Iglesia y Sociedad

CUATRO VIÑETAS PARA TLATELOLCO

5 Oct , 2008  

Uno de los caídos

Tengo sangre en la boca. Tengo la boca llena de sangre. La losa fría me raspa la mejilla. Sobre mis piernas y mi espalda siento el peso de otro cuerpo. Así, inmóvil, abro los ojos, despacio, no sea que descubran que estoy vivo. Ahora puedo ver el húmedo piso de la explanada. De cuando en cuando algunos cuerpos se mueven, otros se arrastran en la oscuridad. Todavía pueden escucharse algunos disparos. No quiero deshacerme del cuerpo que yace sobre mis piernas. Es mejor que los gorilas piensen que estoy muerto. Por más que escupo, no puedo quitarme de la boca el sabor de la sangre. No sé cuánto tiempo pasa hasta que, de pronto, todo queda en silencio. Parece ser la hora de intentar la fuga. Trato de incorporarme y lo logro con una facilidad que no me esperaba. Busco escurrirme entre los otros cuerpos para llegar a la pared de la iglesia. Si lo logro, podré deslizarme por sus bordes y alcanzar la salida de esta explanada con olor a muerte (Ajá, eso es, no es solamente el sabor de la sangre en la boca, es este penetrante olor a muerte). Cuando logro llegar al costado de la iglesia miro hacia atrás y respiro al fin tranquilo. Alcanzo a ver mi cuerpo, inmóvil, bajo el peso de otro cuerpo. Ya no podrán matarme esos desgraciados. Ya soy uno de los caídos.

Campo militar No. 1

Dirigida directamente a mis ojos, la luz de la lámpara de mano me encandiló. No sé cuántos días han pasado desde que estoy en esta oscuridad, tanteando paredes húmedas, comiendo entre penumbras el plato de quién sabe qué, que me traen cada mediodía. No sé cuántos días han pasado desde que no tengo noticias de nadie, que no veo ningún rostro, que no siento el sol en mi cara, que no tengo otro mundo que estas cuatro paredes y este espacio estrecho. ¿Cómo contar las horas? ¿Cuándo podré otra vez estirar las piernas? La luz se clavó en mis ojos como cien puñales, de un solo golpe, cuando la mirilla superior de la puerta se abrió para dejar que penetrara el haz hiriente. Desde que oí los ruidos previos sentí pavor. No es la primera vez que los escuchaba. Ya se han llevado, entre gritos, a algunos de los compañeros de celdas vecinas. ¿Estarían también, como yo, en esta oscuridad? No sé si ya me acostumbré a las sombras, pero sentí un gran alivio cuando la mirilla se cerró y me devolvió a este mundo negro. Apenas si alcanzo a oír el murmullo de la conversación, pero en este reino del silencio, los oídos se agudizan para registrar cualquier sonido. Parece que se alejan caminando por el pasillo. El soldado pregunta: “¿Sí o no?” e inmediatamente una voz responde: “Sí, mi sargento, ese es uno de los cabecillas”. Mi suerte está echada. Creo reconocer la voz del delator. Pronto vendrán por mí. Comienzo a despedirme de estas sombras.

Cómo han pasado los años

La sala del aeropuerto está llena de gente. Los viajeros van y vienen, algunos con paso displicente, otros con cierta prisa, otros más con rostro de desespero. Nuestro hombre lleva lentes negros y un botón tricolor en la solapa. Camina con premura hacia la puerta número 32, en la sección de salidas internacionales del puerto aéreo. Su avión debe salir en media hora, pero quiere estar en la sala de espera con suficiente tiempo. Le sigue su esposa y uno de sus hijos menores. Viajarán por American hacia Nueva York. El hijo viene con cara de pocos amigos. La madre intenta animarlo sin conseguirlo. Hoy cumple 18 años y nunca había podido explicarse por qué siempre celebraban su cumpleaños viajando, en lugar de que le permitieran hacer una fiesta con sus amigos. Ángel, el hermano mayor, le explicó hoy la razón: papá debe estar fuera porque es el aniversario de Tlatelolco. ‘¿Y eso qué?’ preguntó el cumpleañero. Entonces Ángel le relató todo, cómo su papá fue de los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga y cómo, milagrosamente, no hizo más de dos días en la cárcel y salió sano y salvo, cómo fue encumbrándose en una carrera política en la que, con discreción poco común entre los políticos, escaló puestos administrativos hasta llegar a la subsecretaría que ahora ocupa. ‘Entonces, ¿fue uno de los delatores?’, termina preguntándole a Ángel. ‘Eso sólo te lo puede decir él. De todos modos, feliz cumpleaños’.

El hombre de anteojos negros toma asiento. Mira a su hijo, que con gesto adusto, camina hacia él y se sienta a su lado. Cuando el hombre se quita los anteojos enfrenta la mirada acusadora de su hijo. Siempre supo que llegaría la hora de ser juzgado en este tribunal.

El investigador en 2003

Marcos tiene dieciséis años. Vive a plenitud su adolescencia, ese bendito tiempo de las obsesiones. Un tiempo no quiso saber de otra cosa que del rock pesado: Dire Straits, Guns and Roses, y hasta los viejitos de ZZ Top. Después se clavó en el cine: no había película exhibida que se perdiera, los ciclos de la Cineteca lo chiflaban y tenía ya su lista de actores y directores preferidos. Desde hace algunos meses conoció a María, una chava de la escuela. No tiene ya más obsesión que ella y las obsesiones que a ella le estremecen. Ella es hija de un sobreviviente de Tlatelolco, de los que estuvieron en la mera friega del 2 de octubre. Marcos ya no vive sino para averiguar qué es lo que pasó en Tlatelolco, visita hemerotecas, mira con atención cuanto vídeo sobre el asunto le cae en las manos, y ya hasta se bebe como cerveza los programas que antes le parecían aburridos, como Punto de partida o Reporte Trece. Hoy saldrá de la mano de María para participar en su primera marcha. Se sabe ya los nombres de los que fueron líderes: Della Roca, González de Alba, Guevara Niebla…; conoce también a detalle el relato de los acontecimientos: las luces de bengala, la pinza hecha por el ejército, el batallón Olimpia, el guante blanco; ha visto ‘Rojo Amanecer’ y ha leído ‘La Noche de Tlatelolco’ y hasta se consiguió, sacrificando su gastada, el reporte gráfico que publicara Proceso para el 30º. Aniversario. Cuando la Marcha comienza, saludo a Marcos y María. Tlatelolco no será cosa del pasado mientras existan chavos como ellos.

Tlatelolco a cuarenta años, ¡no se olvida!

Iglesia y Sociedad

Medellín: cuarenta años de horizonte utópico

29 Sep , 2008  

¿Qué fue lo que convirtió a la asamblea episcopal de Medellín en un punto de referencia tal que todavía hoy, cuarenta años después, no deja de lanzar destellos sobre nuestra realidad eclesial? Para responder a esta cuestión, en varias partes del continente se realizan jornadas de reflexión sobre aquella reunión de 1968 que sería punto de partida para la renovación liberadora de la iglesia católica en América Latina.

José Comblin, el teólogo brasileño, ha escrito recientemente un artículo titulado “De Medellín a hoy”, en el que trata de explicar, desde su particular punto de vista, cuáles son las diferencias entre la experiencia eclesial de aquellos años y la actual. Aunque puede uno no estar del todo de acuerdo en la especie de diagnóstico comparativo que realiza, resulta interesante la contextualización que hace de la iglesia de la segunda mitad de la década de los sesentas. A ello vamos a referirnos.

Concebida para aplicar al continente latinoamericano la renovación conciliar, la asamblea episcopal de Medellín tiene que encuadrarse necesariamente en ese más amplio fenómeno de la iglesia católica, el Concilio Vaticano II, que fue un ejercicio de conversión para la mayor parte de los obispos del mundo. La iglesia se redescubrió en el concilio como “la sirvienta de la humanidad” y en base a algunas ideas clave (la concepción de la iglesia como ‘pueblo de Dios’, la importancia de la colegialidad episcopal, la trascendencia del papel de los laicos, etc.) elaboró todo un proyecto de renovación de largo aliento que redefinió las relaciones entre iglesia, mundo y reino de Dios.

