Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

Cuento para despedir la navidad

31 May , 2008  

Iglesia y sociedad 14 de Enero de 2008

Raúl H. Lugo Rodríguez

Los textos de los evangelios de la infancia de Jesús han dado pie a muchas tradiciones orales y escritas. He recibido un hermoso cuento navideño escrito por mi amigo Santiago Fuentes. Desafortunadamente sus dimensiones rebasan el espacio de esta columna. Me permitiré, pues, hacer una síntesis del relato que nos ayude a despedir la navidad y esperar con ansias la próxima.

“Para los israelitas, y a pesar de que el rey David se había dedicado a esa labor, los pastores eran considerados escoria. Y entre los pastores de Belén, Isaac y Benjamín eran considerados la escoria de la escoria. Nadie les hablaba. Vivían en las afueras del pueblo. Tenían que cuidar su rebaño por separado. La gente procuraba no cruzarse con ellos en el camino, para evitar contaminarse. Sólo trataban con ellos en el mercado para adquirir sus corderos, que siempre eran los más sanos, los más gordos, y los más adecuados para los sacrificios rituales en el Templo de Jerusalén. Al principio, el rabino de Belén se sintió muy confundido. Lejos de castigarlos, el Altísimo los bendecía con el mejor rebaño del pueblo. Ninguno de sus corderos tenía manchas ni defectos. Cumplían con todo lo prescrito por la Ley. No podían utilizarlos, ya que Isaac y Benjamín los contaminaban con su pecado, pero eran los únicos dignos de ser llevados al altar de Jerusalén.

Tuvo que hacer un viaje a la capital para consultar el Sanedrín. Después de deliberar, el consejo le recordó que debido a la invasión romana ya no podía castigar a Isaac y Benjamín con la muerte, pero que sí podía aplicarles una sanción espiritual. Los pastores serían condenados al exilio, cual si fueran leprosos. Eso purificaría al pueblo, a los demás pastores y a los corderos que ellos criaban, por lo que podrían ser usados para el sacrificio. Al regresar a Belén, el rabino expulsó a Isaac y a Benjamín de la sinagoga y de la comunidad. Les exigió que salieran del pueblo, que vivieran lejos de los demás, como si tuvieran lepra, que nunca llevaran a sus ovejas a pastar en los campos donde lo hacían los otros pastores. Sólo podrían entrar al pueblo en los días de mercado para vender sus corderos, sin hablar de otra cosa con la gente que no fueran asuntos de compraventa. El pueblo respiró aliviado. No querían matar a los dos pastores como ordenaba la Ley, pero tampoco querían que el Todopoderoso los castigara como hizo con Sodoma y Gomorra por su pecado. Y es que Isaac y Benjamín convivían como una pareja de esposos, lo que de acuerdo a la Escritura era abominable a los ojos del Señor. La gente de Belén no entendía por qué el Cielo los premiaba con los mejores corderos.

Isaac y Benjamín aceptaron el castigo sin chistar. Amaban la Ley y los Profetas tanto como se amaban el uno al otro. No querían hacer daño a nadie con su amor. Construyeron una casita en las afueras, con un establo para sus animales y un huerto, y se dedicaron a cuidar sus ovejas. Algunos pensaron que la soledad y el ostracismo harían que se separaran. Pero como sólo se tenían el uno al otro, Isaac y Benjamín se unieron todavía más. Isaac estaba en la plenitud de su hombría. Las doncellas de Belén y de los poblados cercanos enviaron muchas veces a sus familias para arreglar el matrimonio, pero el pastor nunca se interesó. Cuando la gente se enteró de sus malas inclinaciones, pensó que su tez morena y fuerte, su cuerpo velludo y atlético como el de Esaú, se habían convertido en un desperdicio. Y a pesar del castigo, todos recordaban con nostalgia su bondadosa mirada y su generosidad con los más necesitados. Benjamín, en cambio, era hermoso como el joven David. Su rostro de niño, su cabellera rubia y rizada, su cuerpo delgado, lampiño y curtido por el trabajo, lo hicieron blanco de todas las miradas cuando llegó a Belén, como esclavo de un legionario romano. La gente se indignó cuando supieron las actividades a las que el romano obligaba a Benjamín.

Isaac se prendó de Benjamín en el instante en el que lo vio. Como diría la Escritura, Benjamín lo sedujo y él se dejó seducir. Su belleza lo enamoró, y las artes amatorias que el legionario le había enseñado lo volvieron loco. Benjamín, por su parte, descubrió la libertad, la protección y la dulzura de la vida cotidiana, y se entregó a Isaac como la doncella del Cantar de los Cantares.

La primera Nochebuena, Isaac se quedó en casa para esquilar algunas ovejas, mientras Benjamín llevaba el resto del rebaño a un valle pequeñito que los otros pastores aún no conocían. Cerca de la medianoche de aquella primera Nochebuena, alguien tocó a la puerta de la casita de Isaac y Benjamín. Eran un hombre muy atractivo, y una jovencita a punto de dar a luz, montada en una mula. El hombre le explicó a Isaac que era un artesano de Nazaret, que había venido a Belén para el censo, que no había encontrado alojamiento en el pueblo, y que apelaba a su misericordia para poder pasar la noche, y que su esposa pudiera parir bajo techo. Isaac le explicó que su choza era muy pequeña, pero que si no les importaba la incomodidad, podían quedarse en el establo. Después de todo, casi todo el rebaño estaba fuera. No quiso decirles que de entrar a su casita quedarían contaminados, pero tampoco quiso dejarlos sin ayuda.

