época en que las acusaciones de pederastia en muchos países demostraron que la depredadora conducta de Marcial Maciel, sostenida por la complicidad de la cúpula legionaria y de muchos obispos y cardenales, no era un hecho aislado, sino muestra de un grave desorden estructural dentro de la iglesia.
Alberto Athié, fiel a su conciencia, llevó su personal batalla hasta las más altas esferas eclesiásticas, convencido de que el perdón no está reñido con la búsqueda de la justicia. Su testimonio de coherencia lo llevó a la dolorosa decisión de dejar el ministerio sacerdotal cuando todas las puertas se le cerraron y comprendió que para ciertas cúpulas en el Vaticano, la protección del prestigio de la iglesia estaba por encima de los derechos humanos de las víctimas. Entonces, decidió dejar de ser sacerdote para poder seguir siendo cristiano.
He vuelto a encontrarme con Athié, pero esta vez no ha sido un encuentro personal, sino con su testimonio escrito, valiente y dolorido, en el libro «La voluntad de no saber», una invaluable colección de documentos que Athié firma junto con los doctores José Barba y Fernando González. Reconozco su voz grave y conciliadora detrás de esas líneas en las que también se dibuja su dolor de años. Y siento que lo aprecio más que nunca.
El libro publicado por la editorial Grijalbo es demoledor. La herida que el caso de Marcial Maciel y sus cómplices, en la Legión y fuera de ella, ha causado a la iglesia y a su credibilidad es inmensa. No sé cuánto tiempo llevará para que esta herida cicatrice. Sobre todo porque muchos de esos cómplices no han reconocido aún su culpa ni han pedido perdón.
Estoy convencido de que la cicatrización no ocurrirá sino hasta que nos confrontemos con el esplendor de la verdad y nos reconciliemos, comunitariamente hablando, con el evangelio de Jesucristo. El libro de Athié, Barba y González por duro que sea, es lectura imprescindible para quienes seguimos creyendo, tercamente, que una reforma de la iglesia es indispensable e ineludible.
Se llamaba Yorleni Yolet Zacarías Escobar. Recordar su nombre es hoy más importante que nunca. Nació el 29 de marzo de 2011 en Tenosique, Tabasco y murió apenas 12 días después de haber cumplido un año de nacida, el 10 de abril de 2012. No alcanzó a ver su segundo cumpleaños. Yorleni Yolet murió mientras era trasladada en una ambulancia al hospital de Villahermosa. Murió de deshidratación. Yo digo que su muerte fue un asesinato, porque cualquier niño o niña que muere como murió Yorleni, deshidratada por la fiebre y la diarrea, sí, una simple diarrea, de las que se curan casi en cualquier centro de salud del mundo, muere asesinada.
La muerte prematura de Yorleni tiene que llenar de indignación a quien conserve una pizca de humanidad en algún recóndito lugar de su conciencia. Yorleni era hija de Wilfrido Zacarías López y de Sindi Paola Escobar Pérez, que vivían en la comunidad de Nueva Esperanza en el Petén, Guatemala. Tenía Yorleni cinco meses de gestación cuando sus padres, junto con decenas de hombres, mujeres y niños/as, fueron expulsados de sus tierras en un violento desalojo realizado por el Ejército y la Policía de Guatemala. Su casa fue arrasada y quemada. El gobierno guatemalteco acusaba a la comunidad de Nueva Esperanza de tener ligas con el narcotráfico de la región, de talar indiscriminadamente la selva y de acabar con la reserva natural protegida de la Sierra del Lacandón en el Petén guatemalteco. Ninguna de las acusaciones fue probada. Los padres de Yorleni, junto con el resto de la comunidad, huyeron en dirección a la línea fronteriza que separa a Guatemala de México.
Fue así que Yorleni terminó naciendo en el municipio de Tenosique, Tabasco, en medio de una comunidad desplazada, apenas a unos metros de la línea divisoria entre Guatemala y México. Yorleni nació, pues, mexicana, dado que vio la primera luz en territorio nacional y fue registrada en el mismo municipio de Tenosique. Según la Constitución de nuestro país, ese sólo hecho debía haber bastado para que los derechos humanos fundamentales de Yorleni fueran reconocidos y respetados. Pero el mandato constitucional es sólo letra muerta. Al menos así fue para Yorleni, pues en la comunidad de desplazados de la Nueva Esperanza permaneció sin vivienda digna, sin alimento ni bebida suficientes, hasta que la muerte le llegó.
En medio de la selva y el lodo, Yorleni pasó su primera y única navidad. Rondando los nueve meses de edad, mientras muchos niños y niñas abrían sus regalos, Yorleni celebró la Nochebuena, la llegada del Año Nuevo y la visita de los Reyes Magos en medio de la oscuridad y rodeada de carencias. Tuvo, como único festejo, un pequeño juguete solidariamente enviado desde Yucatán. Pero no pudo disfrutarlo mucho tiempo: el 9 de enero, el Instituto Nacional de Migración llegó a desalojar a los desplazados y a repatriarlos a Guatemala de manera forzosa. En el operativo, que algunos medios de comunicación calificaron extrañamente de “limpio y voluntario”, participaron más de 400 elementos, muchos de ellos miembros de la Policía Federal. Testigo calificado del desalojo fue, asómbrese usted, la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Tabasco.
¿Pueden fincarse responsabilidades por la muerte de Yorleni? ¿Qué cadena de omisiones y complicidades dieron lugar al prematuro deceso de esta niña? ¿Por qué, siendo mexicana y viviendo en territorio mexicano, el gobierno de su país la abandonó a su suerte al punto de provocar su muerte o, en el menos grave de los casos, dejarla morir de una enfermedad curable?