Los obispos que participaron en Medellín venían con el recuerdo fresco de aquella gesta renovadora del Vaticano II. El sentimiento era que un nuevo tipo de iglesia estaba naciendo. De hecho, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) no era otra cosa que una de las maneras de poner en práctica la colegialidad episcopal. Hay, sin embargo, un dato, no de todos conocido y que subyace a la asamblea de Medellín, como experiencia previa: el Pacto de las Catacumbas. El 16 de noviembre de 1965, justo en el marco de la etapa final del concilio y apenas un mes antes de su clausura, 40 obispos firmaron un compromiso en la Catacumba de Santa Domitila. Con Dom Hélder Cámara a la cabeza, alma del pacto y después alma también de la asamblea de Medellín, los 40 obispos se comprometían a hacer vida la opción por los pobres, viviendo ellos mismos una vida pobre.

Cambiando el modelo episcopal de aquellas épocas, estos obispos contagiarían después a los participantes de la asamblea de Medellín. Ya no serían más príncipes, sino hermanos. La opción por el cambio de las estructuras que generan y mantienen la pobreza asumido por los obispos en Medellín, pronto fue percibió como un peligro por quienes detentaban el poder. Por eso no es extraño que la mayor parte de los obispos que participaron en el proceso de conversión a los pobres que tuvo como eje la asamblea de Medellín fueran después perseguidos y, algunos de ellos, hayan muerto de manera martirial.

Quizá el signo más famoso de persecución que se recuerde sea la aprehensión de 55 cristianos y cristianas, entre ellos 17 obispos, en la ciudad de Riobamba, Ecuador, mientras celebraban una reunión de reflexión pastoral, en agosto de 1976. La reunión fue allanada por agentes militares y suspendida. Los obispos visitantes fueron llevados detenidos a la policía, interrogados sobre sus planes subversivos y notificados que tenían que abandonar el país en 24 o 48 horas. Entre los obispos detenidos se encontraban don Sergio Méndez Arceo y el obispo de los indios, Monseñor Leonidas Proaño, que era el anfitrión. Entre los laicos, Adolfo Pérez Esquivel, quien sería años más tarde premio Nóbel de la paz. La señal de alarma se hizo sentir cuando fue público que en el allanamiento realizado por los militares, se había contado con la aquiescencia de la nunciatura y de los más influyentes prelados ecuatorianos.

Otro de los factores que han contribuido a hacer de Medellín un punto de referencia fundamental es que en esa asamblea se reconoció y legitimó la experiencia de las comunidades eclesiales de base. No hay que descuidar tampoco el acento que Medellín puso en el papel de los laicos, en cuanto transformadores de la realidad social. Para Medellín, “Lo típicamente laical está constituido por el compromiso en el mundo, entendido éste como marco de solidaridad humana, como trama de acontecimientos y hechos significativos, en una palabra como historia. El compromiso debe estar marcado en América latina por las circunstancias peculiares de su momento histórico presente, por un signo de liberación, de humanización y de desarrollo” (Movimientos de laicos, 9). De ahí que los obispos descalificaran a los movimientos laicales que “no han sabido ubicar debidamente su apostolado en el contexto de un compromiso histórico liberador” (Movimientos de laicos, 4), es decir, todos aquellos movimientos cuyas tareas estaban dirigidas, si no única, sí principalmente a fortalecer a la institución eclesiástica o a la promoción de las devociones privadas, descuidando el compromiso por la transformación del mundo.

El recuerdo de Medellín conserva mucho de subversivo, sobre todo en tiempos como los que vivimos desde hace treinta años, en que el desmantelamiento de Vaticano II parece orientar a la iglesia hacia formas preconciliares, también llamadas tridentinas. La gran vuelta al culto, los nuevos movimientos psicologistas y emocionales, el regreso a la gran disciplina –como la definía el teólogo Juan Bautista Libanio–, el retroceso a la concepción de la iglesia como una institución que vive para sí misma, el papel de los laicos como infantes llamados a escuchar y obedecer, son todos signos de que el espíritu de Medellín sigue siendo hoy más necesario que nunca.

Colofón: La semana pasada fueron detenidas en el estado de Yucatán 15 personas como sospechosas de estar involucradas con el crimen organizado. La base de la acusación: una denuncia anónima. Sus fotografías aparecieron, con leyendas acusatorias, en todos los medios comerciales de comunicación. Todos los medios, sin excepción. Resultaron ser simples trabajadores de una empresa avícola. La única acusación que pudo ser comprobada es que eran “fuereños”, lo cual, en este nuevo estado de excepción, pareciera ser un delito. ¿La presunción de inocencia establecida por nuestras leyes? Letra muerta. ¿La honra de quienes fueron públicamente denostados? Peccata minuta. ¿Disculpa pública en alguno de los medios que se proclaman guardianes de la verdad y la objetividad? Sueño guajiro. Mientras tanto, la batalla por la seguridad pública se pierde debido a las torpezas de un estado que no parece saber qué hacer ni a dónde ir.

Raúl Lugo Rodríguez

Iglesia y Sociedad

Monseñor Leonidas Proaño, obispo de los indios

22 Sep , 2008  

Estamos en un año de múltiples aniversarios. Uno de ellos, bastante poco conocido, pero muy cercano a mi corazón, es el vigésimo aniversario de la pascua de Monseñor Leonidas Eduardo Proaño Villalba, mejor conocido como el obispo de los indios. Cristiano a carta cabal, Monseñor Proaño nunca olvidó sus orígenes y ejercitó su ministerio adelantándose a muchas de las grandes intuiciones que después cristalizarían, tanto en el Vaticano II, como en las asambleas episcopales latinoamericanas de Medellín y Puebla.

Hijo de campesinos pobres, Agustín Proaño Recalde y Zoila Villalba Ponce, Leonidas conoció desde su infancia la realidad de la pobreza. Sobreviviente único de cuatro hermanos, colaboró desde los 10 años con sus padres en la dura tarea de macetear sombreros de paja que sus padres tejían para mantener a la familia y proveer de educación al único hijo que les quedó. Era un trabajo duro, “porque se rompían las manos mientras no se formaran callos”, según señala el obispo de los indios en su autobiografía.

Ordenado presbítero en 1930 y obispo de la provincia del Chimborazo y Bolívar en 1954, Monseñor Proaño tuvo gestos audaces durante su ministerio episcopal. Llegado a Riobamba se dio a la tarea de conocer y estudiar los problemas de los campesinos chimborasenses y su sufrimiento por el despojo de tierras. Enterado de que la diócesis que él dirigía poseía extensas propiedades de tierra, decretó la entrega de las haciendas de la iglesia a cooperativas conformadas por indígenas. Hizo esto en 1956… ¡siete años antes de que tuviera lugar la primera reforma agraria en Ecuador!

Durante 31 años Monseñor Proaño trabajó de manera ininterrumpida al lado de los indios de su diócesis. A diferencia de quienes conciben el trabajo episcopal como una suerte de escalafón hacia diócesis económica o políticamente más poderosas, Monseñor Proaño se casó con su pueblo, de manera que ejercitó su completo ministerio episcopal en esa única diócesis, a la que sólo dejó de servir al cumplir los 75 años de edad, por límite de edad, según lo establecen las leyes de la iglesia.

Asumió como prenda de orgullo y honor, el título de “obispo de los indios”, que antes le fuera proferido a manera de insulto por sus enemigos. Hacia el final de su vida pudo exclamar: “…cuanto he vivido y he aprendido no ha sido extraído de las aulas universitarias de mi país o de algún otro país del mundo, sino de la cantera del pueblo, porque mi Universidad ha sido el pueblo y mis mejores maestros han sido los pobres en general y particularmente los indígenas del Ecuador y de América Latina, considerados en Puebla como ‘los más pobres entre los pobres’…”

Discípulo, pues, del pueblo indígena, Monseñor Proaño ha ejercido una gran influencia en los procesos de inculturación del evangelio en la realidad de los pueblos originarios de nuestro continente. Fue él uno de los primeros en observar con devoción, y sin condenarlos, los ritos y costumbres de los pueblos indios; pacientemente descubrió la Semilla del Verbo en su forma de vida y la propuso como alternativa a la sociedad capitalista e individualista.

Leonidas Proaño recibió en vida muchos reconocimientos a su labor: en 1986 el premio Rothko por la Paz (Houston-EEUU) y en 1988, poco antes de ser llamado a la Casa del Padre, el premio Bruno Kreiski (Austria) por la defensa de los Derechos Humanos. Fue también postulado en 1985 como candidato al Premio Nóbel de la Paz.

