He sido invitado a participar en el IV Congreso Mexicano de Sindonología este próximo fin de semana en la ciudad de Poza Rica, en Veracruz, Diócesis de Papantla. Mientras preparo mi intervención, comparto con ustedes, pacientes lectores y lectoras de esta columna, el texto de la participación que tuve en el II Encuentro, en febrero de 2004, y que no había sido publicado en este espacio.
Planteamiento del problema
Santo Tomás de Aquino solía comenzar el tratamiento de algún tema teológico, encarando sus dificultades. “¿Es la Eucaristía verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo? Parece que no…” De esta manera, comenzaba el Aquinate enfrentando las objeciones, para terminar sacando a la luz todas las posibilidades contenidas en la pregunta.
Lo mismo me toca hacer a mí hoy. ¿Es la sábana santa un documento fehaciente de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo? Parece que no. No me referiré aquí a las objeciones que se le ponen a la reliquia desde el punto de vista científico e histórico. Hay muchas personas que dominan a fondo ese tema y algunas de ellas están aquí presentes.
Yo voy a referirme a una objeción de otro tipo, pero que no deja de ser fundamental. No encuentro manera mejor de enunciar esta objeción que como la planteara el exegeta francés Etienne Carpentier. Cito a la letra:
“Mt 27,62-66 y 28,11-15 nos transmite una preciosa referencia sobre el sepulcro vacío y los soldados de este mundo que siguen (que seguimos) realizando allí una especie de señal inútil de poder y prepotencia: vigilan con sus armas y custodian de esa forma una tumba que se encuentra vacía; el verdadero Jesús se encuentra en otra parte, en el camino de la vida y libertad que empieza en Galilea.
“Al amanecer de pascua, quedó vacío el sepulcro, guardando sólo unos lienzos y sudarios doblados, quizá perfumados todavía de perfume sepulcral, pero “sin cuerpo” (sin presencia de Jesús). Juan y Pedro han corrido para ver ese vacío, pero no han quedado allí (cfr. Jn 20,1-10), en contra de aquello que quieren hacer todavía los que buscan la seguridad pascual en las huellas de una “sábana santa” que pudiera encontrarse al parecer en Turín, en Oviedo o en cualquier vieja ciudad de nuestra tierra, sedienta de seguridades y reliquias externas del misterio. Pero las huellas verdaderas de Jesús no son las que pudiéramos hallar en una sábana y sudario; no se encuentran en los lienzos que envolvieron su cuerpo asesinado. Las huellas de Jesús son la existencia misma de la iglesia: son los pobres de este mundo y son aquellos que ayudan a los pobres, conforme al evangelio (aunque quizás no sepan que Jesús se encuentra en esos pobres, conforme a la palabra de Mt 25,31-46).
“Al amanecer de la pascua quedo vacío el sepulcro, pero muchos queremos seguir allí, con los militares romanos: lanza en ristre o cruz en ristre custodiamos, conservamos, un sepulcro muerto, unas estructuras ya vacías, mientras la vida de Jesús se extiende por el mundo. Para anunciar la pascua es necesario que dejemos los sepulcros, que abandonemos las seguridades, los poderes y los miedos de este mundo: la vida pascual se encuentra allí donde se extiende la vida sobre el mundo, donde crece la esperanza y donde el gozo y la entrega del amor se expanden y triunfan por encima de la muerte. Esto es lo que predica, anuncia y testimonia sin cesar la iglesia verdadera de Jesús sobre la tierra (1).
La opinión de Carpentier refleja algunas objeciones no menores a la devoción por la Sábana Santa. No son, como hemos mencionado antes, objeciones que tengan que ver con la veracidad o falsedad de la reliquia, sino con algo más de fondo que podría expresarse de esta manera: ¿Es la Sábana Santa un recurso suficiente para motivar y alimentar la fe apostólica en el corazón del creyente? ¿Puede desligarse la Sábana Santa del conjunto de la revelación que nos transmite la pasión, muerte y resurrección de Jesús? ¿Entraña la Sábana Santa algún peligro o amenaza para la fe de los creyentes?
La transmisión del misterio pascual
El misterio pascual es el centro de la fe cristiana. La pasión, muerte y resurrección del Salvador es un acontecimiento tan importante que, no obstante las diferencias existentes entre los distintos evangelios, ninguno de ellos deja de exponer, cada cual con sus características particulares, el relato de estos hechos (Mt 26-28; Mc 14-16; Lc 22-24; Jn 18-21)
Pero no es la tradición evangélica la más antigua en testimoniarnos la importancia de la pascua de Jesucristo. Antes de que existieran los evangelios que hoy conocemos, san Pablo, apóstol y misionero, había expresado en una de sus cartas: “En primer lugar les he transmitido la doctrina que yo mismo recibí: que Cristo murió a causa de nuestros pecados, en conformidad con las Escrituras, que fue sepultado; que al tercer día resucitó, conforme a las mismas Escrituras; que lo vio Cefas y luego todos los Doce; que luego lo vieron más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayoría de los cuales vive todavía, habiendo muerto algunos; que luego se mostró a Santiago, y luego a todos los apóstoles; y que, al último de todos, se me apareció a mí, como nacido fuera de tiempo” (1Cor 15,3-8)
Este pasaje es, quizá, el primer testimonio escrito de la transmisión del contenido fundamental del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Y no obstante su antigüedad garantizada, dos elementos no dejan de llamarnos la atención.
No hay transmisión de datos fríos, sino de datos teológicamente interpretados. Dos elementos nos permiten asegurar esto: la afirmación “a causa de nuestros pecados”, referida a la muerte de Jesús y la doble alusión “en conformidad con las Escrituras”. Ambas expresiones se refieren, no a hechos escuetos y verificables, sino a la mirada de fe que se lanza por encima de los acontecimientos. Incluso la expresión “al tercer día” es una expresión teológica y no expresión de exactitud temporal.
La ausencia de las mujeres es inexplicable. Todos los textos evangélicos, que años más tarde reunirían los recuerdos de los testigos oculares, insisten en asegurar que las únicas presentes al pie de la cruz y primeras testigos de la resurrección fueron María Magdalena y otras mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea (Mt 27,55-56.61; 28,1-10 y paralelos) ¿Por qué en la tradición recibida por Pablo (o transformada por él) no aparecen las mujeres como testigos de la resurrección?
Estas dos constataciones nos permiten sacar algunas conclusiones que nos serán de utilidad cuando, al final de esta exposición, intentemos relacionar los relatos evangélicos con la reliquia de Turín. En primer lugar, no hay documentos, por antiguos o fidedignos que sean, que produzcan la fe o transformen el corazón de las personas. Los acontecimientos solamente adquieren significado nuevo y pleno a la luz de la fe. Es la mirada de fe la que convirtió la ejecución de un reo, condenado por los poderes judíos y romanos de su tiempo debido a acusaciones de tipo político, en el Sumo Sacerdote que ofreció, en el altar de la cruz, la ofrenda que era necesaria para la salvación de la humanidad. Sin la mirada de fe, la muerte de Jesús no sería sacrificio, sino simple y llano desenlace de un conflicto motivado por las torcidas intenciones de gente que vio lastimados sus intereses por la predicación de un rabino itinerante de pies polvorientos.
Por eso san Pablo no puede predicar el acontecimiento salvífico sin hacer referencia a las Escrituras antiguas, es decir, a las expectativas de fe que se multiplicaban en el Israel de tiempos de Jesús. Para quienes carecían de la mirada de fe, la resurrección no fue más que el intento de los discípulos de crear un mito a base del engaño colectivo (Mt 28,11-15). La fe es, pues, el espacio en el que los acontecimientos revelan su otra cara, su dimensión salvífica. Si ello vale para los acontecimientos mismos del Calvario, cuanto más para la valoración de la Sábana Santa.
Otra conclusión importante se deriva de la constatación del silencio paulino acerca de las mujeres como testigos de la resurrección. La memoria cristiana, particularmente el evangelio de Juan, que tiene mucho de disidente en la conformación primitiva de las comunidades cristianas, rescató el recuerdo de las mujeres, precisamente porque desde antiguo se intentó silenciar el osado intento de Jesús de establecer las relaciones entre los sexos desde una perspectiva más igualitaria. En la sociedad judía de aquel tiempo, recordémoslo, las mujeres no podían ser testigos en un juicio, porque se les consideraba mentirosas de origen debido a una exégesis, muy conveniente para los varones, del texto de Gn 18,15. ¿Cómo apoyar la fe en la resurrección en testigos de tan poca calidad moral para ese tiempo?