Entrada la medianoche, Benjamín dormitaba junto a una fogata moribunda. Las ovejas pastaban con tranquilidad. De pronto, una luz cegadora iluminó el cielo. Benjamín se espabiló y contempló una multitud de seres que invadían el valle. Uno de ellos se le acercó. Benjamín se tiró al suelo, aterrado. Mientras tanto, otros pastores se asombraban del resplandor en el valle. Corrieron a ver de qué se trataba, y quedaron sin habla al mirar la multitud de seres en el cielo, y al otro, más refulgente que los demás, que hablaba con Benjamín. Cuando Benjamín regresó a casa con el resto del rebaño buscó a Isaac y juntos entraron con timidez al establo. José y María los recibieron con una gran sonrisa, y le ofrecieron al Niño. “No”, dijo Isaac. “Estamos contaminados”. “No puede estar contaminado lo que el Altísimo ha declarado limpio”, dijo María. Isaac tomó al Niño entre sus brazos. Benjamín le dio un beso. El Bebé les regaló su primera sonrisa.

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Pregón pascual 2008: el vendaval

24 Mar , 2008  

Como el viento impetuoso descrito por Álvarez Rendón en la más reciente de sus deliciosas crónicas, la resurrección me despeina hoy los cabellos, me revuelve las ideas, me acaricia las utopías, reverdece mi esperanza. La resurrección es la mejor noticia que he recibido en mi vida, y eso que voy que vuelo para los cincuenta. No hay definición que la explique, no hay texto que la contenga, no hay muerte que la resista. La resurrección es vino nuevo que no cabe en vasijas viejas y ¡ay! nuestro mundo a veces no es más que eso: una vasija antigua y destartalada.

La resurrección es un acto supremo de reivindicación. Dios resucitó a Jesús para mostrar que el proyecto que el maestro de Nazaret nos ofrecía era un proyecto divino, o lo que es lo mismo, conforme al original querer de Dios. Se equivocaron quienes lo torturaron y lo condenaron a la muerte de cruz. La causa de Jesús: la sociedad fraterna, la equidad entre todos los seres humanos, la convivencia basada en el respeto a las diferencias, revela un proyecto de ser humano y de sociedad en perfecta comunión: todas las personas dignas, libres, fraternas. Ese proyecto de Dios, y ésta es la revelación mayor del acontecimiento de la resurrección, no está condenado al fracaso ni es su destino la oscuridad de una tumba fría y oscura. Dios sacó a Jesús de la tumba para demostrar que la muerte no tendrá la última palabra, aunque desate sus fuerzas de caos y de destrucción. La última palabra, óiganme bien, la tiene la vida.

Por eso hoy más que nunca renuevo mi pregón de pascua. Lo pronuncio pensando en este país, que ya desde hace algunas décadas se nos viene deshaciendo entre las manos. Lo quisiera pronunciar, para que todos los escucharan, desde lo más alto de nuestra loma del sur, acaso desde Becanchén o Juntochac. Quiero que este canto vuele y llegue a todos los rincones, así de grande es mi alegría y de fuerte mi convencimiento. Yo te anuncio, adolorido país, que ha llegado el momento de tu libertad más plena.

Desde la oquedad más profunda de los cenotes mayas ya se escucha venir el viento de la libre determinación de los pueblos, de la equidad deseada y anunciada en las antiguas escrituras mayas. No será de las curules de los poderosos que vendrá la anhelada lluvia que regará la identidad de los hombres y mujeres mayas. Sus leyes no son más que vino agrio y descompuesto. La resurrección, en cambio, se gesta en las ocultas corrientes de cada gesto y cada lucha que conquista mayor autonomía, en Chactún y Kimbilá, en Maní y Chablekal, en Cisteil y Xocén. Florecerá, se los aseguro, más temprano que tarde, una tierra en la que ser maya no será ya sinónimo de desprecio y humillación, sino timbre de dignidad y gloria.

Viento de resurrección es también el que, en forma de torbellino arrollador, cruza de Colima a Veracruz y de Nuevo León a Guerrero. Lo soplan infinidad de mujeres levantadas en pie de testimonio. Construyen, como hormigas laboriosas, una nación en la que los varones nos veamos al fin liberados de nuestras enfermedades: de la ceguera del poder, de la parálisis del dinero, del demonio de la violencia. Una nación donde algún día podamos todos, varones y mujeres, sentarnos a compartir el pan de la igualdad en la misma mesa. Como tormenta de mil nombres, el viento de la equidad de género ha desnudado al rey: varón misógino, enano afectivo, cartera corrompida, puño derrotado.

Viento de vida nueva, huracán de resurrección, se cuela entre las viejas estructuras de un sistema en estado de putrefacción. Ha habido ya demasiada cruz. No habrá resurrección sin el desmantelamiento del lucro hecho sistema, de la explotación hecha ortodoxia económica, de la discriminación convertida en bando de buen gobierno. Hay viento de resurrección soplando en cada movimiento antisistémico, en el mundo otro que nace de las montañas del sureste mexicano, en cada esfuerzo organizativo que destierra al patrón, al dueño del capital, a la autoridad unipersonal e incontestable.