Como pastor auténtico, probó la incomprensión y la traición. Nada, sin embargo, pudo afectar su íntima decisión de seguir a Jesucristo muerto y resucitado. Lo confiesa en su autobiografía cuando escribe: “Jesucristo fue entrando en mi corazón y en mi vida desde que fui niño. Él ha sido para mí la manifestación contundente del amor del Padre. Sé por experiencia que me ama. También yo siento por Él un amor apasionado”. Con cierta gracia enfrentó las afrentas, venidas muchas veces de sus mismos compañeros de mitra y báculo. Así, en el homenaje que le ofreciera la diócesis de Ibarra, comentó: “Me han dicho que soy un Obispo ‘Rojo’, comunista. Yo me confieso cristiano. Un sacerdote, un obispo que se ha esforzado por ser cristiano. Y por lo tanto, no debo tener miedo a las calumnias, las amenazas, ni la muerte. Si trabajar cristianamente por la paz, la justicia y los derechos humanos de los más pobres es ser ‘rojo’, ojalá que todos nos volviéramos siquiera un poco colorados…”

A través de la Fundación Pueblo Indio del Ecuador, que fundara poco tiempo antes de su muerte, Monseñor Proaño sigue presente. El pasado mes de agosto, para conmemorar los veinte años de su muerte acaecida el 31 de agosto de 1988, la Fundación Pueblo Indio del Ecuador y la Universidad Andina Simón Bolívar de Quito, organizaron un encuentro internacional de reflexión titulado: “Herencia profética de Monseñor Leonidas Proaño para la Patria Grande”, en el que se le rindió homenaje y se profundizó en su pensamiento para aportar desde él nuevos análisis para la construcción de un pensamiento renovado en Ecuador y América Latina.

Monseñor Proaño es uno de esos cristianos que vale la pena recordar. Su testimonio sigue siendo un reproche a nuestras incoherencias. El Obispo de los indios sigue recordándonos la deuda que, como iglesia, tenemos con los pueblos indígenas. Su memoria es hoy más necesaria que nunca.

Colofón: ¡Vaya noticia! Dicen que hay un “nuevo” Partido Verde. No conformes con esconder bajo las siglas de un partido -prestigiado en otras partes del mundo- lo que no es más que un negocio familiar, ahora dicen haberse renovado y lanzan, como signo de su renovación, el apoyo… ¡a la pena de muerte! Vaya contradicción: el mexicano se convierte así en el único partido verde del mundo que apoya la pena de muerte. Pronto, ya ni el PRI va a querer aliarse con ellos…

Iglesia y Sociedad

Terapias para revertir la homosexualidad: una opinión crítica

14 Sep , 2008  

Para Cristina Auerbach, cristiana cabal, en fraterna solidaridad

Durante toda la semana el anuncio ha estado saliendo en los medios impresos de mayor circulación. En el centro una fotografía con una mano sosteniendo el control de las velocidades de un automóvil, rodeada por la pregunta “¿Sabías que la homosexualidad es reversible? En tus manos está tomar la decisión”. La propaganda se ha extendido a la radio y no sé si también a la televisión. Al lector le es imposible saber si tal despliegue de publicidad y el costo que ella supone es absorbido por el conferencista o si es asunto de las entidades locales que lo patrocinan. Es lo de menos. Se trata del curso que Richard Cohen, fundador de la International Healing Foundation, impartirá en Mérida hacia fines del mes de septiembre. En una invitación que circula de manera electrónica el curso lleva por título: “Curso sobre la homosexualidad. Causas, orientación y tratamiento”.

Ligadas en su origen al movimiento contracultural evangélico de los años setentas (el primer ministerio religioso “ex gay” del mundo, “Love in Action”, nació en 1973), las terapias reparadoras llevan ya varias décadas de existencia. Van desde grupos de apoyo religioso hasta terapias clínicas cuyo objetivo es cambiar la orientación sexual de la persona. Los resultados de las terapias reparadoras son harto discutibles. Stephen Parelli, pastor bautista, revisa a fondo algunos de sus resultados partiendo de su propia experiencia de homosexual sometido a todo tipo de caminos de conversión sexual. En su experiencia, este tipo de terapias usa selectiva y sesgadamente la psicología; promete “cambio” y “cura” cuando lo único que en contadas ocasiones logra son cambios externos de conducta y no una modificación de la orientación fundamental; parte de un punto de vista estereotipado sobre los roles de género considerando, casi obsesivamente, que la homosexualidad no es otra cosa que el resultado del fracaso individual para adoptar el propio género; y finalmente, lo que no es peccata minuta, denuncia documentadamente una ausencia de honestidad en muchas de las personas que participan en este tipo de movimientos. La frustrante experiencia de Parelli le llevó a convertirse en el director ejecutivo del movimiento “Otras Ovejas”, que ofrece servicios de acompañamiento a cristianos y cristianas homosexuales desde totalmente otra perspectiva (www.othersheep.org).

Hay opiniones muy encontradas sobre este tipo de terapias. En el artículo sobre el día de la homofobia, cuya censura me hizo abandonar el rotativo para el que escribí por cerca de quince años, me referí a las terapias reparadoras como “patrañas”. Quizá fue un adjetivo demasiado duro y poco explicitado. Hay algunos comentarios dejados por los amables lectores que señalan su desacuerdo. Así que quisiera ahora compartir algunas ideas sobre el mismo asunto.

  1. Desde que, tanto la Asociación Americana de Psiquiatría como la Organización Mundial de la Salud, excluyeron la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales, el mundo ha caminado hacia una comprensión mucho más tolerante de la realidad de la homosexualidad, presente como se sabe en casi todos los tiempos y culturas. Hay muchas organizaciones conformadas por científicos que se oponen a las terapias reparadoras: la American Psychiatric Association, American Academy of Pediatrics, la American Medical Association, la American Psychological Association, la American Counseling Association y la National Association of Social Workers, para mencionar solamente a las estadounidenses. Y no me parece un asunto menor el hecho de que tales asociaciones las desaconsejen afirmando que este tipo de terapias puede causar serios daños a las personas que a ellas se someten. Personalmente, me parece que las terapias reparadoras, lo mismo que algunas doctrinas religiosas, parten de un prejuicio fundamental que no comparto: que las personas homosexuales no son otra cosa que heterosexuales echados a perder. Basados en la argumentación de la ley natural o en alguna de sus variantes, sostienen que algo debe haberle pasado a una persona que la desvió del camino correcto. De esta manera, las terapias de reparación se alinean en lo que se conoce como heterosexismo, esa mentalidad que tiende a hacer de la heterosexualidad la única experiencia sexual legítima, posible, e incluso pensable, lo que explica que muchas personas vivan su vida sin haber jamás pensado en la realidad homosexual, presente sin embargo en todas partes y mucho menos oculta de lo que en un principio pudiera creerse. Yo soy de los que piensan que el heteresexismo es un prejuicio que va siendo confrontado con argumentaciones cada vez más sólidas y que, optimista irremediable como soy, algún día será barrido definitivamente por la historia.
  2. Creo que las terapias reparadoras, aunque no se atrevan a confesarlo, siguen comprendiendo la homosexualidad como si se tratara de una enfermedad. Por eso me parece más honesta la posición de movimientos como Courage que se reconoce, al menos teóricamente, como un movimiento que no brinda reorientación sexual sino que promueve la castidad, en la línea que propone la iglesia católica (www.courage-latino.org). No obstante, me parece que ambos movimientos apelan de manera poco crítica a lo que ellos llaman “atracción sexual al mismo sexo (AMS) no deseada”. Digo que lo hacen de manera poco crítica porque es casi una verdad de Perogrullo que muchas personas homosexuales no quieren serlo, porque en un mundo en el que la homosexualidad es considerada una desgracia personal y social, es muy difícil que alguien quiera ser homosexual. Lo mismo podría decirse de los negros en una sociedad de dominio blanco, o de las mujeres en un mundo machista y patriarcal. Para entenderlo mejor, la idea que subyace a las terapias reparadoras sería equivalente a decir, mutatis mutandi, que las personas que se avergüenzan de ser mayas no lo hacen debido a que la sociedad parezca estar organizada para provocar su exterminio, sino a que el ser maya sería una especie de enfermedad, por lo que deberían someterse a cierto tipo de cura que los librara de tal estigma y les permitiera “superar” su condición étnica.
  3. Está claro que todas las personas, homosexuales o no, están en absoluta libertad de buscar cambiar de orientación sexual si así lo desean. Pero que lo hagan porque así lo desean, no porque la sociedad los discrimine y les niegue el respeto a sus derechos. Hay personas de color que hacen todo lo que está en sus manos para blanquear su piel y zurdos que se esfuerzan en escribir con la mano derecha, y están en todo su derecho. Otro elemento importante será analizar los riesgos y probabilidades de éxito que ese tipo de intentos de reconversión conllevan. Conozco, debo decirlo, personas homosexuales que viven su orientación sexual de manera plena y feliz y que se enojan mucho cuando, generalizando, se habla de ellos como si fueran personas condenadas a sufrir angustia y depresión. La depresión, como la experiencia lo demuestra, es un trastorno emocional que no es privativo de personas con orientación homosexual.
  4. Hay personas que ligan el nuevo auge propagandístico de las terapias reparadoras con la iglesia católica. No les falta razón. La primera ocasión en que Richard Cohen estuvo en Mérida, por cierto de manera casi secreta, lo hizo auspiciado por una universidad dirigida por una congregación católica. La invitación al curso que ahora ofrecerá, al menos la que me llegó a mí en versión electrónica, viene firmada por un alto jerarca eclesiástico. Hay personas que piensan que hay coherencia entre la enseñanza de la iglesia sobre la homosexualidad (CIC 2358) y la promoción de las terapias reparadoras. No obstante, refiero aquí las palabras del teólogo católico Juan José Tamayo: “Un primer dato a tener en cuenta es el amplio pluralismo que existe entre los colectivos de cristianos y cristianas. Por una parte están las posiciones de la jerarquía católica en bloque, sin fisuras, al menos externas, y de algunas organizaciones católicas que consideran éticamente desordenada la mera inclinación de la persona homosexual; califican la práctica homosexual de inmoral y abominable; acusan a los gays y lesbianas de personas depravadas, virus para la sociedad y moralmente malos; comparan a los matrimonios homosexuales con la acuñación de moneda falsa y les aplican valoraciones como éstas: corrupción y falsificación legal de la institución matrimonial, retroceso en el camino de la civilización, lesión grave de los derechos fundamentales del matrimonio y de la familia, atentado contra la armonía de la creación, quiebra de la estabilidad social en su entraña más profunda y desfiguración de la imagen del hombre y de la familia… De otra parte están los planteamientos de numerosos colectivos de teólogos, teólogas, grupos de base, lesbianas y gays cristianos, que disienten de la jerarquía y la acusan de beligerante y totalitaria. Estos colectivos defienden un modelo de convivencia caracterizado por el respeto y la libertad, reconocen la homosexualidad como una forma legítima de ejercer la sexualidad, reclaman el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio tanto civil como religioso, ya que son unidades de convivencia y afecto en igualdad de condiciones que las personas heterosexuales”. Hay, pues, un debate abierto. Las cosas no son tan monocromáticas como pareciera…