Eso quiere decir que la mirada de fe no desactiva, necesariamente, prejuicios humanos que han de ser revisados y corregidos a través del tiempo. Con toda “buena intención”, algunos dirigentes de las iglesias cristianas primitivas rechazaron como escandalosa la equidad de género dentro de las comunidades cristianas. La reaparición de las mujeres propuesta más tarde por los cuatro evangelios, no tendría razón de ser si no fuera un hecho absolutamente histórico, que no podría haber sido negado por mucho tiempo. Pero se debió también a que, dentro de las comunidades cristianas primitivas, hubo movimientos que pugnaron porque no se perdiera la dimensión liberadora del mensaje de Jesús y que lucharon a brazo partido para evitar que la iglesia se convirtiera en una réplica de la sinagoga.
Los evangelios de la pasión
Voy a tratar de exponer, en apretada síntesis, la peculiaridad de cada relato evangélico de la pasión, comenzando por el que consideramos más antiguo de los cuatro: el evangelio de Marcos.
Es muy probable que haya existido desde muy temprano un relato de la pasión que circuló de mano en mano en las primitivas iglesias cristianas. Este relato debió contener datos que iban desde la aprehensión de Jesús en el Huerto de los Olivos, hasta la narración de la sepultura. Sobre esta narración primitiva suponemos que Marcos construyó el más antiguo relato de la pasión que conocemos.
Marcos es, quizá, el evangelista más crudo en su presentación de la pasión y muerte de Jesús. Hay casi un deseo deliberado de escandalizar al lector, presentando con lujo de detalles lo desconcertante que resultó la manera de realizar el designio salvífico: sólo en la cruz se revela que Jesús es el Hijo de Dios. El silencio y la soledad con los que Jesús enfrenta su pasión son impresionantes: abandonado por todos, negado por sus amigos, Jesús entra a su pasión con una extraña lucidez (Mc 14,3-9.22-25). Aunque todo parece desmentir su afirmación, Jesús se autoproclama, después de largos años en que mantuvo el secreto, como Mesías (ante las autoridades judías) y rey de los judíos (ante el procurador romano). Muere en el Calvario abandonado de todos, hasta aparentemente del Padre, y sólo al final, un soldado pagano invita a mirarlo y reconocer en él al Hijo de Dios.
Mateo, que escribe a comunidades judeocristianas, relata la pasión atendiendo más a su sentido profundo que a la exactitud de los hechos: Jesús cumple las Escrituras y, rechazado por el pueblo judío, hace pasar la promesa a un nuevo pueblo, el de los bautizados, pero no en un pase automático, sino en obligada vigilancia, porque también los discípulos y discípulas pueden negarse a seguir el destino de su Maestro. Jesús tiene poder y autoridad, sabe lo que va a suceder y lo acepta, como si previera los acontecimientos. Su muerte señala el fin de un mundo viejo e inaugura uno nuevo, presentado como en cómic: un sismo y los muertos paseando por las calles (Mt 27,51-53). Los guardias puestos a la puerta del sepulcro no hacen más que subrayar la fuerza mayor de la resurrección: ellos se convertirán, sin quererlo, en anunciadores de la vida que nace del sepulcro vacío.
Lucas no relata, sino medita los acontecimientos de la pasión (a la manera de los discípulos de Emaús). Es un relato pleno de delicadeza y cariño (suprime la flagelación, Judas no abraza a Jesús, sino sólo se le acerca, etc.) No obstante, en la pasión se desarrolla la lucha definitiva entre Jesús y las fuerzas del mal, en una pasión que parece enteramente interiorizada. Abandonado en las manos del Padre, Jesús parece olvidarse de su propio sufrimiento para consolar a los demás (Judas, la oreja del criado, la conmoción del corazón de Pedro al mirarlo, el ánimo a las mujeres en el vía crucis, el perdón a los verdugos, la promesa de perdón al ladrón, la triple declaración de inocencia de Pilato, etc. Su grito final es de paz, lo que reafirma la condición orante y meditativa de este evangelio. Por último, no habría que olvidar que es el único evangelista que continúa la pasión de Jesús en la pasión de la iglesia (Hech 4,23-31; 6,8-15.54.60; 20,22s; 21,11)
Juan es el evangelista que presenta la pasión más teologizada: es una marcha triunfal de Jesús al Padre. Jesús sabe que va a morir (Jn 10,18). Hay cierto dejo de majestad en los actos de Jesús en su pasión: “Yo soy”, pronunciado con autoridad en el Huerto de los Olivos, la muerte de Jesús presentada como ascensión a la gloria (Jn 12,32) en la que la cruz es trono y no patíbulo, el costado abierto del que nace la iglesia con sus sacramentos. Toda la pasión está llena de alusiones simbólicas: la túnica sin costura, símbolo de la iglesia por cuya unidad muere Jesús en el Calvario (Jn 19,23-24; 11,52), el papel de la madre de Jesús, la expiración, descrita extrañamente como “entrega del Espíritu”, el cordero de la nueva alianza, traspasado por nuestra salvación (Zac 12,10; Jn 19,31-37), el templo del que manaba agua (Ez 47,1-12; Jn 19,34), el huerto como lugar de la sepultura (Jn 19,41).
¿Mentían los evangelistas al hacernos estas presentaciones teologizadas sobre la pasión de Jesús que hemos tratado de resumir apretadamente? ¿No será que, más bien, que desentonan con el peso actual que le damos a la presentación de los hechos “desnudos” y que es el factor de éxito mayor con el que cuenta la película de Gibson, “La Pasión”? Los evangelistas no mienten: profundizan; no repiten: revelan; no narran apaciblemente: ponen en juego su propia fe en los relatos. La riqueza de los relatos evangélicos estriba en ello: no son reportajes gráficos: son testimonios de fe. Esa es la manera como la iglesia ha decidido transmitir su mensaje.
La Sábana Santa y los relatos evangélicos
No voy aquí a referirme a las señales de los suplicios de la pasión que pueden descubrirse en la Santa Síndone. Ustedes saben de eso mucho más que yo y hay publicaciones que las han documentado en prolijas tablas comparativas. Yo quiero más bien referirme, en la tónica de lo que he venido diciendo, a cómo la Sábana Santa està enmarcada, en su aparición en los evangelios, de esta visión de fe a la que me he referido ampliamente en esta exposición.
La sábana es mencionada ya desde el relato más primitivo de la pasión con el que contamos, el relato de Marcos, que menciona que, una vez concedido el cuerpo a José de Arimatea por parte de Pilato, aquél “compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo amortajó con la sábana y lo enterró en un sepulcro tallado en la roca” (Mc 15,45-46). Sobre estas mismas huellas, Mateo afirma que José de Arimatea “tomando el cadáver, lo envolvió en una sábana limpia” (Mt 27,59). Lucas, por su parte, menciona que José de Arimatea, “fue a ver a Pilato, le pidió el cuerpo de Jesús y después lo bajó, lo amortajó en una sábana y lo puso en un sepulcro abierto en la roca…”, resaltando que las mujeres de Galilea “miraron el sepulcro y cómo habían puesto su cuerpo” (Lc 23,53.55). Lucas es el primero en relatarnos una tradición que no aparece en Marcos y Mateo: que Pedro, después de escuchar el anuncio de las mujeres de que Jesús había resucitado y no prestarles crédito, “se levantó y corrió al sepulcro. Se asomó y vio las puras vendas y se volvió a su casa admirado de lo sucedido” (Lc 24,12).
Es Juan, sin embargo, el evangelista que nos ofrece una clave preciosa para el aprecio de la Sábana Santa. María Magdalena, la primera que descubre que la tumba está vacía, corre a avisar a Pedro y al discípulo amado del acontecimiento. Pedro y el otro discípulo salen corriendo para el sepulcro. El discípulo amado llega primero al sepulcro “se agachó a ver, y vio los lienzos en el suelo pero no entró. En seguida llegó Simón Pedro que iba tras él; y él sí entró al sepulcro, y miró los lienzos en el suelo, y el sudario que cubría la cabeza de Jesús enrollado aparte en otro lugar, no junto con los otros lienzos en el suelo” (Jn 20,5-7). Hasta aquí el relato de Juan no es sino un poco más detallado en la información sobre el sepulcro vacío. Pero la clave la ofrece el versículo siguiente: “Luego entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, y vio y creyó” (Jn 20,8). Del encuentro con algunos lienzos desperdigados por el suelo, un sudario enrollado y un sepulcro vacío, el discípulo amado dio el salto a la fe en la resurrección. El paso descrito con la frase “vio y creyó” refleja aquello a lo que nos hemos referido con la frase “mirada de fe”.
De la Sábana Santa a los evangelios. De los evangelios al acto de fe
Procedo ahora a concluir con esta exposición. Replanteo ahora las mismas preguntas que la motivaron: ¿Es la Sábana Santa un recurso suficiente para motivar y alimentar la fe apostólica en el corazón del creyente? ¿Puede desligarse la Sábana Santa del conjunto de la revelación que nos transmite la pasión, muerte y resurrección de Jesús? ¿Entraña la Sábana Santa algún peligro o amenaza para la fe de los creyentes?