El caso de Yorleni desnuda la negligencia de los tres niveles de gobierno mexicano, cada uno de ellos en manos de una fuerza política diferente, pues el PRD gobierna el municipio de Tenosique, el PRI gobierna el estado de Tabasco y el PAN tiene a su cargo el gobierno federal. Los tres órdenes de gobierno, conducidos por las tres principales fuerzas políticas, tan ocupadas en estos momentos en sus campañas políticas, tienen responsabilidad en la muerte de Yorleni: no hubo ninguna acción de su parte para ofrecer posibilidades de vida digna a los desplazados de Nueva Esperanza, lo que terminó por negarle vida digna también a Yorleni. Tanto la Secretaría de Gobernación como el Instituto Nacional de Migración engañaron una y otra vez a los desplazados guatemaltecos, se burlaron de ellos prometiéndoles visas temporales de trabajo, sólo para terminar desalojándolos, sin haberles brindado durante muchos meses la asistencia humanitaria a la que estaban obligados de acuerdo con el derecho internacional. Bajo unas lonas, sin alimentos ni seguridad alguna, continúan hasta hoy, en ese mismo lugar, los desplazados de Nueva Esperanza que escaparon del desalojo realizado por el gobierno mexicano y aquellos que, como los padres de Yorleni, regresaron a México por no tener lugar seguro donde asentarse en su país de origen.
Pero no solamente el gobierno mexicano tiene responsabilidades. Yorleni es también víctima del gobierno guatemalteco que, tanto en la administración anterior (Colon) como la actual (Pérez Molina), ha prometido resolver las causas que motivaron el desalojo inicial y llevan meses “negociando” sin que dichas causas hayan sido atendidas cuando han pasado ya más de ocho meses
Finalmente, la Secretaría de Salud del estado de Tabasco tiene una responsabilidad particular. En un primer internamiento, después de dar de alta a Yorleni, la Secretaría exigió a los padres que inscribieran a Yorleni al Seguro Popular para poder atenderla en otra ocasión. Responsable es también la Cruz Roja, el instituto internacional al que aportamos veinte pesos cada vez que renovamos nuestras tenencias, porque habiendo establecido tanques de agua potable para que los desplazados tuvieran agua para beber, los retiró de la línea fronteriza después del desalojo forzoso realizado por el Instituto Nacional de Migración argumentando muy nacionalistamente que las y los desplazados ya no estaban en la “parte” de México. Sin agua potable, el auxilio humanitario más elemental, no es extraño que Yorleni hubiera contraído las infecciones que le provocaron la deshidratación y después la muerte. Recordaré esto la próxima vez que la Cruz Roja me solicite un donativo.
La humillación y el desprecio hacia Yorleni no terminó con su muerte. Cuando cerró los ojos a esta vida, las autoridades mexicanas negaron a sus padres el permiso para sepultarla en México. Tuvieron que ir a llorarla y sepultarla en El Petén. El caso de Yorleni es un espejo del trato que nuestro país le da a los pobres, a los nadie, a los inexistentes.
En momentos como éste, ahogado por el dolor y la rabia, siento una profunda vergüenza de ser mexicano.
Para Miguel Arias
En medio del río de sangre en que se ha convertido este país nuestro, en medio de tanto dolor y tanta sinrazón, me parece ver mi paso solamente crucificados/as por todos los caminos.
Migrantes que, en busca de sustento, atraviesan un país lleno de odio y son víctimas de delincuentes y policías (estos últimos con documentos en orden, desde luego) que los roban, los humillan, los secuestran y los asesinan… sólo para llegar, los que puedan, a otra frontera donde se les tratará con igual desprecio…
Padres y madres que han visto morir a sus hijos e hijas en esta absurda guerra de la que nunca nadie saldrá vencedor, familias enteras desmembradas y con sus pérdidas calificadas desdeñosamente como daños colaterales…
Pueblos indígenas, mujeres maltratadas y sometidas, niños y niñas abusados y vendidos al mejor postor… multitudes sin derecho a un trabajo digno, a la salud… un continente entero, África, condenado a la desaparición, el Oriente Medio, un polvorín alimentado por la estulticia del imperio… Y, last but not least, la pantomima vergonzosa que solemos llamar campañas políticas.
En medio de tanta desolación, brota de las entrañas de la tierra el grito de victoria: ¡Cristo ha resucitado!
Por este anuncio comprendemos que Dios, pese al panorama de injusticia y muerte que he delineado antes, conduce incansablemente todo esfuerzo de vida, de paz y de justicia hacia su realización definitiva y plena. El sepulcro vacío nos anuncia que la muerte no tiene ni tendrá la última palabra. Que hay personas, como Jesús de Nazaret, que han cambiado el rumbo de la historia porque han reivindicado el sagrado derecho de morir amando, entregando la vida, sembrando justicia y consuelo por donde pasan, haciendo la vida de los demás más plena y más feliz.
Sí, desde este rincón del Mayab, yo les anuncio: ¡Jesús ha resucitado!
Ya no habrá que escapar del país propio en busca de futuros promisorios, porque todos haremos del mundo una patria común y solidaria. Habrá un día en que el mundo ya no tendrá fronteras y los nacionalismos serán epidemias del pasado.
A borbotones surgirá de la tierra, del corazón de cada creyente, la esperanza que no se deja vencer por las adversidades. Nuestros esfuerzos por hacer de este planeta un lugar más habitable, más de hermanos y hermanas, más tolerante e incluyente, no están condenados a desaparecer: son semillas que, sea en las montañas del sureste mexicano, como en las grandes ciudades de nuestra patria, han sido sembradas para dar fruto, para no permitir que la muerte siga haciendo de las suyas, para lograr que este país responda a su vocación histórica y deje de desmoronarse en nuestras manos.
Sí, hermanos y hermanas, la resurrección es la garantía de nuestras esperanzas. Un día no habrá más pobreza ni enfermedad, ni desempleo ni muerte, ni trata de personas, ni violencia de género, ni discriminaciones. Entonces se cumplirán las palabras del muerto resucitado: los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el Reino de los Cielos.
Un día, en lugar de balas, tendremos los teatros llenos. Florecerá el arte y la cultura por doquier. Llegará el momento, ya lo veo venir, en que regresaremos a la armonía original con la Madre Tierra, sabremos de dónde viene lo que comemos, desterraremos los agroquímicos y sus mortales consecuencias, haremos la solemne declaratoria de “planeta libre de transgénicos”, consumiremos energías sanas. Amaremos la tierra, no como una mercancía, sino como lo que es, la amorosa, pero no inacabable, fuente de nuestro sustento.
Y, al final de todo, será la Pascua eterna, el abrazo cariñoso y permanente de Dios.
La resurrección huele a esperanza, sí señor. A esperanza florecida. A inmarcesible esperanza.