Iglesia y Sociedad

Justicia y perdón: ¿realidades irreconciliables?

7 Sep , 2008  

Entre la justicia y el perdón no ha habido siempre una relación tersa. En algunas ocasiones aparecen incluso como conceptos contradictorios. Por eso me inquieté al recibir una invitación para participar como conferencista en el Primer Encuentro de las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ES.PE.RE) “Restaurando la dignidad”, que se llevó al cabo el pasado fin de semana 6 y 7 de septiembre, en la ciudad de Monterrey. El tema a tratar era, desde la óptica de los derechos humanos, cuál es la difícil relación entre estas dos realidades: la justicia y el perdón.

Después de conversar sobre dos elementos en los que decidí enmarcar la reflexión: una breve exposición del discurso de los derechos humanos y otra, igualmente breve, sobre la realidad de la violencia y la impunidad que nos rodea, intenté abordar el tema partiendo de la posición que los activistas de derechos humanos asumen frente a la pena de muerte y a las así llamadas “comisiones de la verdad”.

Si el discurso de los derechos humanos y la exposición sobre la violencia eran justificación suficiente para el imperativo de la justicia y explicaban muchas de las reticencias que, desde la perspectiva de los derechos humanos, se tienen en relación con la noción de perdón, me pareció conveniente abordar la discusión confrontando dos experiencias (la pena de muerte y las comisiones de la verdad) en las que se transparenta la difícil relación que se da entre la justicia y el perdón.

Como he tratado ya en varias ocasiones en esta misma columna el asunto de la pena de muerte, quisiera hoy conversar con ustedes acerca de lo que dije en Monterrey respecto de las comisiones de la verdad. Como bien expresa Esteban Cuya: “La mayoría de las sociedades latinoamericanas experimentaron en las últimas cuatro décadas permanentes situaciones de violencia y conflictos internos, a causa de graves condiciones de injusticia y desigualdad económica y social. Ante esto, las frágiles democracias latinoamericanas, siguiendo los mandatos de los estrategas instalados en Washington D.C., cedieron el poder a cúpulas militares portadoras de una vocación mesiánica. De esta forma, el fantasma de la dictadura militar se instaló con mucha facilidad en los Estados desunidos del Sur”. Una vez terminadas las dictaduras, surgió el debate sobre qué hacer con los responsables de las violaciones a los derechos humanos y al derecho humanitario. ¿Cómo reconstruir las sociedades maltratadas, cómo restablecer la paz, cómo buscar la reconciliación nacional, sin dejar de lado la justicia?

Gracias al clamor de justicia de los familiares de las víctimas, así como la lucha de algunos abogados, periodistas, religiosos, magistrados, políticos y activistas internacionales de solidaridad, se crearon en muchos de esos países las comisiones investigadoras de la verdad. Las Comisiones de la Verdad son organismos de investigación creados para ayudar a las sociedades que han enfrentado graves situaciones de violencia política o guerra interna, a enfrentarse críticamente con su pasado, a fin de superar las profundas crisis y traumas generados por la violencia y evitar que tales hechos se repitan en el futuro cercano. A través de las Comisiones de la Verdad se busca conocer las causas de la violencia, identificar a los elementos en conflicto, investigar los hechos más graves de violaciones a los derechos humanos y establecer las responsabilidades jurídicas correspondientes. Su trabajo abre la posibilidad de reivindicar la memoria de las víctimas, proponer una política de reparación del daño, e impedir que aquellos que participaron en las violaciones de los derechos humanos, sigan cumpliendo con sus funciones públicas, burlándose del Estado de derecho.

Hay quienes critican a las comisiones de la verdad. Y no me refiero solamente a los responsables de las violaciones a los derechos humanos, que tendrían razón en oponerse, sino a sectores de la sociedad que no fueron tocados por la violencia y a quienes les parece que escarbar, remover y hurgar en el pasado equivaldría a abrir nuevamente sus heridas. Pero, como bien afirmó Luis Pérez Aguirre, “Se ha dicho que hurgar en estos acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas del pasado. Nosotros nos preguntamos, por quién y cuándo se cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación nacional que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido. La reconciliación tiene esas mínimas y básicas condiciones”.

Entender que hay la necesidad de un horizonte ético mínimo que nos permita, a las personas y las sociedades, sobrevivir a la tragedia de nuestro tiempo, y me refiero a algo tan simple como conservar claras las fronteras entre el bien y el mal, reconocer y aceptar que hay cosas que no están permitidas, establecer claramente que, en la persecución de objetivos no todo se vale y que los antiguos límites de la verdad, la justicia, la honestidad, la dignidad, el respeto, la libertad, –aunque la cruda economía nos dicte otros cánones– siguen siendo muros que mantienen a raya los monstruos que conducen a la barbarie, no nos dispensa de plantearnos el papel que el perdón puede jugar ante estas realidades.

Creo que es una gran aportación de las religiones afirmar la necesidad del perdón para humanizar (y divinizar, diríamos los creyentes) el ejercicio de la justicia. Es cierto: no hay que confundir perdón con impunidad. Entiendo que esta reflexión no resuelva del todo la aporía que aparece cuando se unen los conceptos de justicia y perdón, porque lo que aparece muy claro para la salud del individuo no siempre es tan claro para la salud social. En el caso del Estado ¿pueden identificarse las leyes de amnistía con un ejercicio social del perdón? ¿quién es el que debe pedir perdón? ¿debe hacerlo el estado? ¿y quién puede concederlo? ¿alguien más que las propias víctimas? En el nivel social ¿sirve de algo el perdón sin el arrepentimiento? Preguntas para las que hasta ahora no encuentro respuesta.

Dice el filósofo Jacques Derrida, y dice bien, que la justicia y el perdón son valores heterogéneos, o sea que pertenecen a niveles diferentes y no son inmediatamente equiparables. Dice bien porque la justicia es una virtud eminentemente social mientras el perdón tiene características marcadamente individuales. La justicia es un imperativo socialmente exigible, mientras que el perdón tiene mucho de oferta gratuita. La justicia es un imperativo racional, en coherencia con los equilibrios que el ser humano necesita para sobrevivir en pacífica convivencia con los demás. El perdón, en cambio, es irracional, en cuanto no necesita razones lógicas para entregarse. El acto de perdonar acontece ante algo imperdonable, por eso es absolutamente gratuito, pero precisamente también por eso es sanador.