La primera pregunta debe recibir una respuesta negativa. Tanto la Sábana Santa como los relatos evangélicos son elementos que están en relación directa con el acto de fe, pero no lo producen por sí mismos. Millones de gentes han leído el evangelio y han visto la reliquia de Turín. Muchos de ellos no han experimentado conversión ninguna. El acto de fe es, al mismo tiempo, regalo de Dios y respuesta generosa. La fe es un acto dialogal o dialógico, no el producto de una lectura o del contacto con una reliquia. Pero esto no hace irrelevantes los relatos evangélicos o el estudio de la Santa Síndone. Por el contrario, para la persona que cree pueden ser excelentes instrumentos para crecer en la fe y profundizar en ella. Pero la experiencia comunitaria de la fe es un requisito previo e indispensable.
La segunda pregunta también recibe respuesta negativa. Los relatos evangélicos, testimonios escritos de la fe de las primitivas comunidades cristianas, nos revelan la dimensión salvífica de los acontecimientos pascuales. La lectura devota de los evangelios es el lugar idóneo para la valoración de la reliquia de Turín. Sin los evangelios, la Sábana Santa no pasaría de ser un acontecimiento extraordinario, como la hibernación de la cigarra que vive años bajo la tierra, o la reciente visita de una computadora a la superficie del planeta Marte. Acontecimientos absolutamente extraordinarios desde el punto de vista científico, pero irrelevantes para la dimensión espiritual de la persona. La meditación orante de los relatos evangélicos de la pasión es, en cambio, el ambiente natural para que la Santa Síndone muestre sus potencialidades evangelizadoras.
La tercera pregunta es más compleja. No podemos ignorar la advertencia de Carpentier con la que iniciamos esta disertación. Efectivamente, la Sábana Santa, como cualquier otro medio asociado a la experiencia de fe, puede convertirse en un fetiche, dejar su lugar instrumental y convertirse en fin y no en medio. Entonces, sí, la Sábana Santa representaría una grave amenaza para la fe de los creyentes. Y no nos asustemos de ellos: es el riego de toda mediación humana. No en balde Jesús de Nazaret dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a demostrar que la Ley de Moisés, aceptada y venerada como revelación de la voluntad divina, se había convertido en un obstáculo para el cumplimiento de la voluntad de Dios y en un pretexto detrás del cual se escudaban los escribas y fariseos para no colaborar con el proyecto de Dios. Así nos lo dice con estrujante claridad el evangelio marcano: “Que bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, cuando escribió: ‘Este pueblo me rinde culto con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, enseñando doctrinas que no son sino preceptos humanos’. Porque dejando el mandamiento de Dios se aferran ustedes a las tradiciones de los hombres… anulando de esa manera la palabra de Dios con esas tradiciones que se han ido transmitiendo…” (Mc 7,6-13).
La Sábana Santa puede convertirse en un milagro. No lo es en sí misma, se convierte en ello cuando conduce a una experiencia de fe, a un encuentro con el Jesús vivo, muerto y resucitado por nuestra salvación. Sin ese marco no es más que un documento antiguo que no sirve para otra cosa que para ser guardado en un museo. El milagro acontece cuando la Santa Síndone, unida a una lectura meditada de los textos evangélicos de la pasión, es capaz de conducir el corazón humano a un encuentro de fe con Cristo vivo. La materialidad de la Sábana Santa se transforma, entonces, en un vehículo de la experiencia de fe. Y el milagro ocurre. La virtual amenaza que representa para la fe la Sábana Santa es, al mismo tiempo, su principal potencialidad.
Por último, no quisiera dejar de aludir a la expresión de Carpentier que me llega directo al corazón: “Las huellas de Jesús son la existencia misma de la iglesia: son los pobres de este mundo y son aquellos que ayudan a los pobres, conforme al evangelio (aunque quizás no sepan que Jesús se encuentra en esos pobres, conforme a la palabra de Mt 25,31-46)”. La Buena noticia que se esconde también detrás de la recta devoción a la Sábana Santa es precisamente ésta: que la misión de este hombre, ajusticiado por anunciar un Reino para los pobres, por convivir con publicanos y pecadores, por devolver su dignidad a los poseídos por el demonio y soportar por esta causa ser llamado “hijo de Belcebú”, por tocar misericordiosamente a los que estaban impuros por la lepra, la misión de este hombre no está concluida. Si la Sábana Santa, los estudios que sobre ella se realizan y la devoción que despierta en los corazones sencillos, sirviera para hacernos entender que el anuncio del Reino sigue siendo hoy un reto en un mundo que ha globalizado la injusticia y el afán de lucro, pero no ha logrado globalizar la solidaridad y la desaparición de la pobreza, si la Santa Síndone sirve para que asumamos las mismas causas por las que Jesús de Nazaret soportó tormentos y acabó entregando su vida, la reliquia habrá cumplido su sagrado cometido. De lo contrario no pasará de ser un fetiche. De nosotros depende.
Notas:
(1) CARPENTIER E., Para leer el Nuevo Testamento (Verbo Divino, 18ª. ed., Estella 1999) Las negrillas son mías.
(2) Me inspiro en el libro ya citado de CARPENTIER E., Para leer…
Querido Marciano:
Tú no me conoces, pero yo sí te conozco a ti. Hace muchos años, allá por el inicio de la década de los noventas, conocí y estudié tu libro Moral de Actitudes, intento valiente y lúcido de transvasar la teología moral, del rigorismo y el simple cumplimiento de normas externas, hacia el horizonte de renovación promovido en toda la iglesia por el Concilio Vaticano II y enfrentando, a la luz de las nuevas ciencias sociales, los retos morales que la modernidad y postmodernidad no dejan de plantearle al discípulo/a de Jesús. .
Mi formación en el seminario no fue, debo confesarlo, totalmente postconciliar aunque inició en 1975, diez años después de finalizado el Concilio. Y no lo fue porque la renovación conciliar fue llegando a nosotros en oleadas que se mezclaban con los intentos de reversión de parte de los grupos más reacios al aggiornamento dentro de la iglesia. De la mano del P. Bernardo Häring y su obra, La Ley de Cristo, fuimos entreviendo las consecuencias morales del giro copernicano operado por la teología conciliar, pero también contrasté esta visión con la de la vieja escuela tomista, representada en el seminario yucateco por el padre Salomón Rahaim, entrañable jesuita, para quien la moral no era más que la deducción aristotélica de principios inmutables y para la cual, el evangelio y en general toda la Escritura, servía solamente como argumento probatorio de las tesis concebidas de antemano. Nada de “signos de los tiempos” o de compartir “las tristezas y angustias, los gozos y las esperanzas de la humanidad”. Dos visiones de moralidad que coexistían en el mismo proceso formativo del seminario.
Uno, sin embargo, atribuía esta dicotomía de visiones opuestas a la lentitud con que la asimilación de la reforma conciliar avanzaba en las iglesias particulares. Enojados porque la perspectiva preconciliar, cosificadora y culpabilizante, se resistía a desaparecer, nos consolábamos pensando que el Concilio de Trento, que significó en su época un intento de renovación acicateado por la aparición de la Reforma de Lutero, había tardado cerca de doscientos años en convertirse en lenguaje común para la iglesia universal. En mis tiempos de seminario, sin embargo, estábamos absolutamente convencidos de que no había vuelta atrás y que, tardase lo que tuviera que tardar, la renovación del mundo y de la iglesia estaba, para decirlo con palabras de los padres conciliares, “irrevocablemente decretada”.
Te escribo ahora porque me he enterado, por una nota del periódico español El País, de la reciente decisión de la Congregación para la Doctrina de la Fe de prohibir la circulación y retirar de la venta un libro tuyo, Sexualidad y condición homosexual en la moral cristiana, de las librerías católicas de Argentina. Había tomado conocimiento también, hace algunos años, de la revisión que te había ordenado el Vaticano hacerle al manual Moral de Actitudes, que durante más de diez años había servido de libro de texto en muchos seminarios.
Al enterarme no pude menos que recordar (y releer) el valiente libro de un hermano tuyo, también moralista, también redentorista, el Padre Bernhard Häring, en el que narra, con dolorido amor por la iglesia, su experiencia con el antiguo Santo Oficio. Mi experiencia con la iglesia es un libro que me ha servido de consuelo en muchos momentos. La honestidad con que el Padre Häring desnuda los entretelones de una vida acosada por sucesivos e interminables procesos canónicos y pone a consideración de toda la comunidad cristiana los documentos de su proceso, me reafirman en la convicción de que vivimos un cambio de época que no ha sido asumido por la jerarquía de la iglesia en toda su dimensión.
Por eso quiero mandarte un abrazo solidario desde este rincón del Mayab mesoamericano. Y quiero, remitiéndome al libro del Padre Häring, repetirte al oído sus palabras: “A pesar de todo esto, debemos confiar todos en un cambio irreversible. En esa esperanza me baso y confío para hacer público mi caso”.