Daniel Zamudio
In memoriam
Hasta la década de los ochentas no existía la denominación “crímenes de odio”. Es un nombre nuevo para un delito antiguo, que desafortunadamente nos ha acompañado como humanidad a lo largo de muchos siglos. Se trata de una nueva definición de crimen que atiende, para su clasificación, al hecho de que la víctima pertenezca a un grupo socialmente discriminado (las más de las veces minoritario) y, por tanto, en estado de vulnerabilidad y que la acción criminal se haya llevado a cabo justamente con motivo de la pertenencia de la víctima a ese grupo o minoría, sea étnica (indígenas), genérica (mujeres), sexual (diversidad sexual), etárea (niños y/o ancianos), religiosa (convicciones espirituales), por discapacidad, etc. Los crímenes de odio suelen caracterizarse por una saña especial en su comisión: decenas de cuchilladas, estrangulamientos, torturas previas a la muerte, etc.
No siempre es fácil determinar cuál es un crimen de odio y cuál no. No todos los asesinatos de las mujeres son feminicidios, ni todas las personas homosexuales asesinadas lo han sido en virtud de su orientación sexual. Si, por ejemplo, ocurre un asalto en un domicilio, y la familia entera es ultimada, será difícil sostener que las mujeres de la familia fueron víctimas de feminicidio. Ocurre lo mismo cuando algún asaltante golpea en la calle a una persona para arrebatarle su teléfono celular. Aunque, casualmente, la persona agredida fuera homosexual, difícilmente se podrá argumentar que fue víctima de violencia homofóbica.
Sin embargo, los crímenes de odio no son tan difíciles de discernir. La mayor parte de las víctimas sobrevivientes acusan haber escuchado imprecaciones relacionadas con su pertenencia a un grupo social. Como sostiene Carlos Bonfil, “el crimen de odio es una construcción social… debe estudiarse a partir de la prevalencia de discriminación social en sociedades que toleran, e incluso promueven, la violencia ejercida contra las minorías sexuales, religiosas o raciales”(1). Los crímenes de odio están, pues, directamente ligados al fenómeno de la discriminación, sobre todo cuando tal discriminación se encuentra socialmente aceptada y justificada por motivaciones ideológicas o religiosas. A la base de los crímenes de odio se encuentra con frecuencia, lo que los especialistas llaman la “falacia discriminatoria”(2), es decir, una serie de prejuicios que no son evidentemente reconocidos como tales sino que son adoptados por quien discrimina simplemente como una verdad natural e incuestionable, lo que contribuye a concebir las desigualdades como resultado de la naturaleza y no como construcción social. Es por esta vía que, usualmente, la discriminación busca y consigue su aceptación y legitimidad.
La investigación de los crímenes de odio por homofobia no deja de estar permeada de este tipo de prejuicios. No es solamente que la modalidad “crimen de odio” no esté tipificada como agravante en la mayoría de las legislaciones locales de nuestro país, como ocurre, por ejemplo, en España, sino que el mismo proceso de investigación resulta viciado de origen porque la mayor parte de las veces se les califica de “crímenes pasionales” o “típicos de homosexuales”, lo que prejuicia la procuración e impartición de justicia. Esta tipificación policiaca tan reiterada provoca que, generalmente, esta clase de crímenes quede en la impunidad.
El argumento suele ser el mismo: la víctima propició, ya sea por su atuendo, sus insinuaciones, su manera de vestir o por el hecho de haber contratado algún servicio sexual, que se cometiera el delito que finalmente lo privó de la vida.
Responsabilidad especial tienen en esto los medios de comunicación social. Como bien señala Bonfil en el artículo antes citado: “En México se ha vivido durante décadas un importante vacío legal que permite que la discriminación contra una minoría homosexual se practique y difunda libremente a través de los medios masivos de comunicación, desde revistas sensacionalistas como Alarma! o Alerta!, hasta emisiones televisivas y representaciones fílmicas que hacen del homosexual objeto de mofa y escarnio social… En su relación de los hechos, los reporteros se presentan a sí mismos como guardianes de la moral en turno, defensores de las virtudes ciudadanas, y apelan a las buenas conciencias a quienes llaman a indignarse por la decadencia moral que se percibe en las grandes urbes. Los “cínicos”, una variante verbal en la descalificación de los “desviados”, han obtenido al final su merecido, y poco importa entonces que la justicia terrenal siga su curso, si la divina ya hizo lo que le correspondía”.
El caso del reciente asesinato de Daniel Zamudio, joven chileno agredido por un grupo de presuntos neonazis, ejemplifica muy bien de qué hablamos cuando nos referimos a crímenes de odio: sus agresores le arrancaron parte de una oreja, le marcaron el cuerpo con esvásticas, le dejaron caer varias veces una gran piedra sobre el estómago y las piernas y le fracturaron una de ellas. Días después de la agresión (Daniel sufrió una agonía de 25 días), Juventud Guzmán, un grupo ligado a la oficialista Unión Demócrata Independiente, escribió en su twitter: “La enfermedad que portaba Daniel Zamudio no lo hacía peligroso. Era un desviado sodomita”.
Pero no hay que ir tan lejos: en nuestro estado, Yucatán, han sucedido en los últimos años crímenes de odio que parecen seguir el esquema planteado líneas arriba: prejuicios en la procuración y administración de justicia y trato discriminatorio en las notas informativas. Para erradicar los crímenes de odio es necesario, pues, no solamente un cambio legislativo, sino medidas concretas que tiendan a la modificación de patrones de pensamiento y comportamiento social. Para ello resulta de medular importancia que los discriminadores sepan bien a lo que deberán atenerse en caso de que sus prejuicios los impulsen a cometer un delito de este tipo.