Finalmente, pero no al último, hay aires de resurrección en el abierto arcoiris de las diversidades, en cada pequeña conquista que permite a todas las personas vivir en plenitud, sin tener que avergonzarse de lo que son y de lo que creen: del color de su piel, de la lengua que hablan, de la orientación sexual que poseen, de su origen étnico, de la religión que profesan… Ya llega el día, y se acerca cada vez con mayor celeridad, en que no habrá ya discriminación ni discriminados.

El viento de la resurrección me ha despeinado el alma. No hay en ella cupo más que para la esperanza.

24 de marzo. Pascua de san Romero de América

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Pregón de pascua 2007

9 Abr , 2007  

9 de abril de 2007

Raúl H. Lugo Rodríguez

Hoy es día de fiesta. Día de recordar cuál es la medida con la que hemos sido cortados para siempre. Día de dignidad a toda prueba, de futuro hecho hoy, de algarabía. Vengo a anunciarles hoy con nuevos bríos que la resurrección es nuestro límite, horizonte esencial y siempre abierto, que no merece menos nuestra humana dignidad porque la última, la definitiva palabra que Dios ha pronunciado sobre nosotros ha sido vida, vida plena y abundante.

Atrás quedó la muerte, atrás las amenazas de los señores del dinero y de la guerra. Ha sido decretada la derrota de todos los invasores y sus Guantánamos de odio. El lucro y la venganza han sido declaradas basuras de la historia. Hoy huele a libertad definitiva, como huele el azahar en noches tibias, como huele la brisa en las mañanas frescas.

El sepulcro del que ayer colgaba de una cruz ha estallado de gloria. Una vida como la de Jesús, así de intensa en su entrega generosa, así de valiente frente a las amenazas de los poderosos, así de libre y plena en su relación con Dios, ha merecido la reivindicación final. Aunque el poder hecho religión, el sanedrín, lo condenó a muerte cruenta, Jesús ha resucitado y ha sido constituido la medida final, el ser humano perfecto, o lo que es lo mismo, pleno, en madurez total, completo y acabado. Él es nuestro destino.

La resurrección es hoy para nosotros, es cierto, solamente una promesa. No por desidia de Aquél que sacara a Jesús de su sepulcro, sino por la nuestra, la de aquellos que llevando indignamente el nombre de cristianos ya no nos indignamos frente a la pobreza y sus niños desnutridos, sino que la llamamos simplemente “efecto de la globalización”. La resurrección seguirá siendo promesa de lejanísima realización, mientras la justicia se resuelva en mazmorras de tortura y miedo y nosotros no digamos nada, mientras se criminalice la protesta y nosotros permanezcamos callados, mientras el mundo sea convertido en un gran mercado, sin lugar para la justicia y la gratuidad, y nosotros nos mantengamos impasibles, fríos, muertos de la peor muerte que es el miedo.

Porque la raíz de nuestra esperanza no es ningún “ismo” que se haya puesto de moda. La raíz de nuestra esperanza es Jesús de Nazaret, el muerto resucitado. Él no predicó ni leyes ni sistemas. Ni siquiera se predicó a sí mismo. Predicó el gobierno amoroso de Dios y puso las bases firmes para construirlo. No fue Jesús miembro de la aristocracia sacerdotal, ni escogió ser un violento revolucionario al estilo de los zelotas. No fue tampoco un devoto de normas moralistas ni se caracterizó por obedecer dictados de una tradición que marginaba a los débiles y a los incómodos. No fue un penitente y lo acusaron de comilón y borracho, amigo de prostitutas y gente de mal vivir.

Y, sin embargo, conoció a Dios más de cerca que el sumo sacerdote, fue más libre del mundo y sus dictados que cualquier asceta esclavo de ayunos y penitencias, fue más ético que los moralizadores fariseos y mucho, mucho más radical que los guerrilleros anti romanos de su época. Jesús de Nazaret rompió todos los moldes. Fue todo menos un conformista, un acomodado, un hombre del status quo. Anunció la presencia de Dios como una gracia, un regalo de amor dirigido a pobres y pecadores. Buscó siempre lo mejor para el ser humano, así le costara desafiar leyes y tradiciones, desafiar al templo y a sus ritos.

Jesús llevó el amor hasta su expresión máxima: la entrega de la propia vida. Amó y se relacionó con aquellos que el mundo llamaba pobres diablos, herejes y cismáticos, adúlteras y traidores, leprosos, niños y miserables. Amó a cada uno de manera distinta y les devolvió la dignidad arrebatada. El sanedrín y el gobernador romano decidieron eliminarlo, por rebelde a la ley de Moisés y a la ley del César, por rebelde a la opresión hecha poder político y religioso. Pero Dios no estuvo de acuerdo: aquél hombre que parecía dejado de la mano de Dios recibió una nueva vida, regalada para siempre, como reconocimiento a su manera de vivir y a su indomable rebeldía llevada al extremo de la aceptación de la muerte misma.