En el intercambio fecundo entre el discurso de derechos humanos y las religiones cristianas, éstas últimas pueden ofrecer al discurso de los derechos humanos la posibilidad de un perdón reparador. Y la propuesta del perdón no supone soportar pasivamente las injusticias, sino asumir una actitud altamente activa: salir al encuentro del adversario, querer hacerlo hermano. El mejor servicio eclesial para nuestro mundo, atribulado por la violencia, es edificar comunidades en las que se viva a tope el sermón de la montaña. Y en el sermón de la montaña el perdón es un componente esencial del mensaje de Jesús.

Colofón: Mariaurora Mota, directora de Género, Ética y Salud Sexual A.C. interpuso en diciembre pasado una queja ante la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) contra la organización Courage-Latino, que pretende “curar” la homosexualidad. Courage-Latino, sin cobardías, aceptó la mediación de la CONAPRED. Finalmente, la organización aceptó modificar su página de internet afirmando que la homosexualidad no es una enfermedad. También se comprometió a recibir un curso de sensibilización en materia de no discriminación y, en sus talleres y conferencias, a distribuir en forma impresa el texto del articulo 1 de la Constitución Federal y los artículos 4 y 9 de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación.

Iglesia y Sociedad

¿Qué está pasando en Dzityá?

1 Sep , 2008  

En solidaridad con Ernesto Cardenal

El pasado 27 de agosto un amplio grupo de artesanos y artesanas de la madera, de la comisaría de Dzityá, dirigieron una carta a diversas autoridades del orden federal y estatal para solicitar la liberación de la madera que le fue asegurada a los talleres “Artesanías Dzityá” y “Artesanías Rosario”.

Es sabido que la comunidad de Dzityá, pueblo maya que administrativamente pertenece al municipio de Mérida, se caracteriza desde hace muchas generaciones por el trabajo artesanal que desarrollan en piedra y madera. Sólo talleres en los que se trabaja la madera, hay más de 20 en la comunidad. La principal madera que tradicionalmente se trabaja es la del guayacán. Ochenta artesanos trabajan directamente la madera beneficiando a sus familias y a otras familias que realizan actividades relacionadas con el tallado de madera: mecánicos torneros, soldadores, herreros, etc. Tanto el ayuntamiento de Mérida como el gobierno del estado, conocen a los artesanos y artesanas de Dzityá y los han apoyado en distintos momentos.

Por eso extraña que el 15 de agosto, inspectores de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) se presentaran sin previo aviso y determinaran el aseguramiento precautorio de piezas de madera en los dos talleres ya mencionados. Debido a esta medida, varios talleres más han suspendido sus actividades por temor a posibles acciones de la PROFEPA, de manera que los artesanos y sus familias están siendo afectados directamente.

Desde hace más de cien años se trabaja la madera del guayacán en la comisaría de Dzityá. Esta es la primera vez que autoridades federales ambientales realizan una acción de esta naturaleza. Hace apenas unas semanas terminó la feria artesanal “Tunich”, que ser realiza año con año en la comisaría con apoyo del Ayuntamiento. ¿Acaso las autoridades no sabían que buena parte de las piezas que ahí se exhibían y vendían eran de madera de guayacán? ¿Es correcto que la primera acción que la PROFEPA tomó haya sido una medida coercitiva, como si los artesanos y artesanas fueran delincuentes en lugar de obreros?

Hay una contradicción legal en este tipo de medidas. Por una parte, son los artesanos los primeros interesados en el respeto al medio ambiente, puesto que su oficio, y por ende su forma de vida y sustento, dependen de determinadas maderas, principalmente del guayacán. Son, pues, los principales interesados en hacer compatible su trabajo con las medidas de protección ambiental determinadas por las autoridades competentes. En ellos les va su propio sustento y el de sus familias. Se hubiera esperado entonces que la PROFEPA, en cumplimiento de las leyes de Equilibrio Ecológico y de Desarrollo Forestal, se hubiera acomedido para ofrecer asesoría, capacitación y planeación para lograr una adecuada complementación entre la labor artesanal y la protección al medio ambiente.

La intervención coercitiva de la PROFEPA, en cambio, lo único que logra es afectar a los artesanos, mientras omite realizar lo que la ley le manda: “Lograr que el aprovechamiento sustentable de los ecosistemas forestales sea fuente permanente de ingresos y mejores condiciones de vida para sus propietarios o poseedores, generando una oferta suficiente para la demanda social, industrial y la exportación, así como fortalecer la capacidad productiva de los ecosistemas” (Ley General de Desarrollo Forestal sustentable artículo 30)

Una arista más del problema es necesario resaltar. Dzityá es una comunidad en la que la elaboración de artesanías de madera y piedra forma parte de sus tradiciones, usos y costumbres que, como pueblo maya, han ido conservando a lo largo de los años. Probablemente la PROFEPA lo ignore, pero como integrantes del pueblo maya los artesanos y artesanas de Dzityá tienen derechos que resultan violados con las acciones de dicha procuraduría. Tienen razón en reclamar los artesanos que ni la PROFEPA ni ninguna otra instancia de gobierno federal, estatal o municipal, haya tenido un acercamiento para asesorarlos y establecer conjuntamente convenios o instrumentos que permitieran a los artesanos realizar su trabajo de manera compatible con los criterios establecidos por las normas ambientales, es decir fomentar el desarrollo socioeconómico sustentable, violando así por acción y omisión el artículo 23 del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, norma vigente y suprema en nuestro país al haber sido firmada y ratificada por el Estado mexicano.

Los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) tienen competencias y responsabilidades compartidas tanto en materia ecológica como en materia de desarrollo social. Hacen bien los artesanos de Dzityá al señalar que no existe justificación alguna que impida a los tres ámbitos de gobierno trabajar conjuntamente para solucionar a la brevedad posible este problema que está lesionando sus derechos como comunidad maya, sus derechos económicos sociales y culturales, su derecho a contar con un nivel digno de vida y que, además, está afectando a la industria de artesanías del estado. Ojalá la respuesta de las autoridades a las exigencias de la comunidad de Dzityá no sea solamente para resolver lo inmediato, la liberación de la madera asegurada, sino para poner bases firmes que hagan compatible la actividad industrial de los artesanos mayas de Dzitya con la protección al medio ambiente.

Colofón: Son doce los cadáveres encontrados. Doce las tragedias familiares que se esconden detrás de cada uno de ellos. Uno de los cuerpos pertenece a un niño tizimileño de 16 años, seguramente usuario de drogas o pequeño vendedor, carne de cañón en una guerra que no conoce la piedad. Insisten en que todos tenemos que poner nuestra parte en la corrección de este desolador panorama. Es cierto, con tal que no olvidemos que pagamos el sueldo de algunos funcionarios, que tienen nombres y apellidos, y que no han cumplido con su tarea. La policía tendrá que comenzar a hacer bien el trabajo que le corresponde: combatir el crimen en vez de incentivarlo con la corrupción. Hasta ahora lo ha hecho muy mal.

Se me ocurre, sin embargo, que una de las tareas de la sociedad en su conjunto puede ser combatir el atractivo que despierta el dinero fácil. Pero hay que hacerlo no sólo con consejos verbales, sino con integridad. Una señora, que sospechaba que su hijo estaba metido en malos pasos porque tenía un ritmo de gastos que su sueldo de empleado no podría permitirle, prefirió callarse porque el hijo, a la primera llamada de atención, dobló la ayuda mensual que entregaba en la casa. No hubo más regaños. El muchacho está en la cárcel y la madre está hoy convencida de que ella fue, en cierta medida, cómplice de la desgracia de su hijo. Y eso vale para todos los niveles, incluso en el de los grandes empresarios…

Iglesia y Sociedad

Mi vida es puro cuento

25 Ago , 2008  

“¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad…” Subo el volumen de la radio mientras manejo hacia mi casa al terminar la jornada vespertina. Con un guión radiofónico de Héctor Manuel Vázquez González, resuena en las bocinas del automóvil la magistral narración de Juan Rulfo. Se trata del programa “Narraciones nocturnas”, en el que, lunes y viernes, el/la radioescucha de la estación del IMER, Yucatán F.M., en el 92.9 del cuadrante, puede deleitarse con cuentos de Rulfo, Poe, Ribeyro, Tolstoi, Quiroga…

Mientras escucho la lectura dramatizada del cuento “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo, impecable en su manufactura radiofónica, me pregunto cuál será la razón de que las narraciones cortas me apasionen más, mucho más, que las medallas olímpicas. ¿Será que algo lleva uno en la sangre? ¿Cosas de la genética? ¿Por qué habrá personas para quienes las librerías son más peligrosas que las cantinas y los libros más adictivos que las metanfetaminas? ¿Por qué hay gente para quien un cuento puede ser más deslumbrante que un diamante de mil reflejos?