Por eso resulta importante cómo se resolverá un caso de violencia homofóbica que se encuentra ahora ante la Fiscalía General del Estado de Yucatán. Un joven, a quien llamaremos Rolando, fue abordado en la Plaza Grande por un individuo que lo invitó a tomar unas cervezas. A los pocos minutos salieron de la cantina para dirigirse a un céntrico hotel, una vez que acordaron sostener un encuentro sexual. Llegados al cuarto del hotel, en el interior del baño, el individuo comenzó a golpear a Rolando a puñetazos y patadas. Lo sometió derribándolo al suelo y colocó su rodilla sobre el pecho de Rolando mientras le ordenaba desnudarse. Una vez sin ropa, le robó una esclava de oro. Cuando Rolando, aprovechando un descuido, intentó defenderse y escapar, el individuo le gritó: “¿te acuerdas que te dije que había estado con otros dos homosexuales antes que tú? Pues a ellos los maté y tú vas a ser el tercero que mate, porque odio a los homosexuales, a maricones y putos”. Entonces continuó golpeándolo en la cara con el puño, intentó ahorcarlo y le estrelló la cabeza contra el piso dejando a Rolando inconsciente por unos minutos, lo que el agresor aprovechó para robarle dinero y un teléfono celular.
Cuando Rolando volvió en sí, caminó tambaleante y ensangrentado hasta la cama. Cuando logró sentarse el agresor volvió a decirle: “odio a los maricones y por eso les hago lo que te hice”. Rolando alcanzó a suplicarle que ya no lo golpeara más, a lo que el agresor respondió “no te voy a matar, me caíste bien, por eso no te mato… pero si me denuncias, ya sé tu dirección y te voy a buscar para matarte”.
La amenaza no fue en vano. Cuatro días después, mientras Rolando esperaba el autobús cerca de su casa para dirigirse a su trabajo, el agresor lo abordó de nuevo, amenazante, y le arrebató el teléfono celular que cargaba, llevándose también la cartera con los documentos de identificación de la aterrada víctima. Superando su miedo y una vez que su agresor se había alejado, Rolando llamó a una patrulla que circulaba por el entorno, la cual después de un rápido operativo, alcanzó al ladrón, deteniéndolo mientras todavía tenía las cosas robadas en su poder. El delincuente fue presentado ante la Agencia Cuarta del Ministerio Público y posteriormente se consignó el expediente dando inicio a la causa penal 220/2011 radicada ante el Juzgado Sexto Penal del Primer Departamento Judicial del estado.
En su denuncia, Rolando no dejó de hacer hincapié en el carácter homofóbico del ataque. Su defensa señala que se está “frente a un caso de evidente agresión por homofobia. Lo anterior implica que esta autoridad investigadora, debe ser especialmente escrupulosa al momento de investigar, pues los crímenes de odio en contra de personas con una orientación o preferencia sexual no heterosexual, suelen invisibilizarse y quedar en la impunidad, a pesar del alto índice y la brutalidad con la que son cometidos”. Rolando ha logrado reunir muchos elementos probatorios, incluyendo la declaración de testigos, entre los que honrosamente se cuenta el encargado del hotel donde sucedió la agresión.
La Fiscalía General y el Poder Judicial del Estado tienen en sus manos la oportunidad de ofrecer a la ciudanía las garantías necesarias de que crímenes de esta índole no serán solapados ni minimizados. El caso de Rolando, uno entre muchos, confirma lo afirmado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que, en su Informe Especial sobre Violaciones a los Derechos Humanos y Delitos Cometidos por Homofobia, señala que “Los delitos y violaciones a los derechos humanos por orientación sexual, identidad o expresión de género no son hechos aislados, obedecen a patrones de conducta de algunos miembros de la sociedad y al proceder recurrente de ciertos servidores públicos, tales como prejuicios, aversiones y rechazos, lo que refleja la existencia de un problema estructural serio de intolerancia, y que requiere de su reconocimiento expreso y de una atención especial por parte de las autoridades encargadas de promover la educación, la cultura, el respeto a la legalidad y la no discriminación en el país …”
Notas:
[1] BONFIL C., Crímenes de odio en México. Suplemento Letra S del periódico La Jornada, disponible en www.jornada.unam.mx/2007/05/03/ls-crimenes.html. Consultado el 27 de marzo de 2012
[1] La Discriminación en México. Por una nueva cultura de la igualdad. Informe General de la Comisión Ciudadana de Estudios contra la Discriminación, México 2001
Les comparto las generosas palabras del dramaturgo y poeta José Ramón Enriquez, que mucho agradezco, pronunciadas en la presentación de mi poemario «Diagnóstico: Po(e)sitivo» (Dante, Mérida 2012) que tuvo lugar en el Restaurante Amaro. Presentadores del libro fueron también la Maestra Beatriz Rodríguez Guillermo y el poeta Fernando de la Cruz. Sus textos serán publicados en esta misma columna en próximas entregas.
Una de las contradicciones trágicas del VIH/SIDA es que sus medios de transmisión son a un tiempo los medios de transmisión de la vida: sangre y semen. Instintos fundamentales, bombear la propia vida y participarla, se vuelven enemigos. No es el único caso. El cáncer es otra forma en que la voluntad de reproducir las propias células lleva al organismo a multiplicar las células enfermas.
Enfermedades que marcan tanto el Siglo XX cuanto el XXI: la lucha por vivir, por crecer, por expandirse, debe correr pareja al control de células y fluidos que están en nosotros mismos. ¿Puede haber poesía en algo tan contradictorio y doloroso? ¿No es todo ello, en sí mismo, la negación de lo poético puesto que poesía y belleza están íntimamente asociadas?
Sí. La belleza está en la esencia de la poesía. Sin embargo, no se reduce a los brillos agradables de lo deseado. Va más allá. También habita en la crueldad de no poder abarcarla o, peor aún, de ver cómo se destruye enfrente nuestro. Seguramente tal belleza cruel es la que más páginas memorables ha dado a los poetas.
Quienes en los primeros tiempos de la aparición del VIH/SIDA estuvimos cerca de un ser bello que recibió el diagnóstico de positivo, sabemos del miedo, del dolor y de la rebeldía ante algo que era injusto no sólo por inesperado sino porque su origen estaba en lo más hermoso de los humanos: el amor. Los fluidos del amor se volvieron mortales. Y la belleza se volvió entonces miedo antes de dar paso, en la mayoría de las víctimas, al heroísmo, tanto en la lucha por la propia vida cuanto en la solidaridad con sus iguales.
Aunque cada día más el VIH/SIDA puede ser controlado gracias a cocteles de medicamentos hasta convertirse en una enfermedad crónica, cuando el diagnóstico es tardío o no se tiene acceso siquiera a algún médico, entonces la injusticia resulta infame: son los más pobres, los abandonados de siempre quienes sufren sin los auxilios que existen para otros.