Eso les anuncio hoy, mi repetido y siempre nuevo pregón de pascua. En Jesús resucitado podemos encontrar una fuente inmarcesible de esperanza. De frente a la muerte y la derrota, a pesar de la soledad, la tristeza y del derecho corrompido, ha triunfado en Jesús la justicia suprema del amor. A la luz de este muerto resucitado, uncidos a su carro de victoria, podemos liberarnos de todos los poderes que nos deshumanizan. No es pequeño el reto al que nos enfrentamos ni sencilla la tarea que nos toca. Pero, les aseguro, del sepulcro vacío brota una alegría que nada ni nadie puede arrebatarnos. Lo demás, es lo de menos

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Pregón pascual 2006

17 Abr , 2006  

17 de Abril de 2006

Raúl H. Lugo Rodríguez

Hoy es quince de abril, ya son las once. Nunca la luna estuvo más radiante. Jamás su luz resplandeció en la noche con tal intensidad. Esta noche es noche que da día. Florida es esta pascua en primavera.

Ayer veíamos a un cordero triste, llevado brutalmente al matadero como un reo de muerte. Pero hoy la noche se viste de mañana. Abrimos nuestra risa y nuestro canto igual que un abanico. Si tenemos coraje, escucharemos cómo se mece en el viento una noticia, una ancestral noticia siempre nueva: la pascua es hoy victoria, Jesús es nuestra aurora amanecida en mitad de la noche, es su resurrección una promesa de vida nueva y de hermandad posible.

Pero la vida nueva no es asunto de futuros lejanos. He visto ya, con los ojos nublados por el llanto, dignos renacimientos. Algo distinto crece entre las sombras, igual que una semilla criolla entre transgénicos.

Frente a la canallada de los legisladores, que entregaron la patria a dos televisoras y vendieron su honra por un par de monedas, hay una radio oculta, marginal, clandestina, que toma su destino entre las manos y ocupa la frecuencia que una ley ilegítima le quita. Nunca la música tuvo notas tan claras ni las noticias fueron tan verdaderas. Cuando el pueblo despierta, no hay senado que valga. Crece la libertad como los hongos: eso es resurrección aquí y ahora.

Mariela vivía ayer en las márgenes del miedo. En la colonia Sambulá su casa era hogar de violencia. Ayer dijo ya basta: nunca más un amor que justifique golpes, palabras que lastimen o desprecios que hieran. Puede mirar ahora sin vergüenza los ojos de su prole. Ya no renunciará a ser ella misma por temor a una herida. Crece la dignidad como flor nueva: eso es resurrección aquí y ahora.

Ramiro habita en la crujía Equis. La cárcel es su casa desde hace siete años. Mira pasar la droga, veneno tolerado y promovido, sabe cuándo se vende, dónde y en qué momentos. No hay en estas paredes, húmedas y agrietadas, atisbos de esperanza. La violencia carcome los sentidos. La ausencia de programas se comprende: la droga es gran negocio que llena los bolsillos y mantiene quietos a los rebeldes. Ramiro habla en pasado: “fui adicto, dice, hace ya casi un año que me mantengo limpio; lo he logrado solito, a despecho de guardias y custodios; me acordé cuando, afuera, iba a sesión de alcohólicos: solamente por hoy, y así ha pasado el tiempo”. Crece la gallardía en la mazmorra: eso es resurrección aquí y ahora.

Podría multiplicarles los ejemplos, pero temo aburrirles. Bastaría abrir los ojos y notar que la resurrección llega cantando como lluvia temprana, como un anticipado chubasco refrescante. Se llama resistencia y ojos limpios, dignidad y trabajo y mariposa. Tiene por nombre libertad y esperanza, democracia de abajo y a la izquierda, autonomía, hermandad, luz multiforme. Viene rompiendo muros de ignominia y echando abajo leyes fraudulentas, tanto en París como en las avenidas de cada ciudad gringa, en las calles de una colonia al sur de Mérida o en una celda oscura del Cereso.

Mucho más que en un cambio de gobierno, yo creo en la resurrección.

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RESURRECCIÓN

28 Mar , 2005  

28 de marzo de 2005

Raúl H. Lugo Rodríguez

Cuando tengamos un sueño en la mirada
y la esperanza aquí entre las dos cejas,
y no hayamos perdido aún el gusto
de pensar que mañana, que algún día
se podrá sonreír yendo al trabajo,
y tener una casa,
y calzar a los hijos con zapatos
que no sean regalados.

Cuando en nuestro deseo tenga un puesto
-un lugar por derecho-
la mesa en la que todos nos sentemos
a compartir el pan y la alegría,
donde el poder no sea de unos pocos
y donde decidamos
que existan hospitales para todos,
y escuelas para todos,
y empleos para todos…
donde no hallemos tiempo para amar la tristeza,
ni encontremos lugar para las lágrimas.

Cuando creamos juntos que es posible
construir la sociedad a esta medida,
entonces no tendremos ya más miedo
de pronunciar tu nombre.
Y podremos decir alegremente
Resurrección con R de Romance,
de Ruiseñor y de Radicalismo
de Rosa, de Remedio y Romería,
de Reconciliación y de Respuesta,
Reino de Dios y Rostros sonrientes
y -por qué no decirlo-
R de Roma.