Hurgando en mis recuerdos para buscar el origen de mi deleite por la narrativa corta, me viene a la memoria un libro que me regalara mi abuela materna. Fechado en 1908, imagino que mi abuela lo recibiría de parte de algún enamorado, dado que ella tendría en ese entonces dieciocho años. De pastas forradas en tela roja, mi abuela me regaló el libro cuando yo tenía apenas ocho o nueve años. Deshojado en algunas de sus partes, tuve que coserlo de manera rústica, con la aguja e hilera que pude encontrar entre los trebejos de mi madre. Recuerdo las tardes que pasé sumergido en la lectura. Todavía puedo relatar oralmente algunos de los cuentos que más me impresionaron: La Ambiciosa, Luisito el Tonto, Juana la lista… Recientemente, mientras disfrutábamos del mar de Celestún, Carlita y David, hijo e hija de entrañables amigos míos que llegaron de visita, escucharon, entre ola y ola, mi largo e interrumpido relato de “Luisito el tonto” con los ojos bien abiertos por la curiosidad. Extraño el libro que me regalara mi abuela. A veces hasta lo sueño. No puedo recordar dónde quedó, si se perdió irremediablemente, o si fui yo mismo quien lo regaló a alguien, o si el día menos pensado aparecerá de la nada, con la pasta de tela humedecida, tan campante como en mis años de infancia…

“Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo…” La voz sigue su cadencia jalisciense en las bocinas del automóvil. La tensión narrativa es patrimonio de unos cuantos elegidos. Los grandes cuentistas son aquellos que te mantienen pegado al asiento, en la orilla de la silla y sin poder levantarte, debido a la dinámica propia del relato. Rulfo es en eso un maestro inigualable. Lenta, pausadamente, se desgrana a lo largo del cuento lo inevitable de la tragedia. De todos los cuentos del volumen “El llano en llamas”, es “Diles que no me maten” uno de mis preferidos, solamente detrás de esa muestra excelsa del realismo mágico más temprano, “Luvina”.

Decía bien Julio Cortázar cuando afirmaba que el cuento era como un viaje en bicicleta, que puede irse a veces rápido, a veces más lentamente, pero que lo único que no puede permitirse el autor es perder el equilibrio, porque el cuento se derrumba estrepitosamente. Cortázar, que cumpliría 94 años el martes próximo, cultivaba con paciencia esa destreza que convierte a los cuentos el prodigios de redondez. “Continuidad de los parques” es quizá la prueba compacta más admirable de cómo un cuento puede ser definido como el encuentro de la sorpresa a la vuelta de la esquina.

“¡Mírame, coronel! –pidió él–. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!” La magia rulfiana no proviene de lo insólito de los acontecimientos que narra, sino de su capacidad de elaborar literariamente un lenguaje popular en el que puede vislumbrarse el mundo mitológico que se esconde en el corazón de cada habitante del campo mexicano.

Cuentos mexicanos de pura cepa, así como los cuentos de Juan Rulfo, aquéllos de Edmundo Valadés, el mayor y más empecinado promotor del cuento como género en América Latina y aficionado como pocos a la microficción. Recuerdo todavía con nostalgia la revista “El Cuento”, fundada en 1964 y de la que Valadés fue director hasta su muerte en 1994. ¿Cómo olvidar la impresión que me causó la lectura de “La muerte tiene permiso”, quizá uno de los cuentos más logrados en toda la cuentística mexicana del siglo XX, cuando, frisando los trece años, alguien lo hizo llegar a mis manos y lo devoré con fruición para guardarle, ya desde aquel tiempo, una devoción casi religiosa?

Después de más de diez minutos de haber llegado a mi casa y haber estacionado, permanezco aún en el automóvil sin poder bajar. Temo que me juzguen loco por quedarme tanto tiempo en el carro una vez que he apagado las luces, pero no quiero subir a mi cuarto sin haber escuchado la impactante frase final del cuento de Rulfo. La conversación de Juvencio con su padre ya ejecutado me estremece las entrañas: “Tu nuera y tus nietos te extrañarán –iba diciéndole–. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote, cuando te vean esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron”.

Tienen razón los que afirman que entre los mexicanos y la muerte hay una especie de enamoramiento, como si vivir y morir fueran sortilegios gemelos. Bajo del automóvil. Estoy listo para cumplir el próximo martes con mi personal tradición de leer un cuento de Cortázar en cada aniversario de su nacimiento y de su muerte. La frase final de Rulfo reverbera aún en mi cabeza. Ya puedo subir a dormir tranquilo.

Colofón: De nuevo, como tétrica cortina de humo, se aviva el debate público sobre la pena de muerte. Sigo creyendo que la pena de muerte es un signo del ocaso de la civilidad. Si de 100 delitos se resuelven solamente 3, el problema es, a todas luces, la impunidad y no la falta de gravedad en las penas. O lo que es lo mismo: con este tipo de policía, aunque se aprobara la cadena perpetua, difícilmente se encontraría a quien condenar.

Raúl Lugo Rodríguez

Iglesia y Sociedad

El Estado mexicano sometido a juicio internacional

18 Ago , 2008  

El caso es ya internacionalmente conocido: don Ricardo Ucán Seca está en la cárcel después de un proceso judicial en el que se violaron sus derechos humanos. Un informe recabado por el equipo de derechos humanos Indignación A.C. y consultable en su portal electrónico (www.indignacion.org.mx) exhibe con pelos y señales las violaciones cometidas contra el indígena maya y señala a las autoridades responsables con nombres y apellidos. Los tres poderes yucatecos han recibido admoniciones diversas en relación con este bochornoso caso: de parte de la comisión estatal de derechos humanos, de la Comisión Permanente de la LIX Legislatura del Congreso de la Unión, de Amnistía Internacional, del Relator de la ONU sobre pueblos indígenas… han recibido cientos de cartas exigiendo la libertad para don Ricardo, algunas venidas de lugares tan lejanos como Finlandia, Burundi o Alemania… todo ha sido inútil. Las autoridades, que como avestruces esconden la cabeza bajo la tierra, han desdeñado una y otra vez la oportunidad de restablecer la justicia, liberar a don Ricardo y sancionar a los funcionarios responsables.

Desde el año de 2004, una vez agotados todos los recursos mexicanos de jurisdicción interna con la denegación del recurso de amparo, don Ricardo, acompañado por el equipo Indignación A.C., presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en contra del Estado mexicano argumentando que, durante su proceso judicial, no recibió la defensa técnica a la que tenía derecho ni tuvo acceso a un intérprete que le permitiera defenderse y hacerse entender en su idioma.

Una vez presentada la denuncia, dio inicio el proceso de admisibilidad. En distintas ocasiones, de marzo de 2004 a septiembre de 2007, el Estado mexicano y los denunciantes tuvieron oportunidad de intercambiar respuestas y añadir lo que consideraran pertinente para dar más elementos a la CIDH que le permitieran tomar la decisión de admitir o no admitir el caso de don Ricardo. El plazo se ha cumplido y la CIDH, en comunicado del 24 de julio (puede verse en www.cidh.org.annualrep/2008sp/Mexico261-04.sp.htm) ha declarado como admitido el caso de presunta violación a los derechos de don Ricardo.

¿Qué significa que la CIDH haya admitido el caso de don Ricardo? Significa que el Estado mexicano, debido a la actuación de los funcionarios que participaron en el infame proceso judicial contra don Ricardo, será sometido a juicio internacional, y que los alegatos del gobierno de México desestimando las violaciones cometidas contra don Ricardo, no lograron convencer a la CIDH de que no haya habido violaciones a la Convención Americana.

Pero hay un detalle que no debe dejarse de lado. Los denunciantes argumentaron que el proceso judicial llevado contra don Ricardo había violado los artículos 8.2 y 25 de la Convención. El artículo 8.2 garantiza que “Toda persona inculpada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se establezca legalmente su culpabilidad. Durante el proceso, toda persona tiene derecho, en plena igualdad, a las siguientes garantías mínimas: a) derecho del inculpado de ser asistido gratuitamente por el traductor o intérprete, si no comprende o no habla el idioma del juzgado o tribunal…”

Y el artículo 25 establece que “Toda persona tiene derecho a un recurso sencillo y rápido o a cualquier otro recurso efectivo ante los jueces o tribunales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamentales reconocidos por la Constitución, la ley o la presente Convención, aun cuando tal violación sea cometida por personas que actúen en ejercicio de sus funciones oficiales”.