¿Puede surgir también poesía cuando toda belleza parece corromperse? Sí, también de ahí, y gracias al amor, otro de sus elementos esenciales. Amor se necesita para poetizar la belleza cruel que habita en lo indeseable.
Y Diagnóstico po(e)sitivo, el libro de poemas de Raúl Lugo, recientemente publicado en Mérida por la Editorial Dante, es un testimonio que se vuelve poesía. Un testimonio de amor y de confianza desde el conocimiento de los más débiles entre quienes padecen el VIH/SIDA.
Raúl Lugo no es un caso común dentro de la estructura eclesial a la cual pertenece. Él acude a un Cristo crucificado aquí y ahora, no duro, de concreto, y entronizado en el Cubilete.
Pero es además un poeta que maneja con rigor cada palabra y teje en ritmos largos la belleza que habita en los contrarios. Ritmos largos, endecasilábicos, que se recortan no como en el pie quebrado que busca el repique de las campanas, sino como en los gritos de furia o en el ahogo intermitente de los sollozos. La palabra vuela y desfallece. Corresponde a la paradoja de vida/muerte que estructura el VIH/SIDA.
En la misma senda de la gran poesía que surge, sobre todo, tras los horrores de la Primera Guerra Mundial y se hace aún más brutal y contradictoria luego de Hiroshima, esta de Raúl Lugo, desde el VIH/SIDA entiende que el bien, la verdad y la belleza tienen su correlato en el mal, la mentira y la fealdad.
Pero, testigo del miedo y el dolor, el poeta lo es también del amor y de la entrega. El último poema de la primera parte de su libro es una historia de amor maravillosa, la de dos cuerpos jóvenes que después del futbol se entrelazan sobre la maleza y se penetran, sin saber que el fruto de su amor, contra toda razón, será la enfermedad y, tal vez, la muerte.
El poeta enfatiza su vergüenza porque nada consigue borrar la injusticia primigenia. Ante la sinrazón y desde ella, se ríe de sí mismo. No puede negar la cultura aprendida, la que lo arrulla siempre y le permite dormir “tranquilo”, con el peso lacerante que carga una palabra con la cual titula otro poema: “Hoy me acuesto tranquilo. / Mañana llegará una nueva noche / y espero no haber muerto de vergüenza”.
Su libro arranca con un poema que lleva por título “Diagnóstico” en el que la víctima siente “el odio de Dios transformado en palabra” y concluye con otro “Al Crucificado”, a quien ve “enhiesto en el sacrificio. Con altivez / doloroso y gallardo. El Jesús de la Cruz … / ¡Sangrientamente bello!”
Hay un “Soneto después de un concurso” de importancia testimonial pero exagerada autocrítica (finalmente, gracias a concursos como el ganado llega a nuestras manos esta obra) que no cuento dentro del libro. Es una coda irónica que lo acompaña, pero el libro termina con resonancias proféticas que vienen de Isaías y con el heptasílabo tan luminoso como terrible, referido al hoy Crucificado por el VIH/SIDA, que leí y que repito: “¡Sangrientamente bello!”
Además de un acompañamiento, el libro de Raúl Lugo es la historia de una conversión, en el sentido exacto de esta palabra: convertirse en el otro, en la víctima. No sólo participar de la belleza cruel que la define, sino también convertirla en poesía.
Aunque otros sacerdotes han acompañado enfermos, la postura de la Iglesia en el primer momento no pudo ser más vergonzosa. Golpeó como sólo sabe hacerlo cuando se siente martillo de herejes. Definió que “esa peste rosa” era “castigo de Dios para los sodomitas”.
A muchos nos enfurecieron palabras tan estúpidas pero a otros los lastimaron más que el diagnóstico de positivo. La jerarquía ayudó a criminalizar a las víctimas. Entonces, Raúl Lugo publicó un libro en el que, como sacerdote, pedía perdón a los homosexuales por un linchamiento eclesial de siglos.
Hombre de esperanza, Raúl Lugo continúa en la brecha. Recuerdo cómo Kenzaburo Oé, en sus Cuadernos de Hiroshima, cita el final del Infierno de Dante para dar voz a su propia esperanza, luego de la belleza cruel de los testimonios que ahí reúne: “Y entonces salimos para volver a ver las estrellas”. Creo que es válido traer esas palabras aquí, al intentar apenas un breve acercamiento a un Raúl Lugo que ahora, en la pureza de su poesía más íntima, se vuelca entero en un poemario realmente memorable.
Mérida, Yucatán, 21 de marzo de 2012.
Cedo el espacio de esta columna a la importante carta que Javier Sicilia, cristiano a carta cabal, amoroso y valiente hijo de la Iglesia Católica, le dirige al Papa Benedicto XVI en ocasión de su próxima visita a México. Me identifico con sus palabras y sus sentimientos.
Carta íntegra de Javier Sicilia al Papa Benedicto XVI
Cuernavaca, Morelos, 17 de marzo de 2012
Santísimo Padre, hermano en Cristo, Benedicto XVI:
Te hablo de tú, porque Cristo nos enseñó a hablarle al Padre y al hermano con ese tú tan familiar, tan íntimo como el del amor trinitario; con ese tú, que en el yo que habla, se convierte en el nosotros de la comunidad. Te hablo de tú, en nombre de ese nosotros, porque sabemos que vienes a México y que llegas en las proximidades de la Semana Santa, esa semana misteriosa y terrible donde el inocente de los inocentes padece la traición, el sufrimiento y la desesperación, esa semana en la que yo, hace un año y al igual que nuestro Padre, tuvo que padecer el doloroso asesinato de su hijo; esa semana en la que desde entonces como poeta e hijo de la Iglesia me uní a la voz de todas las madres, padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas, que han padecido ese mismo dolor del Padre que la Iglesia entera volverá a sentir esta próxima Pascua.