Con una privilegiada sensibilidad, el Padre Häring había logrado entrever –cuando todavía el lenguaje de los derechos humanos era incipiente– que era indispensable que la iglesia “actuara con la transparencia que exige el mundo actual y, de forma especial, el evangelio”… y añadía el grito adolorido: “Así no se puede continuar”.
La reciente prohibición de la circulación de tu obra me muestra lo poco que hemos caminado en este sentido evangélico de la transparencia al que se refería el P. Häring en el lejano 1989. Por eso, desde esta columna, y como acompañamiento del abrazo fraterno que te mando, repito las palabras sabias del redentorista ya fallecido:
“Sobre el palacio de la antigua Inquisición romana pesa el increíble fardo de un pasado que no hace honor a la iglesia y que ha obstaculizado no poco el servicio del sucesor de san Pedro. El cardenal Frigs, de Colonia, en un memorable discurso conciliar dijo que el Santo Oficio era ‘un escándalo para todo el mundo’… Hubo periodistas que me preguntaron cómo se podía reformar, en mi opinión, el Santo Oficio. Respondí con una palabra: ‘discontinuity’. Para asumir el pasado, la Congregación para la Doctrina de la Fe debe cortar por lo sano. En mi opinión, el primer paso consiste en un largo tiempo de reflexión suspendiendo toda actividad; un verdadero descanso sabático. La iglesia puede vivir sin tal instrumento como lo demuestran las iglesias ortodoxas, que han conservado la fe y la excelsa espiritualidad sin tener una institución semejante… se impone, antes que nada, una nueva institución, sin la deletérea prolongación del pasado, y abierta a todas las escuelas teológicas para un efectivo desarrollo del anuncio del evangelio”.
Hoy más que nunca, estoy de acuerdo con el difunto padre Häring. Dios te sostenga en estos momentos de tribulación. Recibe un cariñoso abrazo.
Colofón: El libro del padre Häring al que hago referencia (y que recomiendo a todos/as) es:
HÄRING Bernhard, Fede, Storia, Morale. Intervista di Ganni Licheri (Edizioni Borla, Roma 1989). Una traducción al castellano puede encontrarse, bajo el título Mi experiencia con la iglesia en P/S Editorial (Madrid 1992).
Mientras más leo el libro de Job, más me convenzo de que es una de las obras cumbres de la literatura universal. Fuera del Cantar de los Cantares (o “El Mejor Cantar”, como prefiere traducir la Biblia del Peregrino) es la única obra dramática que encontramos en la lista de los libros de la Biblia judía. El padre Alonso Schökel solía decir que el prólogo y el epílogo de la obra podían ser representados en un plano escénico doble: lo que sucede en el cielo (en un mezzanine, al fondo del escenario) y lo que sucede en la tierra (en el proscenio), en una simultaneidad que resaltaría en un inteligente juego de luces y de oscuros.
El caso es que, entre el prólogo y el epílogo, ambos parte de una adición probablemente inspirada en alguna leyenda oriental conocida por el redactor final, encontramos un espléndido poema dramático que combina cuatro rondas de diálogos: las tres primeras entre Job y algunos amigos suyos que, conociendo su desgracia, vienen a llamarlo a la cordura. El cuarto y último diálogo es un diálogo de Job a solas con Dios.
Y sí, porque Job parece loco a los ojos de sus contemporáneos, tan ortodoxos ellos y tan cultivadores de una imagen ordenada, previsible de Dios. Job, en cambio, se enfrenta con Dios cara a cara a partir de su propia experiencia de dolor inocente. Aborda así, en este drama de cuatro actos, un problema que ha sacudido la vida y el pensamiento de hombres y mujeres de todos los tiempos: la sinrazón del dolor inocente, la consabida pregunta “¿y por qué a mí?”, el grito de angustia que brota del corazón de quien no encuentra explicación ninguna para la aparición del mal en su vida.
La imagen de Job que se desprende del prólogo y el epílogo de la obra, desentona de manera radical con el conjunto del poema dramático central. El Job paciente, que no levanta la voz contra Dios y por ello recibe su recompensa final está muy lejos del rebelde, del iconoclasta, del ser humano profundo que, sin pretenderlo, termina representando a toda la humanidad doliente que busca respuestas para su dolor. Algunas frases audaces de Job podrían ser consideradas blasfemias, si no brotaran de un corazón transido por el sufrimiento: Dios me entrega a los malvados, me arroja en manos criminales. Vivía yo tranquilo cuando me trituró, me agarró por la nuca y me descuartizó, hizo de mí su blanco; cercándome con sus saeteros, me atravesó los riñones sin piedad y derramó por tierra mi hiel, me abrió la carne brecha a brecha y me asaltó como un guerrero… (16,12-14) Dios me niega mi derecho, el Todopoderoso me llena de amargura… (27,1-2) Ahora quiero desahogarme: Él me agarra con violencia por la ropa, me sujeta por el cuello de la túnica, me arroja en el fango… te pido auxilio y no me haces caso, espero en ti y me clavas la mirada, te has vuelto mi verdugo y me atacas con tu brazo musculoso, me levantas en vilo, me paseas y me sacudes en el huracán… (30,16-22)
A pesar de lo estremecedor de los diálogos entre Job y sus amigos, sin duda el culmen de la obra se encuentra en el último diálogo entre Job y Dios. Un recorrido por la creación y sus orígenes termina haciendo enmudecer a Job. De un Dios sabido, convencional, encasillado, que premia casi automáticamente a los buenos y castiga a los malos, surge un Dios incomprensible, difícil de entender, misterioso, que es capaz de mirar con otros ojos, en un plano de sabiduría para nosotros impenetrable, el sufrimiento inocente. Y es que el libro de Job, a decir del Padre Alonso Schökel (que, por cierto, ya desde la primera edición de su Biblia Española, conservó la hermosa, poética traducción del mexicano José Luz Ojeda), es un libro singularmente moderno, provocativo, no apto para conformistas.
Es el libro de Job el que desafió a Terrence Malick, director y guionista del estupendo largometraje “The Tree of Life” (USA 2011). Los epígrafes colocados en diversas partes de la cinta lo confirman. Malick aborda el problema de la sinrazón del sufrimiento a partir de la experiencia de la familia O’Brien, que pierde a uno de sus tres hijos. El diálogo de uno de los hermanos sobrevivientes (Hunter McKracken – Sean Penn) con Dios, imitando el de Job, es realizado a través de una impecable, alucinante, luminosa fotografía del coterráneo Emmanuel Lubezki.
Cine denso, con las inconexiones narrativas y temporales propias del nuevo estilo cinematográfico al que pertenecen también las obras de Iñárritu, “El Árbol de la Vida” se atreve a mirar, como si formaran parte de un mismo plano, la casi insignificante historia de una familia media norteamericana, con su padre violento y autoritario, su madre protectora y sus hijos, más despiertos y curiosos mientras más roza la niñez con la adolescencia, junto con el milagro mismo del sentido de la vida, de la Vida –con mayúscula–, de la respuesta última que traspasa, desde el Big Bang hasta la misteriosa formación del genoma humano, todo en un estallido de belleza visual que requiere una disposición nunca mejor definida que en la crítica de Miguel A. Delgado: Estamos ante una oración, y por eso también un poema. Hay una exposición, hay un relato, pero que exige del espectador el mismo esfuerzo del creyente que se arrodilla maravillado en una catedral e intenta buscar, a través del silencio y rodeado por la magnificencia del edificio que le rodea, una respuesta. Como la iluminación, como la fe, nunca viene como una sentencia fácil de comprender, perfectamente legible, sino como indicios, pistas que deben ser tejidas como los hilos de un tapiz.
Con una memorable actuación de Brad Pitt y Jessica Chastain y la estremecedora selección musical de Alexander Desplat, “El árbol de la Vida” es, por todo esto, una cinta altamente recomendable. Hay que atreverse a verla.
Colofón 1: La ficha
Película: El árbol de la vida. Título original: The tree of life. Dirección y guion: Terrence Malick. País: USA. Año: 2011. Duración: 141 min. Género: Drama. Interpretación: Brad Pitt (Sr. O’Brien), Sean Penn (Jack), Jessica Chastain (Sra. O’Brien), Fiona Shaw (abuela), Irene Bedard (mensajera), Hunter McCracken (Jack joven), Laramie Eppler (R.L.), Tye Sheridan (Steve). Producción: Dede Gardner, Sarah Green, Grant Hill, Brad Pitt y William Pohlad. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Montaje: Mark Yoshikawa. Diseño de producción: Jack Fisk. Vestuario: Jacqueline West. Distribuidora: Tripictures. Estreno en USA: 27 Mayo 2011. Apta para todos los públicos.