Pero en su comunicado del pasado 24 de julio, la CIDH añade, por su propia iniciativa, la posible violación al artículo 24, que señala que “Todas las personas son iguales ante la ley. En consecuencia, tienen derecho, sin discriminación, a igual protección de la ley”, con lo que afirma que en el proceso al que fue sometido don Ricardo pudo haber habido violación al derecho a la no discriminación. Ya se sabe que don Ricardo es maya y que, serlo, es hasta el día de hoy una desventaja en los ámbitos jurídicos. Con esta añadidura, la CIDH ha demostrado haber comprendido una de las aristas más relevantes del caso de don Ricardo Ucán y, como muchos mexicanos y mexicanas podrían atestiguar, del caso de cientos de indígenas recluidos en nuestras cárceles después de juicios injustos y discriminatorios.

¿Quiénes son, pues, los sometidos a juicio? Es, claro, el Estado mexicano en su conjunto. Sólo que no hay que olvidar, so pena de alentar la impunidad, que el Estado mexicano operó en el caso de don Ricardo a través de funcionarios cuya actuación será detalladamente revisada por la CIDH: Blanca Isabel Segovia, quien fuera defensora de oficio de don Ricardo; José Teodoro Alonzo Lara, juez que procesó y sentenció a don Ricardo; los magistrados Ligia Cortés Ancona y Jorge Luis Losa, quienes fueron ponentes en la apelación contra el auto de formal prisión y contra la sentencia condenatoria de primera instancia respectivamente; Fernando Amorós Izaguirre, magistrado del Tribunal Colegiado de Circuito, ponente en el juicio de amparo negado a don Ricardo: los magistrados Mercedes Eugenia Pérez Fernández. Ángel Francisco Prieto Méndez, Ricardo Ávila Heredia y Mygdalia Rodríguez Arcovedo, que negaron el recurso de reconocimiento de inocencia a don Ricardo y, en última instancia, los tres últimos gobernadores, Víctor Cervera Pacheco, Patricio Patrón Laviada e Ivonne Ortega Pacheco, por no haber tomado ninguna medida para revertir las violaciones contra don Ricardo y contra muchos más indígenas mayas procesados y sentenciados sin que sus derechos como pueblo sean reconocidos. A estos responsables habría que añadir a los diputados y diputadas de las dos últimas legislaturas, que han congelado hasta el día de hoy la iniciativa de ley de indulto presentada ante el pleno, la cual permitiría a don Ricardo salir libre.

Son estos funcionarios los culpables de que el Estado Mexicano esté ahora sometido a juicio ante la CIDH. Sobre ellos cae la responsabilidad de los más de ocho años que don Ricardo lleva recluido en el penal de Tekax.

Colofón: En este caso no es solamente mi proverbial desinterés por los temas deportivos. Tampoco mi aversión al espíritu de competencia. No estoy siguiendo las olimpiadas de Pekín como protesta contra el gobierno del país anfitrión, flagrante violador de derechos humanos. Me avergüenza la hipocresía de quienes son capaces de alabar la potencialidad económica de China y se hacen a los ciegos ante la brutal represión que despliega su gobierno. No: con esta China no voy a las olimpiadas.

Raúl Lugo Rodríguez

Iglesia y Sociedad

La banalización de la violencia de género

10 Ago , 2008  

Desde los años setentas el movimiento feminista transformó la noción de patriarcado. De ser un término que servía para referirse al territorio y gobierno de un patriarca, persona que ejercía autoridad sobre una familia o una colectividad, pasó a identificar al orden social en el que los varones mantienen relaciones de dominación y opresión sobre las mujeres y sobre otros colectivos que no siguen el patrón machista (niños y niñas, jóvenes, personas homosexuales). Tal orden social está basado en el control social del cuerpo de la mujer, la concentración de todo el poder (político, económico, religioso) en manos de los varones, la apropiación del trabajo productivo y reproductivo de las mujeres y la imposición del heterosexismo como único modelo de relación sexual socialmente legitimado. El patriarcado ha tratado de justificarse, como todo prejuicio socialmente opresor, apelando a su origen “natural” o divino, cuando no es más que una construcción histórica y cultural que tiene necesidad de ser transformado para hacer surgir un nuevo modelo de relación más justo e igualitario entre las personas.

El patriarcado permea todos los campos de la vida y todo el conjunto social. Recientemente, por poner sólo un ejemplo, el titular del ejecutivo federal anunció en la Conferencia Internacional sobre VIH/SIDA, que se ha distribuido “30 millones de preservativos masculinos y más de 100 mil femeninos”. Lo que Felipe Calderón no fue capaz de explicar son las razones de tal disparidad numérica, que hace parecer como más importante la salud de los varones que aquella de las mujeres. No se equivoca Lol Kin Castañeda Badillo cuando califica de misógina esta manera de priorizar la investigación y prevención en materia de enfermedades de transmisión sexual dirigiéndolas predominantemente al cuidado de la salud de los varones, mientras se deja al grueso de las mujeres al margen de dichas prioridades (“Misoginia y homofobia: ¿políticas de Estado?”, en el diario La Prensa, 08.08.2008)

Pero no hay quizá práctica que desnude más al patriarcado en su entraña perversa que la violencia de género, es decir, aquella violencia dirigida en contra de las mujeres y que abarca desde las palabras y gestos que cosifican a la mujer, hasta su expresión más radiucal y dolorosa: los feminicidios y los crímenes de odio. Por eso no deja uno de lamentar el tratamiento que los medios de comunicación social han dado a los recientes casos de feminicidios que se han dado en Yucatán. Faltos de todo profesionalismo, los medios han presentado los asesinatos de mujeres que han tenido lugar en los meses pasados como si fueran crímenes aislados, producto de mentes enfermas, de individuos sociópatas. Poner el énfasis informativo en las características del “asesino serial” invisibiliza el problema fundamental: la violencia de género que expone y revela, en grado superlativo, el feminicidio. Baste para comprobar esta afirmación el hecho de que el lector o radioescucha podría, con mínimo esfuerzo, recordar el nombre del asesino, pero seguramente tendrá que pedir ayuda para recordar los apelativos de las jóvenes asesinadas.

La violencia de género opera de tal manera en el inconsciente colectivo que la opinión pública termina sospechando siempre de la víctima: que si fue atacada porque vestía de tal o cual manera, que si imprudentemente se subió a un coche sin conocer al guiador, que si era de cascos ligeros, que si tomaba las cervezas, etc. Esta sospecha no solamente favorece la culpabilización de la víctima, sino que se constituye en un obstáculo para la consecución de la justicia, dado que los ministerios públicos y los juzgadores, así como los medios de comunicación, suelen compartirla. Véase si no, la afirmación, no por repetida menos estúpida, que suele encontrarse en algunos medios: “(el marido agresor) llegó a la residencia entre 3 y 4 de la tarde y sin motivo alguno golpeó a su esposa…”, afirmación que hace suponer que el que escribe piensa que hay ocasiones en que el agresor podría tener motivos válidos para golpear.

Pero si el tratamiento descontextualizado de los feminicidios en los medios de comunicación indigna y se convierte en un obstáculo para que nuestro derecho a la información se vea garantizado, es todavía más grave el hecho de que no haya medidas estructurales tomadas por el Estado para desmantelar el sistema patriarcal y garantizar a las mujeres una vida libre de violencia. Como en el caso de los secuestros, frente a los feminicidios la respuesta del Estado tiende a privilegiar medidas simplemente coyunturales, como el anuncio de aumento de penas para los delincuentes.

Hablar de cadenas perpetuas y de pena de muerte puede ser redituable en el campo político, porque se monta en la ola de indignación que sacude a la sociedad, pero no aporta gran cosa para identificar las causas de los delitos ni ofrece garantías para su disminución. Los feminicidios, los sucedidos en Yucatán y en cualquier parte del mundo, son el resultado de “prácticas sociales conformadas por el ambiente ideológico y social de machismo y misoginia, de violencia normalizada contra las mujeres, que permiten atentados contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de las mujeres… todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres”, como bien define Marcela Lagarde. Solicitar solamente aumento de penas para los delincuentes es desestimar las causas estructurales de las que derivan este tipo de delitos. O lo que es lo mismo: se trata de proponer cosas que lo único que consiguen es que nada cambie y todo siga igual.