Por eso, antes de tu llegada a México, he venido en nombre de ese nosotros hasta Roma para decirte, desde nuestro dolor de víctimas, que México vive en el sufrimiento de esa semana desde hace cinco años, un sufrimiento que se extiende por el continente americano como el cuerpo vilipendiado de Cristo. Tenemos, según cifras oficiales, 47 mil 551 asesinados de las formas más horribles y despiadadas –esto quiere decir más de los muertos en Irak en el mismo periodo y casi dos veces más del número de víctimas en Afganistán–, más de 20 mil desaparecidos de los cuales el gobierno no puede dar cuenta de su paradero, más de 250 mil desplazados y de migrantes centroamericanos viviendo en condiciones inhumanas –a los que día con día se agregan decenas de más muertos, de más desaparecidos y desplazados– y un 98% de impunidad. Esto quiere decir que si alguien asesina, secuestra o explota a alguien hay sólo el 3% de posibilidad –es decir, casi nada—de que se le atrape y se le castigue conforme a la ley.
México y Centroamérica, amado Benedicto, son en este momento el cuerpo de Cristo abandonado en el Huerto de Getsemaní y crucificado en medio de dos delincuentes. Un cuerpo, como el de Nuestro Señor, sobre el que ha caído toda la fuerza de la delincuencia, de las omisiones y graves corrupciones del Estado y sus gobiernos, de la prohibición del consumo de drogas en Estados Unidos, de su producción de armas que pasan ilegalmente a nuestro país para armar a los delincuentes, del lavado de dinero que deja cuantiosas sumas, de una Iglesia jerárquica que –con sus excepciones y su mejor rostro, los religiosos— guarda un silencio cómplice, y de un mundo –ese american way of life– que ha reducido todo a la producción, el consumo y el dinero, instrumentalizando a los seres humanos; un cuerpo, como el de nuestro Señor, herido, llagado, vilipendiado, humillado, criminalizado, mezclado con asesinos, vive en la inseguridad, la injusticia y el llanto; un cuerpo, que en los miles de rostros que hemos visto en nuestro largo peregrinar por la nación, reuniéndolos, consolándolos y visibilizándolos, en su angustia, en sus palabras de miedo, de coraje y de abandono, pregunta, como Cristo preguntó en Getsemaní y en el Gólgota: ¿Dónde está el Padre? ¿Dónde, después de la Resurrección, están los que representan su amor, los que afirman hablar en su nombre y responder al dolor de Cristo en su pueblo con esa misma esperanza?
Cuando llegues a México, amado Benedicto, y aunque sabemos que sabes de este horror, queremos recordarte que detrás del decorado mediático y político que como siempre te montarán para borrar el cuerpo de Cristo mientras los que dicen representar la palabra de Dios y los que dicen representar la palabra del pueblo lo mantienen secuestrado en el banquillo de los acusados, quienes realmente viene hacia ti son –te lo voy a decir con parte de los versos que María Rivera escribió para describir nuestro dolor– “los descabezados,/ los mancos,/ los descuartizados,/ a las que les partieron el coxis,/ a los que les aplastaron la cabeza,/ los pequeñitos que lloran/ entre paredes oscuras,/ […]/ los que duermen en edificios/ de tumbas clandestinas/ […]/ con los ojos vendados,/ atadas las manos, / baleados entre las sienes./ Vienen los que se perdieron por Tamaulipas, / cuñados, yernos, vecinos,/ la mujer que violaron entre todos antes de matarla,/ el hombre que intento evitarlo y recibió un balazo/ […]/ los muertos que enterraron en una fosa en Taxco,/ los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,/ los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,/ los muertos que encontraron tirados en Guanajuato,/ los muertos que encontraron colgados en los puentes,/ los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,/ los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,/ los muertos que encontraron en coches abandonados,/ los muertos que encontraron en San Fernando,/ las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos/ disueltos en tambos/ […]”, los desaparecidos, a lo que a nadie importa; vienen también los huérfanos, las viudas, los que perdimos a nuestros hijos y carecemos de nombre, porque es antinatural; vienen los migrantes reducidos a lodo, secuestrados, asesinados y enterrados en fosas clandestinas; vienen los mil rostros del cuerpo ofendido, martirizado, destrozado, irreconocible, inconsolable y olvidado de Cristo.
En nombre de ellos, de ese nosotros, de ese cuerpo, he venido a Roma, Benedicto, para pedirte que en tu visita a México lo abraces, antes que a nadie, como el Padre abrazó el cuerpo adolorido y asesinado de Cristo, para que lo lleves en tus brazos y lo consueles; para que nos hagas sentir la respuesta de la resurrección frente a la muerte y el dolor que los criminales, un Estado fracturado y administrado por gobiernos y partidos corruptos y una Iglesia jerárquica que casi siempre responde por sus intereses políticos, nos han impuesto.
México y Centroamérica somos hoy el cuerpo de Cristo que el poder de la delincuencia, del Estado y de las omisiones de gran parte de nuestra jerarquía convirtió en maldición, ese cuerpo desdichado que en sus lágrimas de sangre busca, como Cristo en Getsemaní y en el Gólgota, la respuesta del Padre.
Si tú no la das, amado Benedicto, si tú no reconvienes a nuestra Iglesia para que, como la madre que debe ser, tome –como lo han hecho, contra el poder y sus intereses, quienes han tomado la causa del hombre, del Cristo vilipendiado, que es la causa de Dios– la esperanza en la comunión profunda de la resurrección quedará destrozada en el cuerpo humillado de Cristo que es hoy México, Centroamérica y todos aquellos que aguardan la respuesta del Padre al mal y la injusticia que nos destroza.
Queremos que, a través de ti, que representas el amor del Padre en Cristo, y no el poder del César, que hace componendas, te pedimos que nuestra Iglesia responda por el dolor del hijo y la ayudes a ser verdaderamente Madre: a responder en los actos, en la encarnación de la palabra, lo que algún día la Virgen dijo al más pobre de los pobres en el monte Tepeyac frente a su dolor y su humillación; “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.
Recordamos, en este sentido, y para terminar, esas palabras que alguna vez escribiste en tu Jesús de Nazareth en relación con la parábola del Buen Samaritano: Esa parábola, escribiste, “nos da a entender que el agapé [el amor] traspasa todo tipo de orden político con su principio do ut des [“doy para que des”], superándolo y caracterizándolo de modo sobrenatural. Por principio no sólo va más allá de ese orden, sino que lo transforma al entenderlo en sentido inverso: los últimos serán los primeros (Mt. 19, 30). Y los humildes heredarán la tierra (Mt. 5, 5). Una cosa está clara: se manifiesta una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, ya soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda”.