Colofón 2: En nombre técnico es ejecución extrajudicial, concepto definido por el derecho internacional de los derechos humanos como “un caso de violación a los derechos humanos que consiste en el homicidio de manera deliberada de una persona por parte de un servidor público que se apoya en la potestad de un Estado para justificar el crimen. Pertenece al género de los delitos contra personas y bienes protegidos por el derecho internacional humanitario”. La muerte de Oswaldo Cervera Peraza es precisamente eso: ni más, ni menos.
Comparto con algunas mujeres, todas ellas profesoras de religión en la tradición educativa católica de la familia religiosa de Jesús María, el estudio de algunos textos bíblicos del Nuevo Testamento que nos muestran cómo era la conformación de las distintas iglesias primitivas. Reconozco, con el corazón agradecido, que disfruto mucho de estas oportunidades de estudio, una sesión mensual de dos horas durante todo el curso escolar, que me hacen leer y releer con ellas las distintas tradiciones eclesiales escondidas en las cartas del Nuevo Testamento y en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
La complejidad del panorama de las iglesias primitivas resulta evidente para cualquier lector atento de los textos. Siempre suelo decir que, si nos fuera concedido transportarnos en un túnel del tiempo al siglo I en un domingo, y pudiéramos, ese mismo día, por el milagro de la teletransportación, visitar las distintas celebraciones dominicales de la Fracción del Pan, ya en una comunidad judeocristiana palestina, en otra comunidad compuesta por judíos liberales de la diáspora, en otra comunidad más, ésta de ascendencia pagana y cuño paulino o, finalmente, en una comunidad de las construidas en torno a la memoria y testimonio del Discípulo Amado, nos llevaríamos la sorpresa de encontrarnos con una pluralidad tal, que las actuales diferencias entre las distintas denominaciones cristianas nos parecerían menores, insignificantes. No solamente encontraríamos variedad en las expresiones de fe y de culto, sino, para poner sólo un ejemplo, hasta el mismo título dado al Maestro sería distinto de un lugar a otro: Mesías para los cristianos procedentes del judaísmo, Cristo para los cristianos de las comunidades paulinas, Logos para los cristianos juánicos…
Y es que las distintas recepciones del mensaje evangélico, siguiendo una lógica de encarnación, son asombrosas en su variedad y complejidad. Cada recepción refleja el molde cultural en el que se recibe el mensaje de Jesús: sea desde la formación estricta de un judaísmo que no encuentra diferencia alguna entre la nueva fe y la fe de los antiguos, sea desde la perspectiva liberal de los judíos de la diáspora que acentúan más la moralidad que el cumplimiento ritual de la Ley de Moisés, sea desde la perspectiva de Pablo, en la que el cumplimiento de la Ley no tiene ya ninguna importancia, hasta la óptica polémica de las comunidades del Discípulo Amado y su visión apocalíptica y sectaria. Una mirada aguda podrá descubrir cómo los condicionamientos sociales y culturales derivaron en prácticas que diferenciaron a las comunidades cristianas primitivas, produciendo un panorama de riqueza plural, pero creando también momentos de tensión y peligros de ruptura.
El modelo de cristianismo más exitoso, sin embargo, es a todas luces el modelo paulino, que fue el que nos correspondió abordar en la más reciente sesión de estudio. Sus aportaciones, para bien y para mal, encausaron la manera de comprender y de vivir la fe hasta derivar en lo que después constituiría, para usar la expresión de algunos especialistas, la Gran Iglesia. Aun en medio de lo conflictiva que podía resultar la personalidad de Pablo de Tarso, el experimento de iglesias abiertas y plurales, que superaron las barreras de división étnica y convivieron –no sin dificultades– con otros modelos distintos de organización eclesial, resultó de importancia decisiva en aquellos años, previos todavía a la existencia de evangelios escritos.
El testimonio del libro de los Hechos de los Apóstoles ha de ser cotejado con las versiones, no siempre similares, que Pablo ofrece en sus cartas sobre los principales acontecimientos que las iglesias primitivas tuvieron que enfrentar, como la polémica admisión de las personas de ascendencia pagana en la iglesia. De la posición de las iglesias paulinas tenemos mucha más información que de las otras iglesias, debido a que Pablo usaba mucho la comunicación epistolar y muchas de sus cartas fueron conservadas dentro de la lista de libros del Nuevo Testamento. Y aunque podemos notar diferencias claras dentro del mismo paulinismo (no es el mismo acento el que se nota en las cartas auténticas de Pablo –Gálatas, Romanos, Corintios, Filipenses, Filemón– que en las post-paulinas –Colosenses, Efesios, Cartas Pastorales–), creo que el retrato que nos deja el Nuevo Testamento de las iglesias que derivan de la acción pastoral y evangelizadora de Pablo encuentra su expresión cumbre en Gal 3,28: “Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, pues en Cristo Jesús todos ustedes son uno”.
Iglesias, pues, que supieron derribar los muros que eran causa de división y construir comunidades fraternas: el muro de las distinciones étnicas (judíos y no judíos), proclamando que no hay cultura que sea “mejor” que otra para recibir la buena noticia del Evangelio; el muro de las distinciones sociales (esclavo y libre), que borra la pretensión de legitimar con el evangelio las desigualdades; el muro de la cultura patriarcal (hombre y mujer), que proclama a las comunidades cristianas como espacios de equidad de género.
Esta expresión cumbre del modelo de convivencia eclesial, propia de la experiencia paulina, permanece brillando en el conjunto del Nuevo Testamento, a pesar de que tendencias conservadoras en el paulinismo posterior intentaron dar marcha atrás. Y continúa, digo yo, iluminando con su fuerza renovadora a nuestras comunidades cristianas actuales, tan alejadas a veces de esa triple equidad –étnica, social y de género– a la que la experiencia de las iglesias de Pablo nos siguen invitando.
La Guerra de Castas, como popular –aunque inexactamente– se llama a la revolución indígena que inició en 1847 en la península yucateca, y que se diluyó en el tiempo y terminó sin armisticio, de manera que se considera la toma de Chan Santa Cruz (hoy Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo) por parte del Ejército Federal Mexicano como su fin oficial, fue un misterio para mí hasta que cumplí más allá de los 18 años. Nunca pude entender por qué, en la enseñanza de la historia nacional en primaria y secundaria, se omitía hablar de esta revuelta de los mayas.
A la luz del levantamiento zapatista y el enorme peso que tiene para la construcción de una patria nueva su pensamiento y su práctica, nos vamos atreviendo a analizar más detenidamente la significación de aquella revolución maya que iniciara a mediados del siglo XIX.
Traigo esto a colación porque ha llegado a mis manos, debido a la generosidad de su autor, respetado dramaturgo y amigo dilecto, José Ramón Enríquez, el ejemplar de su más reciente publicación que lleva por título La Expulsión. Se trata de una pieza teatral en trece cuadros que expone al potencial espectador una visión sobre un acontecimiento que sacudió al imperio español y, de manera particular, a las provincias novohispanas en 1767: la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles.
Digo que relaciono los dos hechos, la Guerra de Castas y la expulsión de los jesuitas, debido a que ambos, en el pasado reciente, están siendo objeto de nuevas miradas después de un vergonzoso, culpable ocultamiento. Antes, hacíamos caso omiso, o pasábamos con prisa las páginas del libro de historia cuando llegábamos a estos dos acontecimientos. Hoy sabemos que la historia se hubiera escrito de manera radicalmente distinta de no haber existido estos hechos. Como la Guerra de Castas adquirió una nueva luminosidad a partir del levantamiento zapatista, así la expulsión de los jesuitas de las provincias novohispanas y sus consecuencias, ha sido reconsiderada a la luz del bicentenario de las independencias de muchas de las antiguas colonias españolas.
El atrevimiento del Maestro Enríquez es singular: en el marco de las conmemoraciones de la Independencia por su segundo centenario, un grupo de amigos, entre ellos Enrique González Torres S.J., quien escribe el prólogo del libro y en él nos lo informa, se reunieron para conversar sobre la posibilidad de llevar a la escena teatral la obra del Padre Francisco Xavier Clavijero –ilustre jesuita, historiador, filósofo, lingüista– y de sus compañeros, en el contexto del surgimiento de las primeras reflexiones por ellos aportadas para el reconocimiento de la mexicanidad: “Ellos afirmaron que éramos México. Que México no era sólo la ciudad capital del virreinato, sino todo el territorio”, señala González Torres en su prólogo.
En este cónclave de amigos fue gestándose la idea de una obra teatral que recogiera las aportaciones de aquellos misioneros novohispanos que, como aquellos de las famosas reducciones del Paraguay, o del gran centro misional de Juli en el lago Titicaca, o del colegio de Cartagena, donde vio la luz la primera pastoral dedicada a la atención de los esclavos negros, dejaron tras de sí una estela sobre la que habría de comenzar la construcción de las nuevas identidades en este continente.