(Y es que en la misma letra
está también el lado de lo opuesto
-y la Resurrección sabrá acabarlo-:
r de reformismo y risotada,
de robo y de rapiña,
r de ricachón y de ratero
y de rapacidad,
de rastreros, de rapto, de rivales
y -por qué no decirlo-
r de roma)

Y cuando decidamos que te asientes
en las orillas de nuestra existencia
habremos dado un paso, sólo uno,
en la insomne carrera de la historia.
“No habrá resurrección –escuché un día–
hasta que cada uno haya aprendido
a vivir para el otro”.

Y en esta iglesia en la que te quedaste
a mitad del camino,
en la iglesia del prolongado invierno,
en mi iglesia -ese cofre de misterio-
te harás presente un día.
Ojalá que la aurora nos encuentre
peleando de tu lado.
Ojalá no nos tome de sorpresa…

Iglesia y Sociedad

MITIN EN TLATELOLCO A LOS 26 AÑOS

3 Oct , 1994  

Al poeta, en su cumpleaños

ABAJO corre sangre
hundiéndose hasta el fondo, en las raíces,
en la piel de la plaza.

BARREN hoy las palabras los recuerdos.

COSTRAS negras
henchidas de memoria,
recuerdan el dolor.

CHACALES de uniforme verde olivo
mataron ansiedades imposibles
hervidas entre sol y tarde tibia.

¿DE dónde escapa el líquido vital,
ELIXIR siempre rojo de la vida?

FÉTIDO olor de acusación y muerte
dejó escapar la sangre derramada.

GIGANTES ángeles de la inocencia,
los muchachos caídos asemejan
héroes embravecidos en la arena.

HURACANES de amor, de rebeldía:
¿qué hacían a esa hora allá en la plaza
sino sembrar de muertes el futuro?

INAUGURAN las cruz y los calvarios,
caminan sin saberlo
al cadalso de piedra y de silencio.

JUGUETONES destinos
la muerte y sus conjuros.

KIOSQUITOS de banderas victoriosas
pululan por las calles
en recuerdo del mes del espectáculo,
de la patria, le llaman.
Sin embargo nos sobra tinte rojo:
en esta plaza faltan dos colores.

LASTIMADOS ayer por la barbarie,
las pendones no ondearon antes nunca
como en esta terraza,
en esta bulliciosa explanada,
en esta inmensidad de puño al viento.
MAÑANA será igual:
aquí estaremos,
pacientes en la lucha y el ensueño.

NINGÚN soldado podrá ya arrancarnos
la patria de la piel y de las venas.

ÑANDÚ fatal y derrotado cisne,
no podrá ya el gobierno con la vida,
con la perseverancia combativa,
con el sueño sellado.

OBSTACULIZARÁ la democracia,
la hará más lenta,
el fantasma del golpe y del garrote.
Pero nadie después de Tlatelolco
detendrá impunemente
el paso presuroso de la historia.

PARAÍSOS cercanos, conseguibles
por la hermandad de muchos y el coraje:
sueño roto en pedazos.
¡Plaza de los martirios clandestinos!
¡Templo donde el imperio ha masacrado
la inocencia que quiso en un otoño
parir la patria nueva!

QUE vibre la canción enardecida.
Un sollozo común une de nuevo
dos semillas de canto y de futuro:

RAMÓN de la Cañada y los caídos
El Ché y Tlatelolco,
Ernesto y los muchachos.

SUBIENDO aquí otra vez,
sobre estas ruinas,
en esta plaza de los sacrificios,
vendrá una aurora virgen.
¡No estamos derrotados!

TERQUEARÁ Tlatelolco días nuevos
de pan y leche fresca para todos.

UTOPÍAS bordadas de piñatas,
de paz y de sonrisas,
de justicia en capullo, de armonía…
¡El tiempo se ha cumplido!

VENCIENDO en esta hora perfumada
de música y magnolias,
ya viene la incontable caravana
del pueblo organizado.

XENOFOBIAS estériles,
teologías de muerte,
infantilismos zurdos, trasnochados,
murallas de pureza,
falsedad y egoísmo disfrazados,
quedarán como sombra en el olvido.

YA viene el mar con un nuevo bramido,
un rojo amanecer sin la vergüenza
de no estar a la altura de los sueños.

ZAHERIDAS multitudes
vienen por el camino
con el humor a tiempo y a destiempo,
con la procacidad a flor de rabia,
correteando en las calles,
sin miedo a la traición, miedo al casero,
miedo a la oscuridad que se nos cuela,
cual virus infeccioso, por la sangre:
tal es el sueño convertido en mitin,
la esperanza sentada en la pirámide.
¡Porque este octubre y cada dos de octubre
son puerta de otro Méjico!