La agresión contra una mujer no es nunca, pues, un hecho aislado porque se ejerce siempre en un marco en que el agresor utiliza el maltrato físico y psicológico para anular y dominar a otro ser humano. El fin último de la violencia de género es la posesión por sometimiento, lo que queda clarísimo en los asesinatos recientemente cometidos contra mujeres en Yucatán. Los asesinatos cometidos contra mujeres están siempre precedidos por una historia de violencia en la que se enmarcan. No reconocerlo, termina banalizando –muy convenientemente para los defensores del patriarcado– los feminicidios.

Y que no vengan a argumentar que también hay violencia de las mujeres hacia los hombres. Tal afirmación desvía la atención y no ayuda a comprender el problema de fondo. Como bien señala Josebe Egia, “Ante algunas voces que pretenden que también existe la violencia a la inversa, se puede mantener que eso es una falacia. No existe la violencia hacia el hombre como problema social. Lo que se dan son casos individuales de mujeres que agreden a hombres y deben ser hechos punibles, por supuesto, pero, de ninguna manera es un patrón que se equipare con el grave problema social de la violencia de género, de dimensiones cuantificables tan altas, que retrata culturalmente nuestro déficit en algo que está en la raíz de toda la imposición totalitaria que involucra a la violencia, esto es, la igualdad”.

Raúl Lugo Rodríguez

Iglesia y Sociedad

De panes, peces… y petróleo

4 Ago , 2008  

Ayer domingo se leyó en todas las iglesias católicas el evangelio que narra la multiplicación de los panes según la versión del evangelista san Mateo (Mt 14,13-21). Contado en los cuatro evangelios, este relato siempre me ha estremecido (y supongo que a Silvio Rodríguez también, ya que siendo poco afecto a las imágenes bíblicas en sus textos, hace referencia a ésta en su también estremecedora canción “El necio”). Aunque la multiplicación de los panes ha sido siempre, ya desde los primeros siglos de la iglesia, leída en contexto eucarístico, no pueden pasarse por alto, sin graves consecuencias, algunos datos redaccionales que muestran líneas fundamentales de la intención del Jesús histórico.

A las puertas de la edición yucateca de la Consulta Nacional sobre la iniciativa presentada por el ejecutivo federal en materia de reforma energética, a realizarse en nuestro estado el próximo 10 de agosto, quisiera hoy hacer alusión a dos de estos datos textuales y aplicarlos a la iluminación de este ejercicio ciudadano.

Lo primero que resalta en el texto es que la escena está enmarcada en una actitud fundamental de Jesús: la compasión. Así lo señala el texto: “Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos…”. Al origen de toda la actuación de Jesús parece estar esta actitud. Como bien señala José Antonio Pagola, “Jesús no vive de espaldas a la gente, encerrado en sus ocupaciones religiosas, e indiferente al dolor de aquel pueblo. Su experiencia de Dios le hace vivir aliviando el sufrimiento y saciando el hambre de aquellas pobres gentes. Así ha de vivir la Iglesia que quiera hacer presente a Jesús en el mundo de hoy”.

En nuestro país, y en casi todo el mundo, se ha impuesto un modelo económico que da las espaldas a las necesidades de una gran parte de la población. Se trata de un mundo en el que sobreviven los más fuertes, los más astutos, entendida esta astucia como la capacidad de hacer cualquier cosa para conservar estatus y comodidades. Una posición parecida parecen representar los apóstoles en el texto al que nos referimos, que ante el incansable trabajo de Jesús para curar enfermedades y dolencias de la gente que se acercaba, sólo encuentran como sugerencia la de despedir a la gente para que vayan al pueblo y se compren comida.

La compra y la venta de pan, la ley de la oferta y la demanda, parece ser la perspectiva desde la cual hablan los discípulos. En lugar de hacer como Jesús, a quien no le importa el paso de las horas con tal de aliviar el sufrimiento de los débiles, los discípulos pretenden abandonarlos a las prácticas económicas dominantes. Le sugieren a Jesús que despida a la gente para que vayan a comprar comida… ¿qué harán los que no tienen dinero para comprarla? Eso no interesa a estos discípulos que parecen no haber aprendido nada de su Maestro.

Pero Jesús responde con una orden lapidaria que no acabamos todavía de entender a cabalidad: “Dénles ustedes de comer”. La lógica de Jesús es bien otra de la que manejan sus discípulos. A la compra y venta Jesús opone la obligación de pensar en los demás, de compartir, porque el Dios en el que Jesús cree quiere que todos tengan pan, incluso aquellos que no pueden comprarlo.

Por eso, y éste es el segundo dato redaccional al que quiero referirme, cuando los discípulos, llenos de escepticismo, le replican a Jesús que lo único que han encontrado son cinco panes y dos peces, Jesús confirma que eso es suficiente, porque el problema no está sólo ni principalmente en la cantidad de recursos, sino en la actitud de compartir en lugar de acumular. En la alternativa de Jesús, una sociedad auténticamente humana (eso que él anunciaba bajo la enigmática fórmula de “Reinado de Dios”) es aquella en la que los bienes se comparten, de manera que los recursos sean suficientes para todos.

Este próximo domingo 10 de agosto tendremos la oportunidad de participar en la consulta nacional sobre el destino de nuestros hidrocarburos. Sabemos ya, por dolorosas experiencias, que las privatizaciones que en México se han dado han resultado desastrosas porque han sido fuente de corrupción y tráfico de influencias que han dañado a toda la sociedad mexicana. Ahí están como ejemplos la banca, las carreteras, la telefonía y el ejido. La alianza de los gobiernos privatizadores con los grandes empresarios que de dichas privatizaciones se benefician, han establecido políticas públicas que mantienen en la pobreza y exclusión a miles de mexicanos y enriquecen a unos pocos empresarios y funcionarios.

Yo estoy convencido de la necesidad de reformar el marco jurídico de PEMEX, pero creo que hay que hacerlo en sentido bien distinto del que propone la administración de Felipe Calderón. Que los hidrocarburos, antes de su inevitable extinción, se conserven como propiedad de todos los mexicanos y mexicanas y las ganancias que de su comercialización se derivan se usen para que el Estado cumpla con su obligación de garantizar a todas y todos alimentación, salud, vivienda y educación, pienso que es el rumbo correcto para cualquier reforma en la materia. Me parece que así estaríamos cumpliendo, al menos en parte, la orden de Jesús: dénles ustedes de comer, orden tanto más relevante cuanto que la escuchamos desde un estado en el que el índice de desnutrición permanece entre los más elevados de la república, no obstante la alternancia de partidos en el poder. Y no me parece que el proyecto calderonista tenga ese rumbo. Por eso creo que es hora de que, por encima de filias y fobias partidistas, todos acudamos a expresar nuestra opinión en la consulta nacional del próximo domingo 10 de agosto.

Colofón: Hay manifiestos ante los cuales daría yo cualquier cosa por ser “abajo firmante”. El publicado a propósito de la reciente aprobación de la ley de migración en el parlamento europeo es uno de ellos. Así que, abusando de la paciencia de los lectores y lectoras, lo reproduzco en este colofón:

Señores gobernantes y parlamentarios europeos: Algunos de nuestros antepasados, pocos, muchos o todos, vinieron de Europa. El mundo entero recibió con generosidad a los trabajadores de la Europa migrante.

Ahora, una nueva ley europea, dictada por la naciente crisis económica, castiga como crimen la libre circulación de las personas, que es un derecho consagrado por la legislación internacional desde hace ya unos cuantos años.

Esto nada tiene de raro, porque desde siempre los trabajadores extranjeros son los chivos expiatorios de las crisis de un sistema que los usa mientras los necesita y luego los arroja al tarro de la basura. Nada tiene de raro, pero mucho tiene de infame.

La amnesia, nada inocente, impide que Europa recuerde que no sería Europa sin la mano de obra barata venida de afuera y sin los servicios que el mundo entero le ha prestado: Europa no sería Europa sin la matanza de los indígenas de las Américas y sin la esclavitud de los hijos del África, por poner sólo un par de ejemplos de esos olvidos.

Europa debería pedir perdón al mundo, o por lo menos darle las gracias, en lugar de consagrar por ley la cacería y el castigo de los trabajadores que a su suelo llegan corridos por el hambre y las guerras que los amos del mundo les regalan.

Desde el continente americano, julio de 2008

Raúl Lugo Rodríguez