¿Cómo abordar tan complejo tema en una obra de teatro? La apuesta de José Ramón Enríquez se finca en dos pilares: el primero es acercarnos al infausto acontecimiento de la expulsión de los jesuitas de la Nueva España, develando los entretelones del despotismo ilustrado de Carlos III y poniéndonos frente a frente con una decisión absolutista que, solamente por sus formas, causaría profunda indignación en cualquier defensor de derechos humanos de nuestros tiempos.
La Expulsión nos permite vivir de cerca, como sólo el teatro puede hacerlo, aquello que el Padre Daniel Olmedo, famoso historiador, decía en las páginas de su Historia de la Iglesia Católica: “En fechas designadas de antemano, según los diversos lugares, tropas reales se presentaban en la noche para cercar e incomunicar las casas de los jesuitas. Al cabo de algunas horas sorprendían a la comunidad y le intimaban la real orden. Poco después los encaminaban al puerto para el embarque rumbo a los Estados del Papa… con precisión matemática fueron arrebatados a los jesuitas sus cátedras, ministerios, familiares y devotos. De una plumada se derrumbaban centenares de colegios, florentísimas misiones… la herida causada con ello a la cultura hispánica, especialmente en nuestra América, y a la iglesia fue irrestañable. Sus consecuencias funestísimas”. Si el texto parece duro, esperen ver la puesta en escena de La Expulsión.
El segundo pilar es la elección de los personajes de la obra. La resolución del dramaturgo para poder ofrecer un panorama histórico que abarca varios años, desde la expulsión hasta la restauración de la orden jesuítica, es satisfactoriamente lograda a través del personaje de José Ignacio, un novicio que sufre la expulsión cuando acaba de hacer sus primeros votos bienales en Tepotzotlán y que recorre en su persona todas las etapas del ataque a la Compañía: su forzada salida de la Nueva España, su traslado al exilio de Bolonia, su partida como primer misionero mexicano al imperio ruso y su posterior vuelta a México, una vez que la Compañía había sido restaurada en todo el mundo y siete años después de que la guerra de independencia se había consumado.
Guardián de la memoria, José Ignacio nos permite, en el último, entrañable cuadro de la obra, hacer un balance de la significación del acontecimiento: “Expulsos, desterrados y humillados / ¿Y quién explicará / al déspota ilustrado / que se atacó a sí mismo sin saberlo? / ¿Qué minó los cimientos de su reino / y él comenzó la guerra en sus colonias?”
Y, finalmente, en el diálogo último de los novicios que lo han escuchado, la reflexión que a nuestros corazones del siglo XXI llega con su dardo: “¿Y qué hubiese ocurrido / sin la expulsión, en México/ con la lucha insurgente? ¿Los jesuitas / se hubieran colocado en cualquier trinchera?… / Yo pienso, sin embargo, / que sí, la independencia existiría, / pero los humanistas / tal vez hubiesen puesto en el debate / más altura de miras. / Sus ideas, su fervor por los indios / su amor por la paz y la justicia / muchas muertes, yo pienso, / que hubiesen evitado”.
La Expulsión está precedida de un interesante ensayo de Alberto Ruy-Sánchez, en el que aborda los que a su consideración fueron los tres desafíos que encaró el dramaturgo al enfrentar el tema; un texto perspicaz y de amplitud de miras, que ofrece en pinceladas una posible explicación del olvido en el que este acontecimiento estaba sumido: “…con la expulsión de los jesuitas de la Nueva España se nos arrebataron de golpe también los conceptos y los términos, el marco mental para pensar y expresar con facilidad el significado de esta expulsión. Como aquella serpiente mítica de tres cabezas que se mordía la cola y al devorarse a sí misma se comió también las palabras que se estaban forjando para nombrarla. Y así se volvió doblemente invisible… Se trató de una amputación histórica que nos arrebató una posibilidad de civilización distinta”.
La calidad literaria del texto es sobresaliente. El flujo endecasilábico de los diálogos se convierte en palpable muestra de la vinculación estrecha entre lírica y drama y le ofrece al lenguaje teatral las posibilidades que sólo tiene la expresión poética: sugerir, esbozar, evocar, señalar rumbos, apuntar nuevas direcciones. Se agradece de manera especial la inclusión de los bocetos hechos por Jesús Hernández para la escenografía.
La obra de José Ramón Enríquez, de antecedentes jesuíticos él mismo, salda la deuda con uno de los capítulos más olvidados de nuestra historia patria. El prodigio escénico puede pregustarse en la lectura del texto… ¡Pero qué ganas de ver la puesta en escena de la obra, dirigida por el Maestro Tavira!
El pasado sábado 14 de enero se entregaron las constancias a los alumnos y alumnas que terminaron el curso anual de agroecología de la Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Ka’an en sus cinco subsedes (Peto, Valladolid, Hunucmá, Cuzamá y Yokdzonot) y se anunció el inicio de nuevos cursos a partir del 4 de febrero. Se entregaron también constancias a las familias campesinas que participan en el proyecto “Cuxaan Suum” de rescate de especies en peligro (cerdos criollos y abejas meliponas) y que han terminado su pase en cadena, es decir, que han entregado a otras familias, en un círculo virtuoso que ojalá se multiplicara sin fin, la misma cantidad de ejemplares animales que recibieron un año antes, cuando entraron al programa.
Como cada año, el encuentro de todos los campesinos y campesinas que participan de los proyectos animados por U Yits Ka’an, fue una fiesta de fraternidad. En varias ocasiones, en este mismo espacio, he declarado mi orgullo por colaborar, así sea mínimamente, en este proyecto ecológico de educación y producción comunitaria que, junto con otras iniciativas del mismo tipo, terminarán, estoy convencido, por cambiar, tarde o temprano, el panorama de la agricultura local.
Quiero referirme en esta ocasión, al momento de reflexión científica que le dio a esta clausura/apertura de cursos una significación particular. Estuvo con nosotros el Maestro en Ciencias Ángel Polanco Rodríguez, del Departamento de Medicina Social y Salud Pública del Instituto de Investigaciones Regionales Hideyo Noguchi, de la Universidad Autónoma de Yucatán. Vino a compartir con más de un centenar de campesinos y campesinas los resultados del trabajo de investigación que realizó en 18 municipios del sur del estado, considerados entre los de más alta incidencia en cáncer de mama y cáncer cervico-uterino. El título de la ponencia fue: Riesgos por contaminantes orgánicos persistentes (Cops) -pesticidas organoclorados- y su relación a canceres en municipios de alta prevalencia en Yucatán, México.
Puede ser que me equivoque, pero creo que éste es el primer trabajo científico que, bajo una rigurosa metodología de investigación, ha demostrado la relación causal que existe en la península entre el uso de ciertas sustancias usadas en la agricultura convencional, que usa pesticidas químicos de diversa índole, con la prevalencia de distintos tipos de cáncer. Y no es éste un asunto menor.
Como sabemos, una buena parte de los “apoyos” que otorgan las dependencias gubernamentales de todo signo a los campesinos y campesinas del país, están atados a la recepción de fertilizantes químicos. Las favorecidas son, desde luego, las compañías que producen este tipo de venenos. Los desfavorecidos, ahora lo sabemos, somos todos los que vivimos en ese entorno o consumimos productos que han sido cultivados con estos implementos o tomamos agua contaminada por las abundantes sustancias venenosas que en ella se dispersan.
La presentación del M.C. Polanco Rodríguez nos llevó a dar un paseo por los principales municipios del sur del estado, los mayores productores, por cierto, de la fruta y verdura nativa que en Yucatán consumimos. Un Atlas de fotografías satelitales da cuenta de lo exhaustivo de la muestra y lo contundente de sus resultados. Nadie puede ahora argumentar la inocuidad del uso de pesticidas químicos en la agricultura. El presentador, también candidato al doctorado, continuará el estudio centrándose ahora en el manto freático, de manera especial, en los niveles de contaminación de los cenotes yucatecos. Los resultados, podemos imaginarnos por adelantado, serán igualmente contundentes y aterradores.
La promoción del tipo de agricultura que usa pesticidas químicos es un muy buen negocio para las empresas transnacionales que los producen y, si escarbamos un poquito en ese pozo de corrupción eufemísticamente llamado gobierno, seguramente también para muchos funcionarios y funcionarias de distintas entidades gubernamentales relacionadas con el campo. Sólo que ese enriquecimiento va dejando tras de sí una estela de muerte en el campo yucateco.