Iglesia y Sociedad

VENGANZAS PERSONALES

1 Ago , 1994  

Cuando la revolución nicaragüense cumplió 10 años, hubo una gran concentración en la plaza principal de Managua. Muchos artistas de todo el continente fueron a felicitar a los nicaragüenses con cantos y poesías, que es la manera como acostumbran hablar los habitantes de ese pequeño país, llamado alguna vez por el obispo poeta, Monseñor Casaldáliga, “la niña de la honda”. Pues bien, fue en esa plaza repleta de gentes y de sueños, en donde por vez primera se cantó una hermosa canción que reflejaba, a diez años de la victoria, el temple resistente de tantos hombres y mujeres que habían visto morir a sus mejores hijos e hijas a manos de la guardia asesina, y que abrigaban una particular percepción de la venganza.
“Venganza personal” era el título de aquella canción que se ha vuelto, al paso de los años y de los fracasos, de los reinicios y de las luchas contra gigantes, en símbolo de la generosidad de un pueblo y en ejemplo de respuesta cristiana a los problemas. No resisto la tentación de transcribir algunos de los más hermosos versos de la canción de la que hablamos: “Mi venganza personal será el derecho de tus hijos a la escuela y a las flores / mi venganza personal será entregarte este canto florecido sin temores / Mi venganza personal será mostrarte la verdad que hay en los ojos de mi pueblo: / implacable en el combate siempre ha sido el más firme y generoso en la victoria./ Mi venganza personal será decirte: / ‘buenos días’ sin mendigos en las calles / cuando en vez de encarcelarte te proponga que sacudas la tristeza de tus ojos / cuando vos, aplicador de la tortura ya no puedas levantar ni la mirada / mi venganza personal será entregarte estas manos que una vez vos maltrataste / sin lograr que abandonaran la ternura. / Y es que el pueblo fue el que más te odió / cuando el canto era el lenguaje de violencia / pero el pueblo hoy, bajo de su piel / rojo y negro tiene erguido el corazón”.
He pensado mucho en esta canción en los últimos días, en estos aciagos tiempos de la patria nuestra. Las amenazas parecen crecer mientras más se acerca el tiempo de las elecciones. La multiplicación de las intimidaciones y de los atentados han hecho que yo también piense en una serie de “venganzas personales”, a la manera de aquellos revolucionarios nicaragüenses, para poder proponerlas después de la victoria de los sueños.
Mi venganza personal será seguir en la lucha por la democracia, aunque las más oscuras fuerzas de la traición muevan los hilos de un trailer sin placas y pretendan arrollar, junto con un candidato, nuestro anhelo de alternancia democrática.
Mi venganza personal será abrir las puertas de mi comunidad y de mi corazón a aquellos que quisieron comprarme, a los que quisieron pasarme a las filas de los bien vestidos y decentes funcionarios de culto, a los que se compadecieron de mis alpargatas y de la austeridad de mi cuarto. Les abriré las puertas de mi comunidad y de mi corazón cuando la historia haya dictado su veredicto inapelable en favor de los más pequeños, y les enseñaré la generosidad de una pared desnuda y la hermosura de un pie bronceado por el sol y por la tierra.
Mi venganza personal será ofrecer un curso de defensa de los derechos humanos a quienes allanaron la casa de los jesuitas en Guerrero y ofrecerles mi ayuda para que nunca vean atropellado su derecho a reunirse pacíficamente y a opinar de manera diversa a las autoridades en turno. El Obispo de Guerrero recibirá también de mi parte el apoyo solidario que le negó a sus hermanos en la fe y en el ministerio.
Mi venganza personal será mostrar la frente limpia y la sonrisa amplia a la anónima voz que amenazó de muerte a mi amigo sacerdote en un teléfono que vomitaba sangre, y decirle que ya no habrá razón para que tenga miedo, porque mi amigo y yo defenderemos su vida con la fuerza de la ley y del derecho.
Mi venganza personal será no abandonar nunca esta trinchera en favor de la justicia y de la libertad para todos, de la pluralidad y de la igualdad ante la ley. Ofreceré mi mano amiga a quienes, desde el poder, hubieran querido quemar las mías, y mis escritos y mis palabras lanzadas a los vientos, y mis folletos y mis comunicaciones. Daré un órgano de comunicación a quienes quisieron colocarme una mordaza e imploraré una bendición para aquellos enemigos de la memoria que me maldijeron cuando tomé la pluma para no permitir que el dolor de la herida se olvidara.
“Cuando vos, aplicador de la tortura, ya no puedas levantar ni la mirada / mi venganza personal será entregarte estas manos que una vez vos maltrataste, sin lograr que abandonaran la ternura”

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LA ESTABILIDAD SOCIAL EN PELIGRO