Ese que te encontrarás en México, amado Benedcito, es el cuerpo destrozado de Cristo que pide en sus víctimas la respuesta del Padre por encima del orden político y del desorden criminal.
Por todo el cuerpo del Cristo sufriente en México
Paz, Fuerza y Gozo
Javier Sicilia
El capitalismo impone sus reglas. Para el sistema todo es un gigantesco mercado donde no hay nada que no se compre o se venda. No solamente se limita a establecer como norma universal que haya algunas personas que se enriquezcan a partir de la explotación del trabajo de otras, sino que pretende organizar la sociedad basado en la ley de la oferta y la demanda.
El capitalismo, sin embargo, está lejos de ser perfecto en su estrategia. Hay algunos lugares que son estados de excepción: los cines y los aeropuertos. Auténticos no men lands, aeropuertos y cines imponen sus precios sin que la ley de la oferta y la demanda pueda ejercer sus beneficiosos oficios. Y no hay poder en el mundo que pueda regular ese abuso. Se trata de un desorden de tal manera naturalizado, que la clientela sabe que protestar no servirá de nada. Por eso, en el caso del cine, a pesar de una ocasional y humillante revisión, mucha gente mete en las bolsas de mano cualquier cantidad de bebidas y botanas que son consumidas apenas las luces se apagan. Es cuando menos paradójico que el hecho de abrir a escondidas una lata de refresco se haya convertido en un acto revolucionario y antisistémico.
Pero ya se sabe que en el capitalismo la administración pública vive de y para agradar a los barones del dinero. El problema verdadero surge cuando la ausencia de límites sale de las salas del cine o los pasillos del aeropuerto y se proyecta a la vida personal y laboral de los ciudadanos. Uno puede vivir sin ir al cine y sufrir los abusos de Cinépolis, Cinemex o Cinermark. Ahí está la reivindicación de los pobres, que consumen discos clonados a bajo precio. Pero no puede vivir sin trabajo.
Menciono esto porque quiero compartir con los pacientes lectores y lectores de esta columna un caso de abuso que ha llamado mi atención. Como no cuento con la autorización de las personas involucradas, les relataré el caso usando nombres ficticios.
Lorenza es una trabajadora doméstica. Desarrolla desde hace varios años labores de limpieza en hogares de La Ceiba. A Lorenza le acomoda mucho trabajar en esa zona residencial porque queda muy cerca de la comisaría meridana donde vive. Fue contratada en agosto de 2011 por una familia para realizar la limpieza de los exteriores de la casa (tres terrazas distintas que posee el predio) y el lavado y plancheo de la ropa de toda la familia. Después de tres meses de desempeñar sus labores sin problemas y recibir su paga puntual al final de cada semana, la patrona le pidió que entrara a la casa para pagarle el trabajo semanal dado que “había un problemita”. Ya dentro de la cocina, Lorenza se vio obligada a depositar sobre la mesa todo lo que llevaba en su bolsa, porque su patrona quería comprobar que se estaba llevando dos iphones que se le habían perdido.
Lorenza accedió a vaciar el contenido de la bolsa sólo para que su empleadora descubriera que no se encontraban en ella los iphones extraviados. No contenta con ello, la señora de la casa insistió en que Lorenza debía tenerlos porque era la única que se quedaba sola en la casa cuando todos salían. De nada sirvió que Lorenza le recordara que no tenía acceso a las recámaras, dado que su trabajo se limitaba a las zonas exteriores de la casa. La señora, a la que se unió su marido, la interrogaron durante varias horas hasta determinar que Lorenza debería pagar con su trabajo los dos iphones perdidos, no sin dejarle claro que el señor de la casa trabajaba “con la gobernadora” y que con solamente una llamada telefónica estarían presentes los judiciales.
Lorenza se mantuvo en su dicho: ella no había robado los aparatos extraviados. Después de una larga discusión, los patrones accedieron a pagarle la semana trabajada y ella manifestó que ya no seguiría trabajando en la casa debido a la desconfianza y al maltrato de que había sido objeto. “Si no regresas a trabajar a la casa la próxima semana, esa será señal de que tú fuiste la ladrona”, le espetó la dueña de la casa. Si, en cambio, Lorenza regresaba a trabajar, sería para ellos la señal de que no tenía nada que esconder. Lorenza aceptó en principio regresar a la casa pero, un día antes de que volviera, recibió un mensaje telefónico que le anunciaba que ya no la necesitaban en la casa porque los patrones habían perdido la confianza en ella. Le avisaban también que podía pasar a recoger en la caseta del fraccionamiento las ropas que había dejado en el cuarto de servicio.
Lorenza había decidido dar por cerrado el asunto y pasó al día siguiente por sus cosas para comenzar a solicitar trabajo en alguna otra casa del fraccionamiento donde se necesitaran sus servicios. Grande fue su sorpresa cuando encontró su fotografía pegada en el cristal frontal de la caseta, junto con la de otros/as empleados/as domésticos/as. Cuando preguntó la razón a los encargados de la caseta, le contestaron que eran fotos de las personas que, a juicio de los propietarios de casas en La Ceiba, habían cometido algún robo y estaban puestas ahí para que no fueran contratadas por ninguno de los dueños de casa y se les impidiera la entrada al fraccionamiento. Lorenza se enojó mucho y se inconformó de que su foto apareciera en la caseta, dado que ella no era una ladrona y que los patrones que recién la habían despedido no pudieron comprobarle nada ni se había iniciado ningún proceso jurídico en su contra que acreditase alguna responsabilidad en la que ella hubiera incurrido. Se veía así privada injustamente de toda posibilidad de trabajar en el lugar donde durante tantos años había prestado sus servicios sin ningún problema.
Lorenza interpuso un recurso de queja ante la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Yucatán (CODHEY), que la remitió ante la Procuraduría Social de Atención a las Víctimas (PROVÍCTIMA) donde una funcionaria la acompañó a interponer una denuncia ante el Ministerio Público. Todo inútil. Fue turnada entonces al Área de Mediación donde una funcionaria le dijo que no podían hacer nada porque “ya han pasado muchos casos así y las dueñas de casa nunca aceptan sus errores y, al final, los que salen siempre perdiendo son los empleados”. En el Ministerio Público le dijeron que no había argumentos suficientes para interponer una demanda y que diera gracias de que no le habían puesto una demanda a ella.