La exposición fue esclarecedora. Sus resultados, apabullantes. Qué bueno que los gobiernos se preocupen porque haya más y mejores hospitales. ¿No sería hora de que se preocuparan también por dejar de fabricar a los enfermos que los ocuparán a través de sus erradas políticas agropecuarias? Si se compara el dinero público que se invierte en la compra y entrega obligatoria de pesticidas químicos a los campesinos y campesinas, con lo que se invierte en la promoción de una agricultura sana, sustentable, orgánica, se daría uno cuenta de a favor de quiénes gobiernan los que gobiernan. Y todavía se atreven a pedirnos que votemos por ellos en las próximas elecciones…
Ya deberíamos estar acostumbrados. Los gobiernos siempre mienten. Su trabajo es mentir. En ocasiones lo hacen “limpiamente”, sin que haya nadie que se dé cuenta hasta muchos años después. En otras ocasiones, construyen alambicadas mentiras, como cuando, argumentado la división de poderes, el gobierno federal traicionó los acuerdos de san Andrés, que había anteriormente firmado, alentando en lo oscurito y no tan oscurito, una iniciativa de ley que constituyó una contra-reforma. A pesar de la bizarra explicación con la que el gobierno federal intentó justificar su perversa actuación, los gobiernos de Zedillo y Fox llevan tatuado en la frente el mote de traidores. Otras veces, como la que ahora nos ocupa, la traición es tan burda que uno no entiende como no se le cae la cara de vergüenza al Secretario de Gobernación y cómo se puede, impunemente, hablar de una “reforma” del irremediablemente corrompido Instituto Nacional de Migración.
La historia es conocida para los pacientes lectores y lectoras de esta columna. El 23 de agosto de 2011 el pueblo guatemalteco Nueva Esperanza fue desalojado por la fuerza del territorio que ocupaban por comandos del Ejército guatemalteco, quienes quemaron las casas, destruyeron las plantaciones y obligaron a cientos de familias a huir para salvar sus vidas. Situados en la franja fronteriza, los pobladores de Nueva Esperanza, expulsados de su tierra, atravesaron la frontera con México y se establecieron en las cercanías del poblado Nuevo Progreso, municipio de Tenosique, a pocos metros de la línea fronteriza.
Expulsados de su país por el Ejército, los pobladores de Nueva Esperanza permanecieron más de dos meses sin ningún tipo de ayuda por parte del gobierno mexicano, que incumplió así los deberes humanitarios a los que está obligado por los convenios internacionales que ha firmado. La única ayuda que los desplazados recibieron fue la que pudo proporcionarles el Centro de Derechos Humanos del Usumacinta y “La 72 Casa – Refugio para personas migrantes”, ambas organizaciones presididas por Fray Tomás González OFM. .
El drama de más de 300 personas, entre las cuales más de un centenar eran niños, niñas y adolescentes, permaneció desconocido para casi todo el país en esa olvidada frontera hasta que una Misión de Observación, en la que participación de más de una decena de organizaciones de la sociedad civil, realizó una visita in situ para constatar y hacer pública la situación de este pueblo desplazado. El informe de la Misión de Observación puede verse en el portal del equipo Indignación (www.indignacion.org.mx). Dicha visita desató una serie de acciones que evidenciaron el incumplimiento de los deberes humanitarios a que estaba obligado el gobierno mexicano e hicieron notoria la falta de voluntad del gobierno guatemalteco para ofrecer una salida negociada a la población desplazada.
En medio de esta especie de limbo, sobreviviendo en muy precarias condiciones, expulsados de su tierra y sin recibir ningún tipo de ayuda de parte del gobierno mexicano, los desplazados iniciaron un proceso de negociación con el gobierno guatemalteco para un eventual retorno a su país en condiciones dignas. Por su parte, las organizaciones civiles se entrevistaron con René Zenteno, subsecretario de Migración, con Salvador Beltrán del Río, Comisionado del Instituto Nacional de Migración (INM) y con funcionarios de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) para exigir el respeto a los derechos humanos de las personas desplazadas. Apenas el pasado 4 de enero las personas desplazadas hicieron saber formalmente al gobierno mexicano, vía la Secretaría de Gobernación, que no deseaban regresar por el momento a Guatemala, sino que preferían esperar en el lugar donde estaban ubicados los resultados de su proceso de negociación con el gobierno guatemalteco. En dicha reunión, los representantes del gobierno mexicano manifestaron que quedarían a la espera de dichos acuerdos.
De manera sorpresiva, traicionando su palabra, el día 9 de enero de 2012, entre cinco y seis de la mañana, amparados todavía por la semipenumbra del amanecer, elementos de la Policía Federal, Ministerios Públicos de la Federación y Policías Municipales, encabezados por el Subdelegado Regional del INM, llegaron en patrullas y camiones y procedieron a desmantelar con lujo de violencia el campamento de los desplazados. El violento desalojo incluyó la detención de niños y niñas usados como señuelo para que sus padres aceptaran entregarse. Y después dicen que los desalmados son los del otro crimen organizado…
Como resultado de la artera acción del gobierno mexicano, hay 71 personas recluidas en la estación migratoria de Tapachula esperando su deportación, una persona de nacionalidad española cuyo paradero se desconoce, y dos guatemaltecos, detenidos e incomunicados en la Agencia del Ministerio Público Federal de Tenosique, bajo el “delito” de ser considerados líderes de la población desplazada. Y luego dicen que los agentes del orden respetan los derechos humanos…
La versión gubernamental del desalojo “pacífico” se ha hecho pública a través de un periodista, que se ostenta como corresponsal de cinco medios de comunicación, entre ellos el periódico Milenio Tabasco, y que reproduce sin el más mínimo asomo de crítica las razones de quienes perpetraron el desalojo. Esta versión puede verse en jorgerivero.wordpress.com/2012/01/09. Por cierto, el periodista, muy celoso él de la libertad de expresión e información, amenaza desde sus primeros renglones con demandar a quien reproduzca el texto que le fue entregado por quién sabe qué funcionario y que servilmente transcribe.
La versión de las organizaciones de la sociedad civil que, desde la Misión Civil de Observación, han seguido de cerca los procesos de negociación, puede encontrarse en el portal de la red de organismos civiles de derechos humanos Todos los derechos para todas y todos (www.redtdt.org.mx) bajo el rubro de “acciones urgentes”. En ese mismo portal se puede firmar la acción urgente dirigida al Presidente de la República, al Secretario de Gobernación, al presidente de la CNDH y al Comisionado del INM, entre otros funcionarios públicos, exigiendo que se abstengan de repatriar a los desplazados en tanto el proceso de negociación con el gobierno guatemalteco no termine y ofrecer las garantías de un trato digno y respetuoso para la población desplazada.
La traición del gobierno mexicano, que sostiene una posición en las reuniones con las organizaciones civiles y, de manera artera, ejecuta acciones violatorias de los derechos humanos que desdicen los compromisos asumidos, es una muestra más de la calaña de camarilla que nos des-gobierna, una razón más para aumentar el descrédito del proceso electoral que se avecina y un motivo para continuar construyendo, desde abajo, la alternativa que este país necesita para refundarse y reconstruirse.
Colofón: Para mayor abundamiento, reproduzco aquí la carta enviada por Fray Tomás González OFM, testigo de primer orden del forzado desalojo de los desplazados:
Estimadas, estimados…
Un doloroso abrazo…
Estamos llenos de rabia, de coraje, de impotencia… Las y los desplazados que encontramos hoy están llorando…
Les contamos…
Hoy, aproximadamente a las 6 de la mañana llegó la Policía Federal y el INM, eran como 300 elementos, uniformados y vestidos de civil. Iban acompañados de autobuses de transporte y camiones grandes de carga. Uno de los encargados del operativo fue el Subdelegado del INM en Tabasco, Erick Gutiérrez Cosío.
Empezaron a forzarlos para subirlos a los autobuses, a los hombres los sometieron con violencia, otra estrategia fue atrapar a los niños para que sus papás o mamás se entregaran. La Policía Federal cercó la comunidad, muchos escaparon. Esto significa que la Policía Federal incursionó en territorio guatemalteco para «atrapar» a los que escapaban.
Otros elementos, empezaron a destruir las cabañas donde estaban y junto con todas sus pertenencias las subían a los camiones de carga, entre las cosas que subían había maíz y frijol cosechado por la comunidad.
Algunas personas de la comunidad le indicaron a Erick Gutiérrez Cosío, Subdelegado regional en Tabasco, que irían a Tenosique a buscarme, él les dijo que yo los estaba engañando, las personas testimonian que el Subdelegado se reía de ellos, diciendo que el camino estaba bloqueado y no me dejarían pasar.
Antes, dos representantes de la comunidad, venían a verme a Tenosique, pues nos trasladaríamos a El Ceibo hoy por víveres que consiguió la Iglesia de Petén. Antes de llegar a Tenosique la PGR los detuvo y los trasladó a su delegación en Tenosique, donde dice el delegado que estaban en calidad de presentados. Cuando hablamos, nos dijeron que ya habían sido trasladados a la Estación de Migración en Tenosique.
Hay varios diarios al servicio del Estado que están informando que el desalojo fue pacífico y que la gente se entregaba. Esto es mentira. Tenemos los testimonios grabados de las personas y de los que quedaron.
Seguimos en comunicación.