2 May , 1994  

Algunas noticias aparecidas en la prensa nacional en esta última semana son muy preocupantes. La creación de un organismo coordinador que agrupará bajo un solo mando a todos los órganos nacionales de seguridad ha recibido una casi unánime respuesta negativa de las fuerzas que trabajan por la democracia y el cambio social. “El miedo no anda en burro”, dice el refrán. Los organismos civiles y los partidos de oposición tienen toda la razón del mundo al sospechar que un organismo de esta índole pueda fácilmente ser utilizado para la represión de la organización ciudadana y pueda caer en la tentación de actuar por encima de la ley y de las garantías constitucionales.
También la semana pasada nos enteramos de que han sido adquiridos (¿por el gobierno federal?) 18 vehículos provistos de cañones de agua y diseñados para dispersar manifestaciones y controlar desórdenes. Es difícil pensar que dichos vehículos blindados vayan a ser utilizados para regar las superficies desérticas del país o para dispersar alguna manifestación del partido oficial; la compra de estos vehículos parece tener destinatarios bien precisos. Cuando Sergio Aguayo, director de la Academia Mejicana de Derechos Humanos, supo de la compra afirmó, “Esta es una señal ominosa de que algo va a suceder. No me gusta”: certera síntesis de lo que una buena parte de los mejicanos habrán pensado al enterarse de la noticia.
Un tercer acontecimiento viene a sumarse a los dos anteriores: hay una creciente intimidación de parte de la secretaría de estado encargada de la seguridad nacional en contra de activistas de derechos humanos, miembros de organizaciones civiles y -en relación con la guerra de Chiapas- de gente de iglesia, laicos/as, religiosos/as y sacerdotes, comprometidos en la toma de conciencia de sus comunidades o que han manifestado su simpatía por la labor pastoral de la iglesia chiapaneca. Esta intimidación ha sido documentada y públicamente denunciada por la red nacional de organismos de derechos humanos “Todos los derechos para todos”.
Una conclusión tentativa ante todos estos hechos es que el gobierno nacional se está preparando para enfrentar un proceso de desestabilización o un previsible estado de ingobernabilidad en la nación. El problema es que no sabemos quiénes son o serán los promotores de esa desestabilización o ingobernabilidad contra la cual el gobierno parece estarse preparando con tanta eficiencia.
Aunque lo normal sería pensar que el gobierno se prepara para combatir a enemigos de la paz y la tranquilidad del país que, lógicamente, se encuentran fuera de sus filas, algunos ciudadanos -yo entre ellos- estamos acostumbrados a que en Méjico las cosas suelen ocurrir al revés. Ya Breton afirmaba que nuestra patria es un país “surrealista”. Y no hablo gratuitamente: que en las investigaciones acerca del asesinato del candidato del PRI a la presidencia, por ejemplo, estén ya implicados como presuntos responsables en algún grado, algunos de los encargados mismos de la seguridad del candidato, muestra que las cosas en nuestro país están más revueltas de lo que nos imaginamos.
La situación es delicada; la hora actual es, quizá, el momento político de mayor trascendencia desde el fin de la revolución mejicana. No se puede jugar con fuego. La posición de algunos comentaristas de radio y televisión plenamente identificados con la linea oficial que, con creciente insistencia, afirman a voz en cuello que el gobierno no debe tolerar más el desorden, aumenta más las sospechas de que -como dice Aguayo- “algo va a suceder”. Tal vez nunca ha sido tan grande la responsabilidad del gobierno y de sus órganos de seguridad en la toma de decisiones, como en el período que culminará en el proceso electoral del 21 de agosto y en sus tiempos postelectorales. No se puede en estos momentos aventurar públicamente hipótesis que aumenten la confusión; no puedo -sin embargo- dejar de asentar aquí que, en mi humilde opinión, la creación de una “superpolicía”, la compra de carros para reprimir manifestaciones públicas, y la intimidación de ciudadanos que realizan labores de toma de conciencia popular, no son medidas que ayuden a promover la estabilidad social y la gobernabilidad.
Desde hace algunos días, seis para ser exactos, he intensificado mi oración por esta atribulada patria en la que vivimos. Le he pedido a Dios que prive en esta hora la sensatez y la cordura y que todos, especialmente el gobierno del país, tengamos la valentía y la humildad necesarias para poner el bien de todos en primer lugar. He pedido también fortaleza y serenidad para aquellos que, desde las más diversas trincheras, han decidido colaborar para el florecimiento de una patria más justa, fraterna y democrática, y han apostado a este sueño (“sin aval”, como diría el poeta) hasta su propia seguridad personal. Le he pedido, por último, que la realidad desmienta mis sospechas. Nunca como ahora he deseado resultar solamente un falso profeta de catástrofes.

Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

QUIERO VIVIR UN AÑO MÁS

3 Ene , 1994  

No sé si sea una oscilación patológica, pero no puedo dejar de reconocer que hay fechas y acontecimientos que me hacen pasar con bastante rapidez del pesimismo y la tristeza, a un optimismo irremediable. La temporada navideña, no sé por qué extrañas razones, me llena siempre de nostalgia: recuerdo a las personas a quienes la muerte me ha arrebatado y siento sus ausencias que no dejan de doler aunque pasen los años; recuerdo a los vivos que quisiera que estuvieran junto mí y que la distancia me arrebata irremediablemente; finalmente, cargo sobre los hombros la silenciosa y lacerante realidad de tantos hermanos y hermanas a quienes la sociedad -y la manera como ésta está organizada- no permite que pasen una navidad feliz. De manera que las fiestas navideñas siempre tienen para mí un cierto sabor de insatisfacción, de nostalgia inevitable, de alegría incompleta y, por esto mismo, agridulce.
El Año Nuevo, en cambio, representa para mí un ejercicio de higiene mental. Es tiempo de esperanza y de acción de gracias. Por eso, en este 1994 que inicia, quisiera dejar pública constancia de las cosas por las que creo que vale la pena vivir un año más.
Quiero vivir un año más porque 1993 me proporcionó la experiencia de la enfermedad y, con ella, la conciencia clara de que no tenemos la vida comprada, de que el tiempo se nos escapa de las manos sin sentirlo, y de que -como dice la canción- no podemos permitir que “la reseca muerte nos encuentre / vacíos y solos, sin haber hecho lo suficiente”.
Quiero vivir un año más porque tengo aún que pagar una gran deuda de cariño y afecto a mi familia, a mis amigos y a todos los que en este año que termina estuvieron cerca de mí y me ofrecieron su alegría cuando yo estaba triste, su apoyo cuando yo estaba desanimado, su palabra de afectuosa advertencia cuando estuve a punto de equivocarme y su comprensión cuando, en efecto, me equivoqué.
Quiero vivir un año más porque trabajo en Tecoh, y allá el pueblo me ha enseñado a sobrevivir sin perder la alegría y la ternura; porque muchas personas del pueblo han dejado sus rostros y sus nombres, sus personas y sus sentimientos, grabados a sangre y fuego en mi alma; porque con ellos he aprendido a creer en Dios mejor y más fuertemente y a esperar contra toda esperanza; porque me han enriquecido con sus raíces indígenas y me han enseñado a amar la dulce lengua de los mayas; porque me han adoptado como hermano de camino y han soportado con inagotable paciencia mis incongruencias, animándome con cariño a superarlas.
Quiero vivir un año más porque el trabajo de defensa y promoción de los derechos humanos es un camino largo que he comenzado a transitar en la más hermosa de las compañías; porque todavía quedan muchas personas para quienes la dignidad es más importante y valiosa que un plato de lentejas, aunque éstas sean de oro de 24 quilates; porque todavía quedan gritos que no se escuchan, manos que no se aprietan con fuerza a otras manos, sueños que no se cumplen.
Quiero, en fín, vivir un año más porque, a pesar de mis desvaríos, no he podido arrancar de mis huesos el fuego del evangelio; porque no he terminado aún de luchar por que mi servicio a la comunidad no se convierta en un aburrido y degradante ejercicio burocrático; porque mantengo todavía las ganas de gastarme y desgastarme por merecer el nombre de cristiano.
Quiero vivir un año más porque Dios no ofrece oportunidades de balde y yo quiero aprovechar la que ahora me brinda.

Cuentos de navidad,Iglesia y Sociedad

BIENAVENTURANZAS NAVIDEÑAS

27 Dic , 1993  

Hace unos días recibí una hermosísima felicitación de navidad. Junto a la fotografía de un niño indígena recién nacido, deslumbraba un texto del profeta Zacarías: “Todavía te queda algo que anunciar: Yo te aseguro -dice el Señor- que en mi pueblo habrá abundancia de todo” (Zac 1,17).
Ha sido éste un año cargado de pesares. Como los pastores de las cercanías de Belén, también nosotros hemos trabajado toda la noche y nos parece que no amaneciera nunca. Como ellos, recibimos de repente la visita de los ángeles y el anuncio del Dios que se hace niño indefenso. Y nos acercamos con sigilo a la cuna de la ternura para encontrar en ella a la esperanza recién nacida.
¡Cuánta falta nos hace la esperanza! ¡Qué secos son sin ella nuestros días y qué árido nuestro camino! No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes, pero hay noches en que he sentido el cansancio del mundo en mis espaldas, noches en que he apretado los dientes por la rabia y en las que he conocido la impotencia. Por eso me hace falta la esperanza, por eso quiero que el Dios débil del pesebre vuelva a nacer hoy y repita su anuncio de vida plena para todos.
La felicitación que recibí terminaba con un deseo navideño: “Hoy renovamos la esperanza, con la certeza de que Dios tiene la última y la única palabra: Jesús y su proyecto de Reino”. Yo también quiero hoy renovar la esperanza. Creo que si los ángeles aparecieran súbitamente en Mérida volverían a proclamar bienaventurados a los hombres y mujeres de buena voluntad. Sus bienaventuranzas bien podrían ser las siguientes:

“Bienaventurados los que buscan la paz,
los que caminan en medio de la lluvia protestando,
los que llevan la frente siempre en alto,
los violentamente pacifistas: tercos para defender su dignidad.
Bienaventurados los que no se cansaron a medio camino,
los que en Umán lograron castigo para el culpable,
los que en Valladolid se organizaron,
los que en Catmís no cejan en sus luchas,
los maestros que aún gritan en la Plaza,
los que se duelen con el dolor de sus hermanos.
Bienaventurados los que luchan por la unidad,
los que no prohíben a sus hijos tener amigos indios,
los que por buscar mayor honestidad en la iglesia, en el estado y en el partido, son acusados de destruírlos,
lo que no confunden unidad con uniformidad
diálogo con discusión,
conflicto con división.
Bienaventurados los que defienden la amistad,
los que saben que una sola persona es una causa por la que vale morir,
los fuertes que ofrecen su hombro para el llanto ajeno,
los débiles que tienen lágrimas que compartir.
Bienaventurados los que no cierran su puerta a la esperanza,
los que, a pesar de todo, siguen firmes,
los que beben el cáliz de la rabia
y le guardan su espacio a la ternura,
los que apuestan todavía por el Reino
y desgastan su vida en realizarlo.

Estas y muchas más podrían ser las modernas bienaventuranzas navideñas, las variadas motivaciones de nuestra esperanza. A los ocho lectores de esta columna, si todavía están allí, les deseo fervientemente ser de estos bienaventurados, les anuncio de nuevo la esperanza.
Hace unos días recibí una hermosísima felicitación de navidad. Era de color verde.