Por insistencia de Lorenza, el área de mediación se comprometió a citar a la empleadora que, después de posponer la cita en dos ocasiones, se presentó y terminó aceptando que no tenía ninguna prueba de que Lorenza hubiera sustraído los aparatos telefónicos extraviados. Cuando la funcionaria le preguntó por qué seguía entonces manteniendo la fotografía de Lorenza en el cristal de la caseta de entrada, la señora contestó que ella no puso la foto, sino la administración del Club de Golf. Cuando Lorenza recibió esta información, la misma funcionaria le advirtió que eso era todo lo que podía hacer por ella. Lorenza le dijo entonces que, por favor, citara a los responsables de que su foto siguiera exhibida como si fuera una ladrona. La funcionaria le dijo que ya no podían ayudarla más, y que lo mejor que podía hacer era “continuar con tu vida, irte a trabajar a otro lado, porque si insistes en querer trabajar en La Ceiba, te van a hacer otra vez lo mismo y esta vez sí que te pueden demandar”. Además, finalizó la funcionaria, “tu foto ya no está en los cristales; ahora se manejan por catálogo”.
Lorenza es terca cuando de su fama se trata. Está orgullosa de ganarse la vida con su trabajo honrado desde hace muchos años y le duele que la califiquen de ladrona sin más prueba que la sospecha de una dueña de casa. Sigue buscando la manera de recuperar su prestigio y poder trabajar en el fraccionamiento. Estados de excepción, los fraccionamientos con casetas de vigilancia a la entrada siguen practicando la presunción de culpabilidad en lugar de la presunción de inocencia que las leyes establecen. Encabezan juicios sumarios en los que la investigación y las normas jurídicas que funcionan para todos salen sobrando para ellos. El caso de Lorenza muestra también al desnudo el funcionamiento de las instituciones del Estado que aparecen ineficaces y atadas de mano ante los abusos de los dueños del dinero.
El pasado 1 de noviembre de 2011 se publicó en el Diario Oficial del Gobierno del Estado de Yucatán el Decreto No. 455 que establece el área natural protegida denominada Reserva Estatal Biocultural del Puuc. Entre sus considerandos, el decreto establece que el establecimiento de las áreas protegidas tiene, entre otras finalidades, “garantizar la protección de los ecosistemas integrantes del patrimonio natural de Yucatán y alcanzar el desarrollo sostenido, en beneficio de la población”. La reserva ocupa territorio de los municipios de Muna, Santa Elena, Oxkutzcab, Tekax y Ticul, todos ellos en Yucatán.
Nadie en su sano juicio podría estar en contra del establecimiento de áreas protegidas. La crisis ambiental es tan grave que este tipo de medidas, aunque se tomen acaso demasiado tarde, puede contribuir a frenar el deterioro del ecosistema. Por otro lado, la propuesta entraña un rasgo novedoso dado que se trata de una reserva biocultural, lo que supone, tal como se expone en el considerando 23, “los objetivos de un desarrollo sustentable en la región y el mejoramiento del nivel y calidad de vida de los campesinos, requiere un tratamiento conjunto”.
A reserva de esperar la elaboración del Programa de Manejo de esta nueva área natural protegida, que deberá ser elaborado por la Secretaría de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente, del gobierno del estado, quisiera, sin embargo, manifestar algunas reflexiones.
El establecimiento de áreas naturales protegidas ha servido para muchas cosas y no solamente para preservar los recursos naturales de una zona. Ha sido también ocasión de intervención de grandes empresas turísticas que, basándose en la reglamentación vigente y adoptando el subterfugio del ecoturismo, se apropian de grandes extensiones y convierten dichas zonas en jugosos negocios de cuyos beneficios quedan totalmente ausentes los campesinos y campesinas que habitan la región. En otros casos, la normatividad de las áreas naturales protegidas ha entrado en conflicto con las tradiciones culturales de los pueblos que habitan esos territorios. En casos extremos, lo sabemos por la experiencia chiapaneca, las áreas naturales protegidas se han convertido en parte de una ofensiva contrainsurgente que nada tiene que ver con su finalidad original.
Por otro lado, si la intención del establecimiento de la Reserva del Puuc es la de favorecer al mismo tiempo la conservación del medio ambiente y el mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes de la zona, me permito hacer unas sugerencias:
– La información acerca de lo que significa el establecimiento del área protegida debe fluir a todos los niveles, particularmente en los municipios involucrados.
– Dado que la intención es la conservación del medio ambiente, los cultivos agroforestales que se realicen en la zona, cuando los haya, deberían ser cultivos orgánicos y debería quedar prohibida la utilización de fertilizantes y pesticidas agroquímicos.
– Para responder a la intención de la declaratoria, debería preservarse la zona de la producción ganadera, que es altamente depredadora en términos ecológicos.
– Es de vital importancia la conservación y consolidación de bancos de germoplasma. Una iniciativa podría ser la inyección de recursos para la recuperación de la milpa tradicional con las familias que habitan los pueblos de la zona. Esto contribuiría a conseguir la soberanía alimentaria de la región.
– En vista de las aprobaciones que se han estado haciendo, a espaldas de los ciudadanos, de la siembra de soja transgénica en el sur del estado, sugerimos que como parte de la protección del área no se permita la siembra de semillas genéticamente modificadas, para así conservar la zona como banco de producción y mejoramiento de semillas criollas.
– Una buena medida sería que en todas las tareas de conservación se tomase en cuenta la participación de los campesinos y campesinas del área, de manera que ellos se constituyan en los primeros responsables del cuidado de sus territorios.
– Algunas de las prácticas, como el uso de leña, deberán modificarse de manera paulatina. Sería bueno que se impartieran cursos y se inyectara recursos para promover el cultivo de cerdos criollos para usar sus excretas en biodigestores, que produzcan gas metano que pueda usarse en la cocina.
En la Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Kaan hemos iniciado un proceso de estudio del Decreto 455 en todas las subsedes y comunidades en las que trabajamos. Nos interesa que las mediaciones que se proponen para enfrentar la crisis medioambiental sean efectivas y sirvan para aquello que fueron creadas.
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