Tomás
La llegada del año nuevo me tiene paralizado. No es solamente el estupor semanal ante la página en blanco. No, no. Es una parálisis que encuentra su origen en la revisión que he intentado hacer del año que termina. Un breve repaso por el calendario de 2011 me ha dejado sin palabras: ha habido mucha sangre y mucha muerte, mucha pobreza y mucho despilfarro público, muchas batallas y pocas victorias. Como nunca antes, este año abre ante mí un panorama desesperanzador.
2011 ha sido la fiesta de la desvergüenza. Y no me refiero solamente a Yucatán y México. Han desfilado por las pantallas de todo el mundo la usura de los bancos y los banqueros, los defraudadores de todos los gobiernos, incluidos aquellos que, considerados del primer mundo, se sentían a salvo del demonio de la corrupción y el latrocinio. Si la indignación, ese producto hoy tan fácilmente exportable, ha acabado por extenderse a todas las plazas del mundo, es porque los amos del poder y del dinero andan desnudos y no se han dado cuenta. Algunos, como nuestro local gobierno, hasta piensan y creen que la historia los recordará como los mejores. ¡Vaya ceguera!
La verdad es que uno desearía, ante tanta maldad y estulticia juntas, que las catastróficas predicciones que los canales “más serios” de la televisión privada globalizada atribuyen a las profecías mayas del fin de la cuenta larga, fueran verdaderas. Pero me temo que el fin del mundo no esté tan cerca como Discovery Channel nos anuncia. El deterioro del ecosistema, lo irreversible del cambio climático, la extinción de muchas especies benéficas, el arrasamiento humano que, inmisericorde, convierte en desiertos los bosques y las playas en espectáculos turísticos, todo ello terminará por hacer que el fin del mundo deje de ser una antigua profecía por cumplirse. Es cierto. Y será más pronto de lo que imaginamos.
Pero estoy seguro que la humanidad verá el alba del 1 de enero de 2013. Y solamente por eso, porque mientras haya tiempo –aunque sea corto– hay que hacer algo porque la inevitable catástrofe nos alcance luchando, es que decido llenar mis pulmones de esperanza.
No es solamente un fatuo deseo de fin de año. Mi mirada hacia atrás, recorriendo el 2011, se afina. Y junto a las señas de la decadencia política y económica que nos envuelve, puedo mirar también algunos signos de esperanza.
Hay, sí, transnacionales que depredan nuestros pueblos, nos esquilman y producen hambre y muerte por donde pasan; capitales golondrinos que solamente conjugan el verbo saquear. Pero también hay también cientos, miles de hombres y mujeres que comparten y arriesgan su vida al lado de los más pobres, para favorecer su organización y sus luchas. Personas solidarias y pobres, que unidas a otras personas pobres, se plantan con dignidad frente a los poderosos, los combaten o los desdeñan (que no es lo mismo, pero es igual) y comienzan a construir alternativas más equitativas de humana coexistencia.
Hay, sí, una cultura del consumismo desenfrenado, del úsalo y tíralo, de la ganancia con el menor esfuerzo, que envilece la conciencia de nuestros jóvenes. Pero hay también, abre los ojos y míralos en todas partes, muchachos y muchachas que se atreven a vestir distinto, a pensar distinto, a comer distinto, que vuelven a suspirar por el campo y por el cuidado de la tierra, que renuncian a la ropa de marca y al último grito de la moda en celulares (entre otras cosas, porque no tienen dinero para comprarlos… y eso, a veces, es una bendición).
Hay, sí, políticos corruptos que saben gobernar solo para los ricos y a favor de sus propios intereses; muros de todo tipo que se erigen entre los países para convertir en parias a los que salen de sus fronteras en busca de pan y sustento; hay personas que hacen de la discriminación su vestido diario, y rechazan lo mismo a ancianos que a migrantes, a gueis que a mujeres, a indígenas que a extranjeros. Pero existe también, y eso salva nuestro honor como especie, el zapatismo, las personas y grupos que trabajan por los derechos de los migrantes, comunidades indígenas tercas en la preservación de su identidad y de su autonomía, aguerridos luchadores a favor de todas las diversidades, hombres y mujeres que se agrupan para no olvidar a los muertos y, en honor a su recuerdo, dar la batalla contra esta guerra absurda que no nos conduce a ningún lado.
Hay, sí, jerarcas de todas las religiones que viven rodeados de lujos, promotores de machistas teologías, que –ignorantes de la etimología– confunden antropocentrismo con androcentrismo y se sienten con derecho de apelar a divinas tradiciones para excluir de la mesa de las decisiones a la mitad más valiosa de sus iglesias; cristianos y cristianas más interesados en la conservación de la feligresía que en el anuncio del Reino de Dios. Pero hay también, aunque vivan en las catacumbas, hombres y mujeres que creen en la fuerza liberadora de la espiritualidad, que se niegan a que la fuerza del Espíritu, ese soplo divino que anima todas las religiones, se vea ahogado por las burocracias eclesiásticas: que confiesan que Dios, ese Misterio innombrable, es siempre el defensor de los pequeños y el refugio de los desvalidos;
Porque habrá, estoy seguro, 2013, por esos 365 días que vienen y que acaso sean los últimos que yo vea, no bajaré la guardia ni permitiré que la debacle llegue antes de tiempo debido a mi indiferencia, a mi desánimo, a mis brazos cruzados e inútiles. Indignación, la Escuela de Maní, el Oasis de san Juan de Dios, la capilla de san José Obrero, este espacio cibernético, seguirán siendo las sedes de mi rebeldía, de una inconformidad, espero, cada día más evangélica. Por estos 365 días que comienzan a correr como promesas, me propongo seguir, una vez más y con vigor renovado, las huellas del pobre de Nazaret, aunque no sepa a dónde terminen llevándome.
Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad
Diego Facundo Sánchez Campoo es un entrañable amigo argentino, cristiano a carta cabal, lo que quiere decir también, aunque suene tautológico, revolucionario y anticapitalista. Diego, a quien cariñosamente llamamos Yiyo, ha escrito recientemente un cuento que parafrasea el texto de los caminantes de Emaús de Lucas 24,13-35. Me pareció un buen regalo navideño para ofrecerles a ustedes, pacientes lectores y lectoras de esta columna que me han honrado con su lectura durante este año 2011.
La próxima semana, ya año nuevo, nos veremos en esta página. Ojalá sigan premiándome con su atención durante el año que comienza.
Por el doble camino de Emaús
Lucas 24,13-35
Diego SÁNCHEZ CAMPOO
Aquel día de enero, caminaba con mi compañera por las calles de Cochabamba. Estábamos de vacaciones y nuestra intención era llegar hasta La Higuera. Era la tercera vez que pisaba suelo boliviano y sin embargo… por diversos motivos, nunca había podido llegar hasta el sagrado calvario latinoamericano. Hablábamos de todo lo que ocurría en nuestro continente en aquellos difíciles años en donde la guerra de guerrillas parecía el único camino para derrotar tiranías más que ‘evidentes y prolongadas’ y para sacar de la miseria y la explotación a los pueblos y a su gente. Recordábamos también a aquel hombre, que habiendo conocido la gloria, dejó tierra y familia, casa y arado…para emprender una vez más el dificultoso camino de la revolución. Finalmente y con dolor, pensábamos como habría sido el momento de tan vil asesinato… momento en donde semejante hombre hacía de su propia vida la ofrenda final.
Queríamos estar allí, respirando el aire de esa escuelita que había sido testigo de ese viernes santo de pasión y de muerte. Teníamos poco tiempo y triste fue la noticia de enterarnos que las intensas lluvias de verano habían bloqueado el camino. Nos miramos y caímos en la cuenta de que no habría próxima estación. Quedamos entristecidos. Resignados, decidimos salir a conocer la ciudad antes de emprender el regreso.
La experiencia mística es el culmen de cualquier fe religiosa. Todas las religiones de tradición histórica larga, secular, cuentan con místicos y místicas. Es curioso observar cómo, en este campo, tradiciones religiosas lejanas en la geografía y en el origen, tienen admirables coincidencias. Bajo distintos nombres: iluminación, encarnación mística, samadhi, santidad… todas las religiones reconocen aquellas experiencias de contacto con el Misterio que son capaces de transformar la vida de las personas y hacerlas una sola cosa con el objeto de su contemplación o meditación.
La tradición cristiana cuenta con numerosos místicos en su milenaria historia. Algunos de ellos son mundialmente conocidos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Teresa de Lisieux, Charles de Foucauld, debido a que no solamente han alcanzado la iluminación o santidad, sino han tenido la capacidad de hacer una escuela de pensamiento y oración, de manera que su experiencia es seguida por muchos seguidores y seguidoras de su camino espiritual.
Una semejanza entre todas las tradiciones místicas de distinto origen religioso es la inefabilidad de la experiencia mística. Se recurre, para trasmitir lo experimentado, a lenguajes simbólicos. En la literatura judía, las teofanías contadas en la Biblia traslucen experiencias místicas que, de otra manera, no conoceríamos y no alcanzaríamos comprender